lunes, 27 de febrero de 2012

Sueños. Cuarta parte.

Llovía. Pequeñas y cristalinas gotas del líquido de la vida bañaban mi cara mientras yo miraba al horizonte. A la noche vacía y preciosa. Podía oír que alguien caminaba bajo la lluvia que caía rítmicamente sobre el asfalto.
-¿Por qué danzas aquí?- le pregunté a Bianca cariñosamente.
-Permite que la lluvia lave tus pecados y la noche guarde tus secretos, Gabriel- gritó al cielo sin detenerse a observarme.
-Ven, baila conmigo-acercó una de sus perfectas manos para tomar la mía y hacerme girar armoniosamente alrededor de un eje imaginario.
Al compás de la sonata de la oscuridad, nos unimos en un movimiento agradable e inigualable con la lluvia como nuestra fiel seguidora.
Reposó su cabeza sobre mi hombro izquierdo y me susurró:
-¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Fue aquí en este tétrico edificio.
Me giré para vislumbrar la construcción de la que hablaba. Una biblioteca pública de seis pisos aproximadamente y hecha de ladrillo revestido de pintura blanca.
-¿Cómo es que le dices tétrico a un centro de conocimiento tan majestuoso como este?-inquirí con respeto.
-Nunca nada ha sido lo que parece y esta vez tampoco lo será.
Atrapado en el momento y en su engañosa sonrisa, pude entender todo lo que me quería decir.
-Puedo decir que eres la única que es precisamente, aquello que percibo con mis sentidos.
-No sólo tus sentidos me ven, también tu alma y tu mente. Pero estoy encerrada y la realidad será más fuerte que nosotros dos.
-No lo permitiré; es una promesa, Bianca- la besé en el cuello y acaricié su mejilla. Mi piel se veía más clara de lo normal y empezó a hacerse translúcida.
-Recuérdalo, Gabriel. Una promesa que te has hecho a tí mismo, la debes defender sin importar qué ocurra-sonrió mientras yo desesperado intentaba tomar su mano con lo que hacía un momento era la mía.
-Quédate conmigo. Lo necesito-exclamé afanado.
-No te dejaré de querer. Jamás.  No lo dudes- afirmó cuando se alejaba danzando en círculos. Me regaló una última sonrisa antes de que mi cuerpo desapareciera.
Por un corto intervalo de tiempo, pareció que estuviera enjaulado en mi mente pero todo volvió a esclarecerse tan rápido como se había oscurecido. Un largo pasillo de incontables puertas apareció ante mí. No podía ver su inicio ni su final; supuse que se extendía al infinito. Pequeñas luces que estaban incrustadas en el cielorraso iluminaban tenuemente aquel lugar. De una puerta que estaba a dos a mi derecha salió Caleb. No estaba solo. Como estaba de espaldas a mí, no pude ver la mujer que estaba besando hasta que estuvieron por completo fuera del umbral de la puerta. De cabello largo y de un rojo encendido, la chica demostraba su atractivo y superioridad en una sonrisa mientras sostenía su mano de forma posesiva en la cintura de Caleb.
-Gabriel, te presento a la mujer que nunca tendrás-exclamó mi gemelo con odio. La pelirroja se rió de manera encantadora tras su comentario y me observó con una mirada curiosa e inquisidora.
-Si no fueras como eres...-musitó ella luego de un largo periodo de contemplación. Ambos volvieron a reaccionar con carcajadas dulces y estridentes que pese a ser melodiosas, no evidenciaban nada más allá de arrogancia.
Quise golpear a mi hermano y refregarle lo inhumana que era su actitud y la de su acompañante. Quise arrancarles esas máscaras y exponer toda la verdad que había bajo ellas. Cuando me decidía a responder a sus ridículas afirmaciones, todo pareció llenarse de una luz cegadora. Pensé que todo era un truco de mi agraciado y odioso gemelo y maldije al resplandor inútilmente.
Me sentía ingrávido, como nadando en una corriente de aire y de golpe y sin aviso, caí en una superficie suave y firme. Me encontraba en el sillón de mi sala de estar y respiraba de forma entrecortada como si hubiese corrido una maratón.
"Caleb tratará de traicionarme" me dije a mí mismo "pero no creo que lo haga ahora. Tendré cuidado con esa pelirroja". Dada esa conclusión, decidí tomar más precauciones a la hora de aceptar su ayuda para ir en busca de Bianca. No podía correr el riesgo de ser capturado y utilizado como sujeto de experimentos por mi propia sangre.
Me levanté y me dirigí al dormitorio de Caleb para comprobar que estaba cerrado con llave. Mientras me arreglaba en el baño, hice una lista concreta de los objetos esenciales que llevaría conmigo en caso de un eventual engaño por parte de mi hermano. Salí sigilosamente del aseo y me preparé en silencio, esperando a que él apareciera en el umbral y me llevara al lugar donde él sabía que mantenían a Bianca.
Me acerqué de nuevo a la puerta de la habitación y golpee con fuerza.
-¿Te quedaste dormido, Caleb?¡Sal de ahí!
No sabía qué decirle ni cómo tratarlo desde aquel momento en el que me desperté de mi primer sueño con Bianca. Todo había cambiado y yo sabía que ella me había revelado la verdadera cara de mi eterno compañero. No hubo respuesta del otro lado de la puerta. No obstante, Caleb respondió a mi pregunta. Mi teléfono celular timbraba y, al contestar, su voz me ordenó sin saludarme que fuera a la Clínica Central de la ciudad.
Era una institución poco frecuentada por él y me extrañó que me hubiera citado allí. No habría imaginado que mi amada se encontraba en un lugar fuera del ojo atento del supervisor Caleb, ya que había sido él mismo quien me la había ocultado.
Me felicité por haber tomado las medidas de precaución necesarias al tiempo que bajaba velozmente por las escaleras del edificio. No me disponía a someterme a lo que Caleb me dijera y me aprovecharía incluso de la semejanza obvia entre él y yo para dar con Bianca. Al salir, me asombró percatarme que en la noche había llovido y por ello, recordé la promesa que había hecho frente a ella:
-Prometo que no me fiaré de nadie hasta encontrarte y prometo defender esta promesa con mi vida, hermosa.
Antes de subir al auto que me llevaría con Caleb, creí escuchar una risa femenina de gran belleza impregnada de un puro y absoluto desprecio.
-¿Estás seguro de ello?-susurró a mi oído un sutil y extraño viento.

sábado, 18 de febrero de 2012

Me molesta, me molesta, me molesta...

Hace mucho que no quería/podía escribir una entrada que no estuviera enteramente relacionada con mis relatos y habilidad escritora y ese es uno de los aspectos que me molesta de mí mismo. Tengo que aclarar que no estoy molesto con mi vida ni con seguir viviendo. No obstante, he explotado. Estoy harto de guardar tantas impresiones, secretos y verdades para cumplir con el presupuesto de ser buena persona y buena gente (así no lo parezca). Todo parece una gran intoxicación de sentimientos acumulativa. Cada vez que me quedo algo para mí mismo, ello desplaza otros sentimientos más importantes de mi mente y me da vueltas en la cabeza hasta que las acciones demuestran sin intención todo lo que verdaderamente pienso.

La mayoría de nosotros es así. Intentamos conservar las apariencias, las máscaras y los disfraces para parecer personas útiles para sí mismas y la sociedad. Siempre lo he sabido y he odiado mucha información que me han ocultado pero que aún así, yo he averiguado, sea por mi gran intuición o por impresiones que dan las personas con sus actos, demostrando la pura verdad. A pesar de detestar esa ocultación deliberada de la verdad, yo también lo hago y criticando mi propia falta de ética, decidí dejar de hacerlo. Por lo menos por un día.

Esa es la razón por la que el día de hoy y algunos de los siguientes, iniciaré la mayoría de mis conversaciones con un "Me molesta..." o un "Tengo algo que decirte". Creo requerido en este y en la mayoría de los momentos de mi vida, un grado de sinceridad conmigo y con los demás mayor al que llevaba hasta este momento. Suelo ser muy "bueno" con ellos a quienes les tengo confianza, a pesar de todas las cosas que me enfurezcan y molesten de ellos. Lo que nunca quise decir por temor a herir o a iniciar una pelea innecesaria saldrá de mis manos y mi boca de la manera más seca y poco armoniosa posible. Lo he advertido y esta será mi verdad.

Empezaré entonces a nombrar algunas de mis molestias más generales y relevantes:
Me molesta realmente que me intenten ocultar verdades obvias o que puedo desenterrar fácilmente. Me molesta que pregunten por mi sexualidad sin decirme directamente a mí. Me molesta que hablen mal de mí cuando piensen que no los oigo, siendo más fácil escupirlo en mi cara. Me molesta que me crean incapaz de hacer un millar de actividades y alcanzar mis metas cuando todavía no he perdido ninguna oportunidad. Me molesta que crean que no pongo atención a lo que me cuentan o me dicen, siempre lo hago, culpen a mi mala memoria casual por los olvidos. Me molesta que no capten lo que demuestro con mis acciones. Me molesta que me traten como a un niño o alguien inmaduro (así lo sea). Me molesta que pasen por encima de mi autoridad en cualquier ámbito. Me molesta que no me permitan ser autónomo en ciertas actividades, a pesar que ya demostré mi eficacia. Me molesta que critiquen todo, hasta lo que más les gusta. Me molesta que presupongan mi personalidad cuando poco han hablado conmigo y se basan únicamente en mi apariencia externa.  Me molesta que crean todo lo que escuchan sobre mí sin antes detenerse a preguntar la veracidad de esos hechos. Me molesta que imaginen que soy un ser de piedra, que no siente o no se preocupa por ello. Me molesta que no me digan lo que les molesta de mí. Me molesta que digan que soy lindo o bonito por hacerme sentir bien (no aplica para todo el mundo). Me molesta que roben los méritos de otras personas, pasando por alto el gran aporte que hacen a la construcción de algún proyecto. Me molesta que encasillen a los individuos por su pasado y no por lo que pueden llegar a lograr en su futuro. Me molesta que lean esto únicamente porque yo dije que lo hicieran y no por cuenta propia. Me molesta que lean mis escritos porque me quieren y no porque les interese en realidad. Y por último pero no menos importante, me molesta que le tenga miedo al amor en todas sus presentaciones.

Esta es mi confesión y, aunque hay muchas cosas más que me molestan, no tienen la importancia de lo que ya he dicho. La sinceridad puede causar estragos y no me interesa cuáles sean. La verdad ante todo.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Una y otra vez 2 (Sueños, cuarta parte alternativa)

No. Ella no podía. Ella no podía no existir. Era algo que sabía a ciencia cierta. No era un ente del más allá ni algo que mi tonta mente había inventado. Era muy perfecta como para ser producto de mi capacidad inventiva y tan humana como para demostrar la lógica de su existencia en algún lugar de este mundo. Un lugar que solo nosotros conocemos. Ahí la encontraría.

Atado otra vez. A una silla al parecer. La excesiva cantidad de luz me deslumbró cuando traté de mirar a mi alrededor. Debía ser medio día. Estaba en la habitación de huéspedes de mi propio apartamento. La soga me hería las muñecas mientras intentaba soltarme. No había nadie más en el recinto que pudiera impedir que me liberara. Me levanté del suelo alzando la silla con mis manos y pies ligados a ella. Me dirigí a la puerta. Quería escuchar si había alguien en casa. Me incliné cuidadosamente a la puerta. No se oía ni un suspiro al otro lado y mi navaja seguía guardada en el bolsillo interior de la chaqueta, que se encontraba sobre la colcha de la cama.

-Lo sé-respondió Caleb, frustrado- Él ya está bajo mi cuidado. No se preocupe: Buscaré al resto.
¿Por qué tenía que haberse enterado tan rápido? Había hecho todo lo posible por ocultarlo pero finalmente se le había escapado de las manos. Todo lo que siempre había defendido, su trabajo y su familia, estaba en riesgo y la causa era un descuido. No de su ilustre persona. De uno de los empleados de baja reputación que había dejado escapar a uno de los objetos de prueba. Aquella extraña mujer. Que le hubiese agradado en otras condiciones. Ella y su hermano, ese problemático par de hermanos que él había tenido que aguantar tan similar y a la vez tan diferente de la pareja que hacía él con Gabriel. El jefe: Viktor. Tan poderoso y de una opinión irrefutable que siempre había utilizado para hacer su santa voluntad. Todos ellos representaban un obstáculo distinto, un inconveniente más en su camino por demostrar su superioridad y éxito.

¿Cómo me había desmayado frente a Caleb? No había una peor demostración de debilidad que esa. A pesar de la contrariedad de la situación, no hubo en ningún momento una razón de peso para dejarme caer tan fácilmente. ¿Cómo pudo negar la existencia de Bianca? Y más aún, ¿cómo pude creerle a Caleb? Estaba perdido y tenía que encontrarla. Me había liberado con la navaja que estaba junto a mi teléfono móvil. No involucraría a nadie más en esto. Lo deposité en la mesa de noche y me dirigí a mi habitación. Había desbloqueado la puerta con la navaja. Empaqué todos los objetos que consideré demasiado útiles o importantes para ser abandonados, entre ellos la foto del falso compañero de trabajo de Caleb y la tarjeta de mi cuenta bancaria.

Me conduje al dormitorio contiguo. Extraje del armario algunas ropas y me cambié. ¿Cuál sería mi próxima parada? Examiné mis sueños para dar con alguna ubicación familiar en la que podría hallarse Bianca. Nada. Era más sencillo y práctico hacerse pasar por Caleb en las instituciones que él visitaba y poder así preguntar por ella. El tiempo se estaba acabando. Tenía que decirle a Bianca lo mucho que la necesitaba. Por ahora, era suficiente que se lo asegurara en mis sueños pero tenía prisa y poco tiempo para escapar.
-No te vayas. Me siento en lo alto. De las nubes, del cielo y del mundo- grité al apartamento vacío mientras me la imaginaba sentada en el sillón oscuro del centro de la sala. Debería haber dejado eso pasar. Parecía que empezaba a tener alucinaciones. Tenía que parar ahí. Las ilusiones debían dar paso a realidades, hechos que yo mismo comprobaría verdaderos.

Bajé las escaleras de dos en dos. Iba de camino a la Clínica Central. Una de las entidades anexadas a la supervisión de Caleb pero que él poco visitaba. Había elegido para mi cambio de vestimenta el estilo característico de mi gemelo. De tonos oscuros, un pantalón de bota ancha de paño y una camisa con su infaltable alto y perfectamente liso cuello. Mi cabello era ligeramente más claro que el suyo y difería también en el largo, siendo el mío un poco más corto. Nunca antes me había hecho pasar por él. No obstante, no lo había requerido hasta este momento; sentía este asunto como de vida o muerte y mi cordura dependía de la  efectividad de mi mascarada y la culminación de esta tarea.

Sonó el teléfono. Era uno de sus mejores informantes. Decía que habían sido objeto de un saqueo. Un reducido grupo de rebeldes había burlado el sistema de seguridad de los centros de investigación independientes del Núcleo, que es como llamaban al centro de mando, la sede central de toda la actividad. Esa era la razón por la que habían podido escapar y le enervaba saber que lo había previsto. Tenía que hacer algo y Caleb sabía qué buscaban esos revoltosos. Había tomado la decisión más obvia y adecuada para este problema y para su vida.

jueves, 9 de febrero de 2012

¿Por qué escribir?

Una simple y minúscula pregunta puede convertirse en un asunto molesto e inquietante. ¿Por qué escribir?¿Cuál es la razón por la que un muchacho, "adulto" y "adolescente" al tiempo, es capaz de redactar y crear tantos personajes en situaciones diferentes y que nunca ha vivido sin dejar de representar lo que siente?¿Qué lleva a alguien como yo a narrar historias con tramas aparentemente interesantes y personajes concretos?
No lo sabía y no podía explicarme. Siempre me pregunté cómo hacían los grandes escritores para elaborar hilos conductores tan inigualables y perfectos. De donde sacan sus ideas, cómo tienen la habilidad de escribir obras tan largas o cortas pero igual de llamativas e instructivas. No me pienso comparar con ellos. No soy ni una micra de lo que son ellos, pero de alguna manera, después de muchas experiencias, empecé a entenderlos.

Escribir es algo que hago por gusto, por placer y por la mera satisfacción de encontrarme con un relato de unos personajes que al parecer conozco íntimamente. Muchas veces, pareciera que ellos se encuentran junto a mí, narrándome los episodios más entretenidos y cruciales de su vida, intentando hacerme entender por qué son cómo son o por qué actúan de determinada manera. Cada uno de ellos tiene su esencia aunque muchos hayan heredado sus características de su creador, yo mismo. No son a imagen y semejanza mía a pesar de que ciertos personajes específicamente se refieren a una parte de mi yo completo. Estos personajes me inquietan, me asombran y logran obligarme a que relate cada historia a su manera, siempre advirtiéndome dónde no estoy escribiendo lo que ellos vivieron y sí lo que yo quiero. No soy capaz de elaborar sus mundos y vidas sin su ayuda. Soy su escriba, su traductor, su médium con el mundo real. Esta es la verdadera manera en la que escribo y en la que muestro a todos una redacción de mi "creación".

Cada una de mis narraciones abre las puertas a su protagonista, para que se presente, para que muestre su realidad y me permita sentir que he hecho algo bien en mi vida. Pareciese como si ayudara a muchas personas, como si mis personajes me fueran a agradecer con creces que no mueran en el olvido y como si parte de mi bienestar estuviese junto al suyo haciéndome desear lo mejor para ellos. No obstante, ellos me ayudan en retribución, me permiten desahogarme, decir lo que siento y deseo, sin dejar de lado su importante e interesante historia. Me entienden más que yo a ellos y anhelan que yo me sienta a gusto con su presencia tanto como ellos añoran la mía. Ya que los necesito tanto como ellos a mí, cuando inicio una historia no dejo a mis antiguos personajes de lado. Y el/la protagonista de la nueva narración me ayuda a reconocer lo que hace falta para continuar con las historias de sus predecesores. El proceso es el mismo, pero cada cualidad, toque personal y estilo que cada uno de ellos agrega al recién nacido hace que todo sea diferente.

Así que, cada nuevo inicio me saca de este mundo y me invita al suyo, donde ell@s me cuentan todo lo que quieren, sus expectativas y donde puedo recordar sin rememorar todo lo que he vivido y quieren saber. Esto es algo que no podría hacer por obligación, puesto que es tan espontáneo que me quedaría imposible hacerlo a la orden de alguien más. Ellos se negarían ante una petición mía que incluyera algún grado de responsabilidad. Todos tienen el derecho a guardar sus historias, si las cuentan no es porque yo los haga hacerlo, es su libre albedrío. Escribir es vivir y cada uno de nosotros vive a través de ello tanto como en nuestras propias y separadas realidades.

Todo lo que he dicho se resume en simples oraciones. No escribo para que me lean todos los que me conocen. No escribo porque tenga un sueño frustrado de ser un buen y gran escritor. Escribo porque amo la sensación de libertad que me da, sin dejar de tener siempre esa seguridad de tener "los pies en la tierra". Escribo porque lo juzgo actualmente necesario a pesar de no poder hacerlo en todo momento. Escribo porque es una de las únicas cosas a las que no puedo llamar un fracaso completo. Esta es mi verdad y ya que ha sido escrita. No queda mucho que decir.

Nota al pie: Creo necesario aclarar algunas cosas.
1. No todos mis personajes, a pesar de que hablen en primera persona, se refieren directamente a mí. Ejemplo: Vladimir de "Me casaría con la noche" (a pesar de muchas similitudes entre ambos).
2. Los que no tienen nombre pueden encontrarse en otros relatos así no parezca. Esta es una de las cosas que más adoro de mis personajes, les gusta hacer "cameos" en otras historias.
Ejemplo: La protagonista de "Memoria" en "Sueños. Tercera parte".
Si algo más se me ocurre, lo escribiré con el tiempo...

domingo, 29 de enero de 2012

Una mirada

Por fin, estábamos frente a frente. Era la primera vez que nos veíamos así. Nunca antes dos personas se habían encontrado tan íntimamente ligados por su mirada. Podía ver su ojo derecho, oscuro e inocente, por encima del hombro del hombre que nos separaba. De camisa púrpura a rayas, el hombre medio calvo y regordete, se interponía entre mi mirada ansiosa y la suya, inerte y atrayente. No recordaba la razón por la que había empezado a observarla. Pensaba que en algún momento del trayecto, había barrido con mi vista el lado opuesto al que yo me encontraba en el bus y había captado un destello de sus ojos atentos, no examinándome de manera incómoda como lo hacían otros muchos pares, sino restringiéndose a mirarme.

Tenía la intención de apartar de mi camino a ese hombre, no podía verla por completo y me intrigaba no poder hacerlo. Su brazo ocultaba la parte superior de la cara y parte del cabello. Cada vez que el vehículo frenaba, durante un breve instante podía ver su cara, blanca y redonda, con unos labios exquisitamente formados, pintados de un tono beige que invitaban a ser besados. Su cabello, opaco, liso y echado hacia el lado izquierdo no se asemejaba a ninguno de los estilos usados en la actualidad. Podía percibir su autenticidad y lo que veía daba fe de ello. Poco después de ese revelador momento, el hombre de rayas volvía a tapar sus melodiosas facciones con su entrometido y condenado brazo. No obstante, su ojo seguía visible y apuntando hacia lo que yo consideraba era mi presencia.

Algunas veces, se distraía o perdía la batalla contra mi atemorizante mirada, pero siempre volvía a encontrarse con la mía. Cuando ella era la que ganaba, yo tenía que alejar la mía, chequeando el lugar donde me encontraba y sintiendo como la sangre subía rápidamente a mi cara. No había excepción. Cada ocasión en la que me sonrojaba, desviaba la mirada intentando ocultar mi perfil detrás de la gran espalda del hombre de púrpura, con lo que agradecía mentalmente que se hubiera atravesado entre su cuerpo y el mío. En ese estado, trataba de olvidarla, de convencerme que era como cualquier otra persona que se transportaba en un bus, inmersa en sus pensamientos y sin encontrar un punto fijo en donde posar la mirada. A pesar de mis esfuerzos, siempre volvía a percatarme de sus ojos clavados en mí y regresaba como un adicto a conectarme con ella.

Nuevamente, su vista reflejaba un interés extraño e inigualable en lo que miraba. Quería pensar y creer que no era yo. Que me había cruzado en la dirección de ese par de penetrantes globos oculares. Que su mirada perdida estaba exactamente así, perdida en sus propias cavilaciones. Pero me era imposible asegurar cualquier cosa. Quizá es más fácil decir que era yo el objeto de estudio, más interesante o más inquietante. No lo sé y no importa. Estaba viéndola y ella respondía adecuadamente a mi llamada visual.

Otro bache y podía admirar sus facciones y parte de su cuerpo. Vestida con una elaborada chaqueta larga de paño gris y botones gigantescos, su figura fluía en el espacio como una pequeña piedra en un río. La blusa oscura, de seda y con flores doradas estampadas no demostraba un espíritu infantil y era apropiado para la presencia que emanaba de ella. Nunca llegué a ver la parte inferior de su vestimenta, el hombre de rayas se aseguró de eso. A pesar de que no fuera pariente o acompañante de ella y no advirtiera nuestro intercambio silencioso de palabras, se aseguraba que nadie más pudiera disfrutar totalmente de los encantos de la chica. Era similar a un guardián que deseaba lo que guardaba y yo no iba a consentir que lo obtuviera.

No era necesario que reaccionara así frente a la actitud del hombre de rayas, ella me miraba a mí a pesar de tener un considerable obstáculo visual en su camino. Porque esto no era un juego, era una actividad personal y premeditada. Alguna extraña razón universal había propiciado nuestro encuentro y la conexión impalpable que se acababa de forjar entre nosotros dos. Ya podía ver su alma y conocía su identidad. Tímida, amable, curiosa e imparable, esa chica podrá cumplir todo lo que se proponga en su vida. Su voz servía de prueba para todo lo dicho y pensado. Sus ojos me guiaban en una travesía a través de su ser y persona y los míos le contaban todo lo que había vivido y sufrido.

El hechizo estaba en su auge y no podía diferenciar entre su vista y la mía. Ningún obstáculo físico existía ahora. La visión que ambos teníamos del otro se hallaba en un ámbito superior. Había conocido a Mariana hasta en los lugares más recónditos y secretos de su mente. Parecía que el tiempo hubiese dejado de existir y el primer momento en el que la había enfrentado con la mirada hubiese quedado muy atrás. Pude alejar la mirada sin destruir aquel enlace, mientras me sonrojaba por lo absurdo e inverosímil de la situación tan maravillosa que vivía.

Sin embargo, era hora de volver a la realidad y la cercanía de mi casa me había despertado de mi ensueño placentero. Dí una última mirada a su perfil, a su persona y a su ser y saliendo del vehículo me despedí mentalmente, esperanzado con la idea de que ella oiría mi sorda súplica: Esto no será un adiós, será un hasta luego.

martes, 3 de enero de 2012

Memoria

Abrí los ojos lentamente, temiendo que la luz del sol de la mañana me cegara. Me enderecé para echarle un vistazo al lugar en el que me encontraba. Una mesa a mi lado y una serie de instrumentos que no me molesté en reconocer. Las paredes de un blanco intenso reflejaban la luz que entraba por la ventana abierta a mi derecha. No sabía dónde estaba. Nuevamente, recorrí con la mirada aquella habitación sin dar con algo familiar o que pudiera identificar. Intenté sin éxito recordar cómo había llegado allí o que era lo que había ocurrido antes de perder el conocimiento.

Me senté en el borde de la cama con mis pies desnudos rozando el piso de baldosas claras. Miré mi vestimenta, una larga bata blanca desconocida para mí que me llegaba hasta las rodillas. Nada que pudiera recordar, simplemente se trataba de un entorno por completo nuevo y ajeno a mí. Empecé a sentirme mal, como si alguien me persiguiera y estuviera por entrar a ese edificio donde me hallaba. Tenía que escapar; sin pensarlo, salí al pasillo que ostentaba el mismo tono vacío del recinto que acababa de abandonar. Busqué frenéticamente una vía de escape, sospechando que alguien me podría detener.

Corrí hacia las escaleras de emergencia mirando por el rabillo del ojo hacia cada lado. Me percaté que estaba en un tercer piso, así que me apresuré a bajar las escaleras. Sentía como la adrenalina se adueñaba de mi cuerpo y me hacía más veloz y ágil de lo que jamás había sido. A pesar de eso, mis músculos parecían adormilados y algo tiesos.

Finalmente, llegué a la salida y comencé a caminar sin rumbo como lo hago ahora. Todo lo que veo es desconocido. Pocos autos transitan por la calle junto a la acera por la que vago sin saber... nada. Algo desolada se ve esta zona de la ciudad. La pequeña cantidad de personas que he observado no se preocupan por mi apariencia. Podría llegar a afirmar que no se fijan en mí porque aun continúo viéndome tan común como una madre soltera que sale a comprar el desayuno un domingo por la mañana. Mala comparación. Aquella madre tendría más ropa y mejor porte que yo.

Una esquina. Otra decisión que tomar. El único lugar al que puedo ir en este momento es el hogar de mi familia. Realmente, no tengo noción de dónde vivía antes de despertar. Dicen que las mascotas son capaces de encontrar el camino a casa donde sea que se hayan perdido. Comprobaré si esta teoría se ajusta a una hija que no visita la casa de sus padres hace mucho tiempo.

Me dejo llevar por mi instinto. Me dirijo a la derecha pasando de largo por un establecimiento de venta de artículos religiosos. Una estatuilla de tamaño medio me llama la atención. Un ángel. No entiendo la existencia de esas criaturas. No tiene sentido que sean tan similares a nosotros y no sean algún tipo de homínido más desarrollado. Aunque este tipo de pensamientos triviales no me distraen de mi objetivo, los desecharé.

-¿A dónde vas?- me dice un chico de gentiles facciones que se acaba de atravesar en mi camino. Lo examino con la mirada. No sé quién es, pero su sonrisa parece más de reconocimiento que de amabilidad.
-Al único lugar que conozco.- respondo atropelladamente.
-Te puedo acompañar si no soy una molestia para tí.- ofrece aquel bello conocido que no logro recordar.
Sí, él me conoce. Lo confirmo cuando su sonrisa muta a un gesto de triunfo. Nunca he desdeñado la compañía de una persona amable ni en mis peores momentos.
-Hazlo si es lo que te hace feliz- le replico.

Reanudo mi caminata; esta breve interrupción ha esclarecido mi destino. Conozco esa tienda a mi izquierda cruzando la calle. Allí solía mercar mi madre cuando yo era niña. Volteo para asegurarme que el joven me acompaña. Ahí está. Parece tontamente complacido por el permiso que le concedí para seguirme. Su presencia no me inquieta en lo más mínimo. Me reconforta a pesar de que mi memoria no tenga el menor indicio de su identidad.

Estoy cerca. Puedo divisar la fachada de ladrillos de la casa de un estilo algo medieval en la que crecí. Aquel muchacho se desliza silenciosamente hasta quedar a mi lado izquierdo. Lentamente levanto la mirada para admirar esos preciosos ojos color cielo que me hacen sentir segura y en casa. Ya estamos frente al portón de hierro que da al jardín anterior de la casa. Sonrío. Después de mucho tiempo (no sé cuánto) volveré a abrazar a mi familia. Sin más preámbulos, levanto la aldaba de la puerta principal y llamo tres veces. Expectante me pongo de puntillas para que sea más fácil que me vean por el ojo de la puerta. Escucho voces acercándose y en el umbral aparece inesperadamente mi padre.

Sus ojos vacíos me inspeccionan con detalle como si fueran capaces de descubrir algo oculto bajo mi expresión de asombro. Él saluda a mi acompañante abrazándolo con un solo brazo mientras me pregunta
-¿Qué haces aquí?
-Escapando- respondo sin pensarlo.
-No justifica que hayas acudido a esta casa.- espeta sin siquiera mirarme.
-Nunca podrán atraparme en mi hogar.- chillo enfurecida.
Suelta una carcajada burlona que me hace pensar en las palabras que acababa de pronunciar. En un ataque de histeria empujo a mi padre y a ese joven entremetido para entrar buscando y llamando a mi madre.

La veo en lo alto de las escaleras de roble a mi derecha. Un gesto de extrañeza está tallado en su cara delgada y angulosa. Subo a toda velocidad a donde se encuentra ella para saludarla y decirle cuánto la extrañaba, pero se aleja tan pronto como piso el último escalón. Aterrorizada por completo escapa a una habitación contigua y la cierra con llave a la par que trata sin éxito de contener un sollozo débil y afectado.
Su reacción me deja hecha piedra. No lo entiendo. Mis padres nunca habían reaccionado así ante mi presencia, ni después que mi hermano...
-¡Sebastian!- exclamo anonadada por la súbita aparición de mi hermano al pie de la escalera.
-¿Qué quieres?- me mira con precaución. En su rostro se evidencia su interés en vigilarme.
-Recuperar a mi familia- ruego entrecortadamente a la alta y delgada figura de mi hermano mientras que lucho con desesperación por mantener mi compostura.
-En ese caso, te informo que viniste al lugar equivocado. Vete ya.
-¡Tú eres el que no debería estar aquí!- grito al tiempo que lágrimas de furia brotan de mis ojos.
-Has visto suficiente. Es hora de que salgas de aquí.- dice una voz que en principio juzgo incorpórea y luego reconozco como perteneciente a mi extraño acompañante.
-No lo voy a hacer hasta que logre entender lo que ocurre aquí- le respondo firmemente. Giro sobre mi eje y corro hacia la puerta más cercana cruzándola y cerrándola justo cuando aquel chico intenta alcanzarme.

Rápidamente obstruyo la puerta con un gran sillón azul que perteneció a mi abuela materna, cuyo retrato me vigila desde la pared de enfrente hace mucho más de lo que puedo recordar. Al lado siempre ha estado un gran armario donde se guarda la ropa una vez ha sido descartada. Me acerco a él y escojo de su interior las prendas que alguna vez habían sido mías. Me seco la cara con la bata que llevo puesta, me cambio y me recuesto en la cama que me pertenecía. No creo que haya algo que pueda hacer ahora. Deseo descansar de las emociones tan fuertes que me produjeron los hechos recientes.

Intento conciliar el sueño, esperando levantarme de nuevo y encontrar todo tal y como lo dejé. No puedo concebir que se encuentre aquí, después de todo lo que nos ha hecho. Era el preferido de mi abuela, quien murió sin saber qué tipo de persona es Sebastian, por fortuna. Recuerdo aquellos días en los que nuestra abuela cuidaba de nosotros cuando mis padres trabajaban. Creía que no podría tener un mejor hermano que él. Siempre tan atento, tan cortés, tan disciplinado. Pero después comprendí que nunca conocerás a nadie por completo, ni siquiera a tus familiares.

Odio tener presente el momento en el que los oscuros ojos de Sebastian se alejaron de los míos al tiempo que sentía como un grupo de maliciosos individuos irrumpían en la casa. Los gritos alertados de mi madre eran el único sonido que acompañaba a los haces de luz que se colaban por las ventanas entreabiertas y que ví justo antes de perder la conciencia.

No obstante, seguimos vivos y ninguno de nosotros tuvo ningún daño colateral por aquel incidente. No hay nada que con tenacidad no se pueda sobrellevar. No puedo decir que fue la unión familiar la que nos sacó de ese abismo, porque estaría mintiendo. Me sentí intencionalmente culpable de la huida de mi hermano desde ese fatídico día hasta que... No recuerdo. De algún modo extraño, una imagen del joven que me siguió invadió mi mente. ¿Qué tiene que ver con el momento en el que acepté mi inocencia? No tiene sentido alguno. Todavía procuro inútilmente saber quién es. Parece que quiero ocultarlo, que quiero negar que lo conocí. Es poco probable que haya hecho algo peor que mi hermano y que justifique lo reacia que se encuentra mi memoria a orientarme hacia él. De eso puedo estar segura. Lo conozco lo suficiente para dar fe de ello. Es más factible que sea lo opuesto: que no desee reconocerlo para evitar sentir remordimiento por haberle hecho algún daño que aún no me perdono.

No sé nada a ciencia cierta aparte de dos hechos: el primero es que mis padres no me quieren en casa- puedo oír las fuertes pisadas de papá en la estancia de abajo y los atemorizantes suspiros de mamá en el estudio- y el segundo es que mi hermano, aquel traicionero hijo pródigo, ha sido de nuevo acogido en mi familia.

Parece que dormiré al fin; estoy en el punto medio entre el consciente y el inconsciente pero una sensación extraña se origina en mi cuerpo. Creo escuchar la puerta principal abrirse y me percato que vienen de nuevo por mí. Me levanto velozmente de la cama e inspecciono a través de una rendija el corredor frente a la habitación. Sebastian se encuentra vigilando mientras come sin demasiada atención una manzana grande y escarlata. El extraño conocido aparece por el otro lado del corredor e intenta bajar las escaleras con apuro pero mi hermano le impide el paso, lo mira con una expresión que me incomoda y lo abraza gentilmente. Se aleja un poco de él sin dejar de agarrarlo por el cuello con afecto. Mi desconocido lo observa decir:
-Te extrañé. No sabes cuánto... Sólo desearía que me perdonaras por todo lo que hice.
-No es tan fácil y lo sabes. Vete antes que vengan por ti. Recuerda que quiero lo mejor. Siempre lo he hecho.
-Me absolverán tan pronto como les entregue a mi hermana. Verán la buena voluntad que tengo de hacer el bien por todos.

Retrocedo. Sebastian no ha cambiado en absoluto. Siempre anteponiendo su propio bienestar al de quienes le queríamos. Habiendo confirmado esto (No hay nadie aquí que me pueda ayudar), lo único que me resta es escapar de nuevo. El sonido de una puerta siendo golpeada y pasos apurados en el piso inferior confirman mis sospechas. Evalúo cada pequeño detalle del recinto, buscando una salida. No hay pasadizo secreto en el armario o detrás de la librería, reduciendo mis opciones a las más obvias, las puertas y ventanas. El escape al pasillo está bloqueado por mi hermano y su amigo en la salida. La otra puerta da al estudio, donde parecen ya haber penetrado aquellos allanadores.

Roca contra vidrio; alguien golpea la ventana junto a la cabecera de la cama. Corro hasta ella. El joven que me guió hasta aquí, el mismo que hace un momento intercambiaba grandes muestras de afecto con el único hijo varón de mis padres me anima con un gesto de la mano a bajar por las ramas de un árbol a la altura del alféizar de la ventana. Me apresuro a abrirla y, tan pronto como logro salir, más de un par de personas entran a la estancia, sin darse cuenta de mi huida. Salto al suelo desde una rama más cercana y me dirijo hacia una motocicleta estacionada frente al jardín delantero de la casa vecina. Atravieso la cerca baja, subo a la moto detrás de mi acompañante, recibo de sus manos un gran casco negro de protección y me lo pongo al percibir el inicio de una discusión a pocos metros. Volteo a mirar de quiénes se trata. Veo a Sebastian esforzándose por escapar de los fuertes brazos de dos hombres cuando el motor empieza a ronronear y la distancia entre nosotros y mi hogar aumenta a una velocidad vertiginosa.
-No tengas miedo, estás conmigo.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La emboscada. Segunda carta.


Me volvieron a encadenar mientras dormía. Mis manos estaban tan paralizadas como nunca. Esa sensación remitió poco a poco al son de los latigazos mañaneros de Caleb. No quise decirle donde se ocultaba. No lo sé y aunque lo supiera, protegería su paradero hasta la muerte. Oscuro y maldito el día en que Caleb fue nombrado el Supervisor Mayor de todos los centros de conocimiento de la ciudad. Ese fue el clímax de su maldad, cuando le entregaron el control de la mente siempre independiente de la población: la ciencia y el aspecto más manipulador de una comunidad: la salud.

Estoy completamente seguro que de no haber existido la Brigada, Caleb hubiera tenido éxito de todos modos. Graduado como médico con más reconocimientos que cualquiera de sus compañeros, habría sido capaz de construir su reputación con su propio pulso y esfuerzo. No obstante, al presentársele esta oportunidad, se enloqueció de poder y alegando que sus experimentos eran para el bien de todos, comenzó a reunir seguidores. Me confieso uno de ellos. Yo, con mi aspecto intrigante y presencia arrolladora, era un perfecto señuelo para jóvenes, hombres y mujeres, que buscaban trabajo o algo más. Sí, muchas veces aproveché mi habilidad y talento en influenciar a otros para atraer conejillos de Indias a los modernos campos de concentración de Caleb, mal llamados Centros de Investigación Científica de la Brigada. Todos los que capturé se encuentran ahora en clínicas, hospitales y otros establecimientos relacionados donde muchas más personas entran de las que saldrán jamás.

No tengo cómo explicar por qué ayudé a Caleb. Podría decir que él me obligó. Que mi familia lo necesitaba pero nada de lo que diga sería sincero. Lo que puedo asegurar es que desearía no haberlo hecho. Dirigí mi venganza hacia personas que no la merecían. El placer del karma me proveyó todas las razones para continuar con las obligaciones que había adquirido al declararme seguidor de Caleb. Realmente, quisiera disculparme con aquellos a quienes dañé pero no puedo hacerlo. Todos han desaparecido y no creo que vuelva a...

"¿Dónde está tu hermana?" es lo único que me pregunta Caleb y acaba de torturarme para hacerlo. No sé cómo se enteró que ella estaba conmigo... o mejor dicho, en el mismo lugar en el que me capturó a mí. Mi hermana no merece la pena ser mencionada. Yo sé que Daniel la quiere y me enfurece reconocerlo. Lo sabía desde hace mucho pero lo comprobé cuando fui capturado. Se fue de mi lado y...

Caleb me lo dijo. Daniel está con ella ahora y ninguno de los dos sabemos que planean. Por fin, encontró a su chica, la que le daría todo lo que yo... No lo diré. Le habría dado todo lo que tenía, lo hice y me pagó con esto. No saben lo que significa que alguien les de la espalda de esa manera. Tengo que ocultar lo mucho que me importa. Es posible que alguna vez lea esto y, aunque lo único que quiero es que no se olvide de mí, no puedo perdonar a mi hermana y él me recordará por ello. Será lo único que tendrá en su mente cuando ella hable de mí con desprecio.

Daniel, ¿qué he hecho? No soy malvado, lo digo en serio. Desearía poder escapar y salir en su busca. No importa que mi hermana esté con él. Necesito de su apoyo otra vez. Para perdonarme a mí mismo y a ella. Para contarle todo lo que no le he dicho desde que... Puedo decir que lamento todo. Yo no quise ni querré hacer tanto daño nunca más. Sólo preciso que me quiten estas esposas y me dejen ir.

Una vez más, Caleb ha querido divertirse con mi sufrimiento. Me recordó lo que me caracteriza, mi fortaleza natural. No debí caer tan fácil antes pero es incómodo y desesperanzador ignorar qué piensa Daniel de mí en este momento. Más aún cuando sé que mi hermana puede contaminar la imagen que él se ha forjado desde que empezó nuestra relación. En realidad, me alegra saber que los dos están bien y que ningún miembro de la Brigada ha dado con su paradero. Daniel ha sido siempre tan astuto...

Creo que es tiempo de retomar la narración que relataba sobre la Brigada. Ya habrá mejores momentos para responder mis dudas sobre Daniel.
Los integrantes de la Brigada, al tener absoluta potestad sobre el conocimiento científico, iniciaron a investigar otras maneras de controlar a la población. La historia les decía que más temprano que tarde habría individuos inconformes que se revelarían en contra del nuevo régimen. Cuando conocí el programa "Autómata", un proyecto orientado a buscar el control sobre todo basado en pulsos eléctricos, quedé horrorizado por la forma en que concebían a los otros seres humanos.
-Uno sólo no sirve para nada. Requerimos de una gran masa no pensante y obediente- solía decirme Caleb cuando me arrastraba consigo a las pruebas que le hacían a los "organismos" que yo capturaba.
-Esa gigantesca masa puede revelarse si sus necesidades básicas no son bien satisfechas- respondí una vez, basándome en mi propia experiencia y harto de su prepotencia maquiavélica.
-En ese caso, haremos que ya no tengan necesidades. Si damos todo nuestro empeño, el programa del Autómata se encaminará a solucionar ese nimio inconveniente.
Ese fue el punto decisivo que me mostró el nuevo propósito de la Brigada: zombificar a los habitantes de esta ciudad para relegar el poder y la riqueza a unos pocos, que habían sido tan desalmados como para mostrar indiferencia ante tanta porquería y suciedad en un supuesto gobierno del pueblo.
Dejaré aquí por ahora, he decidido que lo mejor es escapar de aquí y tengo que idear un plan para hacerlo. Anhelando que todo afuera esté bien...