Ya estamos a salvo. Angela y yo. Hemos conseguido más de lo que nos proponíamos. Intuía una gran parte de lo que nos esperaría en ese lugar pero siempre se pueden esperar sorpresas cuando se lidia con esta desquiciada organización.
Una vez pude llevar a Angela a la Biblioteca de la Historia, busqué allí con detalle y dedicación cualquier información que pudiera darme indicios de la verdadera función de ese y otros lugares que el Gobierno cuida con celo. Encontré entre los archivos, la ubicación de otra biblioteca apoyada por el Gobierno, la cual se elevaba ostentosa en un barrio rico del norte de la ciudad. Después de asegurarme que la historia escrita no me daría más pistas sobre el poder de mi enemigo, me dirigí junto a Angela a esa biblioteca de seis pisos y nombre Hiden. Al llegar a ella, le permití a mi amada acompañante que paseara entre los estantes de los libros maravillándose ante títulos que yo estaba seguro ella ya había leído. No había nada de qué asombrarse, ya que los experimentos de Renata habían afectado seriamente su memoria (Algo que agradezco pero que repudio a la vez).
Tenía entendido que ese edificio guardaba una gran cantidad de conocimiento e intuí que había algo en especial que protegía con inusual cuidado. Examiné entonces cada resquicio entre los estantes, cada puerta y cada mesa de lectura. Cualquiera de ellas podría guardar información primordial para capturar a quienes habían hecho daño a Angela y a...
No estaba solo. Había llamado a unos de mis más dedicados y allegados compañeros en la lucha contra la opresión. Ellos se encargaron de engatusar a los trabajadores de la Biblioteca que nos dieron acceso a las áreas restringidas al público.
Me encontraba inspeccionando las cámaras traseras de la Biblioteca, donde almacenan el material sin clasificar nuevo y el inventario de reserva de libros cuando descubrí una pequeña anomalía. Esta sala se extendía hasta el cuarto piso, lo que sugería que los otros dos pasaban por encima de ella, hecho que se contradecía con que todos los pisos de la Biblioteca terminaban en un callejón sin salida al encontrarse con la pared frontal del almacén. Existían entonces dos posibles causas para que esto ocurriera: Se podía acceder a otras cámaras traseras desde otro lugar en el quinto o sexto piso o los dos pisos superiores eran más estrechos que los cuatro primeros.
Salí entonces de la Biblioteca y me enfrenté a ella. Tal como me parecía, desde cualquier ángulo, la edificación se veía regular y rectangular sin ningún bloque faltante en la parte posterior que confirmara mi segunda teoría.
Emocionado por mi descubrimiento, regresé al edificio de nuevo y subí al quinto piso, que recorrí hasta el callejón sin salida en la parte trasera. Me incliné sobre el muro de ladrillo que cerraba el paso, esforzándome por dar con algún interruptor u orificio oculto. Después de reconocer mi fracaso en la búsqueda, examiné los estantes, libro por libro sin encontrar nada extraño. Me disponía a continuar con mis pesquisas en el sexto piso, sintiéndome desanimado y algo estúpido por haber subestimado al déspota Gobierno de la ciudad pero decidí entonces tantear el suelo. Agachado, seguí con las puntas de los dedos los surcos en la madera que recordaban los que habían tenido los árboles antes de ser talados. Pensé que sería algo desgraciado terminar así, en el suelo, donde todos pasarían por encima tuyo sin detenerse a pensar en tus sentimientos. Se asemejaba a la trama principal de cierto libro, donde una mujer ya fallecida veía como sus amigos y familiares desfilaban por su lecho de muerte diciendo aquello que en verdad sentían, ignorando por completo su presencia.
-¿Qué haces?- una voz femenina interrumpió mis particulares analogías. Me levanté lentamente y me di la vuelta, encontrándome con Angela. Le respondí con ternura:
-Pensé que había dejado caer algo.- le sonreí con sinceridad mientras mi intuición me prevenía de un peligro latente. ¿Qué ocurría?
Me devolvió la sonrisa sin preocupación antes de decirme:
-La curiosidad mató al gato y yo no deseo que mueras.
Avanzó hacia mí mientras yo me preguntaba por qué se había referido a mí como el Gato, cuando ella no recordaba nada de mi trayectoria...
-¿Te pasa algo?- interrumpió nuevamente y me tomó la mano con la que había estado tanteando el suelo.
-No, no ocurre nada.- la miré evaluando la situación para dar con una excusa que me permitiera subir al sexto piso.
-¿Nos iremos entonces?- inquirió con un gesto de expectación en sus finas facciones.
-No, aún debo ver un libro que está en el último piso. ¿Me esperarás aquí?
Pareció quedar desconcertada con mi respuesta pero rápidamente se recupero, me sonrió y no pude evitar acercarme a ella, besándola con lentitud y brevedad en la boca.
-No te preocupes. ¡Ya regreso!
Tuve la impresión de que quiso detenerme pero no se movió.
Subí al piso superior y me dediqué por segunda vez a buscar una puerta oculta. Nada en el muro ni en los estantes por lo que me dirigí al suelo. Antes de haber examinado un palmo de la madera del suelo, alguien exclamó a mis espaldas:
-Conque esas tenemos.
Me levanté y giré de un salto, encarándome con el emisor de la voz en apariencia desconocida. Me embistió antes de que pudiese reconocerlo y me sostuvo los brazos detrás de la espalda. Intenté defenderme con las rodillas pero sus piernas inmovilizaron las mías y su cara se alejó cuando percibió mi intención de golpearle en la frente con la mía.
-¡Mira a quién intentas herir!- me advirtió, obligándome a mirarlo a la cara. La visión de su perfecta nariz, sus labios en apariencia suaves y rosados, sus ojos castaños y su mandíbula poco definida me golpearon con una fuerza abrumadora.
-¡Tú!¿Qué haces aquí?¡Pensaba que estabas encerrado!
-¿Y no pensabas hacer nada para rescatarme?
De nuevo, mi instinto me alertó sobre un mal desenlace pero hice caso omiso al ver la rabia que destilaban sus ojos. Sin pensarlo dos veces, me acerqué lo suficiente para que entendiera mis intenciones. En un arranque de furia, me besó con afán y sin detenerse. Nunca me había imaginado de esa manera el primer beso pero me rendí al sentir una felicidad ineludible que solo dejaba espacio en mi mente para sentir sus labios sobre los míos. Le conté lo que había sufrido esperando su regreso, lo que había perdido intentando encontrarlo. Le hice saber lo que sentía al haberlo traicionado y le prometí en el beso que nunca más lo volvería a hacer. Sin embargo, mi sexto sentido me informó del daño al que lo había expuesto tan pronto como él se apartó de mí bruscamente y me espetó:
-La besuqueas a ella y ahora me seduces a mí. ¡Eres abominable!
Su reclamo me dejó paralizado y no conseguí hacer nada mientras él me observaba con una histeria creciente. Me soltó y salió corriendo sin darme oportunidad de detenerlo.
Desolado y frustrado, me recosté sobre la pared y me resbalé con suavidad. Los hombres no lloran, ¿por qué lo habría hecho yo? Procurando distraerme, toqueteé el suelo y encontré sin intención una grieta, poco natural en la sólida madera de roble, que llamó mi atención durante un buen tiempo antes de que volviera a escuchar pasos cercanos.
-¿Enmascarado?¿Dónde te habías metido?- inquirió Angela al dar conmigo en el suelo del sexto piso. Intentando recomponerme y asombrado por la pregunta, me apoyé con la mano derecha sobre la madera brillante. Me resbalé y para sostenerme introduje los dedos en la grieta en el piso. Un sonido ahogado de un mecanismo invisible rompió el silencio. Angela se apuró a levantarme y alejarme de la pared.
-¿Qué ocurre?- suspiró ella a mi oído.
La pared sobre la que había estado recostado tembló unos segundos y se abrió por la mitad, revelando una amplia habitación que parecía abarcar también el piso de abajo. Tanto Angela como yo quedamos estupefactos ante tal descubrimiento. Escudriñé nuestro alrededor asegurándome que estábamos solos, le hice señas a Angela y con cautela, olvidando el episodio del beso, ingresé al recinto oculto.
La puerta descubierta por el interruptor daba a una amplia habitación que parecía abarcar también el piso de abajo. Tanto Angela como yo quedamos estupefactos ante tal descubrimiento. Escudriñé a nuestro alrededor, asegurándome que estábamos solos.
No sabía que esperar. Ésta entidad era célebre por ocultar los más repugnantes e indignos secretos. Lo que había dentro bien podría sernos útil o hacer toda nuestra búsqueda allí, una pérdida de tiempo. Con la mayor esperanza, caminé hasta el centro de la sala, similar a una biblioteca privada y me topé con una serie de instrumentos que no reconocí pero asocié con los experimentos retorcidos que Renata había practicado en mi dulce Angela.
Al lado de aquel intimidante conjunto de máquinas, había una escalera de caracol. Reluciente y compacta, parecía atraer a todo a quien entrara, invitando a que bajase por los peldaños rígidos de caoba. Hice entonces, junto a Angela, lo que la escalera quería al parecer que hiciéramos y al alcanzar el último escalón, un sentimiento de alarma atacó mi ya acelerado corazón. En una cama semidoble, una hermosa muchacha de cabellos oscuros y ondulados descansaba en lo que parecía un profundo sueño. Sus suaves y esbeltos rasgos estaban tintados de un color inusualmente blanco, a excepción de su boca, roja como la sangre y los pétalos de una rosa.
A la derecha de la cama, el aparato que le dispensaba suero contaba los segundos que pasaban mientras que el respirador se encargaba de los minutos. Ese detalle me lanzó a la carrera hacia ella. El suero que entraba en su brazo era anormalmente opaco y el compás al que se movía el respirador se hacía más lento cada vez. Arranqué con delicadeza la aguja de su cuerpo y palpé innecesariamente su cuello en busca de su pulso. Estaba débil y parecía en realidad inútil que intentáramos salvarla. Miré sus ojos cerrados, sus largas pestañas y cejas definidas. ¿Quién podría pensar que alguien como ella debía morir?
Estaba seguro que el suero que le había sido suministrado estaba envenenado y mi intuición me decía que había algo en la habitación que contrarrestaría de manera eficiente su acción nociva. Angela se acercó con timidez y observó a la chica con una curiosidad que pocas veces había visto en su rostro. Alargó su mano derecha al brazo de ella y lo sostuvo ahí durante un largo minuto, en el que cerró los ojos e inspiró con profundidad. Al terminar su meditación, abrió los ojos y dijo con voz grave:
-La muerte está cerca, pero tú y yo podemos salvarla.
Sin darme tiempo a reaccionar, tomó una jeringa y se extrajo una considerable cantidad de sangre. Intenté deneterla pero su mirada me lo prohibió. Buscó en el brazo de la joven una vena visible y realizó la transfusión rústica antes de decirme:
-Es un veneno que afecta al sistema nervioso de la misma manera que muchos de los medicamentos y máquinas que utilizaron conmigo. Mi sangre le ayudará a defenderse de los neuro paralizadores, pero no es suficiente. Necesito que defiendas tu mente de inclusiones externas intangibles.
¿Cómo podría un ser humano tan común como yo aguantar tales sorpresivas revelaciones en tan poco tiempo?
No había sospechado que Angela ya había iniciado a recobrar su memoria. Pensé en preguntarle qué tanto recordaba pero hacerlo hubiese abierto la posibilidad de que rememorara ciertos episodios que le dañarían sin remedio alguno. Yo no podía ni quería hacerle daño.
Con la destreza de una buena enfermera, Angela se aseguró que su sangre era recibida en el torrente sanguíneo de la desconocida mientras yo me esforzaba por entrar en su mente y defenderlas a ambas. Una potente conexión a distancia que esa chica mantenía con un joven, me alertó pero no logré contactarle. Mi esfuerzo dio frutos cuando la presión que ahogaba a la chica desapareció con lentitud y su respiración se tornó acompasada y relajada. Un aliento de vida fue el que dio en ese momento la rehén de la Biblioteca.
Tenía que sacarla a como diera lugar. El aura misteriosa que llevaba me dio la impresión de que ella era demasiado importante para dejarla ir sin protección. Contacté con rapidez a mis camaradas para que se hicieran cargo de trasladar a la débil mujer a un lugar seguro. Yo me quedaría con Angela buscando cualquier cosa que pudiera sernos de utilidad.
Temía y deseaba que él volviera. Añoraba verle de nuevo pero quería escapar de las consecuencias que podría causarme el haber besado a Angela. Le había vuelto a hacer daño, no importaba si era a conciencia o no. ¿Me perdonaría? Si no lo hacía, bien podría ir a buscarlo al propio corazón de la maldad para rogar por su alma de la misma manera que Orfeo descendió al Inframundo por su amada Eurídice.
De pronto estaba errado y el beso que me había dado era la forma más detestable que había encontrado para despedirse. Es posible que no me quisiese como yo le quería y que mi reacción solo hubiera reafirmado su decisión de alejarse en definitiva de mí. Yo estaba tan seguro...
Imitando al famoso Sherlock, intenté ligar entre sí los hechos, los objetos y las situaciones que había presenciado. Habían dejado a la chica allí para que muriese, ya que les había dejado de ser útil. Este era el punto extremo de la deshumanización. Para esa entidad, las personas no eran más que medios, no un fin como sabiamente dijo Immanuel Kant. Así habían utilizado a Angela, así lo utilizaron a él y así habían sacado provecho de la mujer presa sin compasión.
No había nada en aquella biblioteca oculta que asegurara la veracidad de mi teoría. Los instrumentos desconocidos me producían una gran incomodidad pero los revisé, pretendiendo saber su utilidad. Al poco tiempo, Angela dio con una placa oculta entre las sábanas de tonos rojizos. "Sujeto A" era lo único que decía esa macabra pieza regular de metal. El objeto debía pertenecer a la chica y era el nombre clave que le habían dado de acuerdo a su habilidad que yo desconocía.
Revisamos una última vez aquella habitación escondida y no había nada más que pudiera descartar o corroborar mis suposiciones. Ya se habían llevado a la muchacha y tenía la sensación que alguien me agradecía a distancia por su liberación. Angela se encontraba anonadada y yo no lograba conocer la razón. Su largo cabello castaño ocultaba su cara mientras revisaba el suelo frente a la entrada escondida. Si buscaba algo en específico, no lo encontró. En cuanto salimos del edificio, echó un vistazo por encima del hombro, con preocupación.
-¿Qué ocurre?- le pregunté con gentileza.
-No lo sé. Siento que un detalle se nos ha escapado pero no logro concebir qué pudo haber sido.
-No te preocupes. Les diré a mis compañeros que revisen ese edificio por completo en busca de cualquier pista.
-No, no es una pista. Es algo más. Es un peligro que lo hayamos pasado por alto. Se escapa de mi mente. Se oculta. No sé lo que es, enmascarado.
Medité durante un momento mientras nos dirigíamos al apartamento en un auto con uno de mis camaradas.
-Ya veremos. Si dices que es una amenaza, sabré de ella antes que llegue.
Mi afirmación pareció tranquilizarla. Nos bajamos del auto frente a nuestro edificio, nos despedimos de nuestro acompañante y subimos con calma a la habitación que compartíamos desde hacía dos días.
Angela seguía algo tensionada así que le sugerí que tomara un baño mientras yo aprovechaba el tiempo para escribir esta entrada. Me pregunto aún qué ha sido de él. No comprendo en absoluto su intención de molestarme y tampoco entiendo las razones por las que olvidé buscarlo en la Biblioteca, luego de salir de aquella habitación oculta. ¿Sería su presencia la que percibía Angela como una posible amenaza? Para mí, jamás lo sería y eso se explica en la forma en que mi intuición lo dejó pasar. No obstante, no puedo asegurarlo. Odio vivir en este mundo plagado de dudas, suposiciones y conjeturas que nunca llegan a ser cien por ciento correctas hasta que los hechos te golpean en la cara, como una bofetada.
Creo que ella ya ha salido del baño y se arregla en la habitación. Es tiempo de terminar con este escrito. No deseo que ella se dé cuenta que escribo para alguien que considera su enemigo. Para aquél que batalla por mi lealtad. Perdóname por lo ocurrido. Jamás fue mi intención herirte más pero hay muchas lecciones que debes aprender antes que pueda volver a tratarte siquiera. Sé libre y aprende lo que debes mientras puedas. La libertad es una utopía y mas para alguien como tú, que quiso atarse a tantas cosas. Hasta una próxima ocasión...
¿Sería capaz de enviarle alguna vez este diario, estas entradas a quien se las había escrito? Aunque tuviera la valentía para hacerlo, no tenía una dirección, electrónica o en la ciudad, para enviárselas. No tenía idea donde se encontraba. Lo mejor era guardarlas para mí y entregárselas personalmente, en cualquier ocasión que se presentase. ¿Para qué quería que supiera lo que yo hacía? No era una obligación moral de ninguna forma que yo le contara pero deseaba hacerlo. Como si escribirle sin contacto alguno sobre mis anécdotas, no hiciera nada más sino acercarle a mí.
Apagué el computador y esperé con calma a Angela. No sabía cuáles eran mis intenciones pero tenía que hablar con ella.
Esperando a que el destino me dijera que debía hacer. Cómo debía proceder. Había encontrado a aquella inofensiva chica tan fácil que turbaba la poca tranquilidad que tenía. Además tenía siempre que proteger a mi amada.
-¿Qué haces?- dijo con interés Angela al verme sentado observando con atención el cielo.
-Pensando... en tí.
Rió al escuchar mi respuesta. No se burlaba. Le hacía gracia saber que era verdad y su dulce risa inundó por un momento de esperanza la habitación.
Se dirigió hacia mí y se sentó en mis piernas, abrazándome con ternura. El débil calor de su cuerpo me acogió y reconfortó con inusual efectividad.
-¿Qué haremos ahora?- inquirió con curiosidad más que con premura.
La temida pregunta, en su boca, pareció tornarse hermosa, como una rosa con muchas espinas a la vista.
Una amenaza, un peligro que venía hacia nosotros, con rapidez y astucia. Sentí que debía protegerla aunque también comprendí que yo caería en aquella trampa.
-Escondernos. ¡Rápido, Angela! Entra aquí.
Saltó de mi regazo y yo me puse de pie. Abrí la entrada a una especie de ático que tenía aquella habitación y le tendí la mano para ayudarle a subir. Sin perder tiempo, se encaramó en la mesa del computador y finalmente, a ese falso techo.
Yo, por mi parte, me escondí detrás de una biblioteca y una falsa pared después de asegurarme que Angela quedaba cubierta. Como todas las propiedades de la resistencia, este apartamento estaba equipado con escondites secretos. No bien hube asegurado la falsa pared, escuché alguien irrumpiendo en el lugar.
Revisaban todo resquicio como si supieran de la presencia de alguien que les interesaba. Por un orificio entre la pared que me cubría y la biblioteca, logré observarlos. Eran agentes del Gobierno como los que fueron en busca de los hermanos talentosos a los que yo pretendí proteger en aquella casa hacía muy poco tiempo. Durante más de media hora, levantaron las colchas de las camas, buscando bajo ellas y en su interior, tumbaron los armarios sin encontrar a nadie dentro ni detrás e intentaron ingresar a la información del computador, sin éxito alguno. En su frenética búsqueda, hicieron caso omiso varias veces de la biblioteca hasta que un agente, que al parecer acababa de ingresar, la empujó, dejando a la vista un resquicio en la pared, que los otros se apuraron a inspeccionar. Podía sentir que ellos no eran la verdadera amenaza pero intuía que me encontrarían de todos modos. De repente, se presentó en el umbral de la puerta, con un vestido rojo que no sugería que fuese quién dirigía a los agentes. Renata, con sus peligrosas piernas a la vista y una pequeña pistola atada a un brazo. Caminaba con gracia, junto a un hombre maduro, que le susurraba a toda prisa información que no alcancé a escuchar. Ella se limitaba a asentir con la cabeza mientras sus ojos recorrían con audacia todo el recinto. De un momento a otro, todos los agentes se quedaron quietos al percatarse de su presencia. El que se encontraba junto a ella, salió corriendo por la puerta por la que había ingresado hacía unos minutos y ella se quedó sola, en la mitad de la habitación, con el porte de una verdadera emperatriz. Allí, se limitó a decir en voz alta:
-Quienquiera que esté escondiéndose en este apartamento, debe salir ahora mismo.
Su voz, cargada de persuasión y fuerza me aterrorizó mientras pensaba en Angela. Quería decirle telepáticamente, que no saliera de su escondite, que se quedase. Que no se dejara asustar por la imponente figura pelirroja en medio de todos esos agentes. "¡No te dejes de ella, Angela!" gritaba en mi interior. Me ví a mí mismo, corriendo la pared falsa y caminando hacia Renata.
No quería hacerlo pero era su poder, ese que intuía como una gran amenaza, el que me instaba a salir, exactamente como ella había dicho.
-Que gato tan curioso.- comentó Renata al verme salir.- Quédate quieto allí por favor.
-No soy curioso.- respondí con furia al sentir que mis extremidades se entumecían.
-Guarda tus garras para herir a alguien que sienta miedo de tí.- me dio la espalda y dijo nuevamente a todo el apartamento- ¿No hay nadie más que se esconda? Salgan ahora mismo.
Yo rogaba porque Angela no saliera. Porque algún capricho del destino le diera a Angela el poder de resistirse ante la influencia de aquella voz y sus órdenes.
-Dime, querido felino, ¿tenías compañía en tu escondite?- me preguntó con sorna.
Intuyendo que debía recordar los días anteriores al rescate de Angela, con la esperanza de que respondiera negativamente, esperé a que su poder hiciera efecto sobre mí y me hundí en la soledad de aquellos días.
-No... que me acuerde- escuché decir a mi boca.
Renata sonrió despectivamente y ordenó a sus hombres que desistieran. Que nadie más había por allí.
Lamenté tener que abandonar a Angela para salvarla pero me esforcé en ocultar su recuerdo en mi mente.
-Ven conmigo; tu lealtad es mía ahora.- afirmó Renata mientras me invitaba a salir del apartamento y me alejaba cada vez más de Angela.
-No puedo resistirme pero no creo que esté de más negarme. Jamás tendrás mi verdadera lealtad, "Doctora" Renata.
-Ya veremos. Serás para mí como la mascota que nunca tuve.- dijo riendo con burla.
-Sube al auto. - me ordenó una vez habíamos salido del edificio.
No sabía qué sería de Angela. Esperaba que lograra comunicarse con la resistencia y salir de allí sin contratiempos. Me convencí de que la protegí lo más que pude. Ahora solo dependía de ella salvarse.
Había fracasado en mi intento por vencer la organización de la que hacía parte Renata y estaba a merced de ella. Ojalá otros pudieran terminar lo que yo no fui capaz. Subí al auto y me despedí de Angela y de él. El ángel que guardaba mi alma y el fantasma que me lastimó con un beso.
Me encontraba inspeccionando las cámaras traseras de la Biblioteca, donde almacenan el material sin clasificar nuevo y el inventario de reserva de libros cuando descubrí una pequeña anomalía. Esta sala se extendía hasta el cuarto piso, lo que sugería que los otros dos pasaban por encima de ella, hecho que se contradecía con que todos los pisos de la Biblioteca terminaban en un callejón sin salida al encontrarse con la pared frontal del almacén. Existían entonces dos posibles causas para que esto ocurriera: Se podía acceder a otras cámaras traseras desde otro lugar en el quinto o sexto piso o los dos pisos superiores eran más estrechos que los cuatro primeros.
Salí entonces de la Biblioteca y me enfrenté a ella. Tal como me parecía, desde cualquier ángulo, la edificación se veía regular y rectangular sin ningún bloque faltante en la parte posterior que confirmara mi segunda teoría.
Emocionado por mi descubrimiento, regresé al edificio de nuevo y subí al quinto piso, que recorrí hasta el callejón sin salida en la parte trasera. Me incliné sobre el muro de ladrillo que cerraba el paso, esforzándome por dar con algún interruptor u orificio oculto. Después de reconocer mi fracaso en la búsqueda, examiné los estantes, libro por libro sin encontrar nada extraño. Me disponía a continuar con mis pesquisas en el sexto piso, sintiéndome desanimado y algo estúpido por haber subestimado al déspota Gobierno de la ciudad pero decidí entonces tantear el suelo. Agachado, seguí con las puntas de los dedos los surcos en la madera que recordaban los que habían tenido los árboles antes de ser talados. Pensé que sería algo desgraciado terminar así, en el suelo, donde todos pasarían por encima tuyo sin detenerse a pensar en tus sentimientos. Se asemejaba a la trama principal de cierto libro, donde una mujer ya fallecida veía como sus amigos y familiares desfilaban por su lecho de muerte diciendo aquello que en verdad sentían, ignorando por completo su presencia.
-¿Qué haces?- una voz femenina interrumpió mis particulares analogías. Me levanté lentamente y me di la vuelta, encontrándome con Angela. Le respondí con ternura:
-Pensé que había dejado caer algo.- le sonreí con sinceridad mientras mi intuición me prevenía de un peligro latente. ¿Qué ocurría?
Me devolvió la sonrisa sin preocupación antes de decirme:
-La curiosidad mató al gato y yo no deseo que mueras.
Avanzó hacia mí mientras yo me preguntaba por qué se había referido a mí como el Gato, cuando ella no recordaba nada de mi trayectoria...
-¿Te pasa algo?- interrumpió nuevamente y me tomó la mano con la que había estado tanteando el suelo.
-No, no ocurre nada.- la miré evaluando la situación para dar con una excusa que me permitiera subir al sexto piso.
-¿Nos iremos entonces?- inquirió con un gesto de expectación en sus finas facciones.
-No, aún debo ver un libro que está en el último piso. ¿Me esperarás aquí?
Pareció quedar desconcertada con mi respuesta pero rápidamente se recupero, me sonrió y no pude evitar acercarme a ella, besándola con lentitud y brevedad en la boca.
-No te preocupes. ¡Ya regreso!
Tuve la impresión de que quiso detenerme pero no se movió.
Subí al piso superior y me dediqué por segunda vez a buscar una puerta oculta. Nada en el muro ni en los estantes por lo que me dirigí al suelo. Antes de haber examinado un palmo de la madera del suelo, alguien exclamó a mis espaldas:
-Conque esas tenemos.
Me levanté y giré de un salto, encarándome con el emisor de la voz en apariencia desconocida. Me embistió antes de que pudiese reconocerlo y me sostuvo los brazos detrás de la espalda. Intenté defenderme con las rodillas pero sus piernas inmovilizaron las mías y su cara se alejó cuando percibió mi intención de golpearle en la frente con la mía.
-¡Mira a quién intentas herir!- me advirtió, obligándome a mirarlo a la cara. La visión de su perfecta nariz, sus labios en apariencia suaves y rosados, sus ojos castaños y su mandíbula poco definida me golpearon con una fuerza abrumadora.
-¡Tú!¿Qué haces aquí?¡Pensaba que estabas encerrado!
-¿Y no pensabas hacer nada para rescatarme?
De nuevo, mi instinto me alertó sobre un mal desenlace pero hice caso omiso al ver la rabia que destilaban sus ojos. Sin pensarlo dos veces, me acerqué lo suficiente para que entendiera mis intenciones. En un arranque de furia, me besó con afán y sin detenerse. Nunca me había imaginado de esa manera el primer beso pero me rendí al sentir una felicidad ineludible que solo dejaba espacio en mi mente para sentir sus labios sobre los míos. Le conté lo que había sufrido esperando su regreso, lo que había perdido intentando encontrarlo. Le hice saber lo que sentía al haberlo traicionado y le prometí en el beso que nunca más lo volvería a hacer. Sin embargo, mi sexto sentido me informó del daño al que lo había expuesto tan pronto como él se apartó de mí bruscamente y me espetó:
-La besuqueas a ella y ahora me seduces a mí. ¡Eres abominable!
Su reclamo me dejó paralizado y no conseguí hacer nada mientras él me observaba con una histeria creciente. Me soltó y salió corriendo sin darme oportunidad de detenerlo.
Desolado y frustrado, me recosté sobre la pared y me resbalé con suavidad. Los hombres no lloran, ¿por qué lo habría hecho yo? Procurando distraerme, toqueteé el suelo y encontré sin intención una grieta, poco natural en la sólida madera de roble, que llamó mi atención durante un buen tiempo antes de que volviera a escuchar pasos cercanos.
-¿Enmascarado?¿Dónde te habías metido?- inquirió Angela al dar conmigo en el suelo del sexto piso. Intentando recomponerme y asombrado por la pregunta, me apoyé con la mano derecha sobre la madera brillante. Me resbalé y para sostenerme introduje los dedos en la grieta en el piso. Un sonido ahogado de un mecanismo invisible rompió el silencio. Angela se apuró a levantarme y alejarme de la pared.
-¿Qué ocurre?- suspiró ella a mi oído.
La pared sobre la que había estado recostado tembló unos segundos y se abrió por la mitad, revelando una amplia habitación que parecía abarcar también el piso de abajo. Tanto Angela como yo quedamos estupefactos ante tal descubrimiento. Escudriñé nuestro alrededor asegurándome que estábamos solos, le hice señas a Angela y con cautela, olvidando el episodio del beso, ingresé al recinto oculto.
La puerta descubierta por el interruptor daba a una amplia habitación que parecía abarcar también el piso de abajo. Tanto Angela como yo quedamos estupefactos ante tal descubrimiento. Escudriñé a nuestro alrededor, asegurándome que estábamos solos.
No sabía que esperar. Ésta entidad era célebre por ocultar los más repugnantes e indignos secretos. Lo que había dentro bien podría sernos útil o hacer toda nuestra búsqueda allí, una pérdida de tiempo. Con la mayor esperanza, caminé hasta el centro de la sala, similar a una biblioteca privada y me topé con una serie de instrumentos que no reconocí pero asocié con los experimentos retorcidos que Renata había practicado en mi dulce Angela.
Al lado de aquel intimidante conjunto de máquinas, había una escalera de caracol. Reluciente y compacta, parecía atraer a todo a quien entrara, invitando a que bajase por los peldaños rígidos de caoba. Hice entonces, junto a Angela, lo que la escalera quería al parecer que hiciéramos y al alcanzar el último escalón, un sentimiento de alarma atacó mi ya acelerado corazón. En una cama semidoble, una hermosa muchacha de cabellos oscuros y ondulados descansaba en lo que parecía un profundo sueño. Sus suaves y esbeltos rasgos estaban tintados de un color inusualmente blanco, a excepción de su boca, roja como la sangre y los pétalos de una rosa.
A la derecha de la cama, el aparato que le dispensaba suero contaba los segundos que pasaban mientras que el respirador se encargaba de los minutos. Ese detalle me lanzó a la carrera hacia ella. El suero que entraba en su brazo era anormalmente opaco y el compás al que se movía el respirador se hacía más lento cada vez. Arranqué con delicadeza la aguja de su cuerpo y palpé innecesariamente su cuello en busca de su pulso. Estaba débil y parecía en realidad inútil que intentáramos salvarla. Miré sus ojos cerrados, sus largas pestañas y cejas definidas. ¿Quién podría pensar que alguien como ella debía morir?
Estaba seguro que el suero que le había sido suministrado estaba envenenado y mi intuición me decía que había algo en la habitación que contrarrestaría de manera eficiente su acción nociva. Angela se acercó con timidez y observó a la chica con una curiosidad que pocas veces había visto en su rostro. Alargó su mano derecha al brazo de ella y lo sostuvo ahí durante un largo minuto, en el que cerró los ojos e inspiró con profundidad. Al terminar su meditación, abrió los ojos y dijo con voz grave:
-La muerte está cerca, pero tú y yo podemos salvarla.
Sin darme tiempo a reaccionar, tomó una jeringa y se extrajo una considerable cantidad de sangre. Intenté deneterla pero su mirada me lo prohibió. Buscó en el brazo de la joven una vena visible y realizó la transfusión rústica antes de decirme:
-Es un veneno que afecta al sistema nervioso de la misma manera que muchos de los medicamentos y máquinas que utilizaron conmigo. Mi sangre le ayudará a defenderse de los neuro paralizadores, pero no es suficiente. Necesito que defiendas tu mente de inclusiones externas intangibles.
¿Cómo podría un ser humano tan común como yo aguantar tales sorpresivas revelaciones en tan poco tiempo?
No había sospechado que Angela ya había iniciado a recobrar su memoria. Pensé en preguntarle qué tanto recordaba pero hacerlo hubiese abierto la posibilidad de que rememorara ciertos episodios que le dañarían sin remedio alguno. Yo no podía ni quería hacerle daño.
Con la destreza de una buena enfermera, Angela se aseguró que su sangre era recibida en el torrente sanguíneo de la desconocida mientras yo me esforzaba por entrar en su mente y defenderlas a ambas. Una potente conexión a distancia que esa chica mantenía con un joven, me alertó pero no logré contactarle. Mi esfuerzo dio frutos cuando la presión que ahogaba a la chica desapareció con lentitud y su respiración se tornó acompasada y relajada. Un aliento de vida fue el que dio en ese momento la rehén de la Biblioteca.
Tenía que sacarla a como diera lugar. El aura misteriosa que llevaba me dio la impresión de que ella era demasiado importante para dejarla ir sin protección. Contacté con rapidez a mis camaradas para que se hicieran cargo de trasladar a la débil mujer a un lugar seguro. Yo me quedaría con Angela buscando cualquier cosa que pudiera sernos de utilidad.
Temía y deseaba que él volviera. Añoraba verle de nuevo pero quería escapar de las consecuencias que podría causarme el haber besado a Angela. Le había vuelto a hacer daño, no importaba si era a conciencia o no. ¿Me perdonaría? Si no lo hacía, bien podría ir a buscarlo al propio corazón de la maldad para rogar por su alma de la misma manera que Orfeo descendió al Inframundo por su amada Eurídice.
De pronto estaba errado y el beso que me había dado era la forma más detestable que había encontrado para despedirse. Es posible que no me quisiese como yo le quería y que mi reacción solo hubiera reafirmado su decisión de alejarse en definitiva de mí. Yo estaba tan seguro...
Imitando al famoso Sherlock, intenté ligar entre sí los hechos, los objetos y las situaciones que había presenciado. Habían dejado a la chica allí para que muriese, ya que les había dejado de ser útil. Este era el punto extremo de la deshumanización. Para esa entidad, las personas no eran más que medios, no un fin como sabiamente dijo Immanuel Kant. Así habían utilizado a Angela, así lo utilizaron a él y así habían sacado provecho de la mujer presa sin compasión.
No había nada en aquella biblioteca oculta que asegurara la veracidad de mi teoría. Los instrumentos desconocidos me producían una gran incomodidad pero los revisé, pretendiendo saber su utilidad. Al poco tiempo, Angela dio con una placa oculta entre las sábanas de tonos rojizos. "Sujeto A" era lo único que decía esa macabra pieza regular de metal. El objeto debía pertenecer a la chica y era el nombre clave que le habían dado de acuerdo a su habilidad que yo desconocía.
Revisamos una última vez aquella habitación escondida y no había nada más que pudiera descartar o corroborar mis suposiciones. Ya se habían llevado a la muchacha y tenía la sensación que alguien me agradecía a distancia por su liberación. Angela se encontraba anonadada y yo no lograba conocer la razón. Su largo cabello castaño ocultaba su cara mientras revisaba el suelo frente a la entrada escondida. Si buscaba algo en específico, no lo encontró. En cuanto salimos del edificio, echó un vistazo por encima del hombro, con preocupación.
-¿Qué ocurre?- le pregunté con gentileza.
-No lo sé. Siento que un detalle se nos ha escapado pero no logro concebir qué pudo haber sido.
-No te preocupes. Les diré a mis compañeros que revisen ese edificio por completo en busca de cualquier pista.
-No, no es una pista. Es algo más. Es un peligro que lo hayamos pasado por alto. Se escapa de mi mente. Se oculta. No sé lo que es, enmascarado.
Medité durante un momento mientras nos dirigíamos al apartamento en un auto con uno de mis camaradas.
-Ya veremos. Si dices que es una amenaza, sabré de ella antes que llegue.
Mi afirmación pareció tranquilizarla. Nos bajamos del auto frente a nuestro edificio, nos despedimos de nuestro acompañante y subimos con calma a la habitación que compartíamos desde hacía dos días.
Angela seguía algo tensionada así que le sugerí que tomara un baño mientras yo aprovechaba el tiempo para escribir esta entrada. Me pregunto aún qué ha sido de él. No comprendo en absoluto su intención de molestarme y tampoco entiendo las razones por las que olvidé buscarlo en la Biblioteca, luego de salir de aquella habitación oculta. ¿Sería su presencia la que percibía Angela como una posible amenaza? Para mí, jamás lo sería y eso se explica en la forma en que mi intuición lo dejó pasar. No obstante, no puedo asegurarlo. Odio vivir en este mundo plagado de dudas, suposiciones y conjeturas que nunca llegan a ser cien por ciento correctas hasta que los hechos te golpean en la cara, como una bofetada.
Creo que ella ya ha salido del baño y se arregla en la habitación. Es tiempo de terminar con este escrito. No deseo que ella se dé cuenta que escribo para alguien que considera su enemigo. Para aquél que batalla por mi lealtad. Perdóname por lo ocurrido. Jamás fue mi intención herirte más pero hay muchas lecciones que debes aprender antes que pueda volver a tratarte siquiera. Sé libre y aprende lo que debes mientras puedas. La libertad es una utopía y mas para alguien como tú, que quiso atarse a tantas cosas. Hasta una próxima ocasión...
¿Sería capaz de enviarle alguna vez este diario, estas entradas a quien se las había escrito? Aunque tuviera la valentía para hacerlo, no tenía una dirección, electrónica o en la ciudad, para enviárselas. No tenía idea donde se encontraba. Lo mejor era guardarlas para mí y entregárselas personalmente, en cualquier ocasión que se presentase. ¿Para qué quería que supiera lo que yo hacía? No era una obligación moral de ninguna forma que yo le contara pero deseaba hacerlo. Como si escribirle sin contacto alguno sobre mis anécdotas, no hiciera nada más sino acercarle a mí.
Apagué el computador y esperé con calma a Angela. No sabía cuáles eran mis intenciones pero tenía que hablar con ella.
Esperando a que el destino me dijera que debía hacer. Cómo debía proceder. Había encontrado a aquella inofensiva chica tan fácil que turbaba la poca tranquilidad que tenía. Además tenía siempre que proteger a mi amada.
-¿Qué haces?- dijo con interés Angela al verme sentado observando con atención el cielo.
-Pensando... en tí.
Rió al escuchar mi respuesta. No se burlaba. Le hacía gracia saber que era verdad y su dulce risa inundó por un momento de esperanza la habitación.
Se dirigió hacia mí y se sentó en mis piernas, abrazándome con ternura. El débil calor de su cuerpo me acogió y reconfortó con inusual efectividad.
-¿Qué haremos ahora?- inquirió con curiosidad más que con premura.
La temida pregunta, en su boca, pareció tornarse hermosa, como una rosa con muchas espinas a la vista.
Una amenaza, un peligro que venía hacia nosotros, con rapidez y astucia. Sentí que debía protegerla aunque también comprendí que yo caería en aquella trampa.
-Escondernos. ¡Rápido, Angela! Entra aquí.
Saltó de mi regazo y yo me puse de pie. Abrí la entrada a una especie de ático que tenía aquella habitación y le tendí la mano para ayudarle a subir. Sin perder tiempo, se encaramó en la mesa del computador y finalmente, a ese falso techo.
Yo, por mi parte, me escondí detrás de una biblioteca y una falsa pared después de asegurarme que Angela quedaba cubierta. Como todas las propiedades de la resistencia, este apartamento estaba equipado con escondites secretos. No bien hube asegurado la falsa pared, escuché alguien irrumpiendo en el lugar.
Revisaban todo resquicio como si supieran de la presencia de alguien que les interesaba. Por un orificio entre la pared que me cubría y la biblioteca, logré observarlos. Eran agentes del Gobierno como los que fueron en busca de los hermanos talentosos a los que yo pretendí proteger en aquella casa hacía muy poco tiempo. Durante más de media hora, levantaron las colchas de las camas, buscando bajo ellas y en su interior, tumbaron los armarios sin encontrar a nadie dentro ni detrás e intentaron ingresar a la información del computador, sin éxito alguno. En su frenética búsqueda, hicieron caso omiso varias veces de la biblioteca hasta que un agente, que al parecer acababa de ingresar, la empujó, dejando a la vista un resquicio en la pared, que los otros se apuraron a inspeccionar. Podía sentir que ellos no eran la verdadera amenaza pero intuía que me encontrarían de todos modos. De repente, se presentó en el umbral de la puerta, con un vestido rojo que no sugería que fuese quién dirigía a los agentes. Renata, con sus peligrosas piernas a la vista y una pequeña pistola atada a un brazo. Caminaba con gracia, junto a un hombre maduro, que le susurraba a toda prisa información que no alcancé a escuchar. Ella se limitaba a asentir con la cabeza mientras sus ojos recorrían con audacia todo el recinto. De un momento a otro, todos los agentes se quedaron quietos al percatarse de su presencia. El que se encontraba junto a ella, salió corriendo por la puerta por la que había ingresado hacía unos minutos y ella se quedó sola, en la mitad de la habitación, con el porte de una verdadera emperatriz. Allí, se limitó a decir en voz alta:
-Quienquiera que esté escondiéndose en este apartamento, debe salir ahora mismo.
Su voz, cargada de persuasión y fuerza me aterrorizó mientras pensaba en Angela. Quería decirle telepáticamente, que no saliera de su escondite, que se quedase. Que no se dejara asustar por la imponente figura pelirroja en medio de todos esos agentes. "¡No te dejes de ella, Angela!" gritaba en mi interior. Me ví a mí mismo, corriendo la pared falsa y caminando hacia Renata.
No quería hacerlo pero era su poder, ese que intuía como una gran amenaza, el que me instaba a salir, exactamente como ella había dicho.
-Que gato tan curioso.- comentó Renata al verme salir.- Quédate quieto allí por favor.
-No soy curioso.- respondí con furia al sentir que mis extremidades se entumecían.
-Guarda tus garras para herir a alguien que sienta miedo de tí.- me dio la espalda y dijo nuevamente a todo el apartamento- ¿No hay nadie más que se esconda? Salgan ahora mismo.
Yo rogaba porque Angela no saliera. Porque algún capricho del destino le diera a Angela el poder de resistirse ante la influencia de aquella voz y sus órdenes.
-Dime, querido felino, ¿tenías compañía en tu escondite?- me preguntó con sorna.
Intuyendo que debía recordar los días anteriores al rescate de Angela, con la esperanza de que respondiera negativamente, esperé a que su poder hiciera efecto sobre mí y me hundí en la soledad de aquellos días.
-No... que me acuerde- escuché decir a mi boca.
Renata sonrió despectivamente y ordenó a sus hombres que desistieran. Que nadie más había por allí.
Lamenté tener que abandonar a Angela para salvarla pero me esforcé en ocultar su recuerdo en mi mente.
-Ven conmigo; tu lealtad es mía ahora.- afirmó Renata mientras me invitaba a salir del apartamento y me alejaba cada vez más de Angela.
-No puedo resistirme pero no creo que esté de más negarme. Jamás tendrás mi verdadera lealtad, "Doctora" Renata.
-Ya veremos. Serás para mí como la mascota que nunca tuve.- dijo riendo con burla.
-Sube al auto. - me ordenó una vez habíamos salido del edificio.
No sabía qué sería de Angela. Esperaba que lograra comunicarse con la resistencia y salir de allí sin contratiempos. Me convencí de que la protegí lo más que pude. Ahora solo dependía de ella salvarse.
Había fracasado en mi intento por vencer la organización de la que hacía parte Renata y estaba a merced de ella. Ojalá otros pudieran terminar lo que yo no fui capaz. Subí al auto y me despedí de Angela y de él. El ángel que guardaba mi alma y el fantasma que me lastimó con un beso.
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