¿Y cómo decirle a ella lo que me pasaba? Acababa de regresar de aquel estado de sopor y yo quería revelarle más de lo que podría soportar. No era apropiado ni saludable para Angela que la bombardeara con tan importante cantidad de información en tan poco tiempo. Lo supe en el momento exacto en el que volví a verla, que no debía cometer el mismo error que cometí en el pasado. Y por supuesto, he evitado con toda mi voluntad hacerlo. No es muy complicado, después de todo, soy una persona con la voluntad de acero que tanto alaban en la sociedad. Hasta el más reacio a mirar más allá de sí mismo, reconoce esta cualidad. Pero no viene al caso.
Debería utilizar el antiguo recurso que Hoffman magistralmente aprovechó en su "Hombre de Arena" para generar un hilo conductor o la estructura fragmentada creada por Rulfo para "Pedro Páramo" con la intención de hacer esta historia entendible a pesar de los eventos que no les contaré.Ya los sabrán por habladurías que escuchen, chismes sobre nosotros que circularán en la ciudad, y artículos sensacionalistas que se publiquen. Ese asunto no interesa. Me permitiré ahora ubicarlos tanto emocional como espacialmente de la forma más genérica que me sea posible, evitando el uso de los recursos citados con anterioridad.
Frente a un computador; no interesa si es portátil o no, su capacidad y otra lista de nimiedades que no afectan para nada el entorno. Este se encuentra sobre una mesa en una habitación de un pequeño apartamento en el extremo norte de la ciudad, cuyo nombre no es relevante. He estado pensando últimamente en esta persona, tan cercana y lejana a Angela, que tanto me ha desconcertado e intrigado desde la primera vez en que le ví. En nuestra relación. Más allá de una amistad y tan comparable a la mía con Angela como una rosa negra lo es a una roja. Dos caras de la moneda, pero no de la misma moneda. ¿Entienden lo que les intento decir? No puedo despojarme de ninguna de las dos atractivas y seductoras posibilidades. No obstante, tengo que proteger a Angela a como dé lugar, aunque ella no pueda conocer la razón. Sólo le ruego a la fuerza creadora que vele por mi otro amor pese a reconocer que puede (y deseo que lo haga) sobrevivir por su propia cuenta.
Intuyo que quieren saber sobre Angela. Ahora yace profundamente dormida sobre la cómoda cama a mi derecha. Cayó rendida al llegar a este lugar no sin antes escucharme prometer que no le haría ningún daño ni la abandonaría. Yo no podría hacerlo, naturalmente. Mas quería tener noticias de... Ya se imaginarán de quién estoy hablando.
Luego de dejarla debidamente acomodada y adormecida, me había dispuesto a escribir pero un flujo inesperado de sangre, proveniente de la nariz, me obligó a correr apresurada y silenciosamente al pequeño baño, cuya puerta daba a los pies de la cama. Sí, me ocurre a menudo, y con mayor frecuencia cuando hago un esfuerzo físico indebido, pudiendo magnificarse hasta dejarme inconsciente si no lo controlo. Suerte la que tuve de que Angela siguiese durmiendo. Yo cuidaré de ella, no ella de mí, pueden asegurarlo.
Confiando en que nadie leerá esta confesión hasta que todo el problema se haya solucionado, les contaré los planes para mañana. Un exquisito desayuno en el café de la esquina de la manzana. Una hermosa caminata bajo el sol mañanero en dirección a la Biblioteca Pública de la ciudad. Una tarde de lectura agradable en el resguardo del alto techo del edificio y... no hay planes concretos para mañana. Nada puede ser tan sencillo y ordinario como eso. De seguro, ya estamos siendo perseguidos. Hmmm, con algunas precauciones podríamos llegar a la Biblioteca e investigar sobre esta detestable entidad. Sí, ese será nuestro rudimentario pero secreto plan. Es tiempo de descansar, al menos para mí.
Me levanté del escritorio sin saber por qué escribía aquello y para quién. Pronto lo descubriría. Me recosté en el diván de respaldo alto a la entrada del recinto principal y me dispuse a lanzarme al Reino de las Sombras.
martes, 15 de noviembre de 2011
lunes, 14 de noviembre de 2011
Sueños. Tercera parte.
Empezaba a oscurecer, o al menos, eso me parecía. Tenía que ir al pequeño aunque acogedor apartamento que compartíamos mi hermano y yo. No era muy distante de la clínica que acababa de abandonar, si se iba en auto pero yo no tenía modo de llegar allí en uno. Tampoco tenía dinero para pagar un autobús; sólo venía a acompañar a mi gemelo en una de sus visitas de trabajo. Según él decía, se desempeñaba como supervisor de sanidad. Ahora lo dudaba rotundamente.
Emprendí el camino hacia la alejada autopista que pasaba frente al terreno aledaño a la clínica. Pretendía pedirle a un conductor que me llevase hasta el norte de la ciudad, a la Calle del Ángel, desde donde podía caminar a casa.
Me puse la chaqueta gris que había recuperado antes de salir del recinto mal iluminado y reparé en un bulto en uno de sus bolsillos. Un teléfono móvil. Mi teléfono móvil. ¿Por qué no había pensado en llamar a alguien hasta encontrarlo? No lo habría dado por perdido, solamente no recordaba haberlo traído. Aún así, no podía contactarme directamente con mi hermano puesto que sabía que no me ayudaría por alguna razón trivial. Recordé entonces el segundo sueño al que había sido sometido y quién había aparecido en él:
-La dejaste ir-dijo con una mueca de desazón, mi desconocido amigo, Héctor-. Yo, en tu lugar, iría tras ella.
Era al único al que podía acudir en este momento. Cuando contestó, su voz sonaba cansada sin dejar de demostrar sus modales y amabilidad.
-Buenas tardes. ¿Cómo está hoy?
-En una mala situación, Héctor. ¿Me podrías ayudar?
Le conté muy superficial y brevemente lo que me había ocurrido, pidiéndole que me ayudara a ir donde estaba mi hermano.
Me aseguró que lo haría, me hizo prometer que lo esperaría allí y cortó la llamada.
Quedé gratamente sorprendido cuando llegó a recogerme. A pesar de confiar en él y conocer su porte y caballerosidad, nunca pensé que me ayudaría en algo. Me subí al auto de un color carmesí y un estilo ligeramente anticuado, como su propio dueño. Me miró con esa sonrisa por la que alguna vez había caído y que ya no me producía efecto alguno.
-Caleb no está en casa, ¿lo sabe?
-Sí, lo sé. Quiero ir allí de todas formas.
-Como quiera- respondió mientras encendía el motor y el auto comenzaba su recorrido.
Los árboles dieron paso a pequeñas construcciones de ladrillo a las que muchas personas ingresaban tras largas jornadas de trabajo. Todavía no sabía cómo convencer a mi gemelo para que me acompañase en busca de la chica de ojos marrones y el sólo hecho de pensar en ello me producía ansiedad. Estaba cansado y cerré los ojos para relajarme.
Un joven, de ojos claros y cabello luminoso corría en actitud protectora junto a una mujer poco mayor que él, de piel lisa y perfecta, que tenía una mirada de tristeza. Huían de alguien que quería atraparlos y de quien ya habían escapado una vez. Pero esta, no los alcanzaría. Algo que Caleb lamentaría mucho, poco después de conocer la noticia.
Estábamos en la esquina más cercana a la calle principal de la cuadra donde se ubicaba mi apartamento. Héctor me observaba de forma inquisitiva en la oscuridad prematura de la tarde.
-¿Necesita de mi compañía?- preguntó suavemente.
-No, pero me gustaría tenerla- le contesté sin pensar.
Me sonrió y salió del auto. Hice lo mismo y rodeé la parte delantera para alcanzarlo.
-Vamos- dijo echándole un vistazo a la puerta del edificio donde yo vivía-. Me iré tan pronto como convenza a Caleb de ayudarle.
Empezamos a caminar hacia el oriente hasta la mitad de la manzana. Entramos y subimos hasta el tercer piso, donde busqué la llave de mi apartamento y la introduje en la cerradura metálica. Estaba vacío como esperaba. Dejé pasar a Héctor que encendió las luces mientras yo cerraba la puerta.
-¿Ha pensado cómo conseguir la ayuda de su hermano?- inquirió él aparentemente inmerso en la búsqueda de algo en específico.
-Tengo que encontrar una razón para chantajearlo. Es la única manera.
-Eso pensaba; es lo que busco- repuso, aún ocupado inspeccionando el escritorio de Caleb.
Me acerqué a la mesa de café de madera blanca. Sobre su superficie había un sobre, enviado a mi hermano esa misma mañana. Estaba vacío y no había descripción alguna de lo que había dentro. El tamaño del sobre sugería que había alojado una carta o una postal. Me dí la vuelta para mostrárselo a Héctor. Él sostenía un cuadro pequeño en la mano izquierda y tenía una cara de triunfo.
-Esto es lo que puede usar- dijo.
-Creo que ya sé lo que venía en este paquete- afirmé dejándolo examinar el sobre.
-Está en lo cierto- susurró. Me pasó la foto.
La misma mujer que había visto huyendo de su perseguidor yacía sobre una camilla, ataviada con una bata blanca y en un profundo sueño. La imagen estaba marcada con la estirada caligrafía de mi hermano. Decía en tinta roja: Sujeto inmune #1.
No sabía qué quería decir ni cómo se relacionaba con mi reclusión en esa sala de pruebas. Miré a mi amigo que, a su vez, contemplaba atentamente la puerta principal. Alguien le quitaba el seguro y empujaba para entrar.
-Conque escapaste al igual que el resto- sonrió falsamente complacido mirando a Héctor-. Con ayuda de tu... amigo- terminó con sorna.
-¿El resto?¿En qué estás metido, Caleb?- le pregunté, acercándole la foto que Héctor había encontrado. Mi hermano tenía otro sobre bajo el brazo, del mismo tamaño del que había visto antes pero lleno de lo que parecían fotos.
-Nada de esto es asunto tuyo, "hermanito"- me contestó, burlándose.
-Es asunto de él desde que lo hiciste ir a esa oscura clínica- intervino Héctor.
-¿Acaso te obligué a ir?- me preguntó sin desviar la vista de mi amigo. "No se parece tanto a mí, a pesar de que somos gemelos. Él es más alto, más fuerte y su cara siempre demuestra desprecio" pensé.
-No viene al caso, eso es pasado. Ahora me acompañarás a buscar a Bianca- sentencié.
-¿Y cómo harás eso?- me preguntó, sin dejar de sonreír, exhibiendo un interés ficticio.
-Localizaré a esta hermosa mujer y buscaré a los otros que dices que han escapado. Todos ellos te conocen y querrán pasar a saludarte.
Esta vez, tuvo miedo y su sonrisa desapareció para ser reemplazada por un gesto de auténtico desasosiego.
-Ninguno de ellos puede encontrarme- aseguró.
-Entonces condúceme a ella- le sugerí- o esta foto estará en un juzgado mañana mismo.
-Yo me encargaré de ello- manifestó Héctor.
-No es necesario, cuñado- escupió Caleb mientras vigilaba a mi acompañante con odio.
-Deberías empezar a respetar, querido hermano. Con esta evidencia, puedes quedar sin nada de lo que te hace feliz- amenacé.
-Te colaboraré, si este... chico, no nos acompaña- condicionó sin voltear su mirada.
-Por supuesto que no lo haré- respondió solícitamente- Vine a acompañar a su hermano y creo que es tiempo de irme.
Se despidió de mí, abrió la puerta y salió.
-Ya todo está arreglado. Héctor te entregará a las autoridades si no tiene noticias de mí por lo menos dos veces al día.
-Como sea- interrumpió Caleb, lanzando con fuerza el sobre al sofá de dos puestos en el centro de la sala- Ve a dormir. Mañana a primera hora debes estar listo- completó desapareciendo en la puerta de su habitación.
La iba a volver a ver. Y no había nada que nadie pudiera hacer en contra. No podía esperar a admirar sus hermosos ojos castaños. Tuve la visión de ella en medio del bosque, sonriendo con alegría mientras que me invitaba a seguirla al fondo de lo que sería nuestro secreto lugar de reencuentro. No me había equivocado y ella me llamaba con gracia:
-Gabriel, ven junto a mí.
Caí dormido sobre el sillón doble con el sobre de fotos sin abrir en mi regazo.
-Yo me encargaré de ello- manifestó Héctor.
-No es necesario, cuñado- escupió Caleb mientras vigilaba a mi acompañante con odio.
-Deberías empezar a respetar, querido hermano. Con esta evidencia, puedes quedar sin nada de lo que te hace feliz- amenacé.
-Te colaboraré, si este... chico, no nos acompaña- condicionó sin voltear su mirada.
-Por supuesto que no lo haré- respondió solícitamente- Vine a acompañar a su hermano y creo que es tiempo de irme.
Se despidió de mí, abrió la puerta y salió.
-Ya todo está arreglado. Héctor te entregará a las autoridades si no tiene noticias de mí por lo menos dos veces al día.
-Como sea- interrumpió Caleb, lanzando con fuerza el sobre al sofá de dos puestos en el centro de la sala- Ve a dormir. Mañana a primera hora debes estar listo- completó desapareciendo en la puerta de su habitación.
La iba a volver a ver. Y no había nada que nadie pudiera hacer en contra. No podía esperar a admirar sus hermosos ojos castaños. Tuve la visión de ella en medio del bosque, sonriendo con alegría mientras que me invitaba a seguirla al fondo de lo que sería nuestro secreto lugar de reencuentro. No me había equivocado y ella me llamaba con gracia:
-Gabriel, ven junto a mí.
Caí dormido sobre el sillón doble con el sobre de fotos sin abrir en mi regazo.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Una y otra vez (Sueños, tercera parte alternativa)
Nunca me detuve después a preguntarme por qué había acudido a mi hermano antes de ir en busca de Bianca. Las razones por las que lo hice son, sin embargo, claras: Había adquirido un desorden en el sistema nervioso, específicamente en el central donde se regula el sueño, llamado narcolepsia. Un sueño entrecortado y profundo es lo que desde los experimentos aquejó mi vida. No obstante, esta incontrolable caída en la inconsciencia tenía una causa, que descubrí posteriormente.
Oscurecía. Había tomado la decisión de utilizar a mi hermano para llegar a ella. No sabía dónde podía encontrarlo, así que empecé a caminar hacia las luces de los límites de mi ciudad, junto a la autopista que pasaba cerca a la clínica. Alcé la vista hacia el cielo donde una gran luna anaranjada iluminaba el firmamento. Parecía que parte de la luz apuntaba a la cumbre de una colina cercana, desde donde seguramente se podían ver las luces de toda la ciudad en la noche. Recordé el calor de una silueta mediana a mi lado, ahora ofuscado por el viento frío que nadaba en la oscuridad. Supe que no te podía tener ahora, no era justo, pero sabía que te encontraría. No me detuve a comprobar si mis ojos me engañaban. De alguna extraña manera, podía asegurar que no lo hacían.
Un autobús hacía su muy probable última parada antes de regresar al norte de la ciudad. Era un servicio diurno, por eso lo sabía. Me atrevería a decir que se había atrasado. Abordé en él por la puerta de atrás al tiempo que rebuscaba en mis bolsillos con el fin de dar con algo de dinero. Pagué al cobrador y me senté en un par de sillas vacías. Ya se podían ver edificios a ambos lados de la autopista, a través de las ventanas laterales del autobús.
Rememoré aquellos ojos oscuros, marrones, en los que no pude quedarme. Supuse que esta era una ridícula reflexión de cómo te perdí junto a esos hermosos ojos. No era tiempo de decir adiós. No podría concebirlo después de haberte visto mirándome desde el centro del claro. La certeza de que te volvería a ver, en mis sueños o en esta realidad, causó una gran felicidad en mi ser que sólo oculté al recordar en donde me encontraba.
Las puertas pasaban rápidamente a mi lado sin que yo lo notara. ¿Se estaba haciendo más oscuro? No era posible puesto que ya había oscurecido pero la luz se iba, se iba...
-¡Gabriel!-llamó una clara pero socarrona voz.
Giré para mirar a quien hablaba. Su tez blanca y suave parecía reflejar la poca luz que se colaba entre las copas de los árboles, tan juntas en aquél lugar. Me perdí en su boca y en sus ojos, castaños, como los de nadie más.
-Nunca me has visto realmente- me espetó observándome directamente a los ojos.
-No es cierto. Lo estoy haciendo ahora. Eres siempre tan perfecta- le respondí -.Quería volver a verte, porque he visto tu alma y es más pura que cualquier otra.
-No lo entiendes. Mi mirada no lo dice todo.-resolló con furia contenida. Incluso en ese estado se veía encantadora. Alargué la mano para tomar la suya pero una fuerza invisible me haló hacia el lado oscuro del bosque. Alcancé a notar cómo movía su cabeza de un lado a otro, en un gesto de desaprobación.
-Perdón, señor- se disculpó una señora de edad que me había golpeado con su bolso, de camino a la parte posterior del autobús.
-No interesa- le respondí a la silla vacía a mi lado mientras chequeaba el exterior por la ventana.
¿A dónde me dirijo? A buscar a mi hermano. ¿Dónde puede estar? No puede estar en casa, siempre tiene tanto que hacer. ¿Qué me había querido decir Bianca? Que no la conozco, que es absurdo y sin sentido que piense tanto en ella. No lo puedo evitar; es una de las secuelas del experimento científico al que Caleb me sometió. Me ató para que no fuera a donde él no quería. Nunca lo hubiera pensado capaz de hacerme algo así debido a que era una persona tan correcta. Ya no interesa, pagará por ello y no seré yo quien lo obligue a hacerlo.
Una mujer, de piel cremosa y largo y castaño cabello, demostraba una inocencia angelical caminando con cautela al lado de un joven de ojos claros y cabello lacio, tan apuesto que daba envidia. Un grito de otro hombre, la visión del indiferente rostro de Caleb y un cielo estrellado.
¿Qué es esto? pensé inmediatamente. Había tenido una visión sin caer inconsciente (o eso creía). No era un sueño, era la revelación de algo importante pero no visible en la primera revisión. Mi hermano debe tener la respuesta pues sé que estuvo implicado, me dije.
El familiar puesto de revistas en la esquina estaba cerrado así que supuse que eran pasadas las siete y media. Llegué al edificio de apartamentos donde vivía. Subí hasta el tercer piso y entré a la acogedora sala-estudio de la residencia que compartía con Caleb. Sobre la mesa de café de madera pintada de blanco puro había una foto. Un muchacho que reconocí de inmediato, de rodillas, sin camisa, esposado con unas grandes cadenas a la pared. Era un compañero de trabajo de mi gemelo o al menos, eso decía él.
Salió en dirección a la cocina antes de notar mi presencia.
-Conque escapaste al igual que el resto- me inspeccionó de arriba a abajo.
-¿El resto?¿En qué estás metido, Caleb?- le pregunté bruscamente, agitando la perturbadora foto que acababa de agarrar.
-No es asunto tuyo, "hermanito"- me respondió, riendo con sarcasmo.
-Pues lo es desde que me involucraste en ello.
-No lo hice. Tú accediste voluntariamente a ir a ese lugar- repuso de manera burlona. "No se parece tanto a mí, a pesar de que somos gemelos. Él es más alto, más fuerte y su cara siempre demuestra desprecio" pensé.
-Ambos sabemos que no es cierto y eso es lo que me permitirá obligarte a acompañarme a encontrar a Bianca.- proferí.
-¿Le dirás a nuestros padres, Gaby? ¿O me acusarás con tus amigos?- me preguntó, sin dejar de sonreír, mostrando falso asombro y preocupación.
-Liberaré a tu supuesto amigo y buscaré a los otros que escaparon. O aún mejor... Le diré a tu jefe, el señor V.
Esta vez, tuvo miedo y su sonrisa desapareció para ser reemplazada por un gesto de auténtico desasosiego.
-Nadie puede saber que los liberaron- aseguró.
-Y tú no encontrarás a Bianca- sentenció después de un minuto de reflexión.
-¡Claro que lo haré!- grité indignado.
Se acercó a mí prudentemente, preparado para atacar.
-No existe; todo fue producido por las pruebas que te hicieron. Nunca estará de nuevo en tus brazos o, mejor dicho, por primera vez en este mundo. Pensé que debías saberlo. No podrás encontrar a alguien como ella aquí.- terminó con una mueca de compasión hipócrita.
Me negué a aceptarlo pero mi mente trajo la verdad como si la hubiera proferido la misma Bianca:
-No podemos estar juntos, porque la vida nos separa.
Caí sin saber qué me sostendría. Un manto de oscuridad profunda me abrazó. Entretanto, recordaba su cabello escapando de mi vista.
Silencioso (Versión original)
No hacía nada puesto que no tenía un propósito real en la vida a menos que ser comprendido fuera un objetivo que valiera más que la existencia. Solía hablar mucho con aquellos a quien conocía intentando siempre hacerles entender lo que pensaba y sentía. Pocas veces lo lograba… “Los seres humanos son animales obstinados, que por muy pocas razones aceptan los visiones de los demás” eso era lo que creía.
Una mañana, al levantarse paró de tratar. Y por vez primera en la vida, se calló. No emitió ningún ruido desde entonces… Reía sordamente, e incluso sus estornudos no emitían el menor sonido. No es que su estilo de vida hubiera sufrido un gran cambio puesto que, a pesar de que no hablaba, se hacía entender tanto como cuando nadie lo oía.
No obstante, las discusiones con otros no cesaron, ya que sólo se había limitado a dejar de hablar y no al lenguaje en sí. Aún pensaba que podía escribir y leer; no tenía la voluntad para hacerlo. Entonces, ¿por qué continuaban aquellas riñas? Las miradas eran suficientes para iniciarlas. Dicen que los ojos son las ventanas al alma y esa era la función que cumplían ahora. Podía durar horas refutando lo que una mirada le había revelado. Gestos, muecas y movimientos del cuerpo eran esenciales para explicar lo que le molestaba de aquella observación o para refutarla completamente. A pesar de sus intentos, el esfuerzo era en vano.
Por esta razón, paulatinamente, comenzó a modificar su rutina. Se despertaba temprano, salía a la pradera y paseaba por allí con tranquilidad mientras los propietarios de la gran hacienda y el terreno, dormían. Había habitado toda la vida en ese lugar, pero, poco antes de su resolución, nuevos inquilinos habían comprado lo que era suyo. Creía que, al menos la parte que él había colonizado le pertenecía. En días pasados, podía disfrutar tarareando canciones que había escuchado en las casas contiguas cuando deambulaba por los extensos terrenos en torno a la casona principal. Pero ahora, no le era posible darse ese gusto; no quería emitir sonido alguno ya que los dueños armaban un escándalo al verlo vagando como un ente por su propiedad. Como consecuencia, debía despertarse temprano para salir de su escondite.
Ese día, había salido a trotar, recordando su familia y su antigua vida. Cuando era pequeño, no tenía responsabilidades y solo se preocupaba por hacer lo que le placía. Así que buscaba por todos los medios estar solo, pues aún a esa edad, era incomprendido por los demás. Siempre pensaba que la causa de este hecho estaba relacionada con su extraño e inadecuado comportamiento.
Rehuía de los otros de su edad, no acostumbraba ser tan hiperactivo como ellos y lo que más le gustaba era imaginarse lo que existía más allá de los límites de la propiedad en la que vivía. Soñaba con un paisaje sublime, de blancas mesetas y vastos valles donde serpenteaban ríos y riachuelos. Con profundos bosques de altos árboles que se juntaban a medida que crecían, permitiendo ver retazos de un cielo completamente gris entre sus ramas entrelazadas.
No tenía sentido que anhelara esto cuando su hogar se encontraba rodeado de verdes llanuras que se perdían en el horizonte. La única diferencia entre su sueño y su entorno era la presencia de la manipulación humana; nadie más podía entrar a ese eterno paraíso que creaba. La soledad le atraía y la ilusión de vivir por su cuenta lo hipnotizaba.
Ya mayor no soportaba las críticas de sus contemporáneos cuando hablaba de su lugar perfecto. ¿Quién desearía vivir permanentemente entre vegetales congelados? Es muy probable que un día ahí baste para afectar tu salud para siempre. Ridículos mortales, pensaba para sus adentros. No son capaces de admirar la supremacía de una maravilla natural, en donde el tiempo se detiene ante su grandeza.
Esta era una de las excusas preferidas de la que sus congéneres se valían para iniciar una discusión. Su habilidad para debatir era impresionante. Sin embargo, le era completamente inútil porque nadie lo parecía escuchar. Cuando esto ocurría, solía salir corriendo de la casa para continuar trotando por la llanura hasta alcanzar un punto con la altura precisa para vigilar su residencia y sus alrededores desde una distancia segura. Una diminuta gota de solución salina resbalaba por su mejilla, muestra de la impotencia que sentía. Cerraba los ojos como ahora, para viajar hasta ese lugar asombroso en el que se reconocía libre.
Abrió los ojos en su realidad, recorrió con la mirada lo que ya no era suyo. Aquél hermoso conjunto de edificaciones y plantas que una vez denominó hogar. En este momento, lo veía distinto, como si fuese una copia desconocida de su familiar hábitat, enmarcada por un cielo que se oscurecía a medida que el sol se escondía. Era hora. Este día tan eterno y miserable llegaba a su fin. Tenía que hacerlo antes que fuera demasiado tarde. Después de tanto tiempo de espera, divisó la dirección correcta. Sonrió como nunca lo había hecho y desplegó sus alas para alzar el vuelo mientras escuchaba el asombro que su presencia y partida provocaba en los habitantes de la casa.
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