lunes, 14 de noviembre de 2011

Sueños. Tercera parte.

Empezaba a oscurecer, o al menos, eso me parecía. Tenía que ir al pequeño aunque acogedor apartamento que compartíamos mi hermano y yo. No era muy distante de la clínica que acababa de abandonar, si se iba en auto pero yo no tenía modo de llegar allí en uno. Tampoco tenía dinero para pagar un autobús; sólo venía a acompañar a mi gemelo en una de sus visitas de trabajo. Según él decía, se desempeñaba como supervisor de sanidad. Ahora lo dudaba rotundamente.

Emprendí el camino hacia la alejada autopista que pasaba frente al terreno aledaño a la clínica. Pretendía pedirle a un conductor que me llevase hasta el norte de la ciudad, a la Calle del Ángel, desde donde podía caminar  a casa.

Me puse la chaqueta gris que había recuperado antes de salir del recinto mal iluminado y reparé en un bulto en uno de sus bolsillos. Un teléfono móvil. Mi teléfono móvil. ¿Por qué no había pensado en llamar a alguien hasta encontrarlo? No lo habría dado por perdido, solamente no recordaba haberlo traído. Aún así, no podía contactarme directamente con mi hermano puesto que sabía que no me ayudaría por alguna razón trivial. Recordé entonces el segundo sueño al que había sido sometido y quién había aparecido en él:
-La dejaste ir-dijo con una mueca de desazón, mi desconocido amigo, Héctor-. Yo, en tu lugar, iría tras ella.
Era al único al que podía acudir en este momento. Cuando contestó, su voz sonaba cansada sin dejar de demostrar sus modales y amabilidad.
-Buenas tardes. ¿Cómo está hoy?
-En una mala situación, Héctor. ¿Me podrías ayudar?
Le conté muy superficial y brevemente lo que me había ocurrido, pidiéndole que me ayudara a ir donde estaba mi hermano.
Me aseguró que lo haría, me hizo prometer que lo esperaría allí y cortó la llamada.
Quedé gratamente sorprendido cuando llegó a recogerme. A pesar de confiar en él y conocer su porte y caballerosidad, nunca pensé que me ayudaría en algo. Me subí al auto de un color carmesí y un estilo ligeramente anticuado, como su propio dueño. Me miró con esa sonrisa por la que alguna vez había caído y que ya no me producía efecto alguno.
-Caleb no está en casa, ¿lo sabe?
-Sí, lo sé. Quiero ir allí de todas formas.
-Como quiera- respondió mientras encendía el motor y el auto comenzaba su recorrido.
Los árboles dieron paso a pequeñas construcciones de ladrillo a las que muchas personas ingresaban tras largas jornadas de trabajo. Todavía no sabía cómo convencer a mi gemelo para que me acompañase en busca de la chica de ojos marrones y el sólo hecho de pensar en ello me producía ansiedad. Estaba cansado y cerré los ojos para relajarme.

Un joven, de ojos claros y cabello luminoso corría en actitud protectora junto a una mujer poco mayor que él, de piel lisa y perfecta, que tenía una mirada de tristeza. Huían de alguien que quería atraparlos y de quien ya habían escapado una vez. Pero esta, no los alcanzaría. Algo que Caleb lamentaría mucho, poco después de conocer la noticia.

Estábamos en la esquina más cercana a la calle principal de la cuadra donde se ubicaba mi apartamento. Héctor me observaba de forma inquisitiva en la oscuridad prematura de la tarde.
-¿Necesita de mi compañía?- preguntó suavemente.
-No, pero me gustaría tenerla- le contesté sin pensar.
Me sonrió y salió del auto. Hice lo mismo y rodeé la parte delantera para alcanzarlo.
-Vamos- dijo echándole un vistazo a la puerta del edificio donde yo vivía-. Me iré tan pronto como convenza a Caleb de ayudarle.
Empezamos a caminar hacia el oriente hasta la mitad de la manzana. Entramos y subimos hasta el tercer piso, donde busqué la llave de mi apartamento y la introduje en la cerradura metálica. Estaba vacío como esperaba. Dejé pasar a Héctor que encendió las luces mientras yo cerraba la puerta.

-¿Ha pensado cómo conseguir la ayuda de su hermano?- inquirió él aparentemente inmerso en la búsqueda de algo en específico.
-Tengo que encontrar una razón para chantajearlo. Es la única manera.
-Eso pensaba; es lo que busco- repuso, aún ocupado inspeccionando el escritorio de Caleb.

Me acerqué a la mesa de café de madera blanca. Sobre su superficie había un sobre, enviado a mi hermano esa misma mañana. Estaba vacío y no había descripción alguna de lo que había dentro. El tamaño del sobre sugería que había alojado una carta o una postal. Me dí la vuelta para mostrárselo a Héctor. Él sostenía un cuadro pequeño en la mano izquierda y tenía una cara de triunfo.
-Esto es lo que puede usar- dijo.
-Creo que ya sé lo que venía en este paquete- afirmé dejándolo examinar el sobre.
-Está en lo cierto- susurró. Me pasó la foto.
La misma mujer que había visto huyendo de su perseguidor yacía sobre una camilla, ataviada con una bata blanca y en un profundo sueño. La imagen estaba marcada con la estirada caligrafía de mi hermano. Decía en tinta roja: Sujeto inmune #1.

No sabía qué quería decir ni cómo se relacionaba con mi reclusión en esa sala de pruebas. Miré a mi amigo que, a su vez, contemplaba atentamente la puerta principal. Alguien le quitaba el seguro y empujaba para entrar.

-Conque escapaste al igual que el resto- sonrió falsamente complacido mirando a Héctor-. Con ayuda de tu... amigo- terminó con sorna.
-¿El resto?¿En qué estás metido, Caleb?- le pregunté, acercándole la foto que Héctor había encontrado. Mi hermano tenía otro sobre bajo el brazo, del mismo tamaño del que había visto antes pero lleno de lo que parecían fotos.
-Nada de esto es asunto tuyo, "hermanito"- me contestó, burlándose.
-Es asunto de él desde que lo hiciste ir a esa oscura clínica- intervino Héctor.
-¿Acaso te obligué a ir?- me preguntó sin desviar la vista de mi amigo. "No se parece tanto a mí, a pesar de que somos gemelos. Él es más alto, más fuerte y su cara siempre demuestra desprecio" pensé.
-No viene al caso, eso es pasado. Ahora me acompañarás a buscar a Bianca- sentencié.
-¿Y cómo harás eso?- me preguntó, sin dejar de sonreír, exhibiendo un interés ficticio.
-Localizaré a esta hermosa mujer y buscaré a los otros que dices que han escapado. Todos ellos te conocen y querrán pasar a saludarte.
Esta vez, tuvo miedo y su sonrisa desapareció para ser reemplazada por un gesto de auténtico desasosiego.
-Ninguno de ellos puede encontrarme- aseguró.
-Entonces condúceme a ella- le sugerí- o esta foto estará en un juzgado mañana mismo.
-Yo me encargaré de ello- manifestó Héctor.
-No es necesario, cuñado- escupió Caleb mientras vigilaba a mi acompañante con odio.
-Deberías empezar a respetar, querido hermano. Con esta evidencia, puedes quedar sin nada de lo que te hace feliz- amenacé.
-Te colaboraré, si este... chico, no nos acompaña- condicionó sin voltear su mirada.
-Por supuesto que no lo haré- respondió solícitamente- Vine a acompañar a su hermano y creo que es tiempo de irme.
Se despidió de mí, abrió la puerta y salió.
-Ya todo está arreglado. Héctor te entregará a las autoridades si no tiene noticias de mí por lo menos dos veces al día.
-Como sea- interrumpió Caleb, lanzando con fuerza el sobre al sofá de dos puestos en el centro de la sala- Ve a dormir. Mañana a primera hora debes estar listo- completó desapareciendo en la puerta de su habitación.
La iba a volver a ver. Y no había nada que nadie pudiera hacer en contra. No podía esperar a admirar sus hermosos ojos castaños. Tuve la visión de ella en medio del bosque, sonriendo con alegría mientras que me invitaba a seguirla al fondo de lo que sería nuestro secreto lugar de reencuentro. No me había equivocado y ella me llamaba con gracia:
-Gabriel, ven junto a mí.
Caí dormido sobre el sillón doble con el sobre de fotos sin abrir en mi regazo.

2 comentarios:

  1. A veces, nos es complicado lograr unir los personajes y hacerlos seres exactos que muestren su vida y su alma. Logras hacer que nos introduzcamos en la historia, y huyamos de nuestra realidad para caminar al lado de Caleb o simplemente dormir junto a Gabriel, esperando un regreso.
    Precioso, esto... es Sueños

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  2. Bastante profundo y una muy buena continuación de los relatos anteriores, aunque me gusta más la versión alternativa del escrito... más sin embargo logras sumergirme en la trama totalmente.

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