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jueves, 31 de diciembre de 2015

Recuerdos de los pasados

Él había caído de nuevo en ese fango emocional: Una mezcla asquerosa de desprecios y estimas que se amalgamaba a su alrededor como falsas arenas movedizas. Ese era su entorno preferido para sufrir y lamentarse por lo ocurrido pero que nunca fue su culpa.

No obstante, Sebastian se sentía liberado cuando no caía. Mucho tiempo había pasado reprimido y por fin podía decidir ser él de nuevo y nada más que eso, con sus fallas y defectos que parecían más fortalezas y cualidades.

Ahora sólo pensaba en él y su mente vagaba a parajes cada vez más oscuros de los que no quería irse. De pronto era masoquista; de pronto se quería menos que a él. Era en estos momentos cuando viajaba que se topaba de frente con la figura sólida de su ex, quien se reía de él en su cara. El inmaduro e infantil muchacho se burlaba sin piedad y sin que Sebastian pudiera hacer nada para detenerlo.

¿A dónde había ido el amor que tanto decía que le profesaba?¿Había escapado igual que el mismo Judas antes de enfrentar lo que había hecho? Sebastian lo miraba vanagloriarse de sus amantes, de sus relaciones efímeras con personas pobres de alma y como consecuencia, sufría más. Nuevamente quería arrancarse la piel frente al traidor que le retaba pero sólo caía, caía y caía.

Sin embargo, algo en su interior quería finalmente luchar.

Empezaron a aparecer como si los vomitase su alma. Mientras él parecía retocerse con un gran vacío en la mitad, ellos cobraban fuerza.

Primero, ella, alta y de largos cabellos, con su mirada suave como el color de su piel. Ella que a veces sonreía a su pesar, siendo la más cercana al daño que ahora a él le aquejaba, lo miró en el suelo y le tendió la mano, mirando con indiferencia despectiva al ofensor. La pequeña llama, Fiammetta, decidió llamarle su anterior amado Sebastian.

Tan pronto ella con su fantasmagórica figura logró desviar la atención de Sebastian, una segunda bola de luz empezó a definirse. Un hombre de estatura media y complexión delgada, con una gran sonrisa que mostraba los dientes blancos, apareció. Agitó fugazmente con sus largos dedos su cabello negro y corto antes de ofrecer la mano a Sebastian.

Él se hallaba realmente paralizado por sus dos pasados que ahora, después de las lecciones que le habían dado, le brindaban su apoyo. Se levantó sin soltarlos a la vez que el pelinegro (convino llamarle Alejandro) miraba al victimario pelirrojo. Este comenzaba a verse más pálido y evitaba cualquier contacto visual con las dos apariciones. Ahora, la tercera luz reaccionaba y se deslizó por el aire antes de formar a un hombre mayor que el anterior, de cara cuadrada y con lentes, cuya barba cuidada hacía juego con su cabello oscuro como el petróleo.

Una sonrisa imperfecta pero encantadora se pintó en su rostro mientras ponía la mano derecha, grande y blanca, en el hombro de Sebastian e ignoraba al desgraciado contrincante, que empezaba a temblar frente a ellos.
-Incluso tú, Miguel- dijo Sebastian al girarse a verlo.
Los tres personajes relegados al olvido y al tiempo eran ahora similares a guardaespaldas, evitando que el enemigo se acercara más.

Una última circunferencia de luz, con muchos tonos y colores comenzó a hacerse pequeña como si implosionara. Del preciso punto en el que se contrajo hasta desaparecer salió una mujer. De cabello castaño, liso y largo, ojos penetrantes y una presencia ineludible, se puso de pie frente al resto, demostrando que no era para nada incorpórea. Fiammetta, Alejandro y Miguel hicieron gestos de asombro y se replegaron más cerca a Sebastian. Ella, la mujer real, Violeta, tomaba energía de los otros recuerdos para ser lo que era.

Se quedó quieta mirando al enemigo a los ojos sin que este pudiera retirar la mirada. Los temblores que recorrían el cuerpo de Judas ya no eran controlables y estaba al borde de las lágrimas. Violeta intentaba no sonreír.

Sebastian alzó la mirada y comenzó a examinar minuciosamente a su último. Tocó a Violeta en la espalda, con los otros tres a su alrededor. Ella se apartó y tocó el hombro libre de Sebastian, instándolo a seguir adelante. Él dio un paso hacia la criatura mentirosa que le había hecho tanto daño. Este se movía como si convulsionara. Era patético verlo, cuando se tiró al suelo e inició su lloriqueo sin lágrimas. Sollozaba como el traidor que era a la vez que Sebastian se dirigía hacia él con el apoyo de los cuatro que observaban desde sus posiciones. Sebastian habló entonces con la indiferencia exacta que le caracterizó antes de conocer a Judas:
-Tú me diste nada.
El otro reaccionó violentamente intentando golpearlo con el puño en alto. No obstante, su brazo era una imagen y atravesó el cuerpo de Sebastian como un holograma. Alejandro se dedicó a reír sin escrúpulos contagiando a Fiammeta quien intentaba contenerse. Miguel sonrió con ternura sin dejar de mirar a Sebastian. Finalmente, con una mueca de asco y decepción, Violeta dijo:
-Acaba con él.
Sebastian adoptó un semblante tranquilo al oírla, se agachó con suavidad junto a Judas a la par que él se esforzaba por ponerse de pie. Luego, estiró la mano izquierda y la alargó hacia el pecho del mentiroso, donde se suponía que estaría su corazón si tuviese. Sin ninguna advertencia pero con delicadeza lo tocó con las puntas de los dedos.
El miedo se dibujó con rotundidad en la cara de Judas para quedar allí por siempre grabado. El color de su cabello bermejo se volvió gris y su piel de un blanco perla a medida que desaparecía, recogiéndose como un rollo de pergamino hacia los dedos estirados de Sebastian. Después de pocos segundos, sólo se veía un resplandor ligeramente naranja en las yemas de sus dedos. Él se levantó y se giró para ver a sus compañeros. Los cuatro lo observaban con satisfacción y orgullo.

Una luz nueva y diminuta crecía detrás de ellos. Una figura delgada, pálida, con lentes rectangulares surgió. Judas volvía en la manera que debía; ya su resplandor rojizo jamás iluminaría el camino de Sebastian y sólo se limitaría a servir de escudero, ignorando su propio destino.

De todos los fantasmas era él el más etéreo y sin embargo, sonreía. Era la perfecta imitación de la vida debido a su falsedad obvia.

Sebastian sonrió al reconocer al verdadero Judas y lo ignoró para agradecer a los otros cuatro. Todos , incluso Judas, volvieron a sus formas incandescentes y se reunieron para volver a asimilarse en el pecho de Sebastian

Él se quedó de pie contemplando el horizonte. No estaba solo; nunca lo había estado.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Las cosas que nunca le dices


  1. Te sientes intenso cada vez que le escribes o le respondes apenas te llega un mensaje.
  2. Siempre te das cuenta de todos los enfados causados por tu culpa pero finges creerle cuando te dice "Es problema mío".
  3. Odias depender de lo que hace, de dónde está y de si duerme o no. Sin embargo, odias aún más sentir que no dependes o que te es indiferente lo que haga.
  4. Quieres que no le pase nada.Que lo bueno lo puedan compartir juntos y que lo malo no se atreva ni acercarse mientras tú no puedas hacer nada. Le proteges como si fuera tu vida o por lo menos lo intentas, sabiendo que puedes afectar la tuya.
  5. Sientes que nadie puede cuidarle como tú. Que dejarle en otras manos sería irresponsable y que no estarás tranquilo hasta asegurar su completo bienestar.
  6. No puedes hacer nada en contra suyo e inventas excusas y razones tontas para hacer lo mejor, pero no para tí.
  7. Piensas mucho en su pasado, en las cosas que parece haber dejado por tu culpa y te preguntas: ¿Pensará que valió la pena?
  8. Evalúas su personalidad y encuentras cosas que no van contigo o que al parecer te están cambiando pero te das cuenta que está bien así. Que es todo su espectro completo el que te encantó.
  9. Detestas sentirte aburrido a su lado, monótono, predecible pero sabes que no te ve así de ninguna manera.
  10. Te molestas, gritas y pataleas internamente cuando algún plan no sale como lo pensaste pero callas. Al final, podrás disfrutar de su compañía.
  11. Te enfadas constantemente contigo mismo por no esforzarte lo suficiente, por no darle lo que tú crees que merece en realidad,
  12. Finges. No le mientes nunca pero finges que estás bien a veces solo para volver a ver su sonrisa y estar verdaderamente bien.
  13. Ves errores, huecos, descuidos pero les haces caso omiso. Nada de eso se compara a lo que te da sin saberlo ni entenderlo por completo.
  14. Perdonas. Te perdonas a tí mismo por ser como eres y creer muchas veces cosas que no son, enfadarte y por ellas hacerle daño.
  15. Le amas. Le amas con intensidad, sinceridad, certeza, obsesión y pureza, con independencia y necesidad, con interés y humildad, con orgullo y modestia. Le amas por su alma, por su cuerpo, por su intelecto, por sus errores que los juntan más, por sus cualidades comunes pero en conjunto únicas, por sus características inusuales y hermosas, por lo que te enseña, por lo que representa, porque te ama y porque sabes que es cierto. Le amas, de pronto no más que nadie en el mundo ha amado, de pronto menos que todos ellos, pero todo lo que eres capaz de amarle. Le amas y solo por eso esperas que perdone las cosas que nunca le dices.

martes, 18 de septiembre de 2012

Una sonrisa

Hay momentos en los que quiero algo más. Alguien más parecido a mí. O los había. La verdad es que ya no puedo estar seguro. ¿O sí lo puedo estar? La verdad es que no sé cómo empezar y no sabré cómo terminar. Parece a veces que me embarcara ahora en un extraño e inesperado viaje del que solo sé su guía: una sonrisa.

No creo que alguien entienda lo que ocurre. Ya lo dije anteriormente, pero cada vez se hace más inexplicable. Tú, esa persona por la que ya dejé de tener miedo. Por la que enfrentaría a la muerte en su residencia macabra. De pronto tú tampoco lo entiendes. Me conociste casi sin miedos pues solo tu presencia los alejó sin que yo ni el mundo se diera cuenta. El miedo a amar. El miedo a establecerse. El miedo a estar tan cerca de alguien y saber que se convierte en una parte importante de mi mundo. El miedo de saber que cuando me deje de lado, me desharé en pedazos y guardaré más rencor del que ya tengo en mi oscuro y malintencionado corazón. El miedo de saber que seré capaz de lanzarme al agua cuando se termine. No me estaré rindiendo, solo me estaré entregando. Pero... ¿qué punto tiene hablar de miedos que ya no existen? Palabras sin sentido dignas de un charlatán en un esmoquin. Aquél que siempre he sido.

Esto es algo que nunca se me ha dado
O que nadie me ha inspirado
La verdad no sé por qué lo intento
Terminaré pareciendo un inepto

Pero a veces vale la pena el riesgo
Tratar de hacer algo por esa persona
Que es diferente a todo el mundo
Y que es el respiro de tu vida

Diré tu nombre
Para iluminar todo el orbe
Para recobrar aquello
Que me luce más que mi corte
Es aquella sonrisa
La que me has regalado
Y la que quedará por siempre estampada
En esta alma de endemoniado

Cada vez que te observo
Amo el color del mundo entero
Me pierdo en tus ojos castaños,
Inundando mi corazón de alegría
Locura, dicen ellos, es aquello que ocurre al
Olvidar tu existencia

Una y otra vez lo releo
E intento dar
Con aquello que no veo
Esa pureza innata
Con la que redactas
Todo lo que habla
De aquel alma
Que no debe separarse de la tuya
Pues de hacerlo
No encontrará más que penuria

Una sonrisa es lo que me has dado
Y no es la tuya
Es la mía
Que demuestra lo mucho que te amo
Y lo poco que deseo
Que te vayas de mi lado

Haces todo real para mí. No hay nada que valga más la pena que ver en la oscuridad de mi vida, el color deslumbrante de tu buena alma. Nadie me ha podido salvar como tú lo has hecho. Es por eso que te he extrañado últimamente. No importa lo que el resto diga. No importa lo que yo intente deshacer. Esa conexión, ese enlace, que formó tu sonrisa con la mía, es inexplicable y durará más de lo que yo podría decir. No te dejaré ir y si lo haces, me iré contigo. Quiero ser feliz contigo porque es más difícil serlo sin tu presencia. Y no supe si terminé, lo que debí no empezar. Una sonrisa tuya y mía es lo único que deseo.

viernes, 31 de agosto de 2012

La inmerecida

Todo podría ser perfecto. Tú podrías serlo. Nuestra relación podría serlo... pero hay algo que nunca lo podrá ser y ese soy yo. Noventa y nueve por ciento una vergüenza y con una sola cualidad: obstinación. ¿Cómo podría antojársele a alguien una persona tan singularmente disminuida como yo?¿Qué puede brindar un individuo tan deplorable y auto compasivo a otra persona? Podría decir que aprenderías de mis errores, de mis monumentales defectos y de mis quejumbrosos fracasos. Así sería simplemente un modelo a no seguir y colaboraría a tu camino hacia una "buena persona". Sin embargo, tú ya sabes todo lo que yo ignoro. Reconociste los defectos que poseo antes de siquiera tenerlos y los corregiste. Eres precisamente el tipo de persona que no podría ni podrá sacar algo bueno de mi miserable personalidad. Entonces, ¿qué más te puedo ofrecer?

Cariño no te hace falta. Apoyo, tampoco. Personas a tu alrededor que se sientan tan orgullosas de tí como yo lo hago me atrevería a decir que sobran. Amigos, familiares, conocidos... Nada te hace falta. Una persona especial, amorosa y que diera todo por tí... es lo que podría hacerte falta. No obstante, no es cierto. Tú eres feliz así, en la soledad. No necesitas a nadie para recobrar tu maravillosa sonrisa. No requieres un halago para saber lo que eres. Tienes la seguridad en tí de la que yo siempre he carecido. ¿Y qué si necesitases de alguien más? Bueno, tendría que ser perfecto a su manera, amoroso siempre y dar absoluta y completamente todo lo que tiene y lo que no para tu bienestar. ¿Soy yo eso?

No debería ni molestarme en responder esa lógica y ridícula pregunta. No soy perfecto. Mis "cualidades" no armonizan con mi asombrosa y variada "fauna" de defectos. Podría durar páginas detallando mis gigantescas fallas, comentando como han terminado de minar mi etérea confianza y convertido en el fracaso de persona que soy ahora. He fallado a la primera condición para ser tu alguien. Amoroso tampoco lo soy. Soy romántico pero mi amor se desvanece como la bruma en una mañana. Parece tangible, envolverlo todo y antes de que nos demos cuenta, desaparecerá. Ese es mi inconstante y efímero amor. Del que no deberías recibir. Segundo requisito no llenado.

Del último. De aquél que define por completo lo que no soy. Yo podría decir muchas cosas, podría hacer muchas cosas, podría dar mi sobrevalorada vida por tí. Pero se queda ahí. En un "podría". No pude hacerlo cuando lo necesitaste. No pude protegerte. No pude defenderte. No pude darte apoyo. Me contenté con estar ahí como una estatua defendiendo su territorio, ajena a cualquier cosa que ocurriese a su alrededor. Me limité a observarte mientras te auto destruías. Si no puedo hacer que estés en paz en tu interior y no te hagas daño, ¿cómo podría lograr darte la fuerza para que nadie del exterior te lo hiciera? Más aun, no soy agradable para tus seres queridos. Tu bienestar está comprometido cada vez que sales conmigo y sé que podrías llegar a perder personas mucho más valiosas que yo por quererme como lo haces. Perderás mucho y ganarás alguien que no puede darlo todo por tí. ¿Cuál es la ganancia? Y el tercer requisito acaba con mi extinta posibilidad de darte lo que mereces.

No te merezco y ese es el punto. Un punto que yo supe desde siempre. Puede que te "haga bien" pero al final del día me encargaré consciente o inconscientemente de arrancarte el corazón, de tomarlo entre mis blancuzcas y huesudas manos y comerlo mientras mis lágrimas se mezclan con tu sangre. Seré yo responsable de desangrar tu amor, de lastimar tu confianza y arrastrarte conmigo al tártaro en el que debo estar. Te transformaré, te destruiré e intentaré componerte con un plano que representa más mi maldita alma que la pura tuya. No quiero hacerlo. No deseo besarte, robar tu esencia y condenarte. Pero mi arraigado demonio logrará hacerlo si estamos juntos.

No podría negar que me haces bien. Soy feliz y debería ser suficiente si no supiese que es un sentimiento que no debo sentir. Una felicidad inmerecida. Un paraíso contigo que nunca he ganado. Al que nunca debí haber intentado entrar. Al que nunca seré bienvenido. Al que cualquier otra persona, con más talentos, más capacidades, amor sincero, y muchas más cualidades que yo debería ser invitado. Inmerecida. La inmerecida euforia que siento debe ser devuelta a su origen y debe aguardar ahí a que una persona fabulosa, espectacular e inigualable entre a tu vida. Ese que no puedo ser yo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

11+11

Muchas veces dije muchas cosas. Muchas veces aseguré lo que pensaba era cierto. En ciertas ocasiones, tomé mis afirmaciones con la gravedad digna de un axioma. Algo que sin demostración debía ser cierto. Dije muchos "nunca". Limité por completo mi vida a unas cuantas incursiones muy tormentosas en el terreno amoroso. El amor duele sin importar si está bien o mal. Nunca sentí que estuviera bien. Nunca sentí siquiera al amor tan cerca. Otras veces escupí al amor, pensando que no valía la pena. Rehuí de él, como una presa de su cazador. Escribí sobre él, idealizándolo de una manera casi ridícula mientras que en la realidad lo evitaba, lo retardaba, le ponía obstáculos. ¿Qué anduve haciendo todo este tiempo?
No enamorarme, no querer a alguien de ese tipo, no mostrar mi cariño en público, no comprometerme lo suficiente, no entregar nada que pudiera extrañar... Todo era una preparación, un entrenamiento, un preámbulo a algo que yo concebía imposible. Una opinión que podía defender en contra del mundo entero...
¿Quién osaría aceptar tantos defectos y tan pocas cualidades en una persona?¿Quién lograría atrapar el corazón de esta serpiente que escupía veneno a la simple vista de un congénere amoroso?¿Quién retendría entre sus brazos a este escurridizo ser de letras y sentimientos?¿Quién sería capaz de adoptar e incluso desplazar a las perfectas creaciones literarias de este muchacho, por las que él haría lo que fuera dado el caso que existieran?
Si me hubiesen preguntado o a cualquiera de mis cercanos antes, las preguntas habrían parecido absurdas y sus respuestas no hubieran variado de una palabra negativa de 5 letras: Nadie. Todos podíamos poner las manos en el fuego por defender la teoría que yo era un alma en esencia solitaria, a la que el amor no podría llegarle a afectar. Nunca pensé en la inmunidad que tuve, hasta hace poco... Sí era capaz de rechazar muchas cosas, de negar otras y prescindir fácilmente de las personas, sin involucrar demasiado mis alocadas e incontrolables emociones. ¿Es que valía la pena correr el riesgo por alguien?
"No". La tajante y concreta respuesta que daba a mí mismo y a los demás. Algo que más que haberlo definido yo hacía parte de mi inconstante y voluble ser. De pronto era mi culpa, de pronto era la culpa de las personas con las que me había encontrado. No lo sé, pero algo imposibilitó, para mi gran fortuna, llegar a desligarme de mis miedos por cualquiera.

Cuando llegaste, negué la posibilidad de quererte. Negué la posibilidad de gustarte, de enamorarte o de cualquier sentimiento parecido. Demasiada bondad para demasiada maldad. ¿Cómo podía ser que alguien como tú osara hablar con alguien como yo? Era como si un ángel intentara redimir la malicia innata de un pequeño demonio. No podía aceptarlo. Si alguien te gustaba, tenía que ser alguien como tú, no alguien como yo. Yo no te busqué, tú me encontraste. Yo no te atrapé, tú me capturaste. Yo urdí miles de planes, de conjeturas, en las que yo no quedaba contigo. Me los quería hacer creer, me los relataba todas las noches, mientras la luna condenaba mi comportamiento. ¿De qué sirvió?
De darme cuenta que mentía. Porque sabía la trascendencia de lo que ocurría, porque sabía que aquella persona que me empeñaba en creer que no existía, había llegado y me quería de una manera diferente y completa. Tú dijiste la verdad, a pesar de tu personalidad, de la mía y de las múltiples barreras que había puesto. La correspondencia de los sentimientos que empezó es inigualable y no la cambiaría por nada. El pasado es insípido cuando me doy cuenta que perdí mucho de él sin tenerte. El futuro no existe y el presente se alargará hasta fundirse con él y tú estarás ahí. Se suponía que tienes características que me disgustaban. Se suponía que no podía querer a... Pero tú eres diferente, incomparable... No cambiaría nada de lo que eres, de lo que representas, de cómo te ves, de lo que sabes. Sé tus defectos y te quiero con ellos. Eres todo lo que nunca existió para mí. Ya no veo miedo en nuestra relación. Te he entregado prácticamente todo. ¿Quién pensaría que este huraño y maligno servidor terminaría enamorado de tí?
Me has hecho entender lo que soy, lo que eres, lo que significa tener a alguien incondicional a su lado. A alguien con la sinceridad más grandiosa de este mundo. Lo veo en tus ojos, en tu boca, en tu cabello y en tu sonrisa. Aquella por la que caería una y otra vez. Ya no discuto conmigo mismo. Soy uno y ese uno te quiere como nunca ha querido a otra persona. Ves los colores en mí como nadie más. Pensé que el amor estaba muerto, pero cambiaste mi forma de pensar. Pienso en tí todo el día y toda la noche, porque nunca es suficiente. El tiempo desapareció, ya no siento la necesidad de ver todo en cámara lenta. No quiero dejarte ir, este sentimiento tiene que quedarse. Iré hasta el último momento, seré tu fuerza cuando te pierdas y no pienses que puedes seguir. Soy real y sé que tú lo eres también. Cuando me miras como lo hiciste la última noche, no puedo aguantar decirte adiós. Soy torpe porque me enamoré. Yo sabía que tú sabías que me habían flechado. Este será el mejor de mis sueños. Eres como un toque de luz dorada en la oscura noche. No me rendiré incluso si el mundo está en contra de nosotros. No seré alguien que se vaya tan fácilmente, estoy aquí para quedarme y haré la diferencia, la que pueda hacer. Una mirada y nada es lo mismo. Desde ese día robaste mi corazón y eres culpable. Tú eres la razón por la que sonrío. Me despiertas de los sueños en mi cabeza y me sacas de la oscuridad de la soledad. No hay conspiración en la forma en que nuestros corazones se encontraron. Es una vía de dos direcciones. Tú y yo. El deseo de la hora repetida... y la declaración del día en el que se sumaron las horas y los minutos. Te quiero mucho, Judas.

lunes, 13 de agosto de 2012

Tiempo

Y ahí estaba, frénetico buscando el tiempo correcto. Miraba su reloj a todas horas, no se despegaba de él pues era el que le decía que estaba en el camino apropiado y en el momento exacto. La paranoia del tiempo era infinita.  No dejaba de pensar en el tiempo que había perdido en su pasado, saliendo con personas o haciendo cosas que no valían la pena. El futuro también hacía parte de la paranoia: Se preocupaba por darle tiempo a todo, un tiempo justo y exacto, porque no podía nuevamente dejarse llevar más de lo necesario. Pasado y futuro. En el presente no había tiempo, porque si asignaba tiempo para el presente, se desperdiciaba mucho más de lo que se ganaba.
Toda su vida fue de esta manera. Precavido siempre dejaba tiempo para salvarse de cualquier peligro, tiempo para superar los golpes de su vida y tiempo para malgastar con las personas. Nada podía durar mucho. Su tiempo estaba contado y así seguiría hasta que muriera...
Pero no murió... y tampoco siguió pendiente del tiempo. ¿Qué le había ocurrido?
Una persona, de las tantas muchas existentes en el planeta, con la que podía malgastar el tiempo que fuera.
Eso era lo que le había ocurrido. Esa persona le hizo olvidar del tiempo.
Ya no interesaba cuánto se demorase, cuánto durara, si el tiempo se acababa...
Simplemente estaba al margen de él.
En un plano superior... donde lo único que importaba era la persona que había destruido al tiempo.
La paranoia entonces se había ido, hasta siempre. Ya el pasado y el futuro no eran nada sin el presente, al que se le debía adjudicar el único tiempo que se tenía.
El presente... el lugar donde se encontraba él. La única persona a la que podría decirle algo más que un "Te quiero".
¿Por qué no podrían entonces olvidarse juntos del tiempo?
Del pasado, que tanto atormentaba su maldito corazón paranoico...
Y del futuro, que era inexistente e inocuo sin el presente.
El tiempo ya no era mucho ni suficiente a su lado. Solo era eterno, inmutable y ajeno a ellos.
"Mucho tiempo" se refería únicamente al momento en que dejaban de hablar, pero no era proporcional. Los segundos sin su mitad podrían ser mucho tiempo...
El tiempo empezaría de nuevo si le dejase... Eso lo sabía.
Pero preferiría ser atemporal, para siempre.
"¿De qué serviría tener tiempo si no se pudiese compartir contigo?"

sábado, 28 de julio de 2012

Piel

Se despellejó con lentitud. Casi con dulzura mientras veía los minutos pasar. Cada fragmento que caía revelaba algo nuevo que quitar.
La sangre solo ayudaba a aflojar los parches de falsa piel que se aferraban aun a su maltratada carne y luchaban por ocultar su verdad.
Con la práctica, el proceso se fue haciendo más fácil y se sentía como si ayudase a su madre a pelar cualquier vegetal inerte.
A medida que avanzaba a sus extremidades superiores, se percató que resultaba más placentero que utilizar sus propias uñas para desollarse.
El cuchillo perdía el filo y su suave brillantez se escondía en las manchas de sangre, seca y húmeda. Podía sentir de nuevo la resistencia.
Se acercó el borde de la herramienta a la rótula y con mecánicos y continuos movimientos afiló su hoja, que sonreía encantada entre la carne.
Con el filo perfecto, la pequeña arma despedía una hermosa malicia, que solo podía ser ofuscada por el intenso color de su sangre.
Tenía que limpiarla y el olor penetrante que inundaba el ambiente le incitaba a hacerlo. Con la punta de la lengua, recorrió la hoja y rió.
El sabor seco, salino y metálico de su sangre le produjo escalofríos que hace mucho no recordaba.
Uno de los inesperados temblores le provocó una herida en la lengua, de la cual empezó a manar ese líquido que tanto añoraba.
Había fallado. El cuchillo no relucía y ahora la ilusión de la espesa sangre no le permitía seguir su trabajo.
Pero debía continuarlo. Se había preparado tanto tiempo para deshacerse de su fría y pálida piel que tanto le sobraba.
Reinició su tarea de nuevo, hundiendo la punta del cuchillo el pliegue de su codo derecho y se preguntó por qué había sido tan estúpido.
Había evaluado tantas veces sus posibilidades y ésta, la más obvia, la había ignorado. Pedazos de su piel seguían cayendo en el suelo.
Pareciese que con cada fragmento que su sangre se llevara, resarciera uno de sus múltiples pecados.
Y sin pecados, sin apariencias y sin tapujos, así pensaba que le quería.
¿Podría su carne seducirle más fácilmente que su horrorosa piel de cadáver?
¿Y qué tal que no le importase su maldita piel?¿Que le quisiese así?¿Debería intentar volvérsela a poner o quitársela del todo?
La piel no servía. Tampoco la carne. ¿Debería empezar a arrancarse a pedazos el cuerpo entero para sentirse bien?
La cara. Su supuestamente atractiva cara. Era lo único que todavía no mostraba la crudeza de la carne viva
¿Dónde estaba su orgullo ahora?¿Ese que siempre salía a flote y le permitía herir personas a diestra y siniestra?
Levantó con suavidad la piel de sus mejillas y no. Ahí no se encontraba su orgullo perdido. La sangre fría acariciaba su cuerpo desollado.
La maltratada nariz tampoco guardaba secreto alguno. ¿Con qué debería seguir?¿Con sus ojos?¿Con su boca?
De pura rabia e impotencia, se arrancó de un tajo una oreja. ¿De qué le servía escuchar si no era su voz?
¿Y la lengua? Nunca iba a volverle a escuchar. Sería más útil como comida de perros.
¿Desde cuándo se había vuelto tan masoquista? Adoraba el dolor que le daba saber que no se encontraba a su lado.
Y la devoción le destruía mientras continuaba su ardua tarea. Una masa de músculos le devolvía la mirada desde un espejo.

domingo, 8 de julio de 2012

Inmunidad

El "interesante e intelectual" pelinegro sonrió al ver como ella caminaba con presteza, demostrando una belleza que nunca había llegado a comprender. Ella le sonrió y él se dio cuenta que no le molestaba tenerlo cerca; que, a pesar de que las cosas habían llegado a su fin hacía mucho tiempo, ella no sentía reparos a la hora de demostrarle su inmerecido cariño. Su suave piel de tonos claros, sus labios dulces y sus penetrantes ojos atraparon la atención de él mientras ella seguía de pie al frente. Sin mutar su expresión, ella acarició con ternura su mejilla y enredó sus largos y estilizados dedos en su cabello. Él, anonadado por el gesto, solo consiguió hacer una mueca en vez de una sonrisa.
-Es igual que antes- dijo ella en un susurro.
Él abrazó el silencio. No quería pensar en lo que ello significaba. Preferiría seguir bajo el delicado cariño de aquella de quien alguna vez había creído estaba enamorado. Le permitió continuar, sostener su cara, su cabello, su ser a la vez que luchaba internamente por encontrar el valor para alejarla de sí.

Para mal o para bien, siempre he admirado a aquellos que tienen la capacidad de ser inmunes a cualquier estímulo externo de otras personas. Ese tipo de hombres y mujeres que no caen ante una sonrisa, una mirada, una cara bonita, un gesto atractivo, una melodiosa voz o un cuerpo esbelto. Tienen la habilidad de dejar pasar cada una de las características que componen a alguien para, si solo así ellos lo desean, evaluar a la persona como un todo, sin dejarse encantar parcialmente por sus llamativas cualidades físicas. No se preocupan entonces por alguien que osa acercarse a ellos y sin quererlo conscientemente, utiliza todas sus armas seductoras, ya que harán caso omiso a todas ellas, haciéndolas tan inútiles como un lápiz sin mina. Hechos del más puro mármol, las experiencias románticas no logran hacer mella en su superficie y solo logran pulir su ya brillante apariencia. Su historial amoroso no representa nada más que enseñanzas, oportunidades de ser mejores y aciertos, sin importar el desenlace de cada relación.

Nadie sabe cuanto desearía ser así. Un inmune al pasado, al presente y al futuro. He pasado gran parte de la vida lidiando con vergüenzas que podría haber evitado de no haberme dejado llevar por algún factor externo. He tenido que aceptar las consecuencias de mis actos con más sinceridad y compromiso que muchos otros. Y lo más importante, he tenido que ocultar lo mucho que me afectan ciertas personas de mi pasado. Alguna vez en mis idiotas memorias de mi pasado, aseguré que cada persona había dejado una cicatriz en mí, incurable y que se encargaría de recordarme lo que había ocurrido. En este momento, una de esas marcas palpita lentamente y no me permite continuar con tranquilidad.

Me pregunto, ¿en serio cree que no me causa nada? Para el infortunio de la para nada olvidada Hermione, no soy de piedra. Sus gestos y su forma de tratarme aún pueden influenciarme, aún me recuerda lo que sentí alguna vez, aún me hace rememorar el tiempo que pasamos juntos. No deseo hacerlo. Me opongo a volver al pasado, a pensar en inútiles segundas oportunidades, a retroceder en mi perdición. ¿Qué más da? Ella me olvidó y yo no fui capaz de hacer lo mismo. La dejé de lado y todavía me hace falta. La expulsé de mi vida y todavía deseo preguntarle por qué no somos amigos. La necesité y, aunque ahora no lo hago, no puedo arriesgarme a que vuelva a suceder. Siempre se vio tan hermosa en el pasado...

No puedo terminar esto acá. Tengo que confesar que me he dejado llevar más de lo que debo. Que he comenzado a tantear terrenos imposibles con una de esas personas inalcanzables por las que perdería lo poco que he ganado. La decisión es la adecuada. Adoptar la inmunidad del mármol.