jueves, 31 de diciembre de 2015

Recuerdos de los pasados

Él había caído de nuevo en ese fango emocional: Una mezcla asquerosa de desprecios y estimas que se amalgamaba a su alrededor como falsas arenas movedizas. Ese era su entorno preferido para sufrir y lamentarse por lo ocurrido pero que nunca fue su culpa.

No obstante, Sebastian se sentía liberado cuando no caía. Mucho tiempo había pasado reprimido y por fin podía decidir ser él de nuevo y nada más que eso, con sus fallas y defectos que parecían más fortalezas y cualidades.

Ahora sólo pensaba en él y su mente vagaba a parajes cada vez más oscuros de los que no quería irse. De pronto era masoquista; de pronto se quería menos que a él. Era en estos momentos cuando viajaba que se topaba de frente con la figura sólida de su ex, quien se reía de él en su cara. El inmaduro e infantil muchacho se burlaba sin piedad y sin que Sebastian pudiera hacer nada para detenerlo.

¿A dónde había ido el amor que tanto decía que le profesaba?¿Había escapado igual que el mismo Judas antes de enfrentar lo que había hecho? Sebastian lo miraba vanagloriarse de sus amantes, de sus relaciones efímeras con personas pobres de alma y como consecuencia, sufría más. Nuevamente quería arrancarse la piel frente al traidor que le retaba pero sólo caía, caía y caía.

Sin embargo, algo en su interior quería finalmente luchar.

Empezaron a aparecer como si los vomitase su alma. Mientras él parecía retocerse con un gran vacío en la mitad, ellos cobraban fuerza.

Primero, ella, alta y de largos cabellos, con su mirada suave como el color de su piel. Ella que a veces sonreía a su pesar, siendo la más cercana al daño que ahora a él le aquejaba, lo miró en el suelo y le tendió la mano, mirando con indiferencia despectiva al ofensor. La pequeña llama, Fiammetta, decidió llamarle su anterior amado Sebastian.

Tan pronto ella con su fantasmagórica figura logró desviar la atención de Sebastian, una segunda bola de luz empezó a definirse. Un hombre de estatura media y complexión delgada, con una gran sonrisa que mostraba los dientes blancos, apareció. Agitó fugazmente con sus largos dedos su cabello negro y corto antes de ofrecer la mano a Sebastian.

Él se hallaba realmente paralizado por sus dos pasados que ahora, después de las lecciones que le habían dado, le brindaban su apoyo. Se levantó sin soltarlos a la vez que el pelinegro (convino llamarle Alejandro) miraba al victimario pelirrojo. Este comenzaba a verse más pálido y evitaba cualquier contacto visual con las dos apariciones. Ahora, la tercera luz reaccionaba y se deslizó por el aire antes de formar a un hombre mayor que el anterior, de cara cuadrada y con lentes, cuya barba cuidada hacía juego con su cabello oscuro como el petróleo.

Una sonrisa imperfecta pero encantadora se pintó en su rostro mientras ponía la mano derecha, grande y blanca, en el hombro de Sebastian e ignoraba al desgraciado contrincante, que empezaba a temblar frente a ellos.
-Incluso tú, Miguel- dijo Sebastian al girarse a verlo.
Los tres personajes relegados al olvido y al tiempo eran ahora similares a guardaespaldas, evitando que el enemigo se acercara más.

Una última circunferencia de luz, con muchos tonos y colores comenzó a hacerse pequeña como si implosionara. Del preciso punto en el que se contrajo hasta desaparecer salió una mujer. De cabello castaño, liso y largo, ojos penetrantes y una presencia ineludible, se puso de pie frente al resto, demostrando que no era para nada incorpórea. Fiammetta, Alejandro y Miguel hicieron gestos de asombro y se replegaron más cerca a Sebastian. Ella, la mujer real, Violeta, tomaba energía de los otros recuerdos para ser lo que era.

Se quedó quieta mirando al enemigo a los ojos sin que este pudiera retirar la mirada. Los temblores que recorrían el cuerpo de Judas ya no eran controlables y estaba al borde de las lágrimas. Violeta intentaba no sonreír.

Sebastian alzó la mirada y comenzó a examinar minuciosamente a su último. Tocó a Violeta en la espalda, con los otros tres a su alrededor. Ella se apartó y tocó el hombro libre de Sebastian, instándolo a seguir adelante. Él dio un paso hacia la criatura mentirosa que le había hecho tanto daño. Este se movía como si convulsionara. Era patético verlo, cuando se tiró al suelo e inició su lloriqueo sin lágrimas. Sollozaba como el traidor que era a la vez que Sebastian se dirigía hacia él con el apoyo de los cuatro que observaban desde sus posiciones. Sebastian habló entonces con la indiferencia exacta que le caracterizó antes de conocer a Judas:
-Tú me diste nada.
El otro reaccionó violentamente intentando golpearlo con el puño en alto. No obstante, su brazo era una imagen y atravesó el cuerpo de Sebastian como un holograma. Alejandro se dedicó a reír sin escrúpulos contagiando a Fiammeta quien intentaba contenerse. Miguel sonrió con ternura sin dejar de mirar a Sebastian. Finalmente, con una mueca de asco y decepción, Violeta dijo:
-Acaba con él.
Sebastian adoptó un semblante tranquilo al oírla, se agachó con suavidad junto a Judas a la par que él se esforzaba por ponerse de pie. Luego, estiró la mano izquierda y la alargó hacia el pecho del mentiroso, donde se suponía que estaría su corazón si tuviese. Sin ninguna advertencia pero con delicadeza lo tocó con las puntas de los dedos.
El miedo se dibujó con rotundidad en la cara de Judas para quedar allí por siempre grabado. El color de su cabello bermejo se volvió gris y su piel de un blanco perla a medida que desaparecía, recogiéndose como un rollo de pergamino hacia los dedos estirados de Sebastian. Después de pocos segundos, sólo se veía un resplandor ligeramente naranja en las yemas de sus dedos. Él se levantó y se giró para ver a sus compañeros. Los cuatro lo observaban con satisfacción y orgullo.

Una luz nueva y diminuta crecía detrás de ellos. Una figura delgada, pálida, con lentes rectangulares surgió. Judas volvía en la manera que debía; ya su resplandor rojizo jamás iluminaría el camino de Sebastian y sólo se limitaría a servir de escudero, ignorando su propio destino.

De todos los fantasmas era él el más etéreo y sin embargo, sonreía. Era la perfecta imitación de la vida debido a su falsedad obvia.

Sebastian sonrió al reconocer al verdadero Judas y lo ignoró para agradecer a los otros cuatro. Todos , incluso Judas, volvieron a sus formas incandescentes y se reunieron para volver a asimilarse en el pecho de Sebastian

Él se quedó de pie contemplando el horizonte. No estaba solo; nunca lo había estado.