1
Esta vez, como todas las anteriores, los participantes esperaban con ansias el inicio del carnaval. Los residentes, tanto como los visitantes, sabían que sería diferente. Era como si iniciara de nuevo. En el ambiente, Venecia se veía distinta y se sabía que algo extraordinario sucedería. Todos esperarían a verlo y mientras tanto se preparaban para los doce días de gozo. En ellos, regresarían todos juntos al pasado y se olvidarían de sus diferencias, unidos como un mismo pueblo, imitando a los aristócratas de todas las épocas que se reunían en las islas. Celebrarían en la Piazza di San Marco, olvidando sus identidades y dejándose llevar, por la música, el viento y el misterio de las máscaras. Todos serían entonces completamente ajenos a la presencia curiosa e imperiosa que acechaba a sus ídolos desde las sombras.
2
Le habían informado que los encontraría allí, en medio de todo. Sí, participando en el evento y ocultos bajo sendas máscaras e identidades alternas. Él no lo podía creer y dudaba de la fiabilidad de su informante. Se preguntaba entonces cómo era posible que sus antecesores no los hubiesen hallado. Después de todo, era recurrente que se les viera en medio del mismísimo carnaval de Venecia.
Ellos se limitaban a desaparecer justo antes de que alguien los notase. Este ciclo de acciones era más antiguo que el mismo carnaval y parecía agradarles mucho. El tiempo para ellos no importaba. Para él, lo era todo.
-El transcurrir es una pérdida. Un día estás dando tus primeros pasos y al siguiente, te recuestas para nunca volver a ponerte de pie. El tiempo es efímero y lo que vale es la carrera hacia el final. En la muerte, nada importa ya.
Así que, con su limitado tiempo, él tenía que ser diferente. Era consciente de los peligros pero tenía que verlos. Las míticas figuras junto a las que había crecido, las creencias que siempre lo acompañaron, serían refutadas o comprobadas en este encuentro. ¿Cambiaría su vida cuando se los topara? Nadie lo sabía; de pronto Dios, pero eso eran ellos.
3
La mañana los había asaltado de la nada mientras ellos descansaban en algún hotel común de la ciudad del agua. Diana había gastado su noche en el baile nocturno mientras que Paolo se ocupaba en mirar, evaluar, y retratar. Ninguno de los dos olvidaba lo cerca que se encontraba su cita con el mundo. No era lo mismo salir a la calle en un atuendo casual a hacerlo con la indumentaria carnavalesca, mostrando y a la vez ocultando su verdadera naturaleza ostentosa. Planeaban su aparición cada año y se aseguraban que fuese distinta. Era su rutina, su mantra anual, que sólo se había detenido cuando la invasión napoleónica les había alcanzado. Siempre creían que asistir era como regresar a casa.
Por otro lado, su curiosidad siempre se veía satisfecha dada la gran cantidad de extranjeros que pululaban la ciudad estos días. La multitud de culturas los asombraba y era lo que más captaban y valoraban. Era fácil encontrar a medio camino a alguien que les complaciera, intelectual como físicamente, usarlo y abandonarle, sin una sola idea sobre quiénes realmente eran. Estos episodios aislados les recordaban las bacanales a las que algún día asistieron y a la infinidad de festines que hacían en su honor, todos de los cuales fueron olvidados y relegados a los estudiosos de la historia, como ellos mismos.
-Es tiempo- afirmó Paolo.
-Siempre todo es tan fugaz…- espetó con incomodidad Diana.
-Y siempre lo será, dulce hermana. El tiempo sólo cuenta si el tuyo es limitado y dada nuestra condición…-Paolo dejó la frase ir, como si se escapara de sus labios.
Diana la capturó y la tergiversó, haciéndola lucir una maldición:
-Que es ineludible y peor que una enfermedad terminal porque no es mortal, ¿no es así?
-Es el don de los dioses - se limitó a decir Paolo mientras entraba a la ducha y se olvidaba a sí mismo, en un éxtasis de agua y calor.
-Tu hedonismo es inigualable, Febo - le reprendió Diana antes de desaparecer en su armario, en búsqueda de su ropa de carnaval.
4
¿Qué debería llevar a tan grandiosa ocasión? Nadie podría asegurar que sobreviviría o que al menos, les localizaría. Debía mimetizarse con ellos y con el carnaval. Ser uno con todos y ninguno consigo. Esa sería la única manera de pasar inadvertido: con los ropajes más llamativos y deslumbrantes, con la actitud de descontrol y mojigatez de cada uno de sus paisanos y con la máscara más obvia y perfecta.
Como consecuencia, al final había escogido ser Pierrot. Era un personaje secundario, que sufría; un siervo, que encantaba; alguien que podía quedarse al fondo sin levantar sospechas, rebuscando entre las miradas a su triste luna. No obstante, a él no le agradaba la melancolía de Pierrot ni la pureza de su vestimenta. Él nunca había sido alguien digno de seguir y era únicamente lo que le había tocado ser. Era como Pierrot, un desadaptado a las órdenes de sus superiores, pero astuto y ambicioso, siempre en pos de agarrar a la luna y satisfacer sus propios deseos. Como él, los habría muchos y de esta manera, aseguraría su éxito.
5
La melodía del violín iba y venía como si se tratase de una señal de radio. Paolo la seguía con su cuerpo, se movía en ondas, sus manos las más grandes olas y sus pies el fondo del mar. El sonido era dulce y el artista parecía olvidarse de las leyes físicas mientras giraba infinitamente, saltando y estirándose cada vez que la música llegaba a una nota alta y sostenida. Él no bailaba; se había entregado a la melodía de manera que esta se expresaba en sí mismo y él no era más sino un vehículo. Diana lo observaba y cazaba allí y acá las notas con sus ojos, a medida que se hacían obvias en Paolo. La música fantasmal no le molestaba y añoraba en su interior verle cada vez que materializaba los sonidos y los mezclaba con su alma.
6
La verdad es que él no les temía. Él únicamente huía a la soledad y por eso esta vez, la primera vez que veía al Ángel alzarse en vuelo desde el campanario de la Piazza, sintió un gran sobrecogimiento. La muchacha sonreía y parecía no sentir su propio peso. Él se sentía ella, aterrizando en medio de abrazos y manos desconocidas que tenían en común únicamente su entusiasmo. Desde donde se encontraba, concebía el miedo que debía sentir el Ángel, cuando nada parecía atarle a la Tierra y la única compañía era el aire. Pero él no estaba solo; miles de transeúntes, comensales y almas inesperadas le acompañaban, sin saberlo, ignorándolo, atraídas por la tradición y atadas a ella. El único problema ahora era que el silencio acechaba.
Cuando llegaba ella al fin, después de recorrer metros en el aire, lo hacía con una sonrisa, con el inicio, con el final, con el carnaval en sus alas. Él fue feliz entonces y olvidó por un momento su misión, uniéndose a las ovaciones y a los aplausos de los enmascarados y los espectadores ajenos. El cielo manifestaba estar de acuerdo, dejando caer copos de nieve en la plaza y sobre los asombrados asistentes.
-Este será mi año- exclamó él, convencido de la señal que había recibido del padre Urano.
7
-¿Qué día es ya?- preguntó Paolo con la mirada perdida en la capa de nieve que cubría parte de los tejados venecianos.
-¿Martes? Ya hemos disfrutado la mitad de todo. ¿No recuerdas que ya estuvimos en la Festa Veneziana sull’aqcua? También presenciamos il Vollo dell’Angelo y encontramos a nuestro elegido de este año- respondió Diana, aun limpiando la máscara que llevaría ese día para el concurso.
-Sólo recuerdo las fiestas, sobre todo el momento en el que te entregas a la música y te olvidas de ti mismo. Eres más tu propia máscara y te sientes todos y ninguno…- sonrió el artista con una expresión ensoñadora en su mente.
-La alienación y disociación por excelencia, te diría cualquier filósofo… o lo que están empezando a llamar psicólogo- se rió Diana antes de adoptar la imagen impasible de sí misma. Ella y su máscara como uno, sin distinción entre la vida, la moción, la muerte o la inercia.
-Vamos, nos espera la parodia, el carnaval en su máxima expresión- apuró ella ya de pie, frente a la puerta de la residencia- tenemos que ver al burro volar- terminó con jocosidad.
Los dos salieron, sin mirar a los lados y se dirigieron a la Piazza Ferretto, conscientes de que él los seguiría. Esto era lo que era distinto, que alguien los encontraría por fin y sería capaz de hablarles y enfrentarlos. Los dos lo sabían y por ello, eran felices.
Mientras él reunía valor, ellos habían de asistir a todos los eventos y demostrar su superioridad celebrando, ganando el concurso de máscaras y encantando a todos.
8
Pierrot huía después de haber visto la inauguración del Carnaval e intentaba olvidar la visión del Ángel casi cayendo del cielo. Aunque artificial, la escena le había afectado profundamente y sentía que tenía que hacer lo mismo, cuando diera con ellos dos. Lanzarse al vacío, a sus brazos para asegurarse que eran auténticos. No todos los días iba a dar con los dioses originales, en el atavío del carnaval veneciano y dispuestos a divertirse, a imitar a la humanidad, con él, su más grande fan.
Empezó entonces las pesquisas para saber dónde se encontraban: Se guiaba siempre por las caracterizaciones de sus antepasados cuando creían haberles visto y confirmaba las respuestas dejándose llevar por su instinto. Pierrot quería entregarse a ello y sentía, a medida que se acercaba a la pareja de elegantes y vistosos trajes, que sería como estar completo de nuevo.
Ya les tenía en la mira y conocía de cerca sus costumbres, evaluadas por el transcurso de una semana. Necesitaba sólo reunir el valor para alcanzarles. ¿Qué más era lo que faltaba para que lo hiciera?
Frente a frente, en la Piazza, como congelados, así los encontró.
9
-Lo que esperábamos…-susurró Diana al oído de Paolo, con la clara intención de evadir los sonidos y melodías de la última fiesta del carnaval.
-Así es -concedió Paolo mientras se acercaban a él. El único Pierrot en la mitad de la Piazza, con la luz de la noche como su exclusiva compañía. Él tembló al verles venir pero se mantuvo en su posición y no osó dejar de mirarlos hasta que se detuvieron a un metro de él.
-¿A nosotros es a quién querías ver, bien hallado vasallo?-inquirió Paolo, con una sonrisa pícara en su rostro a la par que Diana se adelantaba para añadir:
-Aquí nos tienes. Ahora sólo tienes que alcanzarnos.
Todo empezó en ese momento. El baile cubrió a los interlocutores y Pierrot se encontró en el medio de una multitud que danzaba al son de una composición de Paganini. Todos se veían iguales y por tanto, lo único que acertó a hacer fue asimilarse con la masa. Aún así, él se sentía perdido, debido a las escasas luces y a los canales de la ciudad que circundaban el lugar donde se encontraba, en completa oscuridad.
El Gran Canal acechaba el baile mientras que las sombras se hacían más largas y las góndolas parecían surgir de las aguas, con sus típicas máscaras luminosas, para servir de chaperonas a la noche. Pierrot huía de ellas y se enfrentaba a los antifaces y máscaras, con toda su voluntad volcada a rastrear a su pareja platónica.
10
Cuando ya lo daba todo por perdido y se había dispuesto a observar melancólicamente la luna solitaria entre las nubes, ellos regresaron a Pierrot. Le consideraban justo y merecedor de su presencia. Era en todos los sentidos digno y se lo demostraron bailando con él. Ese mismo ambiente que antes le había parecido de sombras, ahora estaba plagado de luces y representaba el máximo propósito cumplido. Las luces se apagaban a medida que la fiesta acababa y la pareja de deidades hermanas lo llevaron consigo a un paradero desconocido.
Él se sentía en compañía por fin, mientras tomaba la mano enguantada de Diana, a su derecha, y la desnuda de Paolo, a su izquierda. Las preocupaciones mundanas ya no podían alcanzarle puesto que se hallaba en un estado sublime, con su deseo vital cumplido. La cazadora y el artista caminaban sin destino, dirigiendo una sonrisa con cada paso a quien les secundaba. La carrera de las góndolas le distraía sin embargo, a medida que seguían con calma uno de los canales a las afueras de la isla, que terminaba en un puerto visiblemente improvisado. Allí, en medio de una niebla baja y una oscuridad absoluta, le esperaba una góndola con un único pasajero. Los hijos de Leto soltaron a Pierrot y lo instaron a seguir adelante. Él, con una mueca en su cara que parecía una sonrisa, dio un paso adelante y continuó hasta el fin del camino tablado.
-Caronte, viejo amigo, tiempo sin verte-saludó y se sentó en su transporte, sin recordar ya quién había sido los últimos días de carnaval.
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