Y soñé. Soñé que estaba buscando lo mejor para mí. Soñé que podía ser feliz de esa manera, pero nunca sabría... Soñé que lo encontraba; aquello que más anhelaba. Soñé que era perfecto y quería soñar que me llenaba. Con éxito, pretendía soñar que nada era mejor que el presente. Un presente que era un sueño. No de aquellos que deseas revivir una y otra vez, sino de los que pasan desapercibidos y no aportan nada útil a tu vida. Sin embargo, no podía dejar de soñar.
Cuando sueñas, todo es posible. Soñaba que podía afirmar que apreciaba lo que tenía y podía hacer. Soñaba que tenía la entereza para enfrentar lo que no correspondía a mi sueño. Era quién quería ser. Una persona como ninguna otra. Todo estaba en su lugar y encontraba la pieza faltante que encajaba. Soñaba que esa pieza cabía exactamente en la ranura, creada por mi sueño idealista. En ese mundo, tenía más de lo que podía desear o merecía desear.
Tan glorioso momento solo podía ser un sueño. No por lo increíble que parecía, sino porque era poco probable que hubiera aceptado ciertas cosas de otro modo. Aquél sueño no me hizo feliz; exclusivamente enmascaraba la pesadilla que quería evitar. No tengo tiempo para permitirme sentir arrepentimiento por haberme dejado engañar con un sueño. Alguien se encontraba allí cuando desperté. Junto a la superficie en la que yo me recostaba. Un hombre de mediana edad que se limitó a sonreírme con su estúpida prepotencia, a preguntarme si había disfrutado ese sueño al que me había inducido contra mi voluntad. La silenciosa furia que empezaba a fluir por mi cuerpo me impidió responder a sus ridículas preguntas.
No obstante, se empeñó en arrancar una palabra de mi boca. Le espeté que había estado a punto de considerar que esa mentira representaba mi realidad. Estuve al borde de resignarme. No lo hubiese pensado al estar dormido pero ya despierto me dí cuenta que la satisfacción y la felicidad producida por ello era tan artificial como el sueño en sí. Odié a ese arrogante joven que había posibilitado mi entrada a un mundo onírico más fantasioso que mis deseos y anhelos.
Le reclamé entonces que era una falta ética haberme sometido a tal tratamiento sin mi permiso. Respondió que alguien cercano a mí, había pagado por ello, y había arreglado todo para que yo cayese en esa extraña trampa. Me molesté al recordar cómo había accedido ciegamente a acompañar a mi hermano a la siniestra clínica que se alzaba a las afueras de la ciudad, pero acepté que, de ningún modo, me habría negado. Después de todo, era mi único y gemelo hermano quién me lo había pedido.
-¿Dónde se encuentra él ahora?-casi grité al muchacho que me miraba sin emoción alguna.
-Volverá tan pronto como se termine la segunda sesión-
Se acercó al gran sistema con forma de ordenador y movió una palanca a la segunda posición, con lo que la pequeña máquina sobre mí dio paso a otra de un tamaño mayor. Finalmente, activó el mecanismo.
Lo único que recuerdo antes de caer inconsciente por segunda vez fue luchar contra las bandas de goma que me mantenían sobre aquella camilla mientras que mi gemelo entraba a la sala.
Esta vez, el sueño era diferente. Se asemejaba mucho a mi pesada realidad. Caminaba por la calle, detrás de una muchacha de cabello ondulado oscuro, de estatura mediana y delgada. Sentía la necesidad de protegerla. Se veía tan distraída como para estar atenta de su alrededor. Me acerqué más a ella y, sin que se diera cuenta, la defendí de todos aquellos que quisieron perjudicarla hasta alcanzar nuestro destino. No podría haberla abandonado ni aunque hubiese querido. Era mi deber y mi satisfacción velar por su seguridad y bienestar.
Allí me esperaba él. Aquella persona que parece nunca llegaré a conocer a fondo. Quise saber por qué se había empeñado en buscar a la mujer perfecta para él. No escuché su respuesta, o al menos no la recuerdo, puesto que aún me preocupaba por la chica de cabello negro que representaba una parte importante de mi ser. Me levanté e intenté alcanzarla, pero ella solo corrió y desapareció en la oscuridad. Voltee a ver a mi acompañante y ví en su mirada una extraña mueca de desazón.
Mi ambiente se modificó por sí solo y ahora me encontraba en una pequeña colina desde la que se veía el mar de luces que era mi ciudad en la noche. Estaba arrodillado frente a la misma joven que había protegido anteriormente. Me miró con sus grandes y penetrantes ojos opacos a medida que se acercaba a mí. Sus labios estaban a pocos centímetros de los míos y podía sentir su aroma conquistando mi mente y recorriendo cada esquina de mi alma. De repente, su boca alcanzó la mía. Nuestros labios se acariciaron y movieron en armonía a la vez que mi corazón y mis manos la acercaban a mí. Nuestras almas bailaron juntas al son de la alegría que emanábamos. Saboreé la esencia de su ser en mi boca e intenté infructuosamente retener aquél exquisito placer. Mi mano rozó tiernamente su mejilla y su cabello me produjo agradables cosquillas al caer sobre mi brazo. De un momento a otro, ese mundo comenzó a desaparecer; me separé de ella al sentir como caía de la colina . Ella se había desvanecido antes que yo hubiese tocado la tierra. Solo sentí el dolor de haberla perdido mas no el de caer de una gran altura, y por eso, desperté.
Mi hermano se inclinaba sobre mí para chequear si ya había despertado. Me enderecé sin problemas y lancé un golpe hacia su pómulo izquierdo que esquivó con facilidad. Le permití saber cuánto lo odiaba antes de volver a caer en un profundo sueño.
Soñé que podía soñar que ella seguía conmigo. Soñé que nunca había vivido ese primer sueño inducido. Me pregunté mientras soñaba por qué no podía haber reemplazado el verdaderamente excepcional segundo sueño por el dudoso mundo soñado en el que ahora estaba. Me inquietaban muchas preguntas y eso convertía mi ya caótico sueño en un infierno, pero la única respuesta y consolación que obtuve de mi exterior fue tu nombre, querida Bianca.
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