Puedo decir que pudo haberme ocurrido a mí. Más misteriosa que la Beatrice
del inventor Morel y más interesante que cualquier musa, Angela puede hacerse
querer por quienes osan acercarse, exceptuando aquellas personas con una moral
extraña y personalidad inquietante como un gran porcentaje de los científicos
de la ciudad. Todavía puedo rememorar la primera vez que ví a una de ellos
despreciar a Angela por sus dones.
-¿Quién es ésta?¿Cómo es que logra resistirse?- le espetó Renata a mi amada
Angela cuando se enteró que tenía un talento especial para hacer inútil su
trabajo. No fue hasta que ella fue internada que averiguamos lo que hacía en
realidad Renata. Ella había desarrollado un sistema para controlar ciertos
impulsos nerviosos relacionados con el ánimo, la memoria y el pensamiento. Un
invento en verdad revolucionario pero que Angela parecía anular olímpicamente.
Ese fue el inicio del odio de Renata hacia Angela. La estilizada y
pelirroja Renata nunca pudo perdonar que alguien hubiera aparecido para hacer
de su vida de trabajo duro un buen intento. Esa fue la principal razón por la
que ella siempre quiso a Angela en sus manos. Quería utilizarla para experimentar.
Para encontrar cuál era el fallo y vencer por fin a todos sus compañeros en el
grupo de investigación.
Tuvo éxito en su empresa y retuvo a Angela por mucho más tiempo del que
debería haberlo hecho. Nadie se atrevió a preguntar por ella y, por consiguiente,
Renata aprovechó su potestad al máximo. Consiguió que sus inventos fueran más
eficientes y tuvieran un mayor rango de acción más grande del esperado. Ahí fue
contratada por el Gobierno y desapareció del ojo público. Nunca más volví a
saber de ella.
Mucho después de la aparente desaparición de Renata, logré rescatar a
Angela. Como pueden suponer, ella no lo sabe. No tiene razón de ser que lo
sepa. Intento mantenerla tranquila y lo que recuerda es suficiente para ello.
Es mi deber asegurar su bienestar. Se lo debo a él más que a ella. No pude
ayudarle y debo conformarme con enviarle mi apoyo desde muy lejos. Mi cercanía
podría sellar su destino y así me duela, merece ese castigo. No puedes andar
por la vida haciendo todo lo que te plazca si eso daña a tus seres queridos.
Nunca lo comprendió y cuando lo haga, volveré a su lado y obtendrá mi perdón.
Angela ha despertado ya. Tengo planeado que vayamos a la Biblioteca Pública
más cercana como ya había pensado ayer en la noche. Es preciso y apropiado que
investigue intensamente sobre el paradero de aquella innombrable institución
que tanto perjudicó a ambos, tanto a Angela como a él. Pretendo desmantelar su
cuerpo de seguridad y levantar las apariencias que les protegen desde hace
mucho tiempo. Este es mi objetivo prioritario y ellos merecen ser
desprestigiados.
Angela ha entrado al baño. Si tengo suerte se demorará lo suficiente para
que pueda inyectarme los anticuerpos que me permiten seguir viviendo. Espero
poder volver aquí sin ningún contratiempo en la noche y seguir escribiendo
estas entradas que van dirigidas a alguien que no puede leerlas. Aún guardo la
esperanza de poder enviárselas algún día.
Con cuidado de hacer ruido,
busqué rápidamente la ampolla y la jeringa y con una paciencia perturbadora, me
la apliqué sobre el brazo derecho. Tan pronto como entró en mi cuerpo sentí un
cambio trascendental. No supe explicar por qué pasó pero parecía que me
brindara mayor confianza y fuerza sin limitarse a contrarrestar el mal que
aquejaba mi cuerpo. Respiré hondo y me rendí ante el efecto
anestésico de la medicina, estando atento a cualquier indicio del regreso de
Angela. Para ella, era su protector; no podía revelarme ante ella en esta
situación desfavorecedora. Recordé mi completo fracaso cuando intenté ir en
busca de ella, luego de que hubiese sido capturada por Renata y me recordé a mí
mismo que, a pesar de esa primera vez, logré exitosamente salvarla del control
del Gobierno. No podía permitirme ser vulnerable y, menos cuando tenía tanto
por hacer.
La droga había terminado de
ser suministrada y tuve que ocultar rápidamente la evidencia de ello. Angela
salió con calma del cuarto de aseo y se dirigió con una suave pero encantadora
sonrisa hacia mí.
-¿Qué haremos hoy?- me
preguntó mirando por la ventana y dándose cuenta de la niebla que aún se cernía
sobre la ciudad- No creo que sea un buen día para salir, enmascarado.
Así había empezado a decirme
después de que la rescaté. No tengo la menor intención de darle mi nombre.
Todavía conservo la gran esperanza de que recupere la memoria y encuentre todo
lo que alguna vez compartimos juntos. Puede que nunca lo haga y que yo sea su
“enmascarado” protector, pero eso no cambiará mi decisión. Esto es lo que yo
llamaría una relación unilateral, muy al estilo de un fugitivo y su gran amor
desconocido.
-Yo creo que, al contrario,
es el mejor día para salir.- le respondo con ternura- Ya sabes que tengo muchas
cosas que hacer y no pretendo dejarte acá sola.
La verdadera razón es que
teníamos que movilizarnos lo más rápido posible, aprovechando cualquier
condición atmosférica, social o física que nos pudiera proveer un mejor
anonimato. Yo sabía que estaban buscándola. Angela era una pieza fundamental de
su supremacía y, aunque ella no era consciente de ello, su poder seguía siendo
tan fuerte como antaño.
-Iremos a la Biblioteca de
la Historia, ¿la recuerdas? Un edificio de una planta pero que ocupa más de 5
manzanas, antiguo y con un estilo medieval.
-No estoy segura. ¿Tienes la
certeza de que no correremos peligro al ir allí tan pronto?- preguntó ella
ocultando su preocupación.
-Ya lo creo. Cuando
lleguemos te darás cuenta que no hay ninguna razón por la que temer.- le
respondí, inconscientemente pensando en Renata. Angela se sentó a mi lado y
posó una de sus manos en mi rodilla y en una fracción de segundo, todo su
semblante cambió. Palideció, de un salto se alejó de mí y se tapó la boca con
la mano izquierda, sofocando un grito.
-Angela, ¿qué te ocurre?- Me
levanté con afán y me acerqué a ella, gesto que la obligó a retroceder hasta la
ventana.
-¡No pienses en ella!- tomó
una gran inhalación antes de continuar- ¡No presagia nada bueno! Lo único que
puedo asegurarte es que lo mejor es que no pienses en ella.
Quedé asombrado. Nunca había
presenciado una demostración de su habilidad tan poderosa como ahora,
suponiendo que fuera eso lo que le permitiera percibir mi pensamiento.
¿Reconocería ahora lo que le había ocurrido? Tenía que averiguarlo y, dentro de
lo posible, convencerla que no había sido nada malo.
-¿De quién hablas?-le
pregunté, simulando ignorancia frente a la situación.
-De la pelirroja. La
encantadora y egocéntrica pelirroja en la que estabas concentrado hace un
momento.
-Dime, ¿qué pudiste ver
sobre ella?
Angela me miró como si le
hubiese insultado y pensó durante un buen rato antes de contestar:
-No me fio de ella. Hay algo
que no me inspira confianza. No sé nada más, ni su nombre.
Solté un ruidoso y poco
educado suspiro. Había esperado lo peor y no había ocurrido. La reacción de
Angela me había recordado la legendaria resurrección de Madeleine Usher, lo que
había hecho que todo me pareciese más catastrófico y temible que lo que había
sido. Concentré todas mis fuerzas en olvidar esa escena y calmarme de nuevo
para explicarle a Angela lo que había visto.
Ella esperó pacientemente,
intentando serenarse a su vez. Cuando lo hizo, me miró con aquellos ojos
castaños, tan parecidos a los de sus congéneres y se acercó para abrazarme. No
pude evitar hacerlo y mientras la sostenía en mis brazos, levanté su cara hacia
la mí. Ella se acercó un poco más a la mía, quedando nuestros labios en la
misma línea. La besé tiernamente en la frente y cuando se alejó un poco,
observé sus oscuros y refulgentes ojos. Levanté mi mano derecha hasta su
mejilla y la acaricié con cuidado. Nos besamos con calma y decisión. Tuve la
vaga certeza de que ella se acordaba de nuestra fuerte relación. Sus labios
sabían amarillo y rojo.
-No sé quién eres, pero aquí
me tienes. Temo por tu seguridad tanto como por la mía-susurró a mi oído
derecho.
-No tienes nada que temer
mientras estés junto a mí, mi ángel.
Recostó su cabeza en mi mano
y alzó la vista de nuevo hacia mí. La visión de sus ojos, tiernos e
inigualables me golpeó con una verdad avallasadora. Evoqué una mirada aún más
perfecta. Había traicionado la confianza que el dueño de esa mirada había
depositado en mí. Aquella persona a quien yo decía continuamente respetar y
querer y que en algún momento, consistió el motor de mi vida. ¿Qué había hecho?
Procuré alejarme de Angela y
su influencia subyugadora. No fui capaz. Amaba a Angela y la única razón por la
que podría dejarla no estaba a mi lado. No es cierto. No habría sido capaz de
abandonarla tampoco. ¿Qué podía hacer? Tenía que escapar. No podía seguir con
mi conciencia carcomiendo mi alma.
-Esto no puede ser-dije en
voz baja, más para mí que para ella.
-¿Qué es lo que dices? No
entiendo- en su cara se reflejaba desasosiego.
-Te protegeré y acompañaré
pero no puedo…
-Explícame la razón. Tengo
derecho a saberla. Sé que no estás comprometido con nadie más.
-¿Cómo puedes estar segura
de eso?- me liberé de su abrazo y me alejé con tranquilidad para no asustarla.
-¿No es cierto?¿Tu corazón
pertenece a alguien más?- preguntó algo apresurada. Estaba empezando a
angustiarse, pensando seguramente que la abandonaría sin más.
-No podría dejarte sola, ni
aunque esa fuera mi única forma de salvación- Me acerqué nuevamente a ella y la
abracé con seguridad, intentando vencer el deseo de besarla de nuevo. Me rendí
a la tentación mientras recordaba el rostro de su contraparte masculina y me
apuraba a ocultarla en mi mente.
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