La curiosidad siempre ha sido más fuerte que mi voluntad así que no puedo evitar verles con atención tomados de la mano cuando entran a los locales comerciales que frecuentamos. Los conocí en un club de lectura. Uno de ellos es casual y graciosamente ojizarco mientras que el otro no tiene nada inusual. Son del tipo de personas que no se podían clasificar al inicio pero con el tiempo representaban un rompecabezas para cada nuevo conocido. Recuerdo más o menos el momento en que conocí a cada uno. Al primero y más simplón, poco tiempo después de ingresar al club. “Yo soy el que lo puedo responder todo” comenzó él como presentación. “Lo dudo mucho” le respondí al estrechar su mano y dar por sentado que era una de esas orgullosas personas que no tienen nada que compartir o enseñar. Era un poco feo y de cabello liso. Su contextura era algo femenina pero se podía disimular con la ropa, la cual siempre se encargaba cuidadosamente de escoger. Nunca supe determinar si era digno hijo de ricos o un representante de una familia de clase media. Según lo que se contaba en el club, mientras todos estaban sentados en círculo con expectativa alrededor de la moderadora, él fue mimado pero ya no lo era. Para mí, lo seguía siendo aunque no era más dependiente que el otro, el pálido pseudo europeo. Ahora mismo, deben estar juntos, sonriendo y paseando por algún lugar artístico, en el que se sienten más cultos de lo que verdaderamente son. Yo podría estar con ellos si aceptara su condición y su invitación siempre abierta; ellos hacen omiso a mis muecas, a mi forma de hablarles y consideran que soy su amigo, su confidente y hasta su cómplice. A veces me sentía decidido y les ponía la cara de manera que entendieran la repulsión que guardo por ellos. En aquellos días, como toda pareja, fingían entenderse sin palabras y se limitaban a mirarme con sonrisas condescendientes, imagino que como consecuencia de su posición superior. De una manera similar, me topé con el ojizarco, llamativo, con medias cortas y una cara libre sin pecas, un día que casi lo tomo por irrisorio. La fama, ganada por el tono de sus ojos, venía con él y era más fuerte que su propia personalidad. No sé si me comentó sus motivos para entrar al club o solo se limitó a darme su nombre, mas recordé posteriormente lo único que respondí: “Mucho gusto, Daniel”. No podía contestarle nada más, no podía entablar una relación amable con él; me alejé con cortesía mientras pensaba con lentitud en los chismes que habían precedido a su llegada.
Cuando pienso en la relación que tenían en esa época, no concibo referirla a mis propias experiencias previas. Casi siempre prefería ignorar su comportamiento aunque lo imaginaba. Sebastián le tomaría la mano, siempre bajo la mesa y acariciaría su palma. Por su parte, Daniel sonreiría y deslumbraría a su público para que su turbio romance no se viese descubierto. No conozco una relación como la suya y no hay nada más extraño que la forma en la que siguieron juntos siempre, incluso después de los incidentes ocurridos, de los que poco pude saber. Estoy casi seguro que tuvieron que ver con la hermana de Sebastián, a quien nunca llegué a conocer pero imaginé como una mujer hermosa, con cara de luna. Esa anécdota es lo único que esa pareja no se animó a compartir conmigo y tengo que confesar que era lo que más me intrigaba. A veces los incitaba a hablar, a uno a la vez sobre ello con la intención de mostrarles lo sucia que su relación era. Nunca caían en la trampa y convertían cualquier diálogo en una oda a la vida y al amor.
La historia sobre la canción me la contó Sebastián, durante el interludio para almorzar, en una de las últimas reuniones del club. El gospel se parecía a su relación ya que la utilizaba para mostrar su libertad y creencia en el ser superior al mundo. No me interesaba saberlo pero parecía que para él era una situación que debía explicar y que me provocaría simpatía. La fe, decía, era lo que les mantenía juntos, les daba la fuerza e incitaba a continuar adelante. Esta confianza y creencia, casi siempre aclaraba, se debía a los hechos y acontecimientos milagrosos que él había vivido con el ojizarco. El amor lograba redimir a los caídos, a los somnolientos y anulaba cualquier juicio de valor parcial sobre la relación. No eran recuerdos fragmentados los que soportaban su filosofía sino todo el conjunto de su memoria y lo que guardaba en su corazón. Era así como él mismo conseguía hacerle frente a esos insidiosos chismes que se hacían sobre ellos. “No nos conocen y no han visto lo mejor de nosotros aún” repitió un par de veces a medida que la conversación avanzaba. “Muchas de esas personas no creen en el amor y menos entre personas como nosotros pero yo creo que se dejan guiar por algunos impostores que buscan divulgar sus apostasías como una nueva moda”. Recuerdo con más claridad a un Sebastián sonriente cuando dijo “Ni siquiera cuando ocurrieron esos incidentes, me pude rendir. No podía hacerlo sin batallar primero”. En aquel momento, pensé inmediatamente en lo idealista e inocente que sonaba.
“Nosotros tenemos motivos para continuar a pesar de todo, porque, claro está, las palabras son peligrosas y pueden ser como cuchillos, al herirnos y dejar cicatrices si no conseguimos controlar la ira y los impulsos más carnales pasajeros”. Me percaté de una vez lo que los incitaba a seguir juntos: el miedo. Sí, ese miedo irracional de estar separados y tener que acostumbrarse a la soledad de nuevo. No obstante, junto a mí, Sebastián hablaba y compartía conmigo una metáfora que Daniel usaba para su lucha contra la discriminación: “Incluso en el fin del mundo, no nos vamos a echar a dormir. Que nos entierren vivos porque seguiremos luchando”. No sé si alguna vez comprendí aquella afirmación por completo y a decir verdad, casi no importaba. Después de esta conversación, se estableció un hábito entre nosotros: yo no hablaba de su relación ya que sería ignorado y ellos se encargaban de ayudarme cuando fuera necesario. Me atrevo a asegurar que fue una consecuencia derivada de mi actitud frente a su compromiso amoroso. Este acuerdo se cumplía correctamente y me daba cuenta que sentían cierta obligación por seguir con él; después de todo, ellos eran los que necesitaban mi apoyo. El club de lectura desapareció y jamás perdimos contacto. En ese momento fue cuando me enteré de que habían militado en lados opuestos de la guerra por un tiempo pero, poco antes del fin de esta, habían unido sus fuerzas, llevados por ese gospel metafórico del que me había hablado Sebastián, para que terminara de la mejor manera. Nadie sabe qué perdieron en ella yo me arriesgaría a decir que su fe pero fueron capaces de acompañarse a pesar de esta gran catástrofe. Si en verdad se amaran como predicaban, uno de los dos debería haber liberado al otro, después de encontrar tantas contradicciones y posiciones opuestas en su vida. Esta solución era más sencilla, acorde a las circunstancias y les habría evitado dolores de cabeza en la guerra en la que fueron personas clave. Yo imagino el futuro de otra manera su futuro, no el mío y en él, los encuentro en diferentes lugares: cada uno con su familia, probablemente con hijos incluso, olvidando lo que alguna vez fueron y hasta resignándose al gobierno impuesto. Concibo que en ese caso, yo podría ser su amigo, reírme con ellos mientras bebemos algunas cervezas, ver juntos alguna película de acción o un partido de fútbol, cuando la noche está en la cumbre. Sin embargo, la realidad es contraria, ellos comparten residencia y demás bienes, dramatizan la vida de pareja normal y todos quienes les conocen, se acostumbran a ello. Mientras tanto, yo
intento hacerlos reparar en su error, en el que han vivido desde que les conocí; pero ellos hacen oídos sordos. Tal vez sea esto lo que me ha molestado siempre. Ahora, mucho tiempo ha pasado desde que el club de lectura fuera nuestro lugar predilecto de encuentro, todo parece continuar de la misma manera se mantienen juntos, pero yo logro ver, a través de la fachada de felicidad que ponen siempre que se presentan en público, todos los problemas y accidentes, tanto ocasionados por ellos como externos, que han tenido que pasar. Después de todo, la sociedad es la misma que antes: muchos apóstatas somos impostores y les seguimos el juego a aquellos que creen, esos que como Sebastián y Daniel proclaman: “Nuestro amor eterno. Esto es gospel y la verdad sea dicha, no les pertenece”. Ellos creen, sienten y se defienden de todos mientras de la mano cruzan la acera, sonríen a los desconocidos que huyen frente a sus muestras de afecto, funden sus mentes en un solo pensamiento y rompen esquemas, que, sin saberlo, ayudarán a los ignorantes, como a mí, a creer.
Nota del Editor:
Inicialmente fue un pastiche, fallido, basado en Juan Carlos Onetti Borges y en especial de dos cuentos que el autor tuvo que leer de él para una de sus clases, Ejsberg en la costa y Bienvenido, Bob.
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