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viernes, 25 de mayo de 2012

Sueños. Quinta parte.

Por fin, había llegado al lugar donde estaba esa secreta sala de investigación. La euforia no me hacía más lento; me impulsaba a correr escaleras arriba hasta el sexto piso. Al llegar, me deslicé por el pasadizo que sabía me llevaría al recinto donde ella se encontraba. Todavía seguía allí, ataviada con un sencillo pero ajustado vestido negro y descansando sobre la cama semidoble que la Brigada había dispuesto para ella.
El respirador no cesaba de sonar y me percaté que el sonido iba al son del goteo del suero que le administraba una máquina a su brazo derecho. Tan hermosa como siempre. Sus delicados párpados cerrados sobre sus bellos ojos oscuros. Su cara larga y femenina enmarcada por su larga cabellera negra. Su pequeña pero imponente nariz sobre sus delgados y perfectos labios. Una lástima que tuviera que hacerlo. De haber podido, la habría cortejado con mis mejores técnicas. Ya no había tiempo. Era justo lo correcto. Lo requerido para este momento. Mi hermano estaba loco y esta era la única forma de liberarlo…
Me acerqué al dispensador de suero y saqué una jeringa. Podía hacerlo de diferentes maneras. Contaminando el líquido que entraba a su cuerpo era la que más me atraía. También podría producir un alto en el fluido eléctrico y con él se iría rápidamente el aire. Tantas necesidades de un cuerpo, tantos prerrequisitos para mantenerse vivo. ¿Por qué se empeñan en atarla a la vida?¿A quién verdaderamente le importa? Ella debería haber dejado este mundo hace mucho… Lo único que agradezco es la forma en que se convirtió en una herramienta primordial para nuestra investigación. Tanto poder en una persona que ahora estaba tan frágil…
El suero que llegaba a su brazo era oscuro, su respiración se fue ralentizando y el respirador dejó de seguir el compás del goteo. Me acerqué a su oído, la besé con suavidad en la mejilla mientras susurraba con calma:
-Adiós. No deberías haberlo contactado. Te dije que sería tu perdición. Somos hermanos, ¿cómo pensaste que sería distinto? Duerme para siempre y hasta nunca, Bianca.



"Sí, estoy seguro" repetí una vez tras otra a la voz de mi subconsciente mientras me preparaba para enfrentarme a mi hermano. El auto se acercaba a su meta y podía ver la estructura gigantesca que era la Clínica Central, tan alta y majestuosa que producía un sentimiento de sobrecogimiento al espectador más valiente. De un tono amarillo pálido ajado con el tiempo, el edificio parecía cernir una atmósfera de protección sobre el terreno aledaño. Me bajé del vehículo y me quedé de pie frente a su puerta principal, admirando la fortaleza más recóndita de la compañía de Caleb. Recordé entonces que podría hacerme pasar por él si así lo quisiera; al haber tomado las precauciones previas, me quedaría más fácil hacerlo.

Entré en la recepción del primer piso y sonreí a la chica sentada frente al escritorio, esperando una reacción favorable.
-Buenas tardes, supervisor Caleb, ¿cómo ha estado usted?- me dijo la muchacha mientras sonreía por educación- Hace mucho que no se le veía por acá. ¿A qué se debe la visita?
Me extrañé por su respuesta. Parecía ilógico que Caleb no hubiese llegado aquí antes que yo, pero tenía que aprovechar cualquier asomo de suerte que me regalara el destino.
-Buenos días-le corregí- Vengo a inspeccionar las salas de prueba que hay en este centro. ¿Me llevaría hasta ellas por favor?
-¿Salas de prueba? Ha pasado poco tiempo desde que vino a revisarlas. ¿Ocurre algo malo?
-Problemas con mi hermano, ¿recuerda que estaba en una de ellas en otra institución? Parece haberle afectado más de lo pensado.... pero no veo la razón por la que debería decirle esto. ¿La tiene usted?-terminé sonriendo con superioridad de la forma más convincente que podía. Tenía que confiar en mis habilidades actorales para averiguar la verdad.
-No la tengo. Discúlpeme por mi entrometimiento. Ya le enviaré un guardia para que lo escolte hasta las salas-me respondió con evidente miedo, sin asomo de respeto. Me dispuse a mostrarle la identificación que había robado del escritorio de Caleb, pero me detuvo diciéndome:
-No se preocupe. Yo sé quién es usted. Edgar, acompáñelo por favor.
Un hombre de mediana edad y alta estatura se acercó caminando con un ligero balanceo como si fuera un primate. Tenía una cara grande y nada armoniosa y me hizo un rápido gesto para indicarme que lo siguiera. Parecía aburrido y resignado, pero yo estaba seguro que cedería ante cualquier petición mía, dado que venía del supuesto "Supervisor Caleb".

Subimos al cuarto piso y el guardaespaldas me guió hacia una sala ubicada al fondo del pasillo. En todo el trayecto no ví a nadie más, el edificio se sentía casi vacío o como si lo hubiesen evacuado recientemente. Algo me decía ese hecho pero no supe distinguirlo. En la habitación, se sentía desolación y una desesperanza latente. A esto era lo que me refería cuando le dije a la secretaria que me había "afectado más de lo pensado" el hecho de estar en los experimentos de mi hermano. Sentía que me enloquecía, pero se refutaba cuando veía a Bianca en mis sueños. Nadie como ella podría ser el producto de la mente de un loco, ¿o sí?
El recinto al que había entrado estaba ocupado por pocas cosas, una máquina extraña, ligeramente parecida a una de electrocardiogramas, una camilla sin ocupante y una mesa llena de instrumentos médicos como agujas y estetoscopios. Me acerqué con cuidado a la máquina y comprobé para mi asombro que era una versión más pequeña con ciertas diferencias de la que había en el lugar donde permanecí inducido al sueño por aquél joven científico. La inspeccioné de cerca, puesto que no tenía ningún emisor de ondas como la que había estado sobre mí poseía. Por lo que conocía, me atreví a afirmar que podía inducir en un estado de letargo a cualquier persona, durante un intervalo indefinido de tiempo.
-¿Edgar?
-Dígame, señor supervisor.
-¿Es esta máquina la que usamos para crear sueños?-inquirí con suspicacia.
-Creo que se equivoca, llamaré al encargado de esta sala-se disponía a salir a hacer su tarea pero antes de ello lo agarré del brazo y le dije:
-No se preocupe. Necesito que me lleve al resto de las salas- sería sospechoso que el supervisor Caleb no supiera el funcionamiento de los instrumentos que él en parte había ayudado a crear. Ahora estaba seguro de que ese era el "trabajo de investigación" de mi alabado hermano.
-Con gusto- me invitó a seguirlo antes de iniciar a avanzar, cruzando el extenso pasillo y entrando a la puerta de enfrente.
No había absolutamente nada extraordinario en esa nueva habitación. La misma camilla, el mismo armario y ningún habitante. Empecé a pensar en lo absurdo que había sido al pensar que sería tan fácil sacar alguna información sobre el paradero de Bianca de esta visita a la Clínica. A pesar de hacerme pasar por mi hermano, nada había averiguado que me diera indicios sobre lo que él tramaba y no veía muchas luces de esperanza en torno a llegar a alguna revelación verdadera. Dí por sentado que Caleb llegaría antes que yo lograra sonsacarle algo a ese sombrío lugar y, con ese pensamiento en mente, no me detuve más tiempo allí. Le ordené al guardaespaldas me llevara a las siguientes salas de prueba que habían en el piso, donde no encontré nada que valiera la pena y finalmente, descendimos un piso para dirigirnos a la sala especial. El nombre de ella podría ser únicamente nominal, sin darle más importancia, así que no me dí falsas esperanzas mientras Edgar abría la pesada puerta para mí.

Tan pronto como crucé el umbral de la puerta, mi vista se nubló y una imagen se sobrepuso a la de la habitación con mi acompañante junto a la entrada. Una mujer de cabellos castaños cobrizos que yo ya había visto con anterioridad, se encontraba sobre la camilla mientras otra mujer, delgada y pelirroja que me daba la espalda, le administraba algo por vía intravenosa. Ambas presencias se sentían conocidas y sabía que la visión de ellas era de un pasado más cercano que lejano. Pensé en Bianca y me pregunté por qué no la veía a ella. La respuesta llegó tan rápida como la pregunta.
"Sólo sueñas con quienes no tienes"
¿Significaba eso que necesitaba encontrar a la chica castaña? Estaba seguro que la pelirroja no era una persona que debía buscar sino, al contrario, evitar.
-¿Le ocurre algo, supervisor?- me preguntó Edgar un tiempo después. Supuse que me había quedado estupefacto y ajeno a esta realidad.
Me giré para verlo y, por un breve momento, confundí la visión sobrepuesta del pasado con la del presente. Parpadeé rápidamente y le respondí con la mayor naturalidad posible.
-Por supuesto que no, Edgar. Estaba recordando algo... ¿Sabe usted quién se alojaba en esta habitación?
-Recuerdo que era una joven. Muy atractiva si se me permite decirlo. Algo pálida para mi gusto, aunque podría deberse a los experimentos que hacían con ella. Es lo único que puedo decirle. Si me da permiso, con gusto puedo preguntar por ella a la recepcionista de este piso.
-Lo espero aquí. Averigüe cuando entró, cuando salió y de quién se trata.
-Como ordene, supervisor-respondió el guardaespaldas, saliendo de la habitación.
Tan pronto como su presencia se fue, me concentré en dilucidar algo más de las visiones del pasado que había tenido en aquél recinto. Me acerqué al armario al lado izquierdo de la camilla, donde encontré solo una banda de tela para el cabello, verde y de motivo geométrico. La tomé e intenté ver más allá del simple tejido y los cobrizos cabellos adheridos a ella. Correcto. Pertenecía a la chica que había sido internada allí hacía mucho tiempo. Supe inmediatamente que había salido de allí con premura pero no la razón por la que lo hizo. Supuse entonces que la compañía de mi hermano la había trasladado a algún otro lugar. No me parecía que ellos dejaran ir a una persona tan fácil... y menos una tan aparentemente poderosa como la chica de esa habitación.
No conocía mucho de la verdadera naturaleza del trabajo de mi hermano pero me imaginaba que él se aseguraba de que en todos los establecimientos de investigación le extrajeran todo lo que pudieran a los "sujetos de prueba". No podría estar seguro de que Caleb los atrapara; era un trabajo de muy bajo mando para alguien como él. "Supervisor"... ¿Qué más ocultaría ese título?
Una gran cantidad de discusiones se originaron en alguno de los pisos inferiores del edificio. Guardé rápidamente la banda verde en el bolsillo de mi chaqueta e intenté prepararme por si me habían descubierto. Al encontrarme en un tercer piso, no consideré la posibilidad de escapar por una ventana y seguramente las escaleras estarían plagadas de vasallos del "Supervisor", lo que solo me dejaba la alternativa de esconderme. Cuando urdí el plan para entrar a este lugar, no me detuve a pensar en la posibilidad de ser capturado o perseguido antes de salir de aquí con la información sobre el paradero de mi chica en las manos. Esta era la verdadera falla en mi plan y reconocí entonces el peligro al que me había lanzado sin reparar en las consecuencias. Me reprendí por no haber aprendido nada de la astucia de mi hermano y me dediqué a atrapar fragmentos de las conversaciones que, con el paso del tiempo, se acercaban cada vez más a donde me hallaba.
-(....) lo que hace aquí? El Supervisor no nos avisó de su visita. Debería irse antes (....)
-Nos habían advertido de su locura pero no lo creímos trastocado tan a fondo como para (...)
-¿Qué están diciendo?¿Acaso se están rebelando contra mí?- se alzó la voz inconfundible de mi hermano sobre la multitud de sonidos.
-(...) ha perdido la cabeza. Deberíamos consultar con el supervisor antes de tomar la decisión de (....)
-(...) acuerdo. Reténganlo aquí el tiempo que sea necesario. Ya (...)
Las múltiples quejas se sobreponían unas a otras y alcancé a escuchar vagamente el resonar de unos pasos acercándose. Me enderecé y adopté una expresión de desprecio, preparado para seguir con mi papel de ser necesario. Era Edgar que se asomó a la puerta, pidió permiso para entrar y finalmente me dijo:
-Señor, su hermano ha llegado y se empeña en hacernos creer que es usted. Que siendo él el supervisor, lo había citado a usted acá pero que había tenido que hacer un encargo personal urgente. Está amenazando a todo el personal con despedirlo si no le creemos lo que dice. Nadie le presta atención pero debo saber... ¿es usted realmente el Supervisor?
Tan pronto como terminó de hablar, una pequeña compañía de científicos y guardaespaldas entró silenciosamente al recinto, atentos a mi respuesta. Solté un bufido de burla y tras menear la cabeza con supuesta decepción, respondí:
-Edgar, ¿cree usted que si yo no fuera el Supervisor Caleb se lo diría así de fácil?¿Cree también que, en el hipotético caso que no fuera yo, me arriesgaría a estar a solas con ustedes sabiendo lo difícil que sería escapar? Fíjese en lo que está diciendo; todos los que cruzamos hoy me reconocieron y usted ahora duda de mi identidad. Yo tendría cuidado en su lugar.
Los recién llegados soltaron un suspiro de alivio, que intentaron reprimir mientras ponían falsas caras de preocupación por el destino de Edgar. Este último se quedó sin habla y apuntó su mirada al suelo en un intento por encontrar la forma de disculparse. Me felicité por mi hazaña y me agradó confirmar lo mucho que podría hacer para ir en busca de Bianca. Espere un pequeño momento antes de decir:
-¿Qué hacen todos ustedes mirándome?¿No tienen nada que hacer? Debería modificar el excelente informe que preparaba sobre su trabajo...- dejé que la frase hiciera efecto antes de agregar- Edgar, traiga a mi hermano. Deseo verlo.
Los científicos salieron apresuradamente de la estancia, dejando a los tres guardaespaldas conmigo, quienes se hicieron a un lado para dejar a Edgar pasar. Me miraban con miedo mal disimulado y parecían esperar órdenes mías. Me propuse esperar a que trajeran a Caleb y seguí interpretando mi papel de la manera más acertada que pude. Miré a los guardaespaldas con desprecio mientras chequeaba la hora en mi reloj. Medio día.
-¿Cuánto tiempo más tendré que esperar para poder terminar la inspección?- exclamé dirigiéndome al ambiente más que a alguno de ellos específicamente.
Por segunda vez, estallaron riñas en algún lugar cercano a la puerta principal del edificio y yo, dando por sentado que se relacionaban con Caleb, hice oídos sordos. Los hombres que quedaban en la habitación se movían inquietos y se lanzaban miradas de advertencia silenciosas hasta que uno de ellos soltó:
-Señor, creo que lo que está pasando fuera le concierne. ¿Me permitiría ir a chequear la situación para informarle antes que ocurra otro malentendido?
-Vaya y no se demore- respondí de sopetón. Volví a escuchar las exclamaciones y me percaté que alguien corría con premura hacia el lugar donde me encontraba. Los guardaespaldas giraron en el preciso momento en que un joven, de cabello oscuro y llamativos rasgos salió disparado del hueco de las escaleras en dirección a la puerta de la habitación. Lo atraparon poco después de cruzarla a pesar de que él demostraba una gran fuerza mientras se debatía por liberarse. Me fulminó con la mirada y vociferó:
-Caleb, no podrás retenerme por mucho más tiempo y lo sabes. Ya me escapé una vez, podré hacerlo las veces que quiera.
Cuando terminó de hablar, lo reconocí. Aquél hombre que se suponía había sido compañero de trabajo de mi gemelo y cuya foto encadenado reposaba sobre la mesa de café de nuestro departamento, se encontraba ahora frente a mí, enviándome en su mirada todo el odio que guardaba hacia Caleb.
Agradecí el golpe de suerte que había tenido: La aparición de él, junto a lo que había dicho, me reafirmaba como el supervisor a quién debían obedecer. Además, me abría la posibilidad de interrogarlo para saber algo más de mi hermano.
-Enciérrenlo en la habitación contigua. Ya tendré tiempo para lidiar con él.
Los hombres salieron de la habitación y el recluso giró para verme una vez más antes de salir con una expresión de enfado. Escuché que decía, arrastrando con desprecio la última palabra:
-Tendrás mucho más que lidiar conmigo, "Supervisor".
Edgar entró segundos después, seguido de otros hombres que sostenían a mi hermano con fuerza entre ellos. Él intentaba soltarse pero se detuvo al asombrarse de verme allí, intacto entre los que eran sus vasallos. Ordené que lo soltaran y él se alisó con un gesto rápido antes de escupir:
-Gabriel, ¿qué intentas hacer?- se giró para encararse a los demás- Todos ustedes saben que este es una falsa copia mía. Pagarán por esto si no me liberan en este momento.
Me percaté que iba vestido de una manera simple para ser él y de un tono completamente gris. Hice caso omiso de las quejas de Caleb y me dirigí a Edgar:
-Acaban de llevarse a un fugitivo que, junto con mi hermano, han violado las medidas de seguridad. ¿Qué ocurre aquí?¿Es que dejan a cualquiera entrar?
El aludido dudó por un momento, pero respondió con seguridad:
-Señor, creo que tengo que recordarle que, desde que la resistencia atacó este centro y liberó a los sujetos, la seguridad quedó mermada...
Caleb lo interrumpió diciendo:
-¿Ahora le rinden las cuentas a Gaby?¿Qué ha pasado? ¡Exijo una explicación!
-¿Gaby? No veo que nadie esté rindiéndote cuentas a tí. ¿Hablas en tercera persona de tí mismo? Sabía que los experimentos te habían afectado, pero no hasta qué punto... Edgar, por favor, retírelo de mi presencia- agregué con superioridad.
Mi hermano, enfurecido, se lanzó hacia mí, pero lo esquivé y le hice una rápida llave en el brazo derecho. Me acerqué a su oído y le susurré:
-¡Qué bien se siente ser el Supervisor! Con razón te pavoneabas así antes... Ahora podré encontrar a Bianca.
Le indiqué por señas a los guardaespaldas que lo llevaran y ví como lo arrastraban fuera en contra de su voluntad. Estaba hecho una furia cuando le sonreí con triunfo por última vez antes de que desapareciera de mi vista. Edgar lo seguía pero se devolvió para asomarse por la puerta y decirme:
-Supervisor, la chica que se alojaba en este recinto escapó poco después del ataque. Se llamaba Angela.

lunes, 27 de febrero de 2012

Sueños. Cuarta parte.

Llovía. Pequeñas y cristalinas gotas del líquido de la vida bañaban mi cara mientras yo miraba al horizonte. A la noche vacía y preciosa. Podía oír que alguien caminaba bajo la lluvia que caía rítmicamente sobre el asfalto.
-¿Por qué danzas aquí?- le pregunté a Bianca cariñosamente.
-Permite que la lluvia lave tus pecados y la noche guarde tus secretos, Gabriel- gritó al cielo sin detenerse a observarme.
-Ven, baila conmigo-acercó una de sus perfectas manos para tomar la mía y hacerme girar armoniosamente alrededor de un eje imaginario.
Al compás de la sonata de la oscuridad, nos unimos en un movimiento agradable e inigualable con la lluvia como nuestra fiel seguidora.
Reposó su cabeza sobre mi hombro izquierdo y me susurró:
-¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Fue aquí en este tétrico edificio.
Me giré para vislumbrar la construcción de la que hablaba. Una biblioteca pública de seis pisos aproximadamente y hecha de ladrillo revestido de pintura blanca.
-¿Cómo es que le dices tétrico a un centro de conocimiento tan majestuoso como este?-inquirí con respeto.
-Nunca nada ha sido lo que parece y esta vez tampoco lo será.
Atrapado en el momento y en su engañosa sonrisa, pude entender todo lo que me quería decir.
-Puedo decir que eres la única que es precisamente, aquello que percibo con mis sentidos.
-No sólo tus sentidos me ven, también tu alma y tu mente. Pero estoy encerrada y la realidad será más fuerte que nosotros dos.
-No lo permitiré; es una promesa, Bianca- la besé en el cuello y acaricié su mejilla. Mi piel se veía más clara de lo normal y empezó a hacerse translúcida.
-Recuérdalo, Gabriel. Una promesa que te has hecho a tí mismo, la debes defender sin importar qué ocurra-sonrió mientras yo desesperado intentaba tomar su mano con lo que hacía un momento era la mía.
-Quédate conmigo. Lo necesito-exclamé afanado.
-No te dejaré de querer. Jamás.  No lo dudes- afirmó cuando se alejaba danzando en círculos. Me regaló una última sonrisa antes de que mi cuerpo desapareciera.
Por un corto intervalo de tiempo, pareció que estuviera enjaulado en mi mente pero todo volvió a esclarecerse tan rápido como se había oscurecido. Un largo pasillo de incontables puertas apareció ante mí. No podía ver su inicio ni su final; supuse que se extendía al infinito. Pequeñas luces que estaban incrustadas en el cielorraso iluminaban tenuemente aquel lugar. De una puerta que estaba a dos a mi derecha salió Caleb. No estaba solo. Como estaba de espaldas a mí, no pude ver la mujer que estaba besando hasta que estuvieron por completo fuera del umbral de la puerta. De cabello largo y de un rojo encendido, la chica demostraba su atractivo y superioridad en una sonrisa mientras sostenía su mano de forma posesiva en la cintura de Caleb.
-Gabriel, te presento a la mujer que nunca tendrás-exclamó mi gemelo con odio. La pelirroja se rió de manera encantadora tras su comentario y me observó con una mirada curiosa e inquisidora.
-Si no fueras como eres...-musitó ella luego de un largo periodo de contemplación. Ambos volvieron a reaccionar con carcajadas dulces y estridentes que pese a ser melodiosas, no evidenciaban nada más allá de arrogancia.
Quise golpear a mi hermano y refregarle lo inhumana que era su actitud y la de su acompañante. Quise arrancarles esas máscaras y exponer toda la verdad que había bajo ellas. Cuando me decidía a responder a sus ridículas afirmaciones, todo pareció llenarse de una luz cegadora. Pensé que todo era un truco de mi agraciado y odioso gemelo y maldije al resplandor inútilmente.
Me sentía ingrávido, como nadando en una corriente de aire y de golpe y sin aviso, caí en una superficie suave y firme. Me encontraba en el sillón de mi sala de estar y respiraba de forma entrecortada como si hubiese corrido una maratón.
"Caleb tratará de traicionarme" me dije a mí mismo "pero no creo que lo haga ahora. Tendré cuidado con esa pelirroja". Dada esa conclusión, decidí tomar más precauciones a la hora de aceptar su ayuda para ir en busca de Bianca. No podía correr el riesgo de ser capturado y utilizado como sujeto de experimentos por mi propia sangre.
Me levanté y me dirigí al dormitorio de Caleb para comprobar que estaba cerrado con llave. Mientras me arreglaba en el baño, hice una lista concreta de los objetos esenciales que llevaría conmigo en caso de un eventual engaño por parte de mi hermano. Salí sigilosamente del aseo y me preparé en silencio, esperando a que él apareciera en el umbral y me llevara al lugar donde él sabía que mantenían a Bianca.
Me acerqué de nuevo a la puerta de la habitación y golpee con fuerza.
-¿Te quedaste dormido, Caleb?¡Sal de ahí!
No sabía qué decirle ni cómo tratarlo desde aquel momento en el que me desperté de mi primer sueño con Bianca. Todo había cambiado y yo sabía que ella me había revelado la verdadera cara de mi eterno compañero. No hubo respuesta del otro lado de la puerta. No obstante, Caleb respondió a mi pregunta. Mi teléfono celular timbraba y, al contestar, su voz me ordenó sin saludarme que fuera a la Clínica Central de la ciudad.
Era una institución poco frecuentada por él y me extrañó que me hubiera citado allí. No habría imaginado que mi amada se encontraba en un lugar fuera del ojo atento del supervisor Caleb, ya que había sido él mismo quien me la había ocultado.
Me felicité por haber tomado las medidas de precaución necesarias al tiempo que bajaba velozmente por las escaleras del edificio. No me disponía a someterme a lo que Caleb me dijera y me aprovecharía incluso de la semejanza obvia entre él y yo para dar con Bianca. Al salir, me asombró percatarme que en la noche había llovido y por ello, recordé la promesa que había hecho frente a ella:
-Prometo que no me fiaré de nadie hasta encontrarte y prometo defender esta promesa con mi vida, hermosa.
Antes de subir al auto que me llevaría con Caleb, creí escuchar una risa femenina de gran belleza impregnada de un puro y absoluto desprecio.
-¿Estás seguro de ello?-susurró a mi oído un sutil y extraño viento.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Una y otra vez 2 (Sueños, cuarta parte alternativa)

No. Ella no podía. Ella no podía no existir. Era algo que sabía a ciencia cierta. No era un ente del más allá ni algo que mi tonta mente había inventado. Era muy perfecta como para ser producto de mi capacidad inventiva y tan humana como para demostrar la lógica de su existencia en algún lugar de este mundo. Un lugar que solo nosotros conocemos. Ahí la encontraría.

Atado otra vez. A una silla al parecer. La excesiva cantidad de luz me deslumbró cuando traté de mirar a mi alrededor. Debía ser medio día. Estaba en la habitación de huéspedes de mi propio apartamento. La soga me hería las muñecas mientras intentaba soltarme. No había nadie más en el recinto que pudiera impedir que me liberara. Me levanté del suelo alzando la silla con mis manos y pies ligados a ella. Me dirigí a la puerta. Quería escuchar si había alguien en casa. Me incliné cuidadosamente a la puerta. No se oía ni un suspiro al otro lado y mi navaja seguía guardada en el bolsillo interior de la chaqueta, que se encontraba sobre la colcha de la cama.

-Lo sé-respondió Caleb, frustrado- Él ya está bajo mi cuidado. No se preocupe: Buscaré al resto.
¿Por qué tenía que haberse enterado tan rápido? Había hecho todo lo posible por ocultarlo pero finalmente se le había escapado de las manos. Todo lo que siempre había defendido, su trabajo y su familia, estaba en riesgo y la causa era un descuido. No de su ilustre persona. De uno de los empleados de baja reputación que había dejado escapar a uno de los objetos de prueba. Aquella extraña mujer. Que le hubiese agradado en otras condiciones. Ella y su hermano, ese problemático par de hermanos que él había tenido que aguantar tan similar y a la vez tan diferente de la pareja que hacía él con Gabriel. El jefe: Viktor. Tan poderoso y de una opinión irrefutable que siempre había utilizado para hacer su santa voluntad. Todos ellos representaban un obstáculo distinto, un inconveniente más en su camino por demostrar su superioridad y éxito.

¿Cómo me había desmayado frente a Caleb? No había una peor demostración de debilidad que esa. A pesar de la contrariedad de la situación, no hubo en ningún momento una razón de peso para dejarme caer tan fácilmente. ¿Cómo pudo negar la existencia de Bianca? Y más aún, ¿cómo pude creerle a Caleb? Estaba perdido y tenía que encontrarla. Me había liberado con la navaja que estaba junto a mi teléfono móvil. No involucraría a nadie más en esto. Lo deposité en la mesa de noche y me dirigí a mi habitación. Había desbloqueado la puerta con la navaja. Empaqué todos los objetos que consideré demasiado útiles o importantes para ser abandonados, entre ellos la foto del falso compañero de trabajo de Caleb y la tarjeta de mi cuenta bancaria.

Me conduje al dormitorio contiguo. Extraje del armario algunas ropas y me cambié. ¿Cuál sería mi próxima parada? Examiné mis sueños para dar con alguna ubicación familiar en la que podría hallarse Bianca. Nada. Era más sencillo y práctico hacerse pasar por Caleb en las instituciones que él visitaba y poder así preguntar por ella. El tiempo se estaba acabando. Tenía que decirle a Bianca lo mucho que la necesitaba. Por ahora, era suficiente que se lo asegurara en mis sueños pero tenía prisa y poco tiempo para escapar.
-No te vayas. Me siento en lo alto. De las nubes, del cielo y del mundo- grité al apartamento vacío mientras me la imaginaba sentada en el sillón oscuro del centro de la sala. Debería haber dejado eso pasar. Parecía que empezaba a tener alucinaciones. Tenía que parar ahí. Las ilusiones debían dar paso a realidades, hechos que yo mismo comprobaría verdaderos.

Bajé las escaleras de dos en dos. Iba de camino a la Clínica Central. Una de las entidades anexadas a la supervisión de Caleb pero que él poco visitaba. Había elegido para mi cambio de vestimenta el estilo característico de mi gemelo. De tonos oscuros, un pantalón de bota ancha de paño y una camisa con su infaltable alto y perfectamente liso cuello. Mi cabello era ligeramente más claro que el suyo y difería también en el largo, siendo el mío un poco más corto. Nunca antes me había hecho pasar por él. No obstante, no lo había requerido hasta este momento; sentía este asunto como de vida o muerte y mi cordura dependía de la  efectividad de mi mascarada y la culminación de esta tarea.

Sonó el teléfono. Era uno de sus mejores informantes. Decía que habían sido objeto de un saqueo. Un reducido grupo de rebeldes había burlado el sistema de seguridad de los centros de investigación independientes del Núcleo, que es como llamaban al centro de mando, la sede central de toda la actividad. Esa era la razón por la que habían podido escapar y le enervaba saber que lo había previsto. Tenía que hacer algo y Caleb sabía qué buscaban esos revoltosos. Había tomado la decisión más obvia y adecuada para este problema y para su vida.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Sueños. Tercera parte.

Empezaba a oscurecer, o al menos, eso me parecía. Tenía que ir al pequeño aunque acogedor apartamento que compartíamos mi hermano y yo. No era muy distante de la clínica que acababa de abandonar, si se iba en auto pero yo no tenía modo de llegar allí en uno. Tampoco tenía dinero para pagar un autobús; sólo venía a acompañar a mi gemelo en una de sus visitas de trabajo. Según él decía, se desempeñaba como supervisor de sanidad. Ahora lo dudaba rotundamente.

Emprendí el camino hacia la alejada autopista que pasaba frente al terreno aledaño a la clínica. Pretendía pedirle a un conductor que me llevase hasta el norte de la ciudad, a la Calle del Ángel, desde donde podía caminar  a casa.

Me puse la chaqueta gris que había recuperado antes de salir del recinto mal iluminado y reparé en un bulto en uno de sus bolsillos. Un teléfono móvil. Mi teléfono móvil. ¿Por qué no había pensado en llamar a alguien hasta encontrarlo? No lo habría dado por perdido, solamente no recordaba haberlo traído. Aún así, no podía contactarme directamente con mi hermano puesto que sabía que no me ayudaría por alguna razón trivial. Recordé entonces el segundo sueño al que había sido sometido y quién había aparecido en él:
-La dejaste ir-dijo con una mueca de desazón, mi desconocido amigo, Héctor-. Yo, en tu lugar, iría tras ella.
Era al único al que podía acudir en este momento. Cuando contestó, su voz sonaba cansada sin dejar de demostrar sus modales y amabilidad.
-Buenas tardes. ¿Cómo está hoy?
-En una mala situación, Héctor. ¿Me podrías ayudar?
Le conté muy superficial y brevemente lo que me había ocurrido, pidiéndole que me ayudara a ir donde estaba mi hermano.
Me aseguró que lo haría, me hizo prometer que lo esperaría allí y cortó la llamada.
Quedé gratamente sorprendido cuando llegó a recogerme. A pesar de confiar en él y conocer su porte y caballerosidad, nunca pensé que me ayudaría en algo. Me subí al auto de un color carmesí y un estilo ligeramente anticuado, como su propio dueño. Me miró con esa sonrisa por la que alguna vez había caído y que ya no me producía efecto alguno.
-Caleb no está en casa, ¿lo sabe?
-Sí, lo sé. Quiero ir allí de todas formas.
-Como quiera- respondió mientras encendía el motor y el auto comenzaba su recorrido.
Los árboles dieron paso a pequeñas construcciones de ladrillo a las que muchas personas ingresaban tras largas jornadas de trabajo. Todavía no sabía cómo convencer a mi gemelo para que me acompañase en busca de la chica de ojos marrones y el sólo hecho de pensar en ello me producía ansiedad. Estaba cansado y cerré los ojos para relajarme.

Un joven, de ojos claros y cabello luminoso corría en actitud protectora junto a una mujer poco mayor que él, de piel lisa y perfecta, que tenía una mirada de tristeza. Huían de alguien que quería atraparlos y de quien ya habían escapado una vez. Pero esta, no los alcanzaría. Algo que Caleb lamentaría mucho, poco después de conocer la noticia.

Estábamos en la esquina más cercana a la calle principal de la cuadra donde se ubicaba mi apartamento. Héctor me observaba de forma inquisitiva en la oscuridad prematura de la tarde.
-¿Necesita de mi compañía?- preguntó suavemente.
-No, pero me gustaría tenerla- le contesté sin pensar.
Me sonrió y salió del auto. Hice lo mismo y rodeé la parte delantera para alcanzarlo.
-Vamos- dijo echándole un vistazo a la puerta del edificio donde yo vivía-. Me iré tan pronto como convenza a Caleb de ayudarle.
Empezamos a caminar hacia el oriente hasta la mitad de la manzana. Entramos y subimos hasta el tercer piso, donde busqué la llave de mi apartamento y la introduje en la cerradura metálica. Estaba vacío como esperaba. Dejé pasar a Héctor que encendió las luces mientras yo cerraba la puerta.

-¿Ha pensado cómo conseguir la ayuda de su hermano?- inquirió él aparentemente inmerso en la búsqueda de algo en específico.
-Tengo que encontrar una razón para chantajearlo. Es la única manera.
-Eso pensaba; es lo que busco- repuso, aún ocupado inspeccionando el escritorio de Caleb.

Me acerqué a la mesa de café de madera blanca. Sobre su superficie había un sobre, enviado a mi hermano esa misma mañana. Estaba vacío y no había descripción alguna de lo que había dentro. El tamaño del sobre sugería que había alojado una carta o una postal. Me dí la vuelta para mostrárselo a Héctor. Él sostenía un cuadro pequeño en la mano izquierda y tenía una cara de triunfo.
-Esto es lo que puede usar- dijo.
-Creo que ya sé lo que venía en este paquete- afirmé dejándolo examinar el sobre.
-Está en lo cierto- susurró. Me pasó la foto.
La misma mujer que había visto huyendo de su perseguidor yacía sobre una camilla, ataviada con una bata blanca y en un profundo sueño. La imagen estaba marcada con la estirada caligrafía de mi hermano. Decía en tinta roja: Sujeto inmune #1.

No sabía qué quería decir ni cómo se relacionaba con mi reclusión en esa sala de pruebas. Miré a mi amigo que, a su vez, contemplaba atentamente la puerta principal. Alguien le quitaba el seguro y empujaba para entrar.

-Conque escapaste al igual que el resto- sonrió falsamente complacido mirando a Héctor-. Con ayuda de tu... amigo- terminó con sorna.
-¿El resto?¿En qué estás metido, Caleb?- le pregunté, acercándole la foto que Héctor había encontrado. Mi hermano tenía otro sobre bajo el brazo, del mismo tamaño del que había visto antes pero lleno de lo que parecían fotos.
-Nada de esto es asunto tuyo, "hermanito"- me contestó, burlándose.
-Es asunto de él desde que lo hiciste ir a esa oscura clínica- intervino Héctor.
-¿Acaso te obligué a ir?- me preguntó sin desviar la vista de mi amigo. "No se parece tanto a mí, a pesar de que somos gemelos. Él es más alto, más fuerte y su cara siempre demuestra desprecio" pensé.
-No viene al caso, eso es pasado. Ahora me acompañarás a buscar a Bianca- sentencié.
-¿Y cómo harás eso?- me preguntó, sin dejar de sonreír, exhibiendo un interés ficticio.
-Localizaré a esta hermosa mujer y buscaré a los otros que dices que han escapado. Todos ellos te conocen y querrán pasar a saludarte.
Esta vez, tuvo miedo y su sonrisa desapareció para ser reemplazada por un gesto de auténtico desasosiego.
-Ninguno de ellos puede encontrarme- aseguró.
-Entonces condúceme a ella- le sugerí- o esta foto estará en un juzgado mañana mismo.
-Yo me encargaré de ello- manifestó Héctor.
-No es necesario, cuñado- escupió Caleb mientras vigilaba a mi acompañante con odio.
-Deberías empezar a respetar, querido hermano. Con esta evidencia, puedes quedar sin nada de lo que te hace feliz- amenacé.
-Te colaboraré, si este... chico, no nos acompaña- condicionó sin voltear su mirada.
-Por supuesto que no lo haré- respondió solícitamente- Vine a acompañar a su hermano y creo que es tiempo de irme.
Se despidió de mí, abrió la puerta y salió.
-Ya todo está arreglado. Héctor te entregará a las autoridades si no tiene noticias de mí por lo menos dos veces al día.
-Como sea- interrumpió Caleb, lanzando con fuerza el sobre al sofá de dos puestos en el centro de la sala- Ve a dormir. Mañana a primera hora debes estar listo- completó desapareciendo en la puerta de su habitación.
La iba a volver a ver. Y no había nada que nadie pudiera hacer en contra. No podía esperar a admirar sus hermosos ojos castaños. Tuve la visión de ella en medio del bosque, sonriendo con alegría mientras que me invitaba a seguirla al fondo de lo que sería nuestro secreto lugar de reencuentro. No me había equivocado y ella me llamaba con gracia:
-Gabriel, ven junto a mí.
Caí dormido sobre el sillón doble con el sobre de fotos sin abrir en mi regazo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Una y otra vez (Sueños, tercera parte alternativa)

Nunca me detuve después a preguntarme por qué había acudido a mi hermano antes de ir en busca de Bianca. Las razones por las que lo hice son, sin embargo, claras: Había adquirido un desorden en el sistema nervioso, específicamente en el central donde se regula el sueño, llamado narcolepsia. Un sueño entrecortado y profundo es lo que desde los experimentos aquejó mi vida. No obstante, esta incontrolable caída en la inconsciencia tenía una causa, que descubrí posteriormente.

Oscurecía. Había tomado la decisión de utilizar a mi hermano para llegar a ella. No sabía dónde podía encontrarlo, así que empecé a caminar hacia las luces de los límites de mi ciudad, junto a la autopista que pasaba cerca a la clínica. Alcé la vista hacia el cielo donde una gran luna anaranjada iluminaba el firmamento. Parecía que parte de la luz apuntaba a la cumbre de una colina cercana, desde donde seguramente se podían ver las luces de toda la ciudad en la noche. Recordé el calor de una silueta mediana a mi lado, ahora ofuscado por el viento frío que nadaba en la oscuridad. Supe que no te podía tener ahora, no era justo, pero sabía que te encontraría. No me detuve a comprobar si mis ojos me engañaban. De alguna extraña manera, podía asegurar que no lo hacían.

Un autobús hacía su muy probable última parada antes de regresar al norte de la ciudad. Era un servicio diurno, por eso lo sabía. Me atrevería a decir que se había atrasado. Abordé en él por la puerta de atrás al tiempo que rebuscaba en mis bolsillos con el fin de dar con algo de dinero. Pagué al cobrador y me senté en un par de sillas vacías. Ya se podían ver edificios a ambos lados de la autopista, a través de las ventanas laterales del autobús.

Rememoré aquellos ojos oscuros, marrones, en los que no pude quedarme. Supuse que esta era una ridícula reflexión de cómo te perdí junto a esos hermosos ojos. No era tiempo de decir adiós. No podría concebirlo después de haberte visto mirándome desde el centro del claro. La certeza de que te volvería a ver, en mis sueños o en esta realidad, causó una gran felicidad en mi ser que sólo oculté al recordar en donde me encontraba.

Las puertas pasaban rápidamente a mi lado sin que yo lo notara. ¿Se estaba haciendo más oscuro? No era posible puesto que ya había oscurecido pero la luz se iba, se iba...
-¡Gabriel!-llamó una clara pero socarrona voz.
Giré para mirar a quien hablaba. Su tez blanca y suave parecía reflejar la poca luz que se colaba entre las copas de los árboles, tan juntas en aquél lugar. Me perdí en su boca y en sus ojos, castaños, como los de nadie más.
-Nunca me has visto realmente- me espetó observándome directamente a los ojos.
-No es cierto. Lo estoy haciendo ahora. Eres siempre tan perfecta- le respondí -.Quería volver a verte, porque he visto tu alma y es más pura que cualquier otra.
-No lo entiendes. Mi mirada no lo dice todo.-resolló con furia contenida. Incluso en ese estado se veía encantadora. Alargué la mano para tomar la suya pero una fuerza invisible me haló hacia el lado oscuro del bosque. Alcancé a notar cómo movía su cabeza de un lado a otro, en un gesto de desaprobación.

-Perdón, señor- se disculpó una señora de edad que me había golpeado con su bolso, de camino a la parte posterior del autobús.
-No interesa- le respondí a la silla vacía a mi lado mientras chequeaba el exterior por la ventana.
¿A dónde me dirijo? A buscar a mi hermano. ¿Dónde puede estar? No puede estar en casa, siempre tiene tanto que hacer. ¿Qué me había querido decir Bianca? Que no la conozco, que es absurdo y sin sentido que piense tanto en ella. No lo puedo evitar; es una de las secuelas del experimento científico al que Caleb me sometió. Me ató para que no fuera a donde él no quería. Nunca lo hubiera pensado capaz de hacerme algo así debido a que era una persona tan correcta. Ya no interesa, pagará por ello y no seré yo quien lo obligue a hacerlo.

Una mujer, de piel cremosa y largo y castaño cabello, demostraba una inocencia angelical caminando con cautela al lado de un joven de ojos claros y cabello lacio, tan apuesto que daba envidia. Un grito de otro hombre, la visión del indiferente rostro de Caleb y un cielo estrellado.

¿Qué es esto? pensé inmediatamente. Había tenido una visión sin caer inconsciente (o eso creía). No era un sueño, era la revelación de algo importante pero no visible en la primera revisión. Mi hermano debe tener la respuesta pues sé que estuvo implicado, me dije.

El familiar puesto de revistas en la esquina estaba cerrado así que supuse que eran pasadas las siete y media. Llegué al edificio de apartamentos donde vivía. Subí hasta el tercer piso y entré a la acogedora sala-estudio de la residencia que compartía con Caleb. Sobre la mesa de café de madera pintada de blanco puro había una foto. Un muchacho que reconocí de inmediato, de rodillas, sin camisa, esposado con unas grandes cadenas a la pared. Era un compañero de trabajo de mi gemelo o al menos, eso decía él.

Salió en dirección a la cocina antes de notar mi presencia.
-Conque escapaste al igual que el resto- me inspeccionó de arriba a abajo.
-¿El resto?¿En qué estás metido, Caleb?- le pregunté bruscamente, agitando la perturbadora foto que acababa de agarrar.
-No es asunto tuyo, "hermanito"- me respondió, riendo con sarcasmo.
-Pues lo es desde que me involucraste en ello.
-No lo hice. Tú accediste voluntariamente a ir a ese lugar- repuso de manera burlona. "No se parece tanto a mí, a pesar de que somos gemelos. Él es más alto, más fuerte y su cara siempre demuestra desprecio" pensé.
-Ambos sabemos que no es cierto y eso es lo que me permitirá obligarte a acompañarme a encontrar a Bianca.- proferí.
-¿Le dirás a nuestros padres, Gaby? ¿O me acusarás con tus amigos?- me preguntó, sin dejar de sonreír, mostrando falso asombro y preocupación.
-Liberaré a tu supuesto amigo y buscaré a los otros que escaparon. O aún mejor... Le diré a tu jefe, el señor V.
Esta vez, tuvo miedo y su sonrisa desapareció para ser reemplazada por un gesto de auténtico desasosiego.
-Nadie puede saber que los liberaron- aseguró.
-Y tú no encontrarás a Bianca- sentenció después de un minuto de reflexión.
-¡Claro que lo haré!- grité indignado.
Se acercó a mí prudentemente, preparado para atacar.
-No existe; todo fue producido por las pruebas que te hicieron. Nunca estará de nuevo en tus brazos o, mejor dicho, por primera vez en este mundo. Pensé que debías saberlo. No podrás encontrar a alguien como ella aquí.- terminó con una mueca de compasión hipócrita.

Me negué a aceptarlo pero mi mente trajo la verdad como si la hubiera proferido la misma Bianca:
-No podemos estar juntos, porque la vida nos separa.
Caí sin saber qué me sostendría. Un manto de oscuridad profunda me abrazó. Entretanto, recordaba su cabello escapando de mi vista.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Sueños. Segunda parte.

Intenté infructuosamente resistirme a que inundaras mi vida, mi mente y esta nueva realidad. Pero no podía controlar todo lo que ocurría. Todo lo que había visto, se había desvanecido. Sin que yo pudiera hacer nada, tú desapareciste con todo ello. Abrí los ojos como tú abriste los tuyos; era solo el mundo real. Nuevamente me encontraba en una camilla pero esta vez, no estaba en ningún recinto cerrado. Me hallaba en una hermosa pradera, cercada por una rústica línea de tablones de madera enterrados en el suelo. Me esforcé por incorporarme y alejarme de esa tétrica cama de pruebas y del científico desquiciado que se encontraba a menos de 2 metros de ella. Me sentía algo adolorido así que empecé a andar despacio con todo el cuidado para no hacerme daño.

Alcé la vista en dirección a la verja de roble y justo allí, en perfecto estado y con una expresión imperturbable, estaba el primogénito de mis padres. La rabia volvió a mí. ¿Cuál era el objetivo de aquél despreciable experimento? Eché a correr hacia mi hermano sin detenerme a pensar en la picazón que sentía en todo el cuerpo y que aumentaba cada vez que respiraba. Tropecé con una roca saliente y caí de bruces hiriéndome el labio inferior. Percibí el sabor salino de la sangre en mi boca y maldije mientras trataba de levantarme con mis últimas fuerzas. Él, impasible, me lanzó una mirada indiferente antes de darse vuelta y alejarse de mí con paso firme y apresurado.

--¡Ayúdame!-- creí gritar--. ¡No me dejes con ese loco!
Desesperanza. El sentimiento pareció poner en marcha algo a mi alrededor y en mi organismo que me envió a un estado de inconsciencia.

Si me hubiesen preguntado, habría dicho que había estado inconsciente menos de medio minuto. Descubrí que no era así cuando me reconocí parado en medio de un frondoso bosque de pinos no aborígenes. La necesidad de encontrar a alguien me asaltó y distrajo de otros pensamientos. ¿Dónde está? Un eco que incrementaba su volumen poco a poco se escuchó en aquél bosque solitario. Busqué el origen de la voz tanto con la vista como con mi capacidad auditiva. Comencé a correr hacia el este, sorteando diferentes raíces y ramas caídas en el suelo silvestre. Podría jurar que esa bella voz me llamaba pero no parecía que me acercara a quién la emitía. Llegué a un claro que recorrí con la mirada frenéticamente. Al otro extremo del mismo, vislumbré un destello de luz sobre un fondo negro brillante y suave. Una cabellera que se escondió al instante.


Avancé hacia ella con la mayor velocidad que pude alcanzar, atravesando el claro. No había recorrido la mitad de la distancia que me separaba del otro límite cuando sentí que caía hacia el cielo. Asombrado y preocupado por lo absurdo e intrigante de la situación, estiré mis brazos para sostenerme de la rama de un arbusto cercano de tamaño mediano. Pero el arbusto había dejado de existir. Mientras yo era elevado en contra de mi voluntad hacia lo que había sido el cielo, ahora un bosquejo en blanco y negro de nubes, la arboleda empezaba a consumirse entorno a la joven que me miraba directamente a los ojos desde el centro del claro. No quería seguir alejándome pero no pude evitarlo. El mundo se oscureció al igual que mi corazón. No, no de nuevo...


Podía ver la luz a través de mis párpados, pero no tenía fuerzas ni voluntad para abrirlos. Esperaba sentir a mi lado la presencia de la que acababa de perder y lo único que en realidad sentía era miedo. No provenía de mí. No sabía cómo estaba seguro de ello, así que tuve que comprobarlo con mi vista. En la misma sala en la que me habían sometido al tratamiento, acurrucado a mi derecha, estaba el "doctor" que tanto había jugado conmigo. Se fijó en que había recuperado el conocimiento y retiró la mirada. Respiró entrecortadamente y sin volver su mirada, susurró:
--Sal de aquí. Hazlo ahora.
Quise preguntarle por qué tenía que hacerlo pero me contuve. Me levanté veloz y suavemente e inicié mi camino hacia la puerta del garaje en el que me había despertado. Me giré para regalarle una última mirada de repudio al muchacho sin encontrarlo. Busqué su silueta alta y delgada en cada resquicio de la habitación. ¡No había otra salida a la vista! Me acerqué lentamente a la mesa de instrumentos recorriendo las paredes con la esperanza de encontrar una puerta oculta. Tras unos pocos minutos de continua investigación dí con ella, justo detrás del aparato que había usado para inducirme aquellos sueños, primeramente tan ilógicos e impensables y posteriormente tan vívidos y fantásticos. Tenía que salir de allí antes que su atmósfera regresara a mí por completo y aquella puerta estaba cerrada desde dentro.


En el exterior del garaje, el atardecer estaba en su punto álgido. Recordé su aroma y supe que ella estaba en algún lugar, ahí fuera en mi mundo. Sin embargo, antes de buscarla, tendría que dar con el paradero de mi detestable hermano y obligarlo a que me acompañara en mi nueva travesía.

miércoles, 6 de julio de 2011

Sueños

Y soñé. Soñé que estaba buscando lo mejor para mí. Soñé que podía ser feliz de esa manera, pero nunca sabría... Soñé que lo encontraba; aquello que más anhelaba. Soñé que era perfecto y quería soñar que me llenaba. Con éxito, pretendía soñar que nada era mejor que el presente. Un presente que era un sueño. No de aquellos que deseas revivir una y otra vez, sino de los que pasan desapercibidos y no aportan nada útil a tu vida. Sin embargo, no podía dejar de soñar.


Cuando sueñas, todo es posible. Soñaba que podía afirmar que apreciaba lo que tenía y podía hacer. Soñaba que tenía la entereza para enfrentar lo que no correspondía a mi sueño. Era quién quería ser. Una persona como ninguna otra. Todo estaba en su lugar y encontraba la pieza faltante que encajaba. Soñaba que esa pieza cabía exactamente en la ranura, creada por mi sueño idealista. En ese mundo, tenía más de lo que podía desear o merecía desear.


Tan glorioso momento solo podía ser un sueño. No por lo increíble que parecía, sino porque era poco probable que hubiera aceptado ciertas cosas de otro modo. Aquél sueño no me hizo feliz; exclusivamente enmascaraba la pesadilla que quería evitar. No tengo tiempo para permitirme sentir arrepentimiento por haberme dejado engañar con un sueño. Alguien se encontraba allí cuando desperté. Junto a la superficie en la que yo me recostaba. Un hombre de mediana edad que se limitó a sonreírme con su estúpida prepotencia, a preguntarme si había disfrutado ese sueño al que me había inducido contra mi voluntad. La silenciosa furia que empezaba a fluir por mi cuerpo me impidió responder a sus ridículas preguntas.


No obstante, se empeñó en arrancar una palabra de mi boca. Le espeté que había estado a punto de considerar que esa mentira representaba mi realidad. Estuve al borde de resignarme. No lo hubiese pensado al estar dormido pero ya despierto me dí cuenta que la satisfacción y la felicidad producida por ello era tan artificial como el sueño en sí. Odié a ese arrogante joven que había posibilitado mi entrada a un mundo onírico más fantasioso que mis deseos y anhelos.


Le reclamé entonces que era una falta ética haberme sometido a tal tratamiento sin mi permiso. Respondió que alguien cercano a mí, había pagado por ello, y había arreglado todo para que yo cayese en esa extraña trampa. Me molesté al recordar cómo había accedido ciegamente a acompañar a mi hermano a la siniestra clínica que se alzaba a las afueras de la ciudad, pero acepté que, de ningún modo, me habría negado. Después de todo, era mi único y gemelo hermano quién me lo había pedido.
-¿Dónde se encuentra él ahora?-casi grité al muchacho que me miraba sin emoción alguna.
-Volverá tan pronto como se termine la segunda sesión-
Se acercó al gran sistema con forma de ordenador y movió una palanca a la segunda posición, con lo que la pequeña máquina sobre mí dio paso a otra de un tamaño mayor. Finalmente, activó el mecanismo.
Lo único que recuerdo antes de caer inconsciente por segunda vez fue luchar contra las bandas de goma que me mantenían sobre aquella camilla mientras que mi gemelo entraba a la sala.


Esta vez, el sueño era diferente. Se asemejaba mucho a mi pesada realidad. Caminaba por la calle, detrás de una muchacha de cabello ondulado oscuro, de estatura mediana y delgada. Sentía la necesidad de protegerla. Se veía tan distraída como para estar atenta de su alrededor. Me acerqué más a ella y, sin que se diera cuenta, la defendí de todos aquellos que quisieron perjudicarla hasta alcanzar nuestro destino. No podría haberla abandonado ni aunque hubiese querido. Era mi deber y mi satisfacción velar por su seguridad y bienestar.


Allí me esperaba él. Aquella persona que parece nunca llegaré a conocer a fondo. Quise saber por qué se había empeñado en buscar a la mujer perfecta para él. No escuché su respuesta, o al menos no la recuerdo, puesto que aún me preocupaba por la chica de cabello negro que representaba una parte importante de mi ser. Me levanté e intenté alcanzarla, pero ella solo corrió y desapareció en la oscuridad. Voltee a ver a mi acompañante y ví en su mirada una extraña mueca de desazón.


Mi ambiente se modificó por sí solo y ahora me encontraba en una pequeña colina desde la que se veía el mar de luces que era mi ciudad en la noche. Estaba arrodillado frente a la misma joven que había protegido anteriormente. Me miró con sus grandes y penetrantes ojos opacos a medida que se acercaba a mí. Sus labios estaban a pocos centímetros de los míos y podía sentir su aroma conquistando mi mente y recorriendo cada esquina de mi alma. De repente, su boca alcanzó la mía. Nuestros labios se acariciaron y movieron en armonía a la vez que mi corazón y mis manos la acercaban a mí. Nuestras almas bailaron juntas al son de la alegría que emanábamos. Saboreé la esencia de su ser en mi boca e intenté infructuosamente retener aquél exquisito placer. Mi mano rozó tiernamente su mejilla y su cabello me produjo agradables cosquillas al caer sobre mi brazo. De un momento a otro, ese mundo comenzó a desaparecer; me separé de ella al sentir como caía de la colina . Ella se había desvanecido antes que yo hubiese tocado la tierra. Solo sentí el dolor de haberla perdido mas no el de caer de una gran altura, y por eso, desperté.


Mi hermano se inclinaba sobre mí para chequear si ya había despertado. Me enderecé sin problemas y lancé un golpe hacia su pómulo izquierdo que esquivó con facilidad. Le permití saber cuánto lo odiaba antes de volver a caer en un profundo sueño.


Soñé que podía soñar que ella seguía conmigo. Soñé que nunca había vivido ese primer sueño inducido. Me pregunté mientras soñaba por qué no podía haber reemplazado el verdaderamente excepcional segundo sueño por el dudoso mundo soñado en el que ahora estaba. Me inquietaban muchas preguntas y eso convertía mi ya caótico sueño en un infierno, pero la única respuesta y consolación que obtuve de mi exterior fue tu nombre, querida Bianca.