-Lo siento-le dije yo después de tanto tiempo sin verle la cara.
Yo sabía que en mis ojos reconocía la verdad mientras se movía de un lado para otro, sin saber qué hacer, como si se sacudiera el polvo de los hombros.
¿Por qué era yo el que lo sentía?¿Por qué seguía disculpándome después de todo lo ocurrido?
Seguramente me refería a todo lo que no hice, a lo que hizo falta, a lo que soñé y que nunca pude hacer realidad.
Ya con escucharme, ¿se atrevería entonces a mirarme a la cara y disculparse como si lo sintiera de verdad? Rehuía mi mirada porque al parecer le hería y yo no lograba reconocer sus ojos castaños que me daban tanta esperanza tiempo atrás.
Yo siempre le extrañaba. Recordaba su cabello claro, casi artificial, lanzando destellos bajo el sol, ignorando el orden, el peine y la suciedad. Venía a mi mente su cara poblada de lunares o pecas, enmarcada perfectamente por sus lentes, que le daban el aire intelectual del que en verdad carecía. Veía su sonrisa descuadrada, de dientes casi amarillentos y descuidados, en cada momento en que cruzaba mi mente uno de sus pensamientos, esos que le hacían reír cuando era menos esperado. Añoraba sus manos, de dedos largos y delgados, que con su blancura recorrían mi cara en la ansiedad y en la tranquilidad. Recorría su cuerpo en mi imaginación, con sus pocas cumbres y grandes llanuras, trazadas con cicatrices y marcas de nacimiento; ese mismo en el que algún momento me desahogué de las pasiones y tristezas reprimidas.
No le había olvidado porque para mí siempre sería incluso si yo desaparecía. ¿Sería capaz de olvidarme y relegarme al archivo de su memoria, aún cuando yo le rogara desde allí que no lo hiciera? Probablemente así sería y de manera simple, desalmada y por supuesto, inmadura, renegaría de mí con cualquiera de los que me siguieran. No obstante, ¿me importaba eso?¿valía la pena arrepentirse de los sueños vividos por una pesadilla final?
Nadie era yo para responder a ello y por tanto, quería una respuesta suya.
-¿Harás que todo lo que yo hice valga la pena?-le espeté sin pensarlo dos veces y sin misericordia.
Volteó hacia mí por fin con esa mirada de ruego que siempre tenía cada vez que yo le recriminaba por algo que había hecho y que terminaría siendo mi culpa. Sonrió con melancolía a la vez que se acomodaba los lentes, empujándolos hacia arriba con el índice de la mano derecha.
No respondió y alejó nuevamente sus ojos de mí, como si le quemaran.
Yo no entendía por qué era tan complicado enfrentar la verdad, después de haber mantenido durante años una mentira viva. ¿No sería más fácil deshacerse de toda la parafernalia y mostrarse como era, sin arreglos, sin aditamentos estúpidos y sonrisas falsas? Eso era todo lo que yo deseaba y no me fue posible conseguir, a pesar de la terquedad con que lo intentaba.
Por eso, ahora que le tenía en frente, no le podía dejar escapar. Me acerqué con cautela, contando los pasos hacia su imagen y para mi asombro, vi que se acercaba hacia mí también. Me detuve para probarle y se detuvo también. ¿A qué jugábamos ahora? Sin control, corrí en su dirección y me detuve solo a un centímetro de su nariz, mirándole directamente a los ojos. Sin previo aviso, me lanzó un puño a la cara, al que yo respondí con uno también.
En el momento justo en que nuestros nudillos chocaron, su imagen se despedazó y cayó al suelo, convertida en fragmentos de cristal que reflejaban el techo y la sangre que goteaba de mi mano. Yo me mantuve en pie, con la frente erguida, intentando reunir pistas para entender lo que había pasado. Le busqué entre el caos de imágenes a mis pies sin dar con la suya. Con calma y tacto, recorrí con mi vista cada esquina de la habitación en la que no había rastro de su presencia.
Sin embargo, uno de los trozos superiores del cristal, aferrado a la moldura, me mostró su cara sonriendo con sinceridad. Encontré por fin el origen del reflejo al ver la inscripción al superior del marco. Sonreí entonces por ver su semblante tranquilo de nuevo; por reconocerme al fin y poderme alcanzar una última vez.
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