viernes, 30 de diciembre de 2011

La emboscada. Segunda carta.


Me volvieron a encadenar mientras dormía. Mis manos estaban tan paralizadas como nunca. Esa sensación remitió poco a poco al son de los latigazos mañaneros de Caleb. No quise decirle donde se ocultaba. No lo sé y aunque lo supiera, protegería su paradero hasta la muerte. Oscuro y maldito el día en que Caleb fue nombrado el Supervisor Mayor de todos los centros de conocimiento de la ciudad. Ese fue el clímax de su maldad, cuando le entregaron el control de la mente siempre independiente de la población: la ciencia y el aspecto más manipulador de una comunidad: la salud.

Estoy completamente seguro que de no haber existido la Brigada, Caleb hubiera tenido éxito de todos modos. Graduado como médico con más reconocimientos que cualquiera de sus compañeros, habría sido capaz de construir su reputación con su propio pulso y esfuerzo. No obstante, al presentársele esta oportunidad, se enloqueció de poder y alegando que sus experimentos eran para el bien de todos, comenzó a reunir seguidores. Me confieso uno de ellos. Yo, con mi aspecto intrigante y presencia arrolladora, era un perfecto señuelo para jóvenes, hombres y mujeres, que buscaban trabajo o algo más. Sí, muchas veces aproveché mi habilidad y talento en influenciar a otros para atraer conejillos de Indias a los modernos campos de concentración de Caleb, mal llamados Centros de Investigación Científica de la Brigada. Todos los que capturé se encuentran ahora en clínicas, hospitales y otros establecimientos relacionados donde muchas más personas entran de las que saldrán jamás.

No tengo cómo explicar por qué ayudé a Caleb. Podría decir que él me obligó. Que mi familia lo necesitaba pero nada de lo que diga sería sincero. Lo que puedo asegurar es que desearía no haberlo hecho. Dirigí mi venganza hacia personas que no la merecían. El placer del karma me proveyó todas las razones para continuar con las obligaciones que había adquirido al declararme seguidor de Caleb. Realmente, quisiera disculparme con aquellos a quienes dañé pero no puedo hacerlo. Todos han desaparecido y no creo que vuelva a...

"¿Dónde está tu hermana?" es lo único que me pregunta Caleb y acaba de torturarme para hacerlo. No sé cómo se enteró que ella estaba conmigo... o mejor dicho, en el mismo lugar en el que me capturó a mí. Mi hermana no merece la pena ser mencionada. Yo sé que Daniel la quiere y me enfurece reconocerlo. Lo sabía desde hace mucho pero lo comprobé cuando fui capturado. Se fue de mi lado y...

Caleb me lo dijo. Daniel está con ella ahora y ninguno de los dos sabemos que planean. Por fin, encontró a su chica, la que le daría todo lo que yo... No lo diré. Le habría dado todo lo que tenía, lo hice y me pagó con esto. No saben lo que significa que alguien les de la espalda de esa manera. Tengo que ocultar lo mucho que me importa. Es posible que alguna vez lea esto y, aunque lo único que quiero es que no se olvide de mí, no puedo perdonar a mi hermana y él me recordará por ello. Será lo único que tendrá en su mente cuando ella hable de mí con desprecio.

Daniel, ¿qué he hecho? No soy malvado, lo digo en serio. Desearía poder escapar y salir en su busca. No importa que mi hermana esté con él. Necesito de su apoyo otra vez. Para perdonarme a mí mismo y a ella. Para contarle todo lo que no le he dicho desde que... Puedo decir que lamento todo. Yo no quise ni querré hacer tanto daño nunca más. Sólo preciso que me quiten estas esposas y me dejen ir.

Una vez más, Caleb ha querido divertirse con mi sufrimiento. Me recordó lo que me caracteriza, mi fortaleza natural. No debí caer tan fácil antes pero es incómodo y desesperanzador ignorar qué piensa Daniel de mí en este momento. Más aún cuando sé que mi hermana puede contaminar la imagen que él se ha forjado desde que empezó nuestra relación. En realidad, me alegra saber que los dos están bien y que ningún miembro de la Brigada ha dado con su paradero. Daniel ha sido siempre tan astuto...

Creo que es tiempo de retomar la narración que relataba sobre la Brigada. Ya habrá mejores momentos para responder mis dudas sobre Daniel.
Los integrantes de la Brigada, al tener absoluta potestad sobre el conocimiento científico, iniciaron a investigar otras maneras de controlar a la población. La historia les decía que más temprano que tarde habría individuos inconformes que se revelarían en contra del nuevo régimen. Cuando conocí el programa "Autómata", un proyecto orientado a buscar el control sobre todo basado en pulsos eléctricos, quedé horrorizado por la forma en que concebían a los otros seres humanos.
-Uno sólo no sirve para nada. Requerimos de una gran masa no pensante y obediente- solía decirme Caleb cuando me arrastraba consigo a las pruebas que le hacían a los "organismos" que yo capturaba.
-Esa gigantesca masa puede revelarse si sus necesidades básicas no son bien satisfechas- respondí una vez, basándome en mi propia experiencia y harto de su prepotencia maquiavélica.
-En ese caso, haremos que ya no tengan necesidades. Si damos todo nuestro empeño, el programa del Autómata se encaminará a solucionar ese nimio inconveniente.
Ese fue el punto decisivo que me mostró el nuevo propósito de la Brigada: zombificar a los habitantes de esta ciudad para relegar el poder y la riqueza a unos pocos, que habían sido tan desalmados como para mostrar indiferencia ante tanta porquería y suciedad en un supuesto gobierno del pueblo.
Dejaré aquí por ahora, he decidido que lo mejor es escapar de aquí y tengo que idear un plan para hacerlo. Anhelando que todo afuera esté bien...

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La emboscada. Primera carta.

Escribo esto desde una celda. Sentado en la incómoda colcha de la cárcel. Estoy condenado porque no quise adaptarme a la sociedad. Una sociedad que margina a quién es diferente y a quien no desea ser o hacer lo mismo que todos. Hace dos semanas me capturaron. Fui perseguido durante mucho tiempo sin saberlo. Nunca había pensado que hacer lo que brindaba placer podría ocasionarme tantos problemas. No puedo culparlo. Estoy plenamente seguro que él desconocía lo que mis padres harían a pesar que me advirtió... Lo que menos debería hacer ahora es llenar mi mente con más interrogantes. Preferiría desahogar mis penas antes. No obstante, no puedo hacerlo ahora. Aquí vienen...

Por poco y descubren la libreta y el lápiz que escondí rápidamente en mi ropa antes de que me sacaran de casa. Eran Caleb y su guardaespaldas. Venían a darme mi cena -un pedazo mediano de queso y una sopa de verduras sin verduras visibles en ella- y a encadenarme para divertirse un rato con mi tortura. Caleb adora escuchar mis gemidos de dolor cuando usa la cadena para sostenerme por el cuello y susurra preguntas absurdas en mi oído derecho. Su guardaespaldas no hace mucho a parte de cargar las cadenas preferidas de Caleb, así que gasta la mayor parte del tiempo parado en la entrada de mi celda con los brazos cruzados y expresión severa e inescrutable.

Recuerdo cuando ví por primera vez a Caleb. Mi primer pensamiento fue que esa aparente perfección escondía algo realmente oscuro. Tanta belleza e integridad no pueden coexistir en el mismo ser humano. Pero mi vista me engañaba. Un joven de estatura mayor a la promedio, atractivamente delgado y con una tez blanca como un cielo nublado. Su cabello liso, de longitud media y de un tono castaño oscuro con toques de borgoña cubría una cabeza alargada y de quijada algo puntiaguda. Sus facciones eran hermosas en conjunto tanto como por separado. Una nariz bien perfilada que armonizaba con sus labios suaves pero gruesos y pálidos. Y lo que más me llamó la atención, sus ojos grises y oscuros que podían mantener tu mirada lo suficiente para distraerte de cualquiera que fuera tu objetivo.

Pese a mi primera impresión y su apariencia abrumadoramente agraciada, intenté tratarlo con la mayor indiferencia que me fue posible. Desde aquella vez en esa reunión familiar (él es hijo de un amigo de mi padre), poco lo ví o supe de él hasta que mi padre me informó que se había unido a la Brigada, un conjunto de civiles en pro del desarrollo de la ciudad y en contra de las pequeñas rebeliones que se presentaban aquí.

Eran tiempos difíciles para nuestra población, así que unos cuantos ciudadanos decidieron unirse para hacerse cargo de su destino, creando inicialmente grupos en contra de la criminalidad y la corrupción en la comunidad. Uno de estos equipos de seguridad tuvo a Caleb como uno de sus más incondicionales integrantes. Posteriormente, el gobierno de la ciudad quedó en sus manos y por consiguiente, la mayoría de las entidades públicas como centros de investigación, clínicas y escuelas. La Brigada que, en sus principios, fuera un organismo de defensa y control, pasó a ser una asociación experimental de déspotas con sed de sangre. Muchos residentes no han sido capaces de aceptar lo que se muestra frente a sus ojos y por lo tanto, la Brigada y Caleb tienen más apoyo del que merecen.

La ciudadanía se ha convertido en su cómplice por omisión y esta es la verdadera causa del poder completo e innegable de la Brigada. Caleb, como uno de sus mandos altos, usa magistralmente su poder para ocultar sus actos más malvados, como torturar inocentes (mi caso)...
Desearía continuar con mi relato ahora pero dadas las circunstancias, creo necesario hacer un alto aquí. Empiezo a sentir un adormecimiento en la mano con la que escribo. Puede ser consecuencia de los golpes que he recibido o la rabia con la que escribo esta confesión. Descansaré para enfrentar mañana otro día, encerrado como si yo fuera el villano. Esperando que esté bien y que tenga tiempo de narrarle la emboscada...

jueves, 1 de diciembre de 2011

"Me casaría con la noche"

La penumbra del atardecer es reemplazada por la densa oscuridad de la noche. La Luna se encuentra en su fase más hermosa, un círculo brillante aparentemente perfecto en el centro del cielo. Las estrellas comienzan a multiplicarse en el firmamento como pequeños puntos de luz azul eléctrica. Me dirijo a la ciudad, al centro propio de su vida, a los bares y clubes abiertos hasta la alta noche. Tengo pensado ligarme una que otra chica esta noche, como todas las anteriores, con la diferencia que hoy tiene que ser rubia. Mañana es viernes, el día que la hermosa Venus romana alguna vez rigió, es por ella y su cabellera dorada que le permitiré a una mujer rubia explorar mis secretos en la madrugada. Las rubias, como ninguna otra, son perfectas para pasar el rato. El peso que les estorbaba en sus cráneos se encuentra ahora felizmente manoseado en sus pechos o nalgas. Esa es la verdad. No las prefiero sobre las otras, aunque me encanta ver cómo sus blancas caras falsifican una atracción cuando intentan sacarle dinero a ciertos poco agraciados hombres, teniendo éxito más frecuentemente que otro tipo de mujeres. No intento decir que sea un requisito ser rubia para ganar la atención de los hombres, puesto que cualquier tono de cabello sirve siempre que ellas tengan el cuerpo o habilidades correctas. Lo sé por experiencia propia.

Ya he llegado a uno de los establecimientos que prefiero visitar las noches de los jueves, Dorada club, un pequeño lugar con una reputación mucho más grande. Ya me conocen. No es necesario que presente mi ID para que me permitan pasar. Es exclusivo, por lo que tienes que tener una invitación de alguno de los socios, el dinero necesario para sobornar a los gorilas de la entrada o un renombre en el círculo de la noche que beneficie la popularidad del local. Yo podría entrar por cualquiera de esos modos, si no fuera porque soy un cliente especial y el Don Juan de esta época. Sí, eso soy y no tengo ningún reparo en mostrarlo al público común y sirviente.
-Un "Bloody Mary" por favor.- le digo al barman haciéndole un guiño. Adoro ese cóctel. La pimienta y el vodka son una explosión amarga de sabor, que son resaltados por la ligereza dulce del zumo de tomate. Perfecto. El chico me alcanza la copa mientras sonríe con la mirada apuntando al piso. "No hay nada que temer." pienso con ironía.
Ya que tengo la bebida, ahora buscar a la chica que la acompañará. Inspecciono el recinto detalladamente, buscando vislumbrar un rubio platino o tostado. Allí está. Escultural, voluptuosa y con una atractiva espalda, la chica que me acompañará a casa. Bonito trasero. La sigo evaluando durante mi acercamiento a ella. No se da cuenta de que un guapo hombre de metro ochenta la ha marcado como su próxima presa.
-Me preguntaba qué hace una chica tan espléndida y de una apariencia tan inocente en un club oscuro y peligroso como este- le susurro al oído para que no haya ninguna duda de lo que le estoy diciendo.
-¿Me veo inocente?- me contesta de inmediato, apartándose de mí con disimulo.
-Por supuesto que sí... si me fijo sólo en tu apariencia. Deberías intentar hacerme cambiar de opinión- río de forma provocadora.
-¿Qué gano si lo intento?- me pregunta examinándome por completo. Yo sé lo que ve. Un cuerpo delgado pero musculoso, engalanado con la ropa de moda del momento. Una cara de perfil suave, nariz pronunciada y a la vez recta. Unos ojos claros de un miel intenso bajo unas cejas de un tono tostado entre amarillo y castaño, del mismo color que la barba que rodea mi cuadrada mandíbula y el cabello lacio, corto y levantado que cae sobre mi frente. Puedo ver que su mirada para un momento en mi boca, fina y sonrosada por el calor del lugar, esperando a ser besada.
-Ganas todo esto y bueno... una cita con el soltero más reconocido y buscado de este mundo loco- le respondo sin desviar mi mirada de sus ojos color cielo.
-Te demostraré mi "inocencia"... Ehhhh, ¿tu nombre?
-Prometo decírtelo cuando lo hagas- El mismo modus operandi sirve para todas ellas, que no sepa mi nombre me da una posición de poder que no pienso perder antes de tenerla por completo en mis manos.
¿Debería preguntarle el suyo? No significaría nada, sino que estoy ansioso por conocerla más a fondo, lo que, por supuesto, no es uno de mis objetivos.
-Puedes mostrarme lo inocente que eres mientras bailamos, ¿no?- le sugiero haciendo uso de mis mejores encantos.
-Ya verás- dice alzando instintivamente una ceja. Gesto que demuestra que no cree que yo pueda dar la talla para ella o que siente algún interés meramente superficial en mí. Este es el punto en el que tengo que exponer las razones por las que ninguna se me escapa.

La agarro de la cintura, una curva delicada y perfecta para sostener a una mujer como ella.
Movimientos en elipse, un desplazamiento de pies, de manos; un rozamiento de cuerpos, de prendas, de ideas y de deseos continúa hasta que en algún momento, sus labios capturan los míos.
Mantengo una de mis manos en la parte baja de su espalda, demostrando respeto pero deseo. Entretanto, mi derecha recorre su silueta hasta llegar al cuello. Atrapo su labio inferior entre mis dientes para dejarlo ir lentamente y proseguir con su cuello. Esbelto y de músculos fuertes. Poso con cariño sexual mi boca en su clavícula, desprotegida por la camisa strapless que usa. Sólo un diminuto instante ahí basta para dejarle en claro lo que ambos queremos. Puedo sentir su energía aumentando de forma asombrosa.
-¿Deberíamos irnos?- le propongo después de un juego de labios, baile y expectativas reprimidas que dura dos horas, entrecortadas por conversaciones triviales, en la mesa junto a los licores.
-Algún lugar menos inocente que este servirá- sus gestos son plenamente coquetos e insinuantes.
-Claro que sí, belleza- la tomo de la cintura antes de salir del club.
De camino a mi apartamento, en una de las zonas más prestigiosas de la ciudad, no dejo de sentir su piel, sus piernas entrelazadas sobre una de mis manos. La expresión de su cara y su propio cuerpo me demuestra el anhelo, la lujuria y la pasión de la noche. Las estrellas condenan mi comportamiento pero el mayor de mis aliados, el amo del placer, es un alcahueta.


La puerta de la residencia de dos pisos, número 212, que llamo hogar se abre para permitir el paso a dos personas, adheridas una a la otra por sus bocas y manos. No la amo. Nunca llegaré a hacerlo. Sin embargo, el sentimiento de poseerla será la más grande satisfacción que tendré este día. Llegar al punto del clímax en el que piensas que puedes morir, y que no habrá vuelta atrás vale más que cualquier percepción moral que la humanidad pueda llegar a crear. Necesito esto. El sexo. La unión carnal de desconocidos que da lugar a un momento de alta intimidad. Es el único modo que apruebo puede llevarte a sentirte bendito... o maldito según mi caso.


Ojos. Boca. Lengua. Dientes. Todo parece encajar en nuestro preludio patético al primer encuentro de nuestros placeres. Su camisa me estorba, la desgarro y empiezo a acercarme con una máscara de falsa ternura a sus pechos. Redondos, bien formados, lisos y suaves cuando inicio a desnudarlos. Mi sentido del tacto se excita con sus piernas y tensionados muslos. Entretanto, una lengua pícara transita las curvas de su feminidad, sus senos, su abdomen, su estilizada y fascinante cintura hasta acercarse al punto crítico de su cuerpo. Qué lugar tan magnífico. El aleph del placer, como lo diría Borges, desde donde sentirás el pasado, crearás el presente y prepararás el futuro de sus orgasmos.


Puedo percibir todos los cambios de su organismo a la vez que estimulo mi mente y la suya. Conectados por las mejores armas seductoras de ambos, mi elocuencia y su sensualidad, juro que no hay deleite superior. La llevaré al borde de la muerte sexual, al éxtasis erótico sin dejarme llevar por mi propio afán de sensaciones. Su satisfacción es la mía, la amaré para que aprenda a hacer lo mismo conmigo. Para que sea mi eterna amante y compañera. Para que me pida una y otra vez que la complazca, que me arrodille ante su fina figura y le haga experimentar un gozo monumental comparado con la primera vez que lo hice. Quiero que me ame.


-No es posible- niega una voz seca y melodiosa a mis espaldas, interrumpiendo el entusiasmo y excitación de mi rubia compañera.
No es una voz en mi mente. No es él aconsejándome telepáticamente de cómo debo llevar mi vida. Su aura, su presencia y poder me arrancan en contra de mi voluntad de las partes íntimas de la chica y la congela en el tiempo, convirtiéndola en una estatua de carne y hueso.
-Conque prefieres eso a divertirte, ¿no?- dice el hombre de mediana edad, vestido con un elegante traje blanco y zapatos de cuero del mismo color, mientras me levanto del suelo donde he caído.
-Nunca dije eso- le aseguro acercándome a su alta e imponente figura. Su cara parecía la de un bromista, anticipando el efecto uno de sus malos chistes. Sus ojos achinados muestran sorpresa bajo las cejas tupidas y oscuras y su cabello canoso y echado para atrás expone su educación infernal. Un rostro angelical, que tras pasar por múltiples obstáculos y ganar unas cuantas arrugas, ríe nuevamente ante el plan divino.
-Ni siquiera tú mismo me puedes negar que lo pensaste, a menos que hayas olvidado mi poder y jures que tus pensamientos están seguros en tu cabeza- responde sin el menor atisbo de impaciencia.
-Estoy plenamente consciente de ello, socio- repongo con preocupación -Pero yo no deseo eso. No me interesa que ella me ame; sólo quiero tenerla, aunque no podría negarte que sería un nuevo triunfo que una me amara.
Una botella de whisky se acerca al vaso que este ente sostiene en su mano, llenándolo lentamente.
-Tú sabes, Vlad, que cuando firmaste cierto contrato, te ataste a mostrar nada más que los más profundos intereses de tu alma, a pesar de no querer hacerlo- me recuerda amablemente.
Me siento en la silla de tela al frente de la que él está y me resigno a escuchar su propuesta.
-Maldito sabelotodo. Cuéntame lo que me quieres hacer ahora.
-Yo no quiero nada... más, debería decir, pues ya tengo lo que me diste. Mi única responsabilidad ahora es guiarte por el camino más provechoso y delicioso de tu existencia. ¿Qué harías para que alguien pudiese enamorarse de tí? Recuerda que era una de las prohibiciones de nuestro acuerdo
-Me casaría con la noche- contesté precipitadamente.
-¿Estás bromeando conmigo, Vladimir?- me mira con su astucia característica -La Noche. Night. La Nicte o Nix griega. La única diosa a la que Zeus temía porque podría tragarse el mundo entero si así lo quisiera. ¿Estás seguro que te casarías con ella para ganar el amor de una mujer?
Otra vez con la mitología. No me perturba en ningún sentido pero ya es costumbre en mi vida usarla para explicar asuntos extraños. La Noche no existe como ente, como él lo hace. No obstante, ambos sabemos a qué se refiere.
-Te aseguro que lo haría. No quedará nada en las calles para ser explorado cuando salga con ella.
-Por fortuna para mí, es uno de los deseos que no puedo concederte. Deberías estar atento a la letra pequeña. "No aplica para la transformación en criaturas sobrenaturales"- se mofa de mí en mi propia casa.
Sobrenatural como él mismo. Otro ser mitológico que no se conformo con serlo. El señor de las tinieblas, del desierto, de la sequía y de todo lo que representa esterilidad y decadencia en este mundo.
-Deberías restringir tus propios pensamientos, Vlad, sabes que podría quitarte todo lo que tienes- me amenaza- No me gusta esa noción de decadencia; soy el señor de lo que no es bueno, no de lo que es malo. Más Hades que el Satán cristiano... pero adoro que me digan...
-Seth, el señor de las tormentas egipcio. Lo sé- interrumpo sin decoro.
-Tormentas, guerra y violencia. ¿Te he brindado algo de eso a tí para que me puedas reprochar?- No espera a que responda- ¿Qué haré para darte el amor puro nacido del corazón virgen de una mujer?
-No lo requiero. Tengo todo. La apariencia, el dinero, el éxito y las mujeres caen rendidas a mis pies.
-Estás mintiéndole al maestro de la mentira. Tú eres el que estaba a los pies de esta rubia peligrosa- contempla el cuerpo paralizado de la mujer por un segundo antes de seguir- Resultó poco inocente, por lo que veo.
Me rindo. ¿Cuál es el nuevo juego?
-Ahhh, por fin. La aceptación. Uno de los pasos necesarios para hacer realidad tu deseo. Iniciaremos de esta manera... Tú utilizarás los dones que ya te he dado, mi apuesto Vlad, para intentar despertar algún sentimiento claro de aprecio en una mujer. Yo tomaré una forma humana y haré lo mismo. Si ninguno de los dos logra nada en un plazo de 6 días, te ayudaré y nuestro antiguo convenio continuará, pero si yo logro que alguien me ame, tú tendrás que devolverme tu apariencia y volver a ser el renegado que eras antes.
-¿Y qué si lo logro?¿Nuestro contrato se anulará?- No hay nada más que valiera la pena que eso. "El amor de una mujer" no alcanza a llenar mis expectativas.
-Trato hecho- se levanta y desaparece en una bruma de gases rojos.
Siempre le gustan las apuestas como a todo desquiciado demonio. Seth no ganará y, una vez que una mujer me ame, recuperaré lo que vendí para tener una vida como la llevaba antes de que ese estúpido pensamiento cruzara mi mente: mi alma.