Intenté infructuosamente resistirme a que inundaras mi vida, mi mente y esta nueva realidad. Pero no podía controlar todo lo que ocurría. Todo lo que había visto, se había desvanecido. Sin que yo pudiera hacer nada, tú desapareciste con todo ello. Abrí los ojos como tú abriste los tuyos; era solo el mundo real. Nuevamente me encontraba en una camilla pero esta vez, no estaba en ningún recinto cerrado. Me hallaba en una hermosa pradera, cercada por una rústica línea de tablones de madera enterrados en el suelo. Me esforcé por incorporarme y alejarme de esa tétrica cama de pruebas y del científico desquiciado que se encontraba a menos de 2 metros de ella. Me sentía algo adolorido así que empecé a andar despacio con todo el cuidado para no hacerme daño.
Alcé la vista en dirección a la verja de roble y justo allí, en perfecto estado y con una expresión imperturbable, estaba el primogénito de mis padres. La rabia volvió a mí. ¿Cuál era el objetivo de aquél despreciable experimento? Eché a correr hacia mi hermano sin detenerme a pensar en la picazón que sentía en todo el cuerpo y que aumentaba cada vez que respiraba. Tropecé con una roca saliente y caí de bruces hiriéndome el labio inferior. Percibí el sabor salino de la sangre en mi boca y maldije mientras trataba de levantarme con mis últimas fuerzas. Él, impasible, me lanzó una mirada indiferente antes de darse vuelta y alejarse de mí con paso firme y apresurado.
--¡Ayúdame!-- creí gritar--. ¡No me dejes con ese loco!
Desesperanza. El sentimiento pareció poner en marcha algo a mi alrededor y en mi organismo que me envió a un estado de inconsciencia.
Si me hubiesen preguntado, habría dicho que había estado inconsciente menos de medio minuto. Descubrí que no era así cuando me reconocí parado en medio de un frondoso bosque de pinos no aborígenes. La necesidad de encontrar a alguien me asaltó y distrajo de otros pensamientos. ¿Dónde está? Un eco que incrementaba su volumen poco a poco se escuchó en aquél bosque solitario. Busqué el origen de la voz tanto con la vista como con mi capacidad auditiva. Comencé a correr hacia el este, sorteando diferentes raíces y ramas caídas en el suelo silvestre. Podría jurar que esa bella voz me llamaba pero no parecía que me acercara a quién la emitía. Llegué a un claro que recorrí con la mirada frenéticamente. Al otro extremo del mismo, vislumbré un destello de luz sobre un fondo negro brillante y suave. Una cabellera que se escondió al instante.
Avancé hacia ella con la mayor velocidad que pude alcanzar, atravesando el claro. No había recorrido la mitad de la distancia que me separaba del otro límite cuando sentí que caía hacia el cielo. Asombrado y preocupado por lo absurdo e intrigante de la situación, estiré mis brazos para sostenerme de la rama de un arbusto cercano de tamaño mediano. Pero el arbusto había dejado de existir. Mientras yo era elevado en contra de mi voluntad hacia lo que había sido el cielo, ahora un bosquejo en blanco y negro de nubes, la arboleda empezaba a consumirse entorno a la joven que me miraba directamente a los ojos desde el centro del claro. No quería seguir alejándome pero no pude evitarlo. El mundo se oscureció al igual que mi corazón. No, no de nuevo...
Podía ver la luz a través de mis párpados, pero no tenía fuerzas ni voluntad para abrirlos. Esperaba sentir a mi lado la presencia de la que acababa de perder y lo único que en realidad sentía era miedo. No provenía de mí. No sabía cómo estaba seguro de ello, así que tuve que comprobarlo con mi vista. En la misma sala en la que me habían sometido al tratamiento, acurrucado a mi derecha, estaba el "doctor" que tanto había jugado conmigo. Se fijó en que había recuperado el conocimiento y retiró la mirada. Respiró entrecortadamente y sin volver su mirada, susurró:
--Sal de aquí. Hazlo ahora.
Quise preguntarle por qué tenía que hacerlo pero me contuve. Me levanté veloz y suavemente e inicié mi camino hacia la puerta del garaje en el que me había despertado. Me giré para regalarle una última mirada de repudio al muchacho sin encontrarlo. Busqué su silueta alta y delgada en cada resquicio de la habitación. ¡No había otra salida a la vista! Me acerqué lentamente a la mesa de instrumentos recorriendo las paredes con la esperanza de encontrar una puerta oculta. Tras unos pocos minutos de continua investigación dí con ella, justo detrás del aparato que había usado para inducirme aquellos sueños, primeramente tan ilógicos e impensables y posteriormente tan vívidos y fantásticos. Tenía que salir de allí antes que su atmósfera regresara a mí por completo y aquella puerta estaba cerrada desde dentro.
En el exterior del garaje, el atardecer estaba en su punto álgido. Recordé su aroma y supe que ella estaba en algún lugar, ahí fuera en mi mundo. Sin embargo, antes de buscarla, tendría que dar con el paradero de mi detestable hermano y obligarlo a que me acompañara en mi nueva travesía.
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