La luz de la temprana tarde me molesta mientras intento distinguir lo que se viene. El susurro que el viento produce a su paso por los pinos cercanos sirve de banda sonora para el enfrentamiento que se está llevando a cabo. La velocidad del mismo, junto a la mía, me despeinan al correr por alcanzar la pelota. Hoy es tarde de Sábado lo que para mí significa tenis y es el primer día de los seis que Seth me dio para conquistar a una mujer. Sé que el día de ayer no entraba en nuestro acuerdo, que fue concertado en la madrugada; todos estos demonios son estrictos con el tiempo que le brindan a sus asociados. Yo lo supe cuando empezó a regir el primer contrato entre nosotros.
La he devuelto. La pelota estaba a punto de caer por segunda vez en la mitad de la cancha en la que juego. Mi oponente es muy bueno a la hora de hacerme correr pero muy lento para devolver pelotas con efecto. Le acabo de enviar una alta que, por causa del viento, ha caído más cerca a la red de lo que él pensaba. Punto decisivo para mí y he ganado el set. Paolo me dio muchos puntos de quiebre por sus faltas dobles y fue más sencillo ganarle esta vez a diferencia de las anteriores. Aún así, tengo una habilidad especial para este deporte de la que él carece. Estoy seguro que he mejorado (por mi cuenta por supuesto) y algún día puede que me presente a un abierto que seguramente ganaría.
Mi amigo italiano quiere una revancha pero tengo mejores cosas que hacer ahora. Paolo suele ser muy mal perdedor y más aún desde que fue eliminado de aquel torneo de tenis. Era su sueño ganar la copa pero la suerte o algún demonio no estuvo de su lado. Él no sabe lo que he hecho, al igual que mi familia, sólo piensa que las obras en las que he participado tuvieron éxito por mi talento, algo que obtuve secretamente.
-No es un secreto. Es algo que tú has querido ocultar, mi Vlad- se burla Seth de mí en mi mente.
-Vladimir, ¿almorzaremos juntos entonces?- me pregunta Paolo.
-No. Iré al centro de la ciudad a almorzar con...
-¿Una chica de casualidad?- me interrumpe él con mirada cómplice.
Por supuesto y sé que te dará mucha envidia como mi cuerpo y reputación por sí mismos ya lo hacen.
-¿Tienes alguna mejor opción?- inquiero sin esperar respuesta alguna. Suelo comer con mis compañeras actrices que se ríen como estúpidas de algunos de mis comentarios mordaces.
-Me iré entonces a recoger a mi novia- estrecha mi mano y se dirige al lugar de estacionamiento de motocicletas.
Esa reacción me extraña. Él suele rogarme que lo deje acompañarme. Siempre ha querido estar con una de mis jóvenes "artistas".
Me quedé de ver con una de mis más agraciadas amigas, Linda. Una mujer que le hace honor a su nombre. Recuerdo que la primera vez que la seduje, se comportó como una perfecta dama. Me negó con firmeza la posibilidad de besarla siquiera. No considero que sea una de esas mujeres que se hagan respetar y, aunque lo fuera, no escatimaré esfuerzos para que lo deje de hacer. Caerá por mí. Ella es mi premio ahora y después de que la encante, la presentaré como la prueba de mi liberación ante Seth. No podré resistir sin burlarme al ver su cara de asombro convertirse en un fracaso demoníaco.
Sonrío socarronamente a los cansados y pobres transeúntes que vagan por las aceras a ambos lados, mientras yo viajo velozmente en mi Mustang plateado. El ambiente se siente caliente y el sol está cómodamente escondido escondido tras las pocas nubes que flotan en el firmamento. He arribado a mi destino. Me acerco al valet parking, sonriendo con encanto al tiempo que jugueteo con las llaves antes de entregárselas. Le hago la aclaración de rigor: "Ni un solo rasguño o te las verás con el mismísimo demonio". Río con gracia, acompañando su risa nerviosa por mi "chiste". Si en realidad reconociera la gravedad y sinceridad de lo que he dicho...
"Le Charme" dice el cartel y la alfombra de bienvenida a la entrada del restaurante. Ingreso a él y la coqueta camarera me indica que ya me están esperando. Vengo regularmente a este establecimiento y nunca la había visto antes. Viste como cualquiera de los otros empleados: Su camisa crema, abierta en el pecho, resalta sus atributos sin ser vulgar, un pantalón de lino negro bajo un delantal oscuro adornado con un bordado dorado claro. No obstante, su apariencia difiere del resto: Sus ojos son penetrantes y parecen tener tantas tonalidades que se anulan entre sí. Su largo y sedoso cabello presenta un color degradado que parte del negro en las raíces hasta alcanzar el blanco puro en las puntas. Tiene la desenvoltura de una bailarina y la seguridad en lo que hace de una afamada científica. Me sonríe con picardía aún después de dejarme instalado en la mesa. Saludo a Linda y como es usual, mi beso se acerca a su boca sin que ella lo desee. Se molesta y sonríe con sarcasmo mientras yo observo a la agradable camarera volver a su puesto. Me hace un guiño y yo regreso a Linda.
-No veo la necesidad de inspeccionar a todas las mujeres de esa manera- me reprocha para mi asombro.
-La belleza femenina es un privilegio que debe ser observado con devoción, sin perder tiempo alguno- recito, quitándome los lentes oscuros y colgándolos en mi camisa semiabierta. Linda vuelve a sonreír con elegancia.
-Tampoco creo que deba preguntar quién fue el ganador del juego de hoy, tenista superestrella.
-Podrías sorprenderte algún día, mi bella amiga.
Su cabello ondulado es castaño y la luz que se filtra por la ventana le saca destellos dorados.
¿O es negro? Nunca he llegado a un acuerdo sobre el todo de cabello de Linda. Su pequeña y delicada nariz muestra las marcas normales de una persona que usa lentes diariamente.
-¿Paolo?¿Sorprenderme? No se debería hacer una referencia a él cuando tienes un verbo tan crucial en la oración- se burla con decencia, recordando el tiempo en el que salió con Paolo.
-Por ahora, te daré la razón. Ya viene nuestra comida y no se me ocurre algún argumento válido para refutarte esa afirmación, aunque, entre tú y yo, confieso que él es realmente monótono- respondo mientras examino las curvas pronunciadas y atrayentes del torso de la inigualable camarera que viene de nuevo hacia nosotros.
-¡Hasta tú lo aceptas!- exclama Linda, recibiendo su plato de pollo al estilo Hotel (una receta de alto contenido proteínico, apropiada para una bailarina y actriz activa como ella).
-Guapo, tus langostinos y tu copa de melocotones Melba- dice la camarera con un acento lleno de insinuación. Ubica todo el pedido frente a mí, agachándose suavemente para que su escote sea visible y ofusque mi pensamiento.
-Comeré con gusto. Te agradezco me hayas traído el postre de melocotones tan pronto. Me encanta tu eficiencia- contesto, cegado evidentemente por la visión de sus tiernos y dulces pechos.
Sonríe con éxito antes de alejarse moviendo de un lado a otro su generoso trasero. La veo y confirmando mis sospechas, da un rápido vistazo a mi apuesta figura.
-¿Podrías ser más galante y menos erótico? Cuando sentías algo por mí, eras de esa manera- me regaña Linda. Sé a lo que se refiere.
-No tengo claras las razones por las que me pides eso, Linda.
-¿Nunca has pensado que sería provechoso que sentaras cabeza?
-¿Lo harías conmigo?¿Sentar cabeza conmigo?- pregunto con un poco de precipitación, continuando con mi comida.
-Ese no es el punto. No te estoy diciendo que lo hagas conmigo. ¿No te gustaría criar a un niño?-sugiere.
-No, para nada. Tampoco desearía casarme. ¿Por qué lo preguntas?
-Para confirmar que no has cambiado, mi Vlad- acerca su mano izquierda a mi derecha, que no uso para cenar y la acaricia con ternura.
-Hay mujeres que quieren llevarte lejos de las luces de la ciudad a la oscuridad y podrían hacerte daño- advierte sosteniendo mi mano mientras yo me limito a comer.
Después de un intervalo de silencio, termino mi plato y le explico.
-No seré yo quien saldrá herido. Con lo que me gustan los lugares oscuros, en los que solo las estrellas brillan y son testigos de mis faenas amorosas.
-Ellas no son las únicas testigos- apunta Seth en mi mente-¿Me has olvidado?- ríe con encanto. Linda ríe a su vez con fuerza y soltura, ajena a la sonora carcajada que acompaña la suya.
-¿Subimos?- le propongo a Linda al ver que ha terminado su comida. En el segundo piso hay una acogedora terraza desde que se ve el anaranjado ocaso. Ella accede y pidiendo unas bebidas, ingresamos a la terraza del piso superior.
Linda me toma de la cintura en el momento exacto en el que el cielo empieza a oscurecerse.
-Siempre me he preguntado cómo logras resistirte a este maestro seductor- le confieso a su oído derecho.
Permanece callada durante un buen tiempo y después de pensarlo mucho, replica:
-No sé que es lo que crees que soy. A diferencia de tí, no soy una persona que viva de sensaciones pasajeras. Me gusta lo duradero, lo estable y lo seguro. ¿Crees que podría tenerlo contigo?
Sus ojos verdes me hechizan y su melodiosa voz refuerza el efecto que tienen sobre mí. Debo resistirme a mi deseo, mi meta ahora es enamorarla, hacer que me ame, tal como Seth me dijo que lo hiciera. No debo limitarme a tener sexo con ella.
-Creo que siempre existe esa posibilidad... - contesto con seguridad.
Lo medita durante un corto rato.
-Ya regreso. Iré al cuarto de baño- se da media vuelta y se dirige de nuevo al interior del edificio.
He plantado la duda en su mente. Tengo una mayor probabilidad de salir con ella en una cita seria la próxima vez que nos veamos.
Le doy la espalda al ocaso, cruzando los brazos sobre mi pecho. Recorro con la mirada la terraza desierta y observo a través de la pared de cristal del segundo piso, las mesas y sillas vacías que la sensual camarera sortea con facilidad en su camino a la puerta. Cruza el umbral y se encamina hacia mí, haciendo uso de sus llamativos aspectos físicos para asegurar toda mi atención.
-Mi apuesto caballero, ¿por qué te han abandonado?- me dice, depositando la bandeja con las bebidas en una mesa. Agarra una de ellas y me la acerca con gracia.
-¿Crees que alguien sería capaz de abandonarme en su sano juicio, dulzura?- recibo la copa con una mano y cojo la suya con la otra. Dejo mi bebida en el borde de la terraza.
-Ni siquiera alguien con un juicio afectado lo haría- acepta mi mano sin rechistar. Su mano de piel suave y delgada, de dedos largos y elegantes, estimula la palma de la mía. Lentamente y olvidando progresivamente mi objetivo, atraigo su mano hacia mí, gesto que ella aprovecha para tocar mi abdomen bajo la camisa. Tantea mis firmes y excitantes músculos mientras mis manos toquetean su espalda y nalgas.
La beso con pasión y ella introduce de inmediato su flexible lengua en mi boca, inspeccionando con afán la mía. Sus manos rodean mi torso y se adhieren a la parte baja de mi espalda al son de las mías, que oprimen sus pechos y dibujan espirales en su abdomen y piernas. Nuevamente, me encuentro en el punto de conexión de todos los placeres y lo estimulo causando una conmoción general al cuerpo que tengo entre mis brazos. Giramos sobre nuestro eje sin que yo pierda el ritmo de mi estimulación a nuestras partes, unidas por la existencia y unicidad del momento.
De repente, siento una boca en mi cuello y una mano que recorre mis piernas y que, sin pertenecer a la extasiada camarera, incrementan la energía del encuentro. Linda, la renuente, la dama con escrúpulos, se transforma en la reina de la noche, excitándome todavía más y reclamando lo que es suyo. Remuevo la mano que mantenía en el trasero de la camarera y la acerco a las partes de Linda, hecho al que no pone resistencia. Un escalofrío de satisfacción recorre su cuerpo en el momento en el que mi intromisión en su intimidad se hace evidente y constante.
No puedo más que sentirme un puente viviente que lleva a la conexión verdaderamente divina a estas dos mujeres. La danza de la seducción hecha realidad, donde procuro con éxito ir al ritmo de las dos féminas que no esperan menos de mí. La frecuencia, ligera e inmutable, del movimiento de nuestros cuerpos nos garantiza un puesto de primera en el paraíso del placer. Linda intenta recobrar la compostura pero hago absurdo su intento al darme la vuelta besándola con insistencia y dedicándome por entero a complacerla. Claramente incitado por su reacción, la atraigo hacia mí, percibiendo como su cuerpo se tensa al tacto de mi cercanía. Describo su silueta con una de mis manos hasta llegar de nuevo al punto de partida. La atractiva camarera no ha cesado en su inspección de mi cuerpo y, mordiendo el lóbulo de mi oreja, llega al instrumento del deseo, la meta de su viaje, avisada con antelación. Me tira hacia ella con uno de sus brazos alrededor de mi ardiente tronco. Me besa en la parte baja de la nuca mientras que Linda cede a todas las plegarias que escribo en su cuerpo, del que la fuerza magnética que ejerce sobre mí la camarera poco a poco logra alejarme. Luchando por demorar mi clímax, me entrego a la chica que tengo detrás, descuidando a mi querida Linda.
Con un airoso y veloz movimiento, me ubico frente a la sensual desconocida, evaluando sus atributos y dejándome llevar por la lujuria. Oigo el sonido del cristal contra el sueño, el ambiente se tensa y Linda, enfurecida por su completo fracaso desaparece para mi sentidos, que se hallan enteramente cautivados por la desvergonzada intención de mi camarera. Lamento que nuestro tiempo sea tan corto y que este lugar no sea el apropiado para enseñarle a esta delicia el mar de sensaciones que podría generarle. Nuestras manos se rozan, ocupadas en asegurar la culminación de este grandioso acto. Su terso e interesante cuello se estira y acudo a él con mi boca, saboreando su piel y mordiendo con suavidad su superficie. Mis dedos libres caminan sobre su espalda y se excitan con el encuentro con su virginal sostén, mientras que sus dedos circulan por mi moldeado pecho, enviando señales agradables por todo mi cuerpo. Ya casi es el momento.
La pequeña muerte viene a nuestro encuentro, abrazándonos durante un eterno momento, reacia a soltarnos. Ella y yo somos uno y es este enlace, perfecto, único, efímero y duradero a la vez, que cumple con mis expectativas, a diferencia de la sosa, inolora y dependiente sensación que brinda el amor. Ese es el secreto. El vínculo forjado con otra persona mediante el acto sexual es inquebrantable y ajeno al resto del mundo, lo opuesto al del amor, que es afectado por su entorno y puede romperse por las causas más estúpidas posibles.
El punto máximo de excitación se esfuma más lentamente de lo esperado, permitiendo deleitarnos con nuestras facciones faciales y acelerados pero potenciados sentidos. Con una fuerza asombrosa, la chica me empuja hacia el borde contiguo de la terraza. Escucho el crujir de un cristal bajo nuestros zapatos mientras muerdo su mano libre, flaca y extrañamente amarga al gusto. Terminada la sensación remanente del clímax erótico, ella se aleja de mí, toma la bandeja con la bebida sin tocar de Linda y me mira con expectación.
-Nunca pensé que alguien como tú podría brindarme una satisfacción tan sublime- su voz es trémula y posee una nota de sincero asombro. Si no la tuviera en frente, jamás habría reconocido la voz como suya.
-¿Cómo pudiste dudarlo?- le reclamo, ligeramente ofendido.
-Puede que acá seas lo máximo pero de donde yo provengo...
Deja la frase en el aire y ríe con sorna y esa voz tan ajena a ella. Se acerca y toma de mi lado la otra copa, gira e inicia su recorrido hacia el interior del restaurante.
-¡Espera!¿No dirás nada más?-exclamo. Todas las mujeres con las que he tenido algún tipo de contacto sexual (por mínimo que sea) no paran de alabar mis habilidades en la cama.
-No lo considero necesario. He cumplido con mi parte y ahora reclamaré mi paga- dice, deteniéndose y mirándome de nuevo.
-¿Me estás diciendo que te pague por esto? No puedo negar que fue gratificante pero no te veía como una prostituta- replico anonadado.
-Ya me habían advertido que sueles pensar mucho en sexo, Vladimir. Pero no pensé que en tan grande magnitud como para hacer esas presunciones sobre lo que he dicho. Me refiero a otro asunto.
En la oscuridad pobremente iluminada, solo puedo ver la mitad de su rostro, pálido y atractivo.
-Ya sé de qué hablas. Te pagaré por las dos bebidas- saco mi billetera y extraigo el dinero.-Espera. Debo pagarte también por la copa rota- cuento los billetes y me acerco a entregárselos cuando me percato de algo incoherente.
-¿Cómo es que a pesar de que solo trajiste dos bebidas, de las cuales una se rompió, hay dos en la bandeja que sostienes ahora?
Sonríe despectivamente y susurra:
-¡Maldición! Los detalles...
Deposita la bandeja en otra mesa. Se dirige hacia mí y la luz de la Luna se refleja por completo en su cara. La mitad que permanecía oculta de mi vista, parece muerta y más que eso, descompuesta, sin dejar de exponer la sonrisa que mantiene su boca. Su mano izquierda es huesuda y la carne parece haberse consumido, replegando la piel sobre su esqueleto. La derecha permanece intacta.
Esta revelación me deja sin habla. No es posible que sea una mentira.
-¿Debo presentarme? Creo que habrás oído sobre mí y si no lo has hecho... Soy la diosa Hela, en las bárbaras y antiguas costumbres nórdicas.
-¡Perséfone!- es lo único que acierto a decir.
-Solían identificarme con la esposa de Hades, es cierto, pero soy realmente su hija. Recuerda que Loki es otra de sus identidades.
Asiento con la cabeza. ¿Qué hace aquí la reina del Inframundo?
Sonríe con orgullo y arrogancia y eso confiere a su cara, parcialmente putrefacta, un aire más tenebroso.
-No seas ingrato. No cualquier mortal puede verme en toda mi gloria. Me presento ante tí por completo por lo que hicimos y porque me diste una razón para subir y salir de mi reino.
-¿Cuál es esa? Dímelo- le requiero con fuerza.
Se limita a despedirse mientras se abre un orificio en el suelo bajo ella, por el que desciende. Me lanzo hacia ese pórtico y caigo sobre el piso encerado y rígido de la terraza del restaurante.
Siento que el ambiente se alivia y me pregunto por Linda. El encanto de Hela me ha alejado de ella y no me ha permitido estar atento de ella. Linda estaba realmente interesada en mí y creo haber perdido toda su estima. Pude haberla conquistado y haberme asegurado que me amara como a nadie, si no hubiera sido por esa intervención divina.
Me levanto del suelo, sacudo mi vestimenta y alzo la vista a la Luna, Selene, que tanto me recuerda a Linda. Bajo la mirada y grito al cielo desde lo alto del edificio:
-¡Así que este es tu primer truco, Seth! Enviar a tu hija Hela a destruir mis planes de conquista. No te molestes que yo ganaré de cualquier modo.
-Eso lo veremos- dice una voz pícara a mi espalda.
Al chequear de donde proviene, veo a Seth junto a una mesa con un sobre en la mano.
-Tu "póliza de seguro"- explica mientras se acerca-¿La revisas y firmamos?- añade con paciencia.
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