Escribo esto desde una celda. Sentado en la incómoda colcha de la cárcel. Estoy condenado porque no quise adaptarme a la sociedad. Una sociedad que margina a quién es diferente y a quien no desea ser o hacer lo mismo que todos. Hace dos semanas me capturaron. Fui perseguido durante mucho tiempo sin saberlo. Nunca había pensado que hacer lo que brindaba placer podría ocasionarme tantos problemas. No puedo culparlo. Estoy plenamente seguro que él desconocía lo que mis padres harían a pesar que me advirtió... Lo que menos debería hacer ahora es llenar mi mente con más interrogantes. Preferiría desahogar mis penas antes. No obstante, no puedo hacerlo ahora. Aquí vienen...
Por poco y descubren la libreta y el lápiz que escondí rápidamente en mi ropa antes de que me sacaran de casa. Eran Caleb y su guardaespaldas. Venían a darme mi cena -un pedazo mediano de queso y una sopa de verduras sin verduras visibles en ella- y a encadenarme para divertirse un rato con mi tortura. Caleb adora escuchar mis gemidos de dolor cuando usa la cadena para sostenerme por el cuello y susurra preguntas absurdas en mi oído derecho. Su guardaespaldas no hace mucho a parte de cargar las cadenas preferidas de Caleb, así que gasta la mayor parte del tiempo parado en la entrada de mi celda con los brazos cruzados y expresión severa e inescrutable.
Recuerdo cuando ví por primera vez a Caleb. Mi primer pensamiento fue que esa aparente perfección escondía algo realmente oscuro. Tanta belleza e integridad no pueden coexistir en el mismo ser humano. Pero mi vista me engañaba. Un joven de estatura mayor a la promedio, atractivamente delgado y con una tez blanca como un cielo nublado. Su cabello liso, de longitud media y de un tono castaño oscuro con toques de borgoña cubría una cabeza alargada y de quijada algo puntiaguda. Sus facciones eran hermosas en conjunto tanto como por separado. Una nariz bien perfilada que armonizaba con sus labios suaves pero gruesos y pálidos. Y lo que más me llamó la atención, sus ojos grises y oscuros que podían mantener tu mirada lo suficiente para distraerte de cualquiera que fuera tu objetivo.
Pese a mi primera impresión y su apariencia abrumadoramente agraciada, intenté tratarlo con la mayor indiferencia que me fue posible. Desde aquella vez en esa reunión familiar (él es hijo de un amigo de mi padre), poco lo ví o supe de él hasta que mi padre me informó que se había unido a la Brigada, un conjunto de civiles en pro del desarrollo de la ciudad y en contra de las pequeñas rebeliones que se presentaban aquí.
Eran tiempos difíciles para nuestra población, así que unos cuantos ciudadanos decidieron unirse para hacerse cargo de su destino, creando inicialmente grupos en contra de la criminalidad y la corrupción en la comunidad. Uno de estos equipos de seguridad tuvo a Caleb como uno de sus más incondicionales integrantes. Posteriormente, el gobierno de la ciudad quedó en sus manos y por consiguiente, la mayoría de las entidades públicas como centros de investigación, clínicas y escuelas. La Brigada que, en sus principios, fuera un organismo de defensa y control, pasó a ser una asociación experimental de déspotas con sed de sangre. Muchos residentes no han sido capaces de aceptar lo que se muestra frente a sus ojos y por lo tanto, la Brigada y Caleb tienen más apoyo del que merecen.
La ciudadanía se ha convertido en su cómplice por omisión y esta es la verdadera causa del poder completo e innegable de la Brigada. Caleb, como uno de sus mandos altos, usa magistralmente su poder para ocultar sus actos más malvados, como torturar inocentes (mi caso)...
Desearía continuar con mi relato ahora pero dadas las circunstancias, creo necesario hacer un alto aquí. Empiezo a sentir un adormecimiento en la mano con la que escribo. Puede ser consecuencia de los golpes que he recibido o la rabia con la que escribo esta confesión. Descansaré para enfrentar mañana otro día, encerrado como si yo fuera el villano. Esperando que esté bien y que tenga tiempo de narrarle la emboscada...
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