lunes, 16 de julio de 2012

La cazadora y el artista. "Me casaría con la noche"

-¿Póliza de seguro?-pregunto con desconfianza al acercarme a la figura ataviada de blanco junto a la mesa.
Levanta una ceja y me mira con astucia. Seth espera a que la ansiedad me carcoma la mente y, después de tomar un trago ruidoso de una de las copas que su hija ha dejado sobre la mesa, responde:
-Tu vida está en juego. Debes tener algo en lo que apoyarte en caso de que me ocurra algo.
Yo sé la verdad. Lo que quiere decir es que existe la posibilidad de que cambie de parecer y, para no manchar más su reputación, prefiere darme esta garantía.
-He decidido modificar el papel en el juego. Juzgar mortales y defender mis dominios ocupa gran parte del eterno tiempo que me fue brindado así que no intentaré seducir a una mortal. De hacerlo, usaría mis poderes sobrenaturales y tú quedarías en evidente desventaja. Además, creo que mis compañeros dioses se divertirán más contigo-termina con una sonrisa en la comisura de los labios.
Estupefacto ante la noticia, lo miro y le pregunto mental e inconscientemente a Seth lo que en realidad significa lo que ha dicho.
-Fue el encuentro con Hela, ¿no?-inquiere volviendo a sonreír, solo que esta vez muestra gran superioridad.
-¿A qué te refieres?- le suelto de sopetón sin dejar de sentirme lento y algo estúpido.
-Mi querido Vlad-hace una pausa para beber de su cóctel.-Había escuchado que los humanos quedaban trastornados después de ver a un dios en su forma verdadera pero nunca había conocido un caso de primera mano. Lo que te digo es que, a pesar de que yo no intente obstaculizar tus infalibles técnicas de seducción, otros dioses pueden curiosear alrededor tuyo mientras dure nuestra apuesta.
Esa es la aguja del pajar. Debo evitar a las otras caprichosas deidades. Puedo estar seguro que el demoníaco personaje de blanco los persuadió para que se "divirtieran" conmigo. No debo olvidar que él es a la vez Loki.
Asiente con la cabeza y me acerca una extraña pluma de pájaro, larga y oscura, con la que yo asumo debo firmar la póliza.
-Ya entiendes todo así que adelante. Tengo mucho que hacer y tú debes ir a descansar luego de las faenas "amorosas" de hoy.-me guiña un ojo con complicidad y con un gesto de la mano me invita a ver el documento.
Examino cuidadosamente el completo del acuerdo, buscando con paranoia algún desliz que le permita a Seth volver a interferir en mis esfuerzos por lograr que una mujer me ame. Dándome por vencido, tomo la pluma y comienzo a escribir, con lo que la antigua cicatriz oculta en el interior del codo palpita y se enrojece de manera anormal.
-Ah-dice con una exclamación de placer-. La hermosa marca de nuestro primer acuerdo-se acerca y toquetea con su mano de piel intacta la cicatriz con forma del signo astrológico de Plutón.
-Mmm, parece que hubiese sido ayer que pediste mi ayuda.
-Para ti, señor de las tormentas, para ti-le corrijo con sequedad. Agarro mi chaqueta y me dirijo a la puerta de cristal del segundo piso. Antes de ingresar, oigo la grave voz de Seth:
-Que mi dulce Afrodita te guíe.
El restaurante está desierto y me encuentro con mi Mustang plateado aparcado en la entrada. Corro en mi auto por las calles vacías en dirección a mi apartamento de dos pisos.
Al llegar a mi residencia, recuerdo a la sexy rubia que satisfice hace dos días. Su sabor, su aroma y su placer me embriagan y me incitan a buscar una nueva conquista. Llego hasta la cama y, antes de decidirme a salir de nuevo, encuentro un objecto oscuro sobre ella. El asombro que me produce el descubrimiento despeja cualquier otro asunto de mi mente. Una pequeña figura de la tradicional Parca con su guadaña descansa sobre la colcha roja a cuadros. La cabeza semioculta por su capucha y representada por una calavera trae a mi pensamiento la celebración mexicana en torno a la Muerte, donde es tratada como casi una diosa. El escalofrío helado recorre mi cuerpo mientras traslado la escultura de cerámica a la mesilla de noche más alejada de mi lecho. No le temo a la muerte pero la aparición inexplicable de ese objeto me hace dudar de mi seguridad en casa.
Con ansias de rezarle al inexistente dios católico, me arrebujo entre mis cobijas y me dispongo a dormir. Una vuelta, dos vueltas... no puedo dormir... Muchas ovejas, sigo sin conciliar el sueño.... Sesenta y seis vueltas en la cama. Una mujer en túnica que caza con un gran grupo de hermosas féminas agita su cabello ondulado y castaño antes de lanzar una flecha a su objetivo. El susurro del viento, la luz de Selene en mi habitación... La escultura de la Santa Muerte. Un hombre vestido con un ligero pantalón toca un extraño instrumento de cuerda que no logro nombrar pero que relaciono con un arpa simétrica. El sonido de un reloj al pasar los segundos, el olor de la sangre... La cara de Hela, la mitad viva y la otra descompuesta...
El astro rey disipa todas mis dudas al enviar sus cálidos rayos a acariciarme la cara. Estiro mis relajados brazos antes de levantarme al baño. Allí, el agua caliente recorre mi cuerpo y reafirma lo que ya hizo Helio. Tranquilo y descansado, inspecciono mis músculos y demás atributos. El medio del deseo. ¿Quién podría resistirse a él? Hasta una diosa cayó en la tentación y yo caería de poder hacerlo.
Recuperando toda mi usual seguridad, me visto con calma y, luego de un nutritivo desayuno de frugívoro, intento contactar a Linda.
Mi atractiva y sincera pretendiente que ha presenciado lo que los encantos de Hela pueden provocar en un hombre. Debo disculparme con ella antes de tratar de seducirla de nuevo. Siempre fue la opción lógica cuando tuve que pensar en una mujer a la cual encantar, pero ahora no responde a mis llamadas y asumo, con gran probabilidad de acierto, que tendré que encontrarla en persona para hablar con ella.
Decidido, bajo al sótano donde mi Mustang espera con elegancia. De camino a la modesta casa de un piso que habita Linda, me topo con un inusual tráfico pesado y debo detenerme detrás de un camión de carga, a menos de 20 cuadras del hogar de mi bella amiga. Aprovecho entonces para chequear mi apariencia en el espejo retrovisor, el cual me atrae más de lo normal. En el auto sin capota detrás del mío, una mujer de cabellos relucientes fija su vista en lo que yo considero es mi nuca. Sin apartar la mirada, me sonríe con picardía cuando regreso a verla. Sus grandes gafas de sol ocultan sus rasgos y su ondulado cabello vuela con cada ráfaga de viento. No logro evitar imaginar su cuerpo desnudo pegado al mío, temblando con cada espasmo de placer que le causo. Muerdo sin querer mi labio inferior y sin dejar de mirarla, le guiño un ojo antes de reanudar la marcha hacia la casa de Linda.
"Vladimir, no deberías perder el tiempo. Es caso perdido" susurra Seth en mi mente.
"Ya lo sé. No tienes que repetírmelo" le respondo al pícaro, pensando en la morena del auto descapotable.
Estaciono frente al cuidado y colorido jardín que atravieso hasta la puerta de madera oscura, cruzando los dedos para que Linda se encuentre allí. Espero menos de un minuto y la entrada se abre dejando paso a la llamativa actriz que me rechazó.
-Hola, Vlad. ¿Qué haces aquí?
-Buenos días, Linda. Vine a disculparme contigo-contesto dándole la caja de chocolate amargo que he comprado para ella. Acepta el regalo y sonríe con timidez antes de susurrar:
-¿Por qué lo haces?
-Porque te he fallado como nunca lo he hecho con nadie.
Parece hacer caso omiso a mi respuesta y suspira antes de invitarme a pasar a la sala de su casa.
Una vez allí, entre la mesa de café de tonos verdes y los sillones mullidos a cuadros, ella respira agitadamente y empieza hablar:
-Lo que dices es cierto. Me has fallado pero eso no es lo que interesa... puesto que no has hecho nada que no se esperara de ti.
Meditando en la completa veracidad de sus palabras, escucho a través de la ventana abierta el dulce sonido de una lira al ser tocada. El melodioso repicar me distrae y olvido por completo mi intención de arreglarme con Linda.
-Creo que no lo has podido decir mejor. Nada de esto interesa ahora...
-Es cierto. Fue mi culpa al haber pensado que podía dominarte y seguir tratándolo a pesar de todo. Tú y tu gran museo de amantes...
El comentario me hizo estallar en carcajadas que hubiera reprimido si no estuviese bajo el encanto de la lira.
-Querido y adorado por mujeres atractivas. Tú eres mi tipo de hombre y yo no podía hacer nada...-ignora mi reacción de nuevo.
-Una amistad que nadie más podía tocar. ¿Podemos seguir con ella?-levanta la mirada y me escruta con sus ojos verdes, esperando mi respuesta.
-¿Por qué desistes?-pregunto con curiosidad de idiota.
-Me encuentro tratando de cambiarte; si estuvieras destinado a ser mi amante, no tendría que hacerlo.
La frialdad y la certeza de su razonamiento me extrañan. ¿Qué he hecho? La lira continúa su viaje musical, ajena al resto del mundo.
-Completamente de acuerdo-afirmo, aproximándome a su delicada cara. La beso en la mejilla y previendo lo que la música puede ocasionar, me alejo de ella.
-Te dejaré con la sinfonía de la lira. Que tengas un día maravilloso-me encamino a la puerta de entrada con premura pero Linda me alcanza a medio camino y me interroga:
-¿De qué melodía hablas? Todo está en silencio, Vlad.
Sin la intención de molestarla más y sintiéndome de manera ridícula como un héroe compasivo, le respondo:
-Era solo una metáfora. Me refería a tus pensamientos.
Un sentimiento de desconfianza me asalta y recordando la figurilla de la Parca, subo a mi vehículo, escapando del escrutinio de los ojos de Linda y de la encantada canción de la lira.
Emprendo mi camino al estudio, a uno de los ensayos de la obra que estamos montando, una adaptación de la primera parte de Fausto, de Goethe, donde yo interpreto el papel principal. Algo irónico y a la vez apropiado para alguien como yo, que conoce mejor que nadie las artimañas de los verdaderos demonios.
Al llegar, me asombro al encontrar público frente al proscenio sobre el que nuestra acción se lleva a cabo. Normalmente, no solemos permitirlo hasta que todos los actores han asimilado sus personajes a la perfección. Infiero entonces que como yo, todos mis compañeros están hinchados de confianza y darán lo mejor de sí en escenario.
Mientras que me convierto en Fausto y espero a que Mefistófeles se manifieste en su forma verdadera, veo en el público una cara conocida: la flamante morena del carro descapotable me sonríe con satisfacción desde la segunda fila de la platea. Su presencia me distrae pero no lo suficiente como para perder el hilo de mi actuación. Observo a su alrededor, un pequeño conjunto de despampanantes mujeres ríen con gracia en torno a ella. Por enésima vez, el absurdo sonido de una lira atrae mis oídos. Tengo éxito al mantenerme en mi papel pero mi mente no deja de viajar hacia la sagaz mujer.
Después del término del ensayo, las luces se apagan y el show parece dar inicio en realidad. La mujer de cabello castaño se aproxima hacia mí con el cerco de mujeres a sus espaldas. Me felicita por mi desempeño y luego me invita a almorzar con ellas. Sin posibilidades de negarme, las sigo hasta su auto donde me aseguran que no es necesario que lleve el mío. Me subo con dos, una pelirroja y una pelinegra de aspecto feroz pero sexy, en la parte trasera mientras que la castaña conduce el auto con una rubia a su lado.
Me llevan a un elegante restaurante italiano del que no reconozco ni el nombre. Un camarero nos acompaña hasta una mesa que ya han reservado mis para nada reservadas acompañantes. Ya ubicados en nuestros lugares, la tarde se hace amena y transcurre con una velocidad inusitada. Averiguo el nombre de la morena, Diana y me percato de la gran similitud que tiene con alguien que conozco pero que no logro recordar. La conversación fluye y me despeja la mente, ocultando mis preocupaciones por la melodía de la lira y la representación de la Santa Muerte. Aprovecho el cálido y acogedor ambiente para coquetear con todas, en especial con la pelinegra, puesto que hace mucho que no pruebo una. Las chicas aceptan mis flirteos y responden con un entusiasmo aparentemente reprimido, lo que yo interpreto como una señal de intimidad. Desean estar a solas conmigo, pero ninguna de ellas lo pedirá tan fácilmente. En algún momento después de finalizar la comida, atraigo a la más interesante con un gesto (la pelinegra) y pido permiso para ir al aseo. Al hacer la charada de entrar y salir de él, me la encuentro, salvaje y perfecta, y recuerdo que se identifica como Cathee. Sus movimientos me atraen hacia ella como si tuviera hilos de marioneta. Antes de poder evitar cualquier cosa, sus dientes capturan mis labios, sus manos mi torso y me empujan al interior del aseo de las mujeres. Sus manos se mueven con rapidez e insistencia sobre mi órgano que responde lentamente a su sugerente comportamiento. En menos de un minuto y mucho antes de la posibilidad de cualquier orgasmo, todo cambia. Diana entra con determinación y aleja a Cathee de mí con una mirada de reprobación y advertencia.
-¿Qué haces?-le reprocha.-¡No es para nosotros!¡No lo eches a perder!
-¿No podía divertirme un rato, cazadora?
-No, Cathee. Caza tus propias presas si quieres divertirte.
Reaccionando con brusquedad ante las palabras, espeto:
-No soy tu presa, Diana. ¿En qué estás pensando?
-Vladimir, cálmate. Ya sé que no lo eres. Discúlpame por mis comentarios. Eran solo metáforas- me asegura con una sonrisa cargada de peligrosidad, lo que la hace más atractiva.-Solo quiero que Cathee y tú comprendan que no deben hacer ese tipo de actos en un lugar como este.
Cathee sonríe también pero demuestra señales de arrepentimiento.
-Creo que las chicas y yo nos vamos. Nos queda mucho que hacer bajo la Luna-me guiña y me invita a salir. Diana se queda atrás y suelta un suspiro de alivio.
Me despido de todas, a excepción de Diana, que insiste en llevarme a conocer su residencia. Intuyo lo que quiere de mí desde que la vi rugirle a Cathee. Excitado con la idea, ocupo el puesto del pasajero junto a ella y la seduzco camino a casa para asegurar mi victoria. Podría enamorarla y así terminar con mi acuerdo pero creo que eso podrá esperar hasta mañana.
La imponente casa con fachada de mármol y de forma pentagonal me revela la verdad poco antes de verla. El auto se detiene, Diana utiliza el cinturón de seguridad para inmovilizarme y un hombre entra por la puerta a mi lado del auto. Intenta sacarme pero forcejeo con él y Diana al tiempo, logrando apartarlo por un momento. Me alza de la silla y...
-¡Paolo!-es lo único que alcanzo a decir antes de caer inconsciente por un golpe musical sin fuente reconocible.

El fuerte olor de la quema de un pedazo de incienso me hace picar la nariz y me instiga a abrir los ojos y recorrer mi entorno. Una habitación de tonos pasteles tenuemente iluminada por una pequeña lámpara de pie a mi lado aparece en mi campo de vista y desaparece cuando parpadeo para aclararme. ¿Qué me ha ocurrido? Me encuentro desnudo, descansando sobre una cama sin cobijas, la cual representa el único mobiliario del recinto. No estoy atado pero no soy capaz de moverme; algo intangible me mantiene en la posición algo sexual en la que me encuentro. En la esquina más alejada del lugar, un largo palillo de incienso emite un humo oscuro al quemarse con lentitud, lo que termina por ocultar una parte en penumbra de la habitación.
Empiezo a recordar entonces lo ocurrido. ¿Por qué Diana me habría llevado con Paolo? Advierto por primera vez las similitudes evidentes entre sus aspectos, con lo que se evidencia la verdad. Son hermanos gemelos. ¿Por qué no sabía que mi amigo italiano tenía una hermana así?¿Para qué me necesita Paolo en su casa, desnudo y atado por fuerzas invisibles? Siempre pensé que me tenía envidia, pero no la suficiente para secuestrarme e intentar quitarme la dignidad. Supongo que Diana es tan culpable de esto como él, pero de nada sirve quedarme estancado en pensamientos de odio en una situación tan crítica como esta.
Me debato con todas mis fuerzas contra el sobrenatural agarrotamiento de todos mis músculos y recurro a mi energía mental para convencerme de que podré liberarme. Escucho que alguien trata de sofocar una risa masculina y, con gran esfuerzo, diviso algo a través del denso humo del incienso.
Un hombre de cabello crespo y delicadas facciones se halla sentado frente a un gran lienzo, donde aparentemente dibuja la escena en la que me veo involucrado. Imberbe y con un cuerpo perfecto, se encuentra vestido con ropa ajustada y de colores claros, sin calzado y con una banda de tela en la cabeza. No logro saber de quién se trata y quedo de una manera ilógica atontado por su apariencia física. Se ve relajado y algo descuidado pero no deja de ser agraciado y apuesto. Muestra gran concentración mientras evalúa mi cuerpo, seguramente captando cada detalle para plasmarlo en su pintura. En un arranque de curiosidad, le pregunto:
-¿Qué tal se ve mi cuerpo?
En un principio, no parece haber escuchado mi pregunta, pero después de unos minutos se levanta, deja su pincel y paleta sobre la silla y emprende el camino hacia el lecho donde estoy. Me observa con detenimiento y se agacha junto a mí en silencio. Su mirada me encandila y miro por unos segundos al techo, procurando recuperar mi tranquilidad. Regreso al hombre, el cual ha sacado de algún lugar imperceptible una lira, que empieza a tocar con una delicadeza inusual en alguien con su apariencia. Los acordes del instrumento me transportan y soy testigo de numerosos y hermosos lugares de un blanco intenso, que solo pueden haber sido creados por los mismos dioses. Un templo erigido sobre una isla, donde múltiples muchachas se dejaban llevar por trances que les permitían concebir el futuro. Una corona de laurel, recordatorio de unos juegos antiguos realizados en su nombre. Una carroza gigantesca, dirigida por alguien que no consigo ver. Un campo de cipreses, tranquilo y perfecto...
La música termina y con ella se van las ilusiones. El ambiente, sereno y calmado, me abraza con dulzura mientras que el hombre se aproxima a mí. Su cara queda a un palmo de la mía y siento sus exhalaciones en mi cuello.
-No he encontrado nadie en el mundo moderno con una contextura tan ideal como la tuya. No podría utilizar a nadie en una obra como esta.
Su cercanía me aletarga y solo consigo gesticular:
-¿Quién eres?
-Un artista. Un humilde y perfeccionista artista con los recursos para buscar los mejores modelos para sus obras.
Se endereza, deposita la lira en un soporte en el que hasta ahora reparo y se sitúa de nuevo frente al caballete, tomando el pincel y la paleta para continuar con su largo trabajo.
El tiempo transcurre con lentitud y el aroma del incienso parece calmar mi ya aletargado pensamiento. No me siento mal y no sufro; he caído en la trampa de creerme el papel de modelo. No siento prisa, solo deseo ayudar con su arte. Ese es el principal propósito. Olvido a Paolo y a Diana y me limito a respirar, a estar quieto (ahora al parecer se han ido las ataduras etéreas) por mi propia voluntad mientras que el hombre frunce el ceño al comparar su pintura con lo que hay a su alrededor.
Tiempo después, una mujer con rasgos similares al hombre entra a la habitación y se dispone a evaluar detenidamente el escenario completo desde una esquina apartada del pintor. También atractiva y de cabello castaño ondulado, sonríe y con un rápido movimiento se aparta de la pared, encaminándose hacia mí.
-Diana, no eches a perder mi cuadro.
El reconocimiento me sacude del ensimismamiento. La mujer se acerca con cautela y puedo reconocer a Diana oculta entre sus delicados y divinos rasgos. Parece una representación mejorada de la chica del auto descapotable que conocí en la tarde. Como si alguien se hubiese tomado la molestia de recrear únicamente sus cualidades, perfeccionando sus facciones y haciéndola casi ideal.
-Déjame, por favor.
Sube a la cama donde me hallo y me agarra suavemente de las muñecas, capturando mi mirada con sus ojos marrones. Su cercanía me atrae y no dejo de olvidar la manera en la que le coqueteé antes. Me atrae hacia sí dejándome boca arriba, sosteniendo mis piernas con las suyas. Una multitud de imágenes se abultan ante mis ojos mientras ella me acerca sus dulces labios a los míos. Un edificio, considerado como una de las siete maravillas del mundo antiguo, con una fachada de columnas de mármol y techo terminado en punta regenta una gran pradera verde en algún lugar de Turquía. Un arco y unas flechas abandonadas en medio de un lugar de caza. La provocativa visión de Diana bañándose en un río e invitándome a nadar con ella... La realidad se confunde con la imaginación y siento como ella complace mis más íntimos deseos sin dejarme siquiera intentar hacer lo mismo con ella. Su esbelto cuerpo del tono de la leche parece derramarse en mis manos y recorrer todo mi organismo, brindándome temblores incontrolables de pasión. Una danza de miembros, de deseos y de suaves labios se lleva a cabo en el limbo entre un sueño, una ilusión y la realidad. Como dos criaturas marinas, nos enroscamos uno alrededor del otro, moviéndonos en el agua con inusitada hermosura. La conjunción del momento aumenta la ansiedad por llegar al final y combina fácilmente los universos paralelos en los que me encuentro. Ella y yo somos uno y buscamos como animales la energía vital que nos puede dar una presa. El orgasmo vuela a mi encuentro y lo atrapo en el aire, consumiéndolo y alargando por completo. Los sentidos se nublan y la pequeña prueba de muerte me da la satisfacción que nada más puede regalarme.
La estancia se aclara y veo a Diana junto a mí, en sus plenos cabales y porte, sin ningún indicio que sugiera lo que acaba de ocurrirme. El hombre, que ahora reconozco como Paolo, se encuentra de pie junto al lecho con una mueca de desagrado casi imperceptible. Con un movimiento inapreciable, levanta a Diana y la deposita en el piso junto a su caballete, sin ternura pero con cuidado. Diana parece no resistirse y solo se ríe con locura.
-¿De qué te advertí, hermana?-le ruge Paolo. -Él es mi presa, aunque tú lo hayas cazado.
-Una ilusión no le hace daño a nadie. ¿No puedes dibujar la reacción de Vladimir? Sería apropiado para tu cuadro.-deja meditando a su hermano y se dirige a mí.-No todas caemos ante tí. Lo que viste fue un mero espejismo, provocado por mis poderes. Yo no soy tan tonta como las otras diosas.
Cansado por las acciones recientes y decidido a aclarar todo, exclamo:
-Así que ustedes dos también hacen parte de algún panteón de divinidades, ¿me equivoco?
La suspicacia de mi inmediata especulación los deja sin palabras y se limitan a observarme con cautela.
-Paolo, creo que hemos cazado a la persona errónea-susurra sin dejar de mirarme de manera inquisitiva.
-¿Estás segura? Podría ser un truco.
-¿Como el que Seth y Hela prepararon para mí?-intervino casi sin pensar lo que digo.
Diana se levanta de un salto y sale disparada por la puerta del recinto mientras que Paolo parece retomar con una velocidad inhumana la pintura que hace sobre mi actual situación. Con frenesí, el pincel recorre el lienzo que no logro ver de frente y la paleta pierde poco a poco su carga de colores. Unos diez minutos después, deposita sus herramientas en el piso y examina su obra terminada durante otros cinco. En un arranque de rabia, le da la vuelta y me permite ver su cuadro.
Una representación luminosa y profunda de mi elegante cuerpo desnudo sobre la colcha de la cama es revelada por Paolo. El humo del incienso rodea sus bordes, haciéndola parecer un verdadero espejismo en contraste con el resto. Pareciese que el artista conociera todos los detalles tanto de la cama como de mí mismo y hubiera procurado resaltarlos todos al tiempo, sin ocultar o eclipsar ninguno de ellos. La fluidez de los colores, la veracidad de las sombras y la perfección de los contornos la hacen mejor que una fotografía de alta definición. El lienzo guarda un gran secreto, como si tuviese las almas de todo lo plasmado en él.
-Creo que es lo mejor que he dibujado, y de una persona que no debería-dice con calma. Camina por la habitación y continúa-Nunca te he tenido envidia, Vladimir. Eso es lo que te he hecho creer. Yo solo he querido vivir una vida "normal" durante un tiempo.
-¿Y por qué hacer esto para acabar con ella?
-Pensé que eras real y ahora me percato que eres solo una fachada, con muchas personas detrás sosteniéndola-con evidente decepción, toma la pintura y salta con soltura a un lado, a la vez que el cuerpo de Diana entra volando por la puerta.
Ella se levanta con fiereza y adopta una posición poco delicada, como si fuese a lanzarse sobre alguien. Por el hueco de la puerta entra una elegante mujer con el cabello recogido sobre la cabeza, ataviada con un ligero vestido de dos colores, al igual que su cabello, blanco y negro.
La versión griega de Hela se acerca a Paolo y con un gesto de la cabeza hacia Diana, se aproxima a mí.
-Hola, Vlad. Veo que te han cazado y no me agrada.
Paolo se acerca a ella y le susurra:
-Solo fue para el bienestar de mis artes, Perséfone. No te disgustes con nosotros.
-Si ustedes se encargan de las muertes de hombres y mujeres y ahora andan ocupados con él, ¿quién me enviará almas al Inframundo entonces?
Tanto Diana como Paolo se enderezan y parecen dejar sus posiciones reacias y ofensivas. Diana, aparentemente calmada, le responde:
-Los dioses también necesitamos nuestras vacaciones, Reina del Inframundo. No obstante, perdónanos. Sabemos lo que debemos hacer.
-Espero que no lo olviden nuevamente, queridos medio hermanos-advierte antes de recorrer con la vista la pintura que Paolo ha hecho-Veo que has terminado con él. Has hecho un buen trabajo, pero es hora de liberarlo.
Los hijos gemelos de Leto se quedan petrificados mientras Perséfone me da la mano y me levanta de la cama sin ningún esfuerzo. Le hace un gesto a Diana que, en un abrir y cerrar de ojos, trae ropa para mí. Ya vestido, la elegante Reina me pasa el brazo con la cintura, se despide de nuestros acompañantes y espera a que yo haga lo mismo. Luego, con un sonido de succión, se abre un túnel en el suelo, en el que caemos sin resistencia alguna. El tiempo no existe y solo puedo sentirla a mi lado en el vacío. De sopetón, el túnel termina y aparecemos en hogar, junto a la pequeña sala de estar.
Hela, ahora con su verdadera apariencia me sonríe, me suelta y se sienta en el sillón más alejado. Yo, por mi parte, ocupo la silla que hace un día (o eso creo) le sirvió a Seth para darme el sermón sobre ser amado.
-¿Cómo sabías que yo estaba allá?
-Tenía que investigar la escasa cantidad de almas que llegaban a mis dominios. Eso fue lo que me llevó a buscarlos. Te encontré de casualidad, apuesto Vladimir.
Sin dudar de su respuesta, pierdo algo de la esperanza que he ganado al verla entrar en el estudio de Paolo y respondo:
-Te agradezco por rescatarme. No sé si habría podido o querido hacerlo por mi cuenta.

-Conque esas tenemos-añade una molesta voz a mis espaldas. Pienso que pertenece a Seth pero al guiarme no me encuentro con lo que espero ver.
Un joven, pálido, de piel uniforme y contextura delgada, me mira con curiosidad. Su atuendo es excéntrico: está en apariencia burdamente confeccionado y se asemeja a una túnica, de las que los santos visten en los cuadros religiosos. De color verde y dorado, esta prenda le da la apariencia de noble e incluso de aristócrata de alto rango. Me hace recordar a los señores feudales y estoy seguro que él podría ser uno.
-¿A qué te refieres?-le pregunto, apartando la mirada de la estupefacta Hela.
-A ti y ella-me responde con paciencia, quitándose el cabello de la cara con un rápido movimiento de la cabeza.
El tono del mismo me inquieta. No consigo distinguir si es castaño o dorado. Es similar al de Linda, pero se ve tan suave que provoca unas ganas irracionales de acariciarlo. El personaje lo lleva hasta abajo del lóbulo de las orejas y parece constituir una gran parte de su presencia.
-A todos les gusta-exclama inesperadamente. Estalla en acogedoras y sarcásticas carcajadas antes de sonreírme de medio lado.
"Puedo ver lo que piensas. ¿Ya lo olvidaste?" dice la voz de Seth en mi pensamiento.
-No entiendo nada, Hela. ¿Sabes qué ocurre?-inquiero sin salir de la sensación sobrecogedora que me inspira aquel hombre.
-En términos coloquiales, un milagro. Hace mucho que no lo veía así...-deja la frase a medio terminar mientras examina al agraciado conocido.
-Yo no hago milagros; solo picardías... o eso decían en la antigua Escandinavia-sonríe de nuevo y me guiña el ojo con astucia.
-Vengo por tí, querida hija. Ya has hecho tu trabajo en la superficie y no debes dejar nada sin atender en el hogar de la niebla-prosigue.
-¿Loki?-inquiero en voz alta y mi asombro me lleva a pararme de un salto. Examino la expresión del hombre, que responde fácilmente a mi pregunta.
-Vlad, era imposible que no me reconocieras.-dice, dándose importancia y sacudiendo su cabello una vez más. El tono se hace evidente. De un oscuro negro representa las profundidades de los dominios de su hija.
-¿Por qué has venido así, padre?-le cuestiona Hela, de pie también, antes de acercarse poco a poco a él.
-¿Debo presentar mis propósitos frente a mi descendencia y a los humanos? No lo creo. Vámonos de una vez por todas. Ya tendrás otras oportunidades de intimar con mortales-le recrimina. Toma una pausa para caminar hasta Hela y se dirige a mí:
-Contando desde hoy te quedan 4 días para enamorar a una mujer. Que tengas suerte en tu empresa, querido Vlad.
Él y Hela, con una mueca de asombro y disgusto, desaparecen en un torbellino de viento helado, dejándome en completa soledad.
En estado de shock por la aparición de Seth en su forma nórdica, me aproximo a mi cama, cojo la figura de la Santa Muerte y susurro para mí mismo, confiando en que no soy espiado:
-Perséfone. ¿Qué es lo que deseas de mí?

1 comentario:

  1. Debo decir que mi única cuestión es ¿A quién prefiere enamorar Vladimir a una Diosa o una mortal? o debo decir ¿Qué le es más fácil entender y enamorar a una Diosa o una mortal que intenta conocerlo y tal vez en el fondo lo quiere como es?

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