domingo, 29 de enero de 2012

Una mirada

Por fin, estábamos frente a frente. Era la primera vez que nos veíamos así. Nunca antes dos personas se habían encontrado tan íntimamente ligados por su mirada. Podía ver su ojo derecho, oscuro e inocente, por encima del hombro del hombre que nos separaba. De camisa púrpura a rayas, el hombre medio calvo y regordete, se interponía entre mi mirada ansiosa y la suya, inerte y atrayente. No recordaba la razón por la que había empezado a observarla. Pensaba que en algún momento del trayecto, había barrido con mi vista el lado opuesto al que yo me encontraba en el bus y había captado un destello de sus ojos atentos, no examinándome de manera incómoda como lo hacían otros muchos pares, sino restringiéndose a mirarme.

Tenía la intención de apartar de mi camino a ese hombre, no podía verla por completo y me intrigaba no poder hacerlo. Su brazo ocultaba la parte superior de la cara y parte del cabello. Cada vez que el vehículo frenaba, durante un breve instante podía ver su cara, blanca y redonda, con unos labios exquisitamente formados, pintados de un tono beige que invitaban a ser besados. Su cabello, opaco, liso y echado hacia el lado izquierdo no se asemejaba a ninguno de los estilos usados en la actualidad. Podía percibir su autenticidad y lo que veía daba fe de ello. Poco después de ese revelador momento, el hombre de rayas volvía a tapar sus melodiosas facciones con su entrometido y condenado brazo. No obstante, su ojo seguía visible y apuntando hacia lo que yo consideraba era mi presencia.

Algunas veces, se distraía o perdía la batalla contra mi atemorizante mirada, pero siempre volvía a encontrarse con la mía. Cuando ella era la que ganaba, yo tenía que alejar la mía, chequeando el lugar donde me encontraba y sintiendo como la sangre subía rápidamente a mi cara. No había excepción. Cada ocasión en la que me sonrojaba, desviaba la mirada intentando ocultar mi perfil detrás de la gran espalda del hombre de púrpura, con lo que agradecía mentalmente que se hubiera atravesado entre su cuerpo y el mío. En ese estado, trataba de olvidarla, de convencerme que era como cualquier otra persona que se transportaba en un bus, inmersa en sus pensamientos y sin encontrar un punto fijo en donde posar la mirada. A pesar de mis esfuerzos, siempre volvía a percatarme de sus ojos clavados en mí y regresaba como un adicto a conectarme con ella.

Nuevamente, su vista reflejaba un interés extraño e inigualable en lo que miraba. Quería pensar y creer que no era yo. Que me había cruzado en la dirección de ese par de penetrantes globos oculares. Que su mirada perdida estaba exactamente así, perdida en sus propias cavilaciones. Pero me era imposible asegurar cualquier cosa. Quizá es más fácil decir que era yo el objeto de estudio, más interesante o más inquietante. No lo sé y no importa. Estaba viéndola y ella respondía adecuadamente a mi llamada visual.

Otro bache y podía admirar sus facciones y parte de su cuerpo. Vestida con una elaborada chaqueta larga de paño gris y botones gigantescos, su figura fluía en el espacio como una pequeña piedra en un río. La blusa oscura, de seda y con flores doradas estampadas no demostraba un espíritu infantil y era apropiado para la presencia que emanaba de ella. Nunca llegué a ver la parte inferior de su vestimenta, el hombre de rayas se aseguró de eso. A pesar de que no fuera pariente o acompañante de ella y no advirtiera nuestro intercambio silencioso de palabras, se aseguraba que nadie más pudiera disfrutar totalmente de los encantos de la chica. Era similar a un guardián que deseaba lo que guardaba y yo no iba a consentir que lo obtuviera.

No era necesario que reaccionara así frente a la actitud del hombre de rayas, ella me miraba a mí a pesar de tener un considerable obstáculo visual en su camino. Porque esto no era un juego, era una actividad personal y premeditada. Alguna extraña razón universal había propiciado nuestro encuentro y la conexión impalpable que se acababa de forjar entre nosotros dos. Ya podía ver su alma y conocía su identidad. Tímida, amable, curiosa e imparable, esa chica podrá cumplir todo lo que se proponga en su vida. Su voz servía de prueba para todo lo dicho y pensado. Sus ojos me guiaban en una travesía a través de su ser y persona y los míos le contaban todo lo que había vivido y sufrido.

El hechizo estaba en su auge y no podía diferenciar entre su vista y la mía. Ningún obstáculo físico existía ahora. La visión que ambos teníamos del otro se hallaba en un ámbito superior. Había conocido a Mariana hasta en los lugares más recónditos y secretos de su mente. Parecía que el tiempo hubiese dejado de existir y el primer momento en el que la había enfrentado con la mirada hubiese quedado muy atrás. Pude alejar la mirada sin destruir aquel enlace, mientras me sonrojaba por lo absurdo e inverosímil de la situación tan maravillosa que vivía.

Sin embargo, era hora de volver a la realidad y la cercanía de mi casa me había despertado de mi ensueño placentero. Dí una última mirada a su perfil, a su persona y a su ser y saliendo del vehículo me despedí mentalmente, esperanzado con la idea de que ella oiría mi sorda súplica: Esto no será un adiós, será un hasta luego.

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