Una mañana, al levantarse paró de tratar. Y por vez primera en la vida, se calló. No emitió ningún ruido desde entonces… Reía sordamente, e incluso sus estornudos no emitían el menor sonido. No es que su estilo de vida hubiera sufrido un gran cambio puesto que, a pesar de que no hablaba, se hacía entender tanto como cuando nadie lo oía.
No obstante, las discusiones con otros no cesaron, ya que sólo se había limitado a dejar de hablar y no al lenguaje en sí. Aún pensaba que podía escribir y leer; no tenía la voluntad para hacerlo. Entonces, ¿por qué continuaban aquellas riñas? Las miradas eran suficientes para iniciarlas. Dicen que los ojos son las ventanas al alma y esa era la función que cumplían ahora. Podía durar horas refutando lo que una mirada le había revelado. Gestos, muecas y movimientos del cuerpo eran esenciales para explicar lo que le molestaba de aquella observación o para refutarla completamente. A pesar de sus intentos, el esfuerzo era en vano.
Por esta razón, paulatinamente, comenzó a modificar su rutina. Se despertaba temprano, salía a la pradera y paseaba por allí con tranquilidad mientras los propietarios de la gran hacienda y el terreno, dormían. Había habitado toda la vida en ese lugar, pero, poco antes de su resolución, nuevos inquilinos habían comprado lo que era suyo. Creía que, al menos la parte que él había colonizado le pertenecía. En días pasados, podía disfrutar tarareando canciones que había escuchado en las casas contiguas cuando deambulaba por los extensos terrenos en torno a la casona principal. Pero ahora, no le era posible darse ese gusto; no quería emitir sonido alguno ya que los dueños armaban un escándalo al verlo vagando como un ente por su propiedad. Como consecuencia, debía despertarse temprano para salir de su escondite.
Ese día, había salido a trotar, recordando su familia y su antigua vida. Cuando era pequeño, no tenía responsabilidades y solo se preocupaba por hacer lo que le placía. Así que buscaba por todos los medios estar solo, pues aún a esa edad, era incomprendido por los demás. Siempre pensaba que la causa de este hecho estaba relacionada con su extraño e inadecuado comportamiento.
Rehuía de los otros de su edad, no acostumbraba ser tan hiperactivo como ellos y lo que más le gustaba era imaginarse lo que existía más allá de los límites de la propiedad en la que vivía. Soñaba con un paisaje sublime, de blancas mesetas y vastos valles donde serpenteaban ríos y riachuelos. Con profundos bosques de altos árboles que se juntaban a medida que crecían, permitiendo ver retazos de un cielo completamente gris entre sus ramas entrelazadas.
No tenía sentido que anhelara esto cuando su hogar se encontraba rodeado de verdes llanuras que se perdían en el horizonte. La única diferencia entre su sueño y su entorno era la presencia de la manipulación humana; nadie más podía entrar a ese eterno paraíso que creaba. La soledad le atraía y la ilusión de vivir por su cuenta lo hipnotizaba.
Ya mayor no soportaba las críticas de sus contemporáneos cuando hablaba de su lugar perfecto. ¿Quién desearía vivir permanentemente entre vegetales congelados? Es muy probable que un día ahí baste para afectar tu salud para siempre. Ridículos mortales, pensaba para sus adentros. No son capaces de admirar la supremacía de una maravilla natural, en donde el tiempo se detiene ante su grandeza.
Esta era una de las excusas preferidas de la que sus congéneres se valían para iniciar una discusión. Su habilidad para debatir era impresionante. Sin embargo, le era completamente inútil porque nadie lo parecía escuchar. Cuando esto ocurría, solía salir corriendo de la casa para continuar trotando por la llanura hasta alcanzar un punto con la altura precisa para vigilar su residencia y sus alrededores desde una distancia segura. Una diminuta gota de solución salina resbalaba por su mejilla, muestra de la impotencia que sentía. Cerraba los ojos como ahora, para viajar hasta ese lugar asombroso en el que se reconocía libre.
Abrió los ojos en su realidad, recorrió con la mirada lo que ya no era suyo. Aquél hermoso conjunto de edificaciones y plantas que una vez denominó hogar. En este momento, lo veía distinto, como si fuese una copia desconocida de su familiar hábitat, enmarcada por un cielo que se oscurecía a medida que el sol se escondía. Era hora. Este día tan eterno y miserable llegaba a su fin. Tenía que hacerlo antes que fuera demasiado tarde. Después de tanto tiempo de espera, divisó la dirección correcta. Sonrió como nunca lo había hecho y desplegó sus alas para alzar el vuelo mientras escuchaba el asombro que su presencia y partida provocaba en los habitantes de la casa.
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