sábado, 28 de julio de 2012

Piel

Se despellejó con lentitud. Casi con dulzura mientras veía los minutos pasar. Cada fragmento que caía revelaba algo nuevo que quitar.
La sangre solo ayudaba a aflojar los parches de falsa piel que se aferraban aun a su maltratada carne y luchaban por ocultar su verdad.
Con la práctica, el proceso se fue haciendo más fácil y se sentía como si ayudase a su madre a pelar cualquier vegetal inerte.
A medida que avanzaba a sus extremidades superiores, se percató que resultaba más placentero que utilizar sus propias uñas para desollarse.
El cuchillo perdía el filo y su suave brillantez se escondía en las manchas de sangre, seca y húmeda. Podía sentir de nuevo la resistencia.
Se acercó el borde de la herramienta a la rótula y con mecánicos y continuos movimientos afiló su hoja, que sonreía encantada entre la carne.
Con el filo perfecto, la pequeña arma despedía una hermosa malicia, que solo podía ser ofuscada por el intenso color de su sangre.
Tenía que limpiarla y el olor penetrante que inundaba el ambiente le incitaba a hacerlo. Con la punta de la lengua, recorrió la hoja y rió.
El sabor seco, salino y metálico de su sangre le produjo escalofríos que hace mucho no recordaba.
Uno de los inesperados temblores le provocó una herida en la lengua, de la cual empezó a manar ese líquido que tanto añoraba.
Había fallado. El cuchillo no relucía y ahora la ilusión de la espesa sangre no le permitía seguir su trabajo.
Pero debía continuarlo. Se había preparado tanto tiempo para deshacerse de su fría y pálida piel que tanto le sobraba.
Reinició su tarea de nuevo, hundiendo la punta del cuchillo el pliegue de su codo derecho y se preguntó por qué había sido tan estúpido.
Había evaluado tantas veces sus posibilidades y ésta, la más obvia, la había ignorado. Pedazos de su piel seguían cayendo en el suelo.
Pareciese que con cada fragmento que su sangre se llevara, resarciera uno de sus múltiples pecados.
Y sin pecados, sin apariencias y sin tapujos, así pensaba que le quería.
¿Podría su carne seducirle más fácilmente que su horrorosa piel de cadáver?
¿Y qué tal que no le importase su maldita piel?¿Que le quisiese así?¿Debería intentar volvérsela a poner o quitársela del todo?
La piel no servía. Tampoco la carne. ¿Debería empezar a arrancarse a pedazos el cuerpo entero para sentirse bien?
La cara. Su supuestamente atractiva cara. Era lo único que todavía no mostraba la crudeza de la carne viva
¿Dónde estaba su orgullo ahora?¿Ese que siempre salía a flote y le permitía herir personas a diestra y siniestra?
Levantó con suavidad la piel de sus mejillas y no. Ahí no se encontraba su orgullo perdido. La sangre fría acariciaba su cuerpo desollado.
La maltratada nariz tampoco guardaba secreto alguno. ¿Con qué debería seguir?¿Con sus ojos?¿Con su boca?
De pura rabia e impotencia, se arrancó de un tajo una oreja. ¿De qué le servía escuchar si no era su voz?
¿Y la lengua? Nunca iba a volverle a escuchar. Sería más útil como comida de perros.
¿Desde cuándo se había vuelto tan masoquista? Adoraba el dolor que le daba saber que no se encontraba a su lado.
Y la devoción le destruía mientras continuaba su ardua tarea. Una masa de músculos le devolvía la mirada desde un espejo.

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