domingo, 25 de marzo de 2012

Mascarada. Entrada B.

Ha amanecido y un hermoso arcoíris adorna el cielo. Debe haber llovido en la noche. El bajo y rítmico resonar de la lluvia contra el ladrillo, el cristal y el concreto arrulló a Angela hoy en la madrugada. Siempre ha reaccionado mal a la vista de las ventanas empañadas pero adora escuchar la melodía de las precipitaciones de agua. Es uno de los tantos aspectos singulares de su vida que sólo yo sé. Nadie se ha tomado la molestia en conocerla tanto. Sus secretos han creado su vida, su imagen y su vivir. No debería ser de esa manera. Ella es tan única e inusual que es capaz de provocar un enamoramiento a primera vista.
Puedo decir que pudo haberme ocurrido a mí. Más misteriosa que la Beatrice del inventor Morel y más interesante que cualquier musa, Angela puede hacerse querer por quienes osan acercarse, exceptuando aquellas personas con una moral extraña y personalidad inquietante como un gran porcentaje de los científicos de la ciudad. Todavía puedo rememorar la primera vez que ví a una de ellos despreciar a Angela por sus dones.
-¿Quién es ésta?¿Cómo es que logra resistirse?- le espetó Renata a mi amada Angela cuando se enteró que tenía un talento especial para hacer inútil su trabajo. No fue hasta que ella fue internada que averiguamos lo que hacía en realidad Renata. Ella había desarrollado un sistema para controlar ciertos impulsos nerviosos relacionados con el ánimo, la memoria y el pensamiento. Un invento en verdad revolucionario pero que Angela parecía anular olímpicamente.
Ese fue el inicio del odio de Renata hacia Angela. La estilizada y pelirroja Renata nunca pudo perdonar que alguien hubiera aparecido para hacer de su vida de trabajo duro un buen intento. Esa fue la principal razón por la que ella siempre quiso a Angela en sus manos. Quería utilizarla para experimentar. Para encontrar cuál era el fallo y vencer por fin a todos sus compañeros en el grupo de investigación.
Tuvo éxito en su empresa y retuvo a Angela por mucho más tiempo del que debería haberlo hecho. Nadie se atrevió a preguntar por ella y, por consiguiente, Renata aprovechó su potestad al máximo. Consiguió que sus inventos fueran más eficientes y tuvieran un mayor rango de acción más grande del esperado. Ahí fue contratada por el Gobierno y desapareció del ojo público. Nunca más volví a saber de ella.
Mucho después de la aparente desaparición de Renata, logré rescatar a Angela. Como pueden suponer, ella no lo sabe. No tiene razón de ser que lo sepa. Intento mantenerla tranquila y lo que recuerda es suficiente para ello. Es mi deber asegurar su bienestar. Se lo debo a él más que a ella. No pude ayudarle y debo conformarme con enviarle mi apoyo desde muy lejos. Mi cercanía podría sellar su destino y así me duela, merece ese castigo. No puedes andar por la vida haciendo todo lo que te plazca si eso daña a tus seres queridos. Nunca lo comprendió y cuando lo haga, volveré a su lado  y obtendrá mi perdón.
Angela ha despertado ya. Tengo planeado que vayamos a la Biblioteca Pública más cercana como ya había pensado ayer en la noche. Es preciso y apropiado que investigue intensamente sobre el paradero de aquella innombrable institución que tanto perjudicó a ambos, tanto a Angela como a él. Pretendo desmantelar su cuerpo de seguridad y levantar las apariencias que les protegen desde hace mucho tiempo. Este es mi objetivo prioritario y ellos merecen ser desprestigiados.
Angela ha entrado al baño. Si tengo suerte se demorará lo suficiente para que pueda inyectarme los anticuerpos que me permiten seguir viviendo. Espero poder volver aquí sin ningún contratiempo en la noche y seguir escribiendo estas entradas que van dirigidas a alguien que no puede leerlas. Aún guardo la esperanza de poder enviárselas algún día.

Con cuidado de hacer ruido, busqué rápidamente la ampolla y la jeringa y con una paciencia perturbadora, me la apliqué sobre el brazo derecho. Tan pronto como entró en mi cuerpo sentí un cambio trascendental. No supe explicar por qué pasó pero parecía que me brindara mayor confianza y fuerza sin limitarse a contrarrestar el mal que aquejaba mi cuerpo. Respiré hondo y me rendí ante el efecto anestésico de la medicina, estando atento a cualquier indicio del regreso de Angela. Para ella, era su protector; no podía revelarme ante ella en esta situación desfavorecedora. Recordé mi completo fracaso cuando intenté ir en busca de ella, luego de que hubiese sido capturada por Renata y me recordé a mí mismo que, a pesar de esa primera vez, logré exitosamente salvarla del control del Gobierno. No podía permitirme ser vulnerable y, menos cuando tenía tanto por hacer.
La droga había terminado de ser suministrada y tuve que ocultar rápidamente la evidencia de ello. Angela salió con calma del cuarto de aseo y se dirigió con una suave pero encantadora sonrisa hacia mí.
-¿Qué haremos hoy?- me preguntó mirando por la ventana y dándose cuenta de la niebla que aún se cernía sobre la ciudad- No creo que sea un buen día para salir, enmascarado.
Así había empezado a decirme después de que la rescaté. No tengo la menor intención de darle mi nombre. Todavía conservo la gran esperanza de que recupere la memoria y encuentre todo lo que alguna vez compartimos juntos. Puede que nunca lo haga y que yo sea su “enmascarado” protector, pero eso no cambiará mi decisión. Esto es lo que yo llamaría una relación unilateral, muy al estilo de un fugitivo y su gran amor desconocido.
-Yo creo que, al contrario, es el mejor día para salir.- le respondo con ternura- Ya sabes que tengo muchas cosas que hacer y no pretendo dejarte acá sola.
La verdadera razón es que teníamos que movilizarnos lo más rápido posible, aprovechando cualquier condición atmosférica, social o física que nos pudiera proveer un mejor anonimato. Yo sabía que estaban buscándola. Angela era una pieza fundamental de su supremacía y, aunque ella no era consciente de ello, su poder seguía siendo tan fuerte como antaño.
-Iremos a la Biblioteca de la Historia, ¿la recuerdas? Un edificio de una planta pero que ocupa más de 5 manzanas, antiguo y con un estilo medieval.
-No estoy segura. ¿Tienes la certeza de que no correremos peligro al ir allí tan pronto?- preguntó ella ocultando su preocupación.
-Ya lo creo. Cuando lleguemos te darás cuenta que no hay ninguna razón por la que temer.- le respondí, inconscientemente pensando en Renata. Angela se sentó a mi lado y posó una de sus manos en mi rodilla y en una fracción de segundo, todo su semblante cambió. Palideció, de un salto se alejó de mí y se tapó la boca con la mano izquierda, sofocando un grito.
-Angela, ¿qué te ocurre?- Me levanté con afán y me acerqué a ella, gesto que la obligó a retroceder hasta la ventana.
-¡No pienses en ella!- tomó una gran inhalación antes de continuar- ¡No presagia nada bueno! Lo único que puedo asegurarte es que lo mejor es que no pienses en ella.
Quedé asombrado. Nunca había presenciado una demostración de su habilidad tan poderosa como ahora, suponiendo que fuera eso lo que le permitiera percibir mi pensamiento. ¿Reconocería ahora lo que le había ocurrido? Tenía que averiguarlo y, dentro de lo posible, convencerla que no había sido nada malo.
-¿De quién hablas?-le pregunté, simulando ignorancia frente a la situación.
-De la pelirroja. La encantadora y egocéntrica pelirroja en la que estabas concentrado hace un momento.
-Dime, ¿qué pudiste ver sobre ella?
Angela me miró como si le hubiese insultado y pensó durante un buen rato antes de contestar:
-No me fio de ella. Hay algo que no me inspira confianza. No sé nada más, ni su nombre.
Solté un ruidoso y poco educado suspiro. Había esperado lo peor y no había ocurrido. La reacción de Angela me había recordado la legendaria resurrección de Madeleine Usher, lo que había hecho que todo me pareciese más catastrófico y temible que lo que había sido. Concentré todas mis fuerzas en olvidar esa escena y calmarme de nuevo para explicarle a Angela lo que había visto.
Ella esperó pacientemente, intentando serenarse a su vez. Cuando lo hizo, me miró con aquellos ojos castaños, tan parecidos a los de sus congéneres y se acercó para abrazarme. No pude evitar hacerlo y mientras la sostenía en mis brazos, levanté su cara hacia la mí. Ella se acercó un poco más a la mía, quedando nuestros labios en la misma línea. La besé tiernamente en la frente y cuando se alejó un poco, observé sus oscuros y refulgentes ojos. Levanté mi mano derecha hasta su mejilla y la acaricié con cuidado. Nos besamos con calma y decisión. Tuve la vaga certeza de que ella se acordaba de nuestra fuerte relación. Sus labios sabían amarillo y rojo.
-No sé quién eres, pero aquí me tienes. Temo por tu seguridad tanto como por la mía-susurró a mi oído derecho.
-No tienes nada que temer mientras estés junto a mí, mi ángel.
Recostó su cabeza en mi mano y alzó la vista de nuevo hacia mí. La visión de sus ojos, tiernos e inigualables me golpeó con una verdad avallasadora. Evoqué una mirada aún más perfecta. Había traicionado la confianza que el dueño de esa mirada había depositado en mí. Aquella persona a quien yo decía continuamente respetar y querer y que en algún momento, consistió el motor de mi vida. ¿Qué había hecho?
Procuré alejarme de Angela y su influencia subyugadora. No fui capaz. Amaba a Angela y la única razón por la que podría dejarla no estaba a mi lado. No es cierto. No habría sido capaz de abandonarla tampoco. ¿Qué podía hacer? Tenía que escapar. No podía seguir con mi conciencia carcomiendo mi alma.
-Esto no puede ser-dije en voz baja, más para mí que para ella.
-¿Qué es lo que dices? No entiendo- en su cara se reflejaba desasosiego.
-Te protegeré y acompañaré pero no puedo…
-Explícame la razón. Tengo derecho a saberla. Sé que no estás comprometido con nadie más.
-¿Cómo puedes estar segura de eso?- me liberé de su abrazo y me alejé con tranquilidad para no asustarla.
-¿No es cierto?¿Tu corazón pertenece a alguien más?- preguntó algo apresurada. Estaba empezando a angustiarse, pensando seguramente que la abandonaría sin más.
-No podría dejarte sola, ni aunque esa fuera mi única forma de salvación- Me acerqué nuevamente a ella y la abracé con seguridad, intentando vencer el deseo de besarla de nuevo. Me rendí a la tentación mientras recordaba el rostro de su contraparte masculina y me apuraba a ocultarla en mi mente.

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