lunes, 13 de agosto de 2012

Tiempo

Y ahí estaba, frénetico buscando el tiempo correcto. Miraba su reloj a todas horas, no se despegaba de él pues era el que le decía que estaba en el camino apropiado y en el momento exacto. La paranoia del tiempo era infinita.  No dejaba de pensar en el tiempo que había perdido en su pasado, saliendo con personas o haciendo cosas que no valían la pena. El futuro también hacía parte de la paranoia: Se preocupaba por darle tiempo a todo, un tiempo justo y exacto, porque no podía nuevamente dejarse llevar más de lo necesario. Pasado y futuro. En el presente no había tiempo, porque si asignaba tiempo para el presente, se desperdiciaba mucho más de lo que se ganaba.
Toda su vida fue de esta manera. Precavido siempre dejaba tiempo para salvarse de cualquier peligro, tiempo para superar los golpes de su vida y tiempo para malgastar con las personas. Nada podía durar mucho. Su tiempo estaba contado y así seguiría hasta que muriera...
Pero no murió... y tampoco siguió pendiente del tiempo. ¿Qué le había ocurrido?
Una persona, de las tantas muchas existentes en el planeta, con la que podía malgastar el tiempo que fuera.
Eso era lo que le había ocurrido. Esa persona le hizo olvidar del tiempo.
Ya no interesaba cuánto se demorase, cuánto durara, si el tiempo se acababa...
Simplemente estaba al margen de él.
En un plano superior... donde lo único que importaba era la persona que había destruido al tiempo.
La paranoia entonces se había ido, hasta siempre. Ya el pasado y el futuro no eran nada sin el presente, al que se le debía adjudicar el único tiempo que se tenía.
El presente... el lugar donde se encontraba él. La única persona a la que podría decirle algo más que un "Te quiero".
¿Por qué no podrían entonces olvidarse juntos del tiempo?
Del pasado, que tanto atormentaba su maldito corazón paranoico...
Y del futuro, que era inexistente e inocuo sin el presente.
El tiempo ya no era mucho ni suficiente a su lado. Solo era eterno, inmutable y ajeno a ellos.
"Mucho tiempo" se refería únicamente al momento en que dejaban de hablar, pero no era proporcional. Los segundos sin su mitad podrían ser mucho tiempo...
El tiempo empezaría de nuevo si le dejase... Eso lo sabía.
Pero preferiría ser atemporal, para siempre.
"¿De qué serviría tener tiempo si no se pudiese compartir contigo?"

sábado, 28 de julio de 2012

Piel

Se despellejó con lentitud. Casi con dulzura mientras veía los minutos pasar. Cada fragmento que caía revelaba algo nuevo que quitar.
La sangre solo ayudaba a aflojar los parches de falsa piel que se aferraban aun a su maltratada carne y luchaban por ocultar su verdad.
Con la práctica, el proceso se fue haciendo más fácil y se sentía como si ayudase a su madre a pelar cualquier vegetal inerte.
A medida que avanzaba a sus extremidades superiores, se percató que resultaba más placentero que utilizar sus propias uñas para desollarse.
El cuchillo perdía el filo y su suave brillantez se escondía en las manchas de sangre, seca y húmeda. Podía sentir de nuevo la resistencia.
Se acercó el borde de la herramienta a la rótula y con mecánicos y continuos movimientos afiló su hoja, que sonreía encantada entre la carne.
Con el filo perfecto, la pequeña arma despedía una hermosa malicia, que solo podía ser ofuscada por el intenso color de su sangre.
Tenía que limpiarla y el olor penetrante que inundaba el ambiente le incitaba a hacerlo. Con la punta de la lengua, recorrió la hoja y rió.
El sabor seco, salino y metálico de su sangre le produjo escalofríos que hace mucho no recordaba.
Uno de los inesperados temblores le provocó una herida en la lengua, de la cual empezó a manar ese líquido que tanto añoraba.
Había fallado. El cuchillo no relucía y ahora la ilusión de la espesa sangre no le permitía seguir su trabajo.
Pero debía continuarlo. Se había preparado tanto tiempo para deshacerse de su fría y pálida piel que tanto le sobraba.
Reinició su tarea de nuevo, hundiendo la punta del cuchillo el pliegue de su codo derecho y se preguntó por qué había sido tan estúpido.
Había evaluado tantas veces sus posibilidades y ésta, la más obvia, la había ignorado. Pedazos de su piel seguían cayendo en el suelo.
Pareciese que con cada fragmento que su sangre se llevara, resarciera uno de sus múltiples pecados.
Y sin pecados, sin apariencias y sin tapujos, así pensaba que le quería.
¿Podría su carne seducirle más fácilmente que su horrorosa piel de cadáver?
¿Y qué tal que no le importase su maldita piel?¿Que le quisiese así?¿Debería intentar volvérsela a poner o quitársela del todo?
La piel no servía. Tampoco la carne. ¿Debería empezar a arrancarse a pedazos el cuerpo entero para sentirse bien?
La cara. Su supuestamente atractiva cara. Era lo único que todavía no mostraba la crudeza de la carne viva
¿Dónde estaba su orgullo ahora?¿Ese que siempre salía a flote y le permitía herir personas a diestra y siniestra?
Levantó con suavidad la piel de sus mejillas y no. Ahí no se encontraba su orgullo perdido. La sangre fría acariciaba su cuerpo desollado.
La maltratada nariz tampoco guardaba secreto alguno. ¿Con qué debería seguir?¿Con sus ojos?¿Con su boca?
De pura rabia e impotencia, se arrancó de un tajo una oreja. ¿De qué le servía escuchar si no era su voz?
¿Y la lengua? Nunca iba a volverle a escuchar. Sería más útil como comida de perros.
¿Desde cuándo se había vuelto tan masoquista? Adoraba el dolor que le daba saber que no se encontraba a su lado.
Y la devoción le destruía mientras continuaba su ardua tarea. Una masa de músculos le devolvía la mirada desde un espejo.

lunes, 16 de julio de 2012

La cazadora y el artista. "Me casaría con la noche"

-¿Póliza de seguro?-pregunto con desconfianza al acercarme a la figura ataviada de blanco junto a la mesa.
Levanta una ceja y me mira con astucia. Seth espera a que la ansiedad me carcoma la mente y, después de tomar un trago ruidoso de una de las copas que su hija ha dejado sobre la mesa, responde:
-Tu vida está en juego. Debes tener algo en lo que apoyarte en caso de que me ocurra algo.
Yo sé la verdad. Lo que quiere decir es que existe la posibilidad de que cambie de parecer y, para no manchar más su reputación, prefiere darme esta garantía.
-He decidido modificar el papel en el juego. Juzgar mortales y defender mis dominios ocupa gran parte del eterno tiempo que me fue brindado así que no intentaré seducir a una mortal. De hacerlo, usaría mis poderes sobrenaturales y tú quedarías en evidente desventaja. Además, creo que mis compañeros dioses se divertirán más contigo-termina con una sonrisa en la comisura de los labios.
Estupefacto ante la noticia, lo miro y le pregunto mental e inconscientemente a Seth lo que en realidad significa lo que ha dicho.
-Fue el encuentro con Hela, ¿no?-inquiere volviendo a sonreír, solo que esta vez muestra gran superioridad.
-¿A qué te refieres?- le suelto de sopetón sin dejar de sentirme lento y algo estúpido.
-Mi querido Vlad-hace una pausa para beber de su cóctel.-Había escuchado que los humanos quedaban trastornados después de ver a un dios en su forma verdadera pero nunca había conocido un caso de primera mano. Lo que te digo es que, a pesar de que yo no intente obstaculizar tus infalibles técnicas de seducción, otros dioses pueden curiosear alrededor tuyo mientras dure nuestra apuesta.
Esa es la aguja del pajar. Debo evitar a las otras caprichosas deidades. Puedo estar seguro que el demoníaco personaje de blanco los persuadió para que se "divirtieran" conmigo. No debo olvidar que él es a la vez Loki.
Asiente con la cabeza y me acerca una extraña pluma de pájaro, larga y oscura, con la que yo asumo debo firmar la póliza.
-Ya entiendes todo así que adelante. Tengo mucho que hacer y tú debes ir a descansar luego de las faenas "amorosas" de hoy.-me guiña un ojo con complicidad y con un gesto de la mano me invita a ver el documento.
Examino cuidadosamente el completo del acuerdo, buscando con paranoia algún desliz que le permita a Seth volver a interferir en mis esfuerzos por lograr que una mujer me ame. Dándome por vencido, tomo la pluma y comienzo a escribir, con lo que la antigua cicatriz oculta en el interior del codo palpita y se enrojece de manera anormal.
-Ah-dice con una exclamación de placer-. La hermosa marca de nuestro primer acuerdo-se acerca y toquetea con su mano de piel intacta la cicatriz con forma del signo astrológico de Plutón.
-Mmm, parece que hubiese sido ayer que pediste mi ayuda.
-Para ti, señor de las tormentas, para ti-le corrijo con sequedad. Agarro mi chaqueta y me dirijo a la puerta de cristal del segundo piso. Antes de ingresar, oigo la grave voz de Seth:
-Que mi dulce Afrodita te guíe.
El restaurante está desierto y me encuentro con mi Mustang plateado aparcado en la entrada. Corro en mi auto por las calles vacías en dirección a mi apartamento de dos pisos.
Al llegar a mi residencia, recuerdo a la sexy rubia que satisfice hace dos días. Su sabor, su aroma y su placer me embriagan y me incitan a buscar una nueva conquista. Llego hasta la cama y, antes de decidirme a salir de nuevo, encuentro un objecto oscuro sobre ella. El asombro que me produce el descubrimiento despeja cualquier otro asunto de mi mente. Una pequeña figura de la tradicional Parca con su guadaña descansa sobre la colcha roja a cuadros. La cabeza semioculta por su capucha y representada por una calavera trae a mi pensamiento la celebración mexicana en torno a la Muerte, donde es tratada como casi una diosa. El escalofrío helado recorre mi cuerpo mientras traslado la escultura de cerámica a la mesilla de noche más alejada de mi lecho. No le temo a la muerte pero la aparición inexplicable de ese objeto me hace dudar de mi seguridad en casa.
Con ansias de rezarle al inexistente dios católico, me arrebujo entre mis cobijas y me dispongo a dormir. Una vuelta, dos vueltas... no puedo dormir... Muchas ovejas, sigo sin conciliar el sueño.... Sesenta y seis vueltas en la cama. Una mujer en túnica que caza con un gran grupo de hermosas féminas agita su cabello ondulado y castaño antes de lanzar una flecha a su objetivo. El susurro del viento, la luz de Selene en mi habitación... La escultura de la Santa Muerte. Un hombre vestido con un ligero pantalón toca un extraño instrumento de cuerda que no logro nombrar pero que relaciono con un arpa simétrica. El sonido de un reloj al pasar los segundos, el olor de la sangre... La cara de Hela, la mitad viva y la otra descompuesta...
El astro rey disipa todas mis dudas al enviar sus cálidos rayos a acariciarme la cara. Estiro mis relajados brazos antes de levantarme al baño. Allí, el agua caliente recorre mi cuerpo y reafirma lo que ya hizo Helio. Tranquilo y descansado, inspecciono mis músculos y demás atributos. El medio del deseo. ¿Quién podría resistirse a él? Hasta una diosa cayó en la tentación y yo caería de poder hacerlo.
Recuperando toda mi usual seguridad, me visto con calma y, luego de un nutritivo desayuno de frugívoro, intento contactar a Linda.
Mi atractiva y sincera pretendiente que ha presenciado lo que los encantos de Hela pueden provocar en un hombre. Debo disculparme con ella antes de tratar de seducirla de nuevo. Siempre fue la opción lógica cuando tuve que pensar en una mujer a la cual encantar, pero ahora no responde a mis llamadas y asumo, con gran probabilidad de acierto, que tendré que encontrarla en persona para hablar con ella.
Decidido, bajo al sótano donde mi Mustang espera con elegancia. De camino a la modesta casa de un piso que habita Linda, me topo con un inusual tráfico pesado y debo detenerme detrás de un camión de carga, a menos de 20 cuadras del hogar de mi bella amiga. Aprovecho entonces para chequear mi apariencia en el espejo retrovisor, el cual me atrae más de lo normal. En el auto sin capota detrás del mío, una mujer de cabellos relucientes fija su vista en lo que yo considero es mi nuca. Sin apartar la mirada, me sonríe con picardía cuando regreso a verla. Sus grandes gafas de sol ocultan sus rasgos y su ondulado cabello vuela con cada ráfaga de viento. No logro evitar imaginar su cuerpo desnudo pegado al mío, temblando con cada espasmo de placer que le causo. Muerdo sin querer mi labio inferior y sin dejar de mirarla, le guiño un ojo antes de reanudar la marcha hacia la casa de Linda.
"Vladimir, no deberías perder el tiempo. Es caso perdido" susurra Seth en mi mente.
"Ya lo sé. No tienes que repetírmelo" le respondo al pícaro, pensando en la morena del auto descapotable.
Estaciono frente al cuidado y colorido jardín que atravieso hasta la puerta de madera oscura, cruzando los dedos para que Linda se encuentre allí. Espero menos de un minuto y la entrada se abre dejando paso a la llamativa actriz que me rechazó.
-Hola, Vlad. ¿Qué haces aquí?
-Buenos días, Linda. Vine a disculparme contigo-contesto dándole la caja de chocolate amargo que he comprado para ella. Acepta el regalo y sonríe con timidez antes de susurrar:
-¿Por qué lo haces?
-Porque te he fallado como nunca lo he hecho con nadie.
Parece hacer caso omiso a mi respuesta y suspira antes de invitarme a pasar a la sala de su casa.
Una vez allí, entre la mesa de café de tonos verdes y los sillones mullidos a cuadros, ella respira agitadamente y empieza hablar:
-Lo que dices es cierto. Me has fallado pero eso no es lo que interesa... puesto que no has hecho nada que no se esperara de ti.
Meditando en la completa veracidad de sus palabras, escucho a través de la ventana abierta el dulce sonido de una lira al ser tocada. El melodioso repicar me distrae y olvido por completo mi intención de arreglarme con Linda.
-Creo que no lo has podido decir mejor. Nada de esto interesa ahora...
-Es cierto. Fue mi culpa al haber pensado que podía dominarte y seguir tratándolo a pesar de todo. Tú y tu gran museo de amantes...
El comentario me hizo estallar en carcajadas que hubiera reprimido si no estuviese bajo el encanto de la lira.
-Querido y adorado por mujeres atractivas. Tú eres mi tipo de hombre y yo no podía hacer nada...-ignora mi reacción de nuevo.
-Una amistad que nadie más podía tocar. ¿Podemos seguir con ella?-levanta la mirada y me escruta con sus ojos verdes, esperando mi respuesta.
-¿Por qué desistes?-pregunto con curiosidad de idiota.
-Me encuentro tratando de cambiarte; si estuvieras destinado a ser mi amante, no tendría que hacerlo.
La frialdad y la certeza de su razonamiento me extrañan. ¿Qué he hecho? La lira continúa su viaje musical, ajena al resto del mundo.
-Completamente de acuerdo-afirmo, aproximándome a su delicada cara. La beso en la mejilla y previendo lo que la música puede ocasionar, me alejo de ella.
-Te dejaré con la sinfonía de la lira. Que tengas un día maravilloso-me encamino a la puerta de entrada con premura pero Linda me alcanza a medio camino y me interroga:
-¿De qué melodía hablas? Todo está en silencio, Vlad.
Sin la intención de molestarla más y sintiéndome de manera ridícula como un héroe compasivo, le respondo:
-Era solo una metáfora. Me refería a tus pensamientos.
Un sentimiento de desconfianza me asalta y recordando la figurilla de la Parca, subo a mi vehículo, escapando del escrutinio de los ojos de Linda y de la encantada canción de la lira.
Emprendo mi camino al estudio, a uno de los ensayos de la obra que estamos montando, una adaptación de la primera parte de Fausto, de Goethe, donde yo interpreto el papel principal. Algo irónico y a la vez apropiado para alguien como yo, que conoce mejor que nadie las artimañas de los verdaderos demonios.
Al llegar, me asombro al encontrar público frente al proscenio sobre el que nuestra acción se lleva a cabo. Normalmente, no solemos permitirlo hasta que todos los actores han asimilado sus personajes a la perfección. Infiero entonces que como yo, todos mis compañeros están hinchados de confianza y darán lo mejor de sí en escenario.
Mientras que me convierto en Fausto y espero a que Mefistófeles se manifieste en su forma verdadera, veo en el público una cara conocida: la flamante morena del carro descapotable me sonríe con satisfacción desde la segunda fila de la platea. Su presencia me distrae pero no lo suficiente como para perder el hilo de mi actuación. Observo a su alrededor, un pequeño conjunto de despampanantes mujeres ríen con gracia en torno a ella. Por enésima vez, el absurdo sonido de una lira atrae mis oídos. Tengo éxito al mantenerme en mi papel pero mi mente no deja de viajar hacia la sagaz mujer.
Después del término del ensayo, las luces se apagan y el show parece dar inicio en realidad. La mujer de cabello castaño se aproxima hacia mí con el cerco de mujeres a sus espaldas. Me felicita por mi desempeño y luego me invita a almorzar con ellas. Sin posibilidades de negarme, las sigo hasta su auto donde me aseguran que no es necesario que lleve el mío. Me subo con dos, una pelirroja y una pelinegra de aspecto feroz pero sexy, en la parte trasera mientras que la castaña conduce el auto con una rubia a su lado.
Me llevan a un elegante restaurante italiano del que no reconozco ni el nombre. Un camarero nos acompaña hasta una mesa que ya han reservado mis para nada reservadas acompañantes. Ya ubicados en nuestros lugares, la tarde se hace amena y transcurre con una velocidad inusitada. Averiguo el nombre de la morena, Diana y me percato de la gran similitud que tiene con alguien que conozco pero que no logro recordar. La conversación fluye y me despeja la mente, ocultando mis preocupaciones por la melodía de la lira y la representación de la Santa Muerte. Aprovecho el cálido y acogedor ambiente para coquetear con todas, en especial con la pelinegra, puesto que hace mucho que no pruebo una. Las chicas aceptan mis flirteos y responden con un entusiasmo aparentemente reprimido, lo que yo interpreto como una señal de intimidad. Desean estar a solas conmigo, pero ninguna de ellas lo pedirá tan fácilmente. En algún momento después de finalizar la comida, atraigo a la más interesante con un gesto (la pelinegra) y pido permiso para ir al aseo. Al hacer la charada de entrar y salir de él, me la encuentro, salvaje y perfecta, y recuerdo que se identifica como Cathee. Sus movimientos me atraen hacia ella como si tuviera hilos de marioneta. Antes de poder evitar cualquier cosa, sus dientes capturan mis labios, sus manos mi torso y me empujan al interior del aseo de las mujeres. Sus manos se mueven con rapidez e insistencia sobre mi órgano que responde lentamente a su sugerente comportamiento. En menos de un minuto y mucho antes de la posibilidad de cualquier orgasmo, todo cambia. Diana entra con determinación y aleja a Cathee de mí con una mirada de reprobación y advertencia.
-¿Qué haces?-le reprocha.-¡No es para nosotros!¡No lo eches a perder!
-¿No podía divertirme un rato, cazadora?
-No, Cathee. Caza tus propias presas si quieres divertirte.
Reaccionando con brusquedad ante las palabras, espeto:
-No soy tu presa, Diana. ¿En qué estás pensando?
-Vladimir, cálmate. Ya sé que no lo eres. Discúlpame por mis comentarios. Eran solo metáforas- me asegura con una sonrisa cargada de peligrosidad, lo que la hace más atractiva.-Solo quiero que Cathee y tú comprendan que no deben hacer ese tipo de actos en un lugar como este.
Cathee sonríe también pero demuestra señales de arrepentimiento.
-Creo que las chicas y yo nos vamos. Nos queda mucho que hacer bajo la Luna-me guiña y me invita a salir. Diana se queda atrás y suelta un suspiro de alivio.
Me despido de todas, a excepción de Diana, que insiste en llevarme a conocer su residencia. Intuyo lo que quiere de mí desde que la vi rugirle a Cathee. Excitado con la idea, ocupo el puesto del pasajero junto a ella y la seduzco camino a casa para asegurar mi victoria. Podría enamorarla y así terminar con mi acuerdo pero creo que eso podrá esperar hasta mañana.
La imponente casa con fachada de mármol y de forma pentagonal me revela la verdad poco antes de verla. El auto se detiene, Diana utiliza el cinturón de seguridad para inmovilizarme y un hombre entra por la puerta a mi lado del auto. Intenta sacarme pero forcejeo con él y Diana al tiempo, logrando apartarlo por un momento. Me alza de la silla y...
-¡Paolo!-es lo único que alcanzo a decir antes de caer inconsciente por un golpe musical sin fuente reconocible.

El fuerte olor de la quema de un pedazo de incienso me hace picar la nariz y me instiga a abrir los ojos y recorrer mi entorno. Una habitación de tonos pasteles tenuemente iluminada por una pequeña lámpara de pie a mi lado aparece en mi campo de vista y desaparece cuando parpadeo para aclararme. ¿Qué me ha ocurrido? Me encuentro desnudo, descansando sobre una cama sin cobijas, la cual representa el único mobiliario del recinto. No estoy atado pero no soy capaz de moverme; algo intangible me mantiene en la posición algo sexual en la que me encuentro. En la esquina más alejada del lugar, un largo palillo de incienso emite un humo oscuro al quemarse con lentitud, lo que termina por ocultar una parte en penumbra de la habitación.
Empiezo a recordar entonces lo ocurrido. ¿Por qué Diana me habría llevado con Paolo? Advierto por primera vez las similitudes evidentes entre sus aspectos, con lo que se evidencia la verdad. Son hermanos gemelos. ¿Por qué no sabía que mi amigo italiano tenía una hermana así?¿Para qué me necesita Paolo en su casa, desnudo y atado por fuerzas invisibles? Siempre pensé que me tenía envidia, pero no la suficiente para secuestrarme e intentar quitarme la dignidad. Supongo que Diana es tan culpable de esto como él, pero de nada sirve quedarme estancado en pensamientos de odio en una situación tan crítica como esta.
Me debato con todas mis fuerzas contra el sobrenatural agarrotamiento de todos mis músculos y recurro a mi energía mental para convencerme de que podré liberarme. Escucho que alguien trata de sofocar una risa masculina y, con gran esfuerzo, diviso algo a través del denso humo del incienso.
Un hombre de cabello crespo y delicadas facciones se halla sentado frente a un gran lienzo, donde aparentemente dibuja la escena en la que me veo involucrado. Imberbe y con un cuerpo perfecto, se encuentra vestido con ropa ajustada y de colores claros, sin calzado y con una banda de tela en la cabeza. No logro saber de quién se trata y quedo de una manera ilógica atontado por su apariencia física. Se ve relajado y algo descuidado pero no deja de ser agraciado y apuesto. Muestra gran concentración mientras evalúa mi cuerpo, seguramente captando cada detalle para plasmarlo en su pintura. En un arranque de curiosidad, le pregunto:
-¿Qué tal se ve mi cuerpo?
En un principio, no parece haber escuchado mi pregunta, pero después de unos minutos se levanta, deja su pincel y paleta sobre la silla y emprende el camino hacia el lecho donde estoy. Me observa con detenimiento y se agacha junto a mí en silencio. Su mirada me encandila y miro por unos segundos al techo, procurando recuperar mi tranquilidad. Regreso al hombre, el cual ha sacado de algún lugar imperceptible una lira, que empieza a tocar con una delicadeza inusual en alguien con su apariencia. Los acordes del instrumento me transportan y soy testigo de numerosos y hermosos lugares de un blanco intenso, que solo pueden haber sido creados por los mismos dioses. Un templo erigido sobre una isla, donde múltiples muchachas se dejaban llevar por trances que les permitían concebir el futuro. Una corona de laurel, recordatorio de unos juegos antiguos realizados en su nombre. Una carroza gigantesca, dirigida por alguien que no consigo ver. Un campo de cipreses, tranquilo y perfecto...
La música termina y con ella se van las ilusiones. El ambiente, sereno y calmado, me abraza con dulzura mientras que el hombre se aproxima a mí. Su cara queda a un palmo de la mía y siento sus exhalaciones en mi cuello.
-No he encontrado nadie en el mundo moderno con una contextura tan ideal como la tuya. No podría utilizar a nadie en una obra como esta.
Su cercanía me aletarga y solo consigo gesticular:
-¿Quién eres?
-Un artista. Un humilde y perfeccionista artista con los recursos para buscar los mejores modelos para sus obras.
Se endereza, deposita la lira en un soporte en el que hasta ahora reparo y se sitúa de nuevo frente al caballete, tomando el pincel y la paleta para continuar con su largo trabajo.
El tiempo transcurre con lentitud y el aroma del incienso parece calmar mi ya aletargado pensamiento. No me siento mal y no sufro; he caído en la trampa de creerme el papel de modelo. No siento prisa, solo deseo ayudar con su arte. Ese es el principal propósito. Olvido a Paolo y a Diana y me limito a respirar, a estar quieto (ahora al parecer se han ido las ataduras etéreas) por mi propia voluntad mientras que el hombre frunce el ceño al comparar su pintura con lo que hay a su alrededor.
Tiempo después, una mujer con rasgos similares al hombre entra a la habitación y se dispone a evaluar detenidamente el escenario completo desde una esquina apartada del pintor. También atractiva y de cabello castaño ondulado, sonríe y con un rápido movimiento se aparta de la pared, encaminándose hacia mí.
-Diana, no eches a perder mi cuadro.
El reconocimiento me sacude del ensimismamiento. La mujer se acerca con cautela y puedo reconocer a Diana oculta entre sus delicados y divinos rasgos. Parece una representación mejorada de la chica del auto descapotable que conocí en la tarde. Como si alguien se hubiese tomado la molestia de recrear únicamente sus cualidades, perfeccionando sus facciones y haciéndola casi ideal.
-Déjame, por favor.
Sube a la cama donde me hallo y me agarra suavemente de las muñecas, capturando mi mirada con sus ojos marrones. Su cercanía me atrae y no dejo de olvidar la manera en la que le coqueteé antes. Me atrae hacia sí dejándome boca arriba, sosteniendo mis piernas con las suyas. Una multitud de imágenes se abultan ante mis ojos mientras ella me acerca sus dulces labios a los míos. Un edificio, considerado como una de las siete maravillas del mundo antiguo, con una fachada de columnas de mármol y techo terminado en punta regenta una gran pradera verde en algún lugar de Turquía. Un arco y unas flechas abandonadas en medio de un lugar de caza. La provocativa visión de Diana bañándose en un río e invitándome a nadar con ella... La realidad se confunde con la imaginación y siento como ella complace mis más íntimos deseos sin dejarme siquiera intentar hacer lo mismo con ella. Su esbelto cuerpo del tono de la leche parece derramarse en mis manos y recorrer todo mi organismo, brindándome temblores incontrolables de pasión. Una danza de miembros, de deseos y de suaves labios se lleva a cabo en el limbo entre un sueño, una ilusión y la realidad. Como dos criaturas marinas, nos enroscamos uno alrededor del otro, moviéndonos en el agua con inusitada hermosura. La conjunción del momento aumenta la ansiedad por llegar al final y combina fácilmente los universos paralelos en los que me encuentro. Ella y yo somos uno y buscamos como animales la energía vital que nos puede dar una presa. El orgasmo vuela a mi encuentro y lo atrapo en el aire, consumiéndolo y alargando por completo. Los sentidos se nublan y la pequeña prueba de muerte me da la satisfacción que nada más puede regalarme.
La estancia se aclara y veo a Diana junto a mí, en sus plenos cabales y porte, sin ningún indicio que sugiera lo que acaba de ocurrirme. El hombre, que ahora reconozco como Paolo, se encuentra de pie junto al lecho con una mueca de desagrado casi imperceptible. Con un movimiento inapreciable, levanta a Diana y la deposita en el piso junto a su caballete, sin ternura pero con cuidado. Diana parece no resistirse y solo se ríe con locura.
-¿De qué te advertí, hermana?-le ruge Paolo. -Él es mi presa, aunque tú lo hayas cazado.
-Una ilusión no le hace daño a nadie. ¿No puedes dibujar la reacción de Vladimir? Sería apropiado para tu cuadro.-deja meditando a su hermano y se dirige a mí.-No todas caemos ante tí. Lo que viste fue un mero espejismo, provocado por mis poderes. Yo no soy tan tonta como las otras diosas.
Cansado por las acciones recientes y decidido a aclarar todo, exclamo:
-Así que ustedes dos también hacen parte de algún panteón de divinidades, ¿me equivoco?
La suspicacia de mi inmediata especulación los deja sin palabras y se limitan a observarme con cautela.
-Paolo, creo que hemos cazado a la persona errónea-susurra sin dejar de mirarme de manera inquisitiva.
-¿Estás segura? Podría ser un truco.
-¿Como el que Seth y Hela prepararon para mí?-intervino casi sin pensar lo que digo.
Diana se levanta de un salto y sale disparada por la puerta del recinto mientras que Paolo parece retomar con una velocidad inhumana la pintura que hace sobre mi actual situación. Con frenesí, el pincel recorre el lienzo que no logro ver de frente y la paleta pierde poco a poco su carga de colores. Unos diez minutos después, deposita sus herramientas en el piso y examina su obra terminada durante otros cinco. En un arranque de rabia, le da la vuelta y me permite ver su cuadro.
Una representación luminosa y profunda de mi elegante cuerpo desnudo sobre la colcha de la cama es revelada por Paolo. El humo del incienso rodea sus bordes, haciéndola parecer un verdadero espejismo en contraste con el resto. Pareciese que el artista conociera todos los detalles tanto de la cama como de mí mismo y hubiera procurado resaltarlos todos al tiempo, sin ocultar o eclipsar ninguno de ellos. La fluidez de los colores, la veracidad de las sombras y la perfección de los contornos la hacen mejor que una fotografía de alta definición. El lienzo guarda un gran secreto, como si tuviese las almas de todo lo plasmado en él.
-Creo que es lo mejor que he dibujado, y de una persona que no debería-dice con calma. Camina por la habitación y continúa-Nunca te he tenido envidia, Vladimir. Eso es lo que te he hecho creer. Yo solo he querido vivir una vida "normal" durante un tiempo.
-¿Y por qué hacer esto para acabar con ella?
-Pensé que eras real y ahora me percato que eres solo una fachada, con muchas personas detrás sosteniéndola-con evidente decepción, toma la pintura y salta con soltura a un lado, a la vez que el cuerpo de Diana entra volando por la puerta.
Ella se levanta con fiereza y adopta una posición poco delicada, como si fuese a lanzarse sobre alguien. Por el hueco de la puerta entra una elegante mujer con el cabello recogido sobre la cabeza, ataviada con un ligero vestido de dos colores, al igual que su cabello, blanco y negro.
La versión griega de Hela se acerca a Paolo y con un gesto de la cabeza hacia Diana, se aproxima a mí.
-Hola, Vlad. Veo que te han cazado y no me agrada.
Paolo se acerca a ella y le susurra:
-Solo fue para el bienestar de mis artes, Perséfone. No te disgustes con nosotros.
-Si ustedes se encargan de las muertes de hombres y mujeres y ahora andan ocupados con él, ¿quién me enviará almas al Inframundo entonces?
Tanto Diana como Paolo se enderezan y parecen dejar sus posiciones reacias y ofensivas. Diana, aparentemente calmada, le responde:
-Los dioses también necesitamos nuestras vacaciones, Reina del Inframundo. No obstante, perdónanos. Sabemos lo que debemos hacer.
-Espero que no lo olviden nuevamente, queridos medio hermanos-advierte antes de recorrer con la vista la pintura que Paolo ha hecho-Veo que has terminado con él. Has hecho un buen trabajo, pero es hora de liberarlo.
Los hijos gemelos de Leto se quedan petrificados mientras Perséfone me da la mano y me levanta de la cama sin ningún esfuerzo. Le hace un gesto a Diana que, en un abrir y cerrar de ojos, trae ropa para mí. Ya vestido, la elegante Reina me pasa el brazo con la cintura, se despide de nuestros acompañantes y espera a que yo haga lo mismo. Luego, con un sonido de succión, se abre un túnel en el suelo, en el que caemos sin resistencia alguna. El tiempo no existe y solo puedo sentirla a mi lado en el vacío. De sopetón, el túnel termina y aparecemos en hogar, junto a la pequeña sala de estar.
Hela, ahora con su verdadera apariencia me sonríe, me suelta y se sienta en el sillón más alejado. Yo, por mi parte, ocupo la silla que hace un día (o eso creo) le sirvió a Seth para darme el sermón sobre ser amado.
-¿Cómo sabías que yo estaba allá?
-Tenía que investigar la escasa cantidad de almas que llegaban a mis dominios. Eso fue lo que me llevó a buscarlos. Te encontré de casualidad, apuesto Vladimir.
Sin dudar de su respuesta, pierdo algo de la esperanza que he ganado al verla entrar en el estudio de Paolo y respondo:
-Te agradezco por rescatarme. No sé si habría podido o querido hacerlo por mi cuenta.

-Conque esas tenemos-añade una molesta voz a mis espaldas. Pienso que pertenece a Seth pero al guiarme no me encuentro con lo que espero ver.
Un joven, pálido, de piel uniforme y contextura delgada, me mira con curiosidad. Su atuendo es excéntrico: está en apariencia burdamente confeccionado y se asemeja a una túnica, de las que los santos visten en los cuadros religiosos. De color verde y dorado, esta prenda le da la apariencia de noble e incluso de aristócrata de alto rango. Me hace recordar a los señores feudales y estoy seguro que él podría ser uno.
-¿A qué te refieres?-le pregunto, apartando la mirada de la estupefacta Hela.
-A ti y ella-me responde con paciencia, quitándose el cabello de la cara con un rápido movimiento de la cabeza.
El tono del mismo me inquieta. No consigo distinguir si es castaño o dorado. Es similar al de Linda, pero se ve tan suave que provoca unas ganas irracionales de acariciarlo. El personaje lo lleva hasta abajo del lóbulo de las orejas y parece constituir una gran parte de su presencia.
-A todos les gusta-exclama inesperadamente. Estalla en acogedoras y sarcásticas carcajadas antes de sonreírme de medio lado.
"Puedo ver lo que piensas. ¿Ya lo olvidaste?" dice la voz de Seth en mi pensamiento.
-No entiendo nada, Hela. ¿Sabes qué ocurre?-inquiero sin salir de la sensación sobrecogedora que me inspira aquel hombre.
-En términos coloquiales, un milagro. Hace mucho que no lo veía así...-deja la frase a medio terminar mientras examina al agraciado conocido.
-Yo no hago milagros; solo picardías... o eso decían en la antigua Escandinavia-sonríe de nuevo y me guiña el ojo con astucia.
-Vengo por tí, querida hija. Ya has hecho tu trabajo en la superficie y no debes dejar nada sin atender en el hogar de la niebla-prosigue.
-¿Loki?-inquiero en voz alta y mi asombro me lleva a pararme de un salto. Examino la expresión del hombre, que responde fácilmente a mi pregunta.
-Vlad, era imposible que no me reconocieras.-dice, dándose importancia y sacudiendo su cabello una vez más. El tono se hace evidente. De un oscuro negro representa las profundidades de los dominios de su hija.
-¿Por qué has venido así, padre?-le cuestiona Hela, de pie también, antes de acercarse poco a poco a él.
-¿Debo presentar mis propósitos frente a mi descendencia y a los humanos? No lo creo. Vámonos de una vez por todas. Ya tendrás otras oportunidades de intimar con mortales-le recrimina. Toma una pausa para caminar hasta Hela y se dirige a mí:
-Contando desde hoy te quedan 4 días para enamorar a una mujer. Que tengas suerte en tu empresa, querido Vlad.
Él y Hela, con una mueca de asombro y disgusto, desaparecen en un torbellino de viento helado, dejándome en completa soledad.
En estado de shock por la aparición de Seth en su forma nórdica, me aproximo a mi cama, cojo la figura de la Santa Muerte y susurro para mí mismo, confiando en que no soy espiado:
-Perséfone. ¿Qué es lo que deseas de mí?

domingo, 8 de julio de 2012

Inmunidad

El "interesante e intelectual" pelinegro sonrió al ver como ella caminaba con presteza, demostrando una belleza que nunca había llegado a comprender. Ella le sonrió y él se dio cuenta que no le molestaba tenerlo cerca; que, a pesar de que las cosas habían llegado a su fin hacía mucho tiempo, ella no sentía reparos a la hora de demostrarle su inmerecido cariño. Su suave piel de tonos claros, sus labios dulces y sus penetrantes ojos atraparon la atención de él mientras ella seguía de pie al frente. Sin mutar su expresión, ella acarició con ternura su mejilla y enredó sus largos y estilizados dedos en su cabello. Él, anonadado por el gesto, solo consiguió hacer una mueca en vez de una sonrisa.
-Es igual que antes- dijo ella en un susurro.
Él abrazó el silencio. No quería pensar en lo que ello significaba. Preferiría seguir bajo el delicado cariño de aquella de quien alguna vez había creído estaba enamorado. Le permitió continuar, sostener su cara, su cabello, su ser a la vez que luchaba internamente por encontrar el valor para alejarla de sí.

Para mal o para bien, siempre he admirado a aquellos que tienen la capacidad de ser inmunes a cualquier estímulo externo de otras personas. Ese tipo de hombres y mujeres que no caen ante una sonrisa, una mirada, una cara bonita, un gesto atractivo, una melodiosa voz o un cuerpo esbelto. Tienen la habilidad de dejar pasar cada una de las características que componen a alguien para, si solo así ellos lo desean, evaluar a la persona como un todo, sin dejarse encantar parcialmente por sus llamativas cualidades físicas. No se preocupan entonces por alguien que osa acercarse a ellos y sin quererlo conscientemente, utiliza todas sus armas seductoras, ya que harán caso omiso a todas ellas, haciéndolas tan inútiles como un lápiz sin mina. Hechos del más puro mármol, las experiencias románticas no logran hacer mella en su superficie y solo logran pulir su ya brillante apariencia. Su historial amoroso no representa nada más que enseñanzas, oportunidades de ser mejores y aciertos, sin importar el desenlace de cada relación.

Nadie sabe cuanto desearía ser así. Un inmune al pasado, al presente y al futuro. He pasado gran parte de la vida lidiando con vergüenzas que podría haber evitado de no haberme dejado llevar por algún factor externo. He tenido que aceptar las consecuencias de mis actos con más sinceridad y compromiso que muchos otros. Y lo más importante, he tenido que ocultar lo mucho que me afectan ciertas personas de mi pasado. Alguna vez en mis idiotas memorias de mi pasado, aseguré que cada persona había dejado una cicatriz en mí, incurable y que se encargaría de recordarme lo que había ocurrido. En este momento, una de esas marcas palpita lentamente y no me permite continuar con tranquilidad.

Me pregunto, ¿en serio cree que no me causa nada? Para el infortunio de la para nada olvidada Hermione, no soy de piedra. Sus gestos y su forma de tratarme aún pueden influenciarme, aún me recuerda lo que sentí alguna vez, aún me hace rememorar el tiempo que pasamos juntos. No deseo hacerlo. Me opongo a volver al pasado, a pensar en inútiles segundas oportunidades, a retroceder en mi perdición. ¿Qué más da? Ella me olvidó y yo no fui capaz de hacer lo mismo. La dejé de lado y todavía me hace falta. La expulsé de mi vida y todavía deseo preguntarle por qué no somos amigos. La necesité y, aunque ahora no lo hago, no puedo arriesgarme a que vuelva a suceder. Siempre se vio tan hermosa en el pasado...

No puedo terminar esto acá. Tengo que confesar que me he dejado llevar más de lo que debo. Que he comenzado a tantear terrenos imposibles con una de esas personas inalcanzables por las que perdería lo poco que he ganado. La decisión es la adecuada. Adoptar la inmunidad del mármol.

viernes, 22 de junio de 2012

Una cuestión de perspectiva

De los personajes:

Una dulce anciana, de corta vista por su edad, se prepara para cruzar una avenida en hora pico. Debido a múltiples inconvenientes, el puente por el que debería pasar, se encuentra en reparaciones estructurales. La mujer tiene afán: Ha dejado a su nietecito de 6 años en casa solo. Debe volver tan pronto como le sea posible para asegurarse que no le ocurra nada malo.

Un respetado caballero se encuentra sentado al volante de su flamante vehículo. Espera a que el embotellamiento de vehículos avance y le permita girar por una calle a su derecha hacia el oriente de la ciudad. Debe llegar a su oficina para solucionar un problema relacionado con una estafa hecha a su nombre. Da golpecitos al volante intentando calmar sus nervios mientras se percata del movimiento de autos adelante.

Un honesto conductor de taxi piensa en su hija y esposa que le esperan en casa después de una ardua jornada nocturna de trabajo. Tiene sueño pero él no permite que este hecho afecte su forma de conducir. Siempre ha criticado a sus compañeros que llevan las riendas de su vehículo como si fuera un carro de caballos en medio de una gran batalla. El tráfico adelante comienza a avanzar y él mueve la palanca de cambios adelante, para poner en marcha el vehículo.

Un trasnochado joven, estudiante de universidad, golpea con insistencia el manubrio de su motocicleta, malhumorado por el poco espacio que dejan los vehículos de esa avenida para maniobrar. Recuerda con gracia la noche anterior, en la que festejó el final de semestre hasta quedar en el suelo sin el equilibrio suficiente para poder levantarse. Ve entonces un resquicio entre un taxi y otro auto en el que puede pasar. Se dirige con premura hacia él.

Un cansado obrero descansa sobre una improvisada silla, junto a su lugar de trabajo. Toma una gaseosa mientras observa el lento avance de la obra. Por las ansias de dinero de quienes construyeron inicialmente el puente, el gobierno de la cuidad contrató a su empresa para reparar los daños causados a la estructura. Desde ese momento hasta ahora, han transcurrido ocho días de arduo trabajo por parte de él y sus compañeros, quienes aún están enfrascados en la reparación.

Una atractiva muchacha de cabellos dorados se encuentra a un lado de la avenida, esperando el vehículo que la llevará a su casa. Acaba de salir de la casa de una amiga; se encontraba realizando un trabajo final que comprende una gran parte de una asignatura a la que está suscrita en el instituto. Se queja mentalmente de la cantidad de autos que obstaculizan el único taxi a la vista. Alza la mano y le hace la señal de pare.

De las decisiones:

La anciana cruza la calle después de un autobús, detrás del que no hay aparentemente ningún vehículo. El caballero acerca su auto a la orilla  con el propósito de tomar fácilmente la calle hacia el oriente. El conductor decide recoger a la muchacha, pensando que una carrera más no le vendrá mal. El joven balancea su motocicleta entre el taxi y la orilla y aumenta la velocidad para dejarlo atrás. El obrero se permite dar un mordisco a un sánduche antes de volver al trabajo.


Del hecho analizado y sus resultados:


La anciana llega al otro lado de la avenida, la muchacha le da la mano para ayudarla a subir a la acera y ninguna de las dos se percata del accidente. El caballero agradece que el taxi de enfrente hiciera una maniobra de evasión extraña y aprovecha el momento para colarse por la calle al oriente. El conductor del taxi sin ánimo de perder una cliente se dirige a la derecha pero, en un intento por evitar atropellar a la anciana, gira hacia la izquierda sin darse cuenta del joven motociclista que pasa por encima del techo del vehículo con la fuerza del impacto. La motocicleta sale derrapando por la acera hasta golpear al obrero, empujándolo contra la base del puente. Queda inconsciente en el acto mientras que el joven cae desde la parte trasera del taxi al suelo.


La anciana corre hasta su casa, donde encuentra el lugar lleno de humo: una sartén sobre el fuego ha derramado su contenido que ha apagado la llama y ha inundado el edificio por completo de humo y gas metano. Busca con afán a su nieto, al que encuentra dormido y sin daño alguno.

La muchacha se acerca rápidamente al joven de la moto, que está en el suelo. Le presta los primeros auxilios mientras que el conductor del taxi llama con premura a una ambulancia. Nadie se fija en el obrero que la moto ha golpeado hasta que llega el servicio de emergencias. El hombre ha perdido la movilidad de sus extremidades inferiores y es subido a la ambulancia junto al joven, que sufre de trauma craneal severo, a quien acompaña la muchacha, que se convertirá un tiempo después en su novia por mucho tiempo.
El caballero llega a la oficina y logra demostrar su inocencia frente a los cargos que se le imputan.
El taxista pierde la licencia y su taxi debe ser retenido mientras él consigue el dinero para pagar una multa exorbitante.

¡Qué catástrofe!


Del análisis:

La última frase del fragmento anterior puede ser refutado, si se limita a ver pedazos de lo ocurrido. 
  1. Si la anciana hubiera sido atropellada, habría muerto y también lo hubiera hecho su nieto, pues ella no habría tenido la posibilidad de sacarlo de la asfixiante casa. Por otra parte, si ella se hubiese detenido a mirar el accidente, su nieto se habría quedado sin aire y probablemente hubiera sufrido complicaciones en su salud. Para la anciana, esto pudo haber sido una catástrofe, pudo haber resultado en un hecho malo para ella y su familia, pero no lo fue, así que está bien.
  2. Si la muchacha no hubiese ayudado a la anciana, esta última se habría quedado en el borde de la calle mientras el accidente ocurría. Pudo haber salido lastimada y la muchacha, al sentirse culpable, se habría encargado de ella, en vez del joven y nunca hubiera iniciado una relación con él. Algo similar habría pasado si ella no le hubiera hecho señas al taxi, para que parara. Para la muchacha, ese hecho significó conocer a su compañero de vida, así que es un asunto bueno.
  3. Si el caballero se hubiese dado cuenta del accidente y hubiera ayudado a los heridos, las acusaciones en su contra habrían tomado tal fuerza que hubiese sido llevado a juicio en poco tiempo. Tendría que haber aguantado una gran temporada en prisión, sin nada más que pudiera salvarlo. Si la anciana se hubiera demorado un poco más en cruzar la calle, el caballero la habría atropellado y su destino sería similar al anterior, con la única diferencia en sus causas. Para el caballero, entonces este hecho resulto beneficioso y, por consiguiente, bueno.
  4. Si el taxista no hubiese decidido ir por la muchacha, no habría ocurrido accidente y él no hubiera perdido su licencia ni su auto. Para el conductor, es una catástrofe lo que ocurrió.
  5. Si el joven no hubiese intentado pasar por el lado del taxi, no habría estado hospitalizado durante tanto tiempo por el trauma. No obstante, nunca habría conocido a la muchacha. Así que, para el joven, a pesar del daño pasajero, este accidente fue algo bueno.
  6. Si el obrero no hubiera tomado un descanso, su vida habría seguido el mismo curso que llevaba hasta ahora. Si lo hubiera tomado pero no hubiese comido nada, hubiera pasado algo similar. Para el obrero pudo ser mucho mejor, pero este hecho destrozó su vida y su forma de trabajo, por lo que es una catástrofe.
Para cuatro de seis personas, pudo ser peor y según ellas, es lo mejor que pudo haber ocurrido. Sin embargo, a las otras dos les destruyó la vida como la conocían y modificó sus destinos de la manera más nociva que fue posible. ¿Cómo determinar si un acto como este es malo o bueno con tantas formas de verlo? No se puede pretender utilizar un recurso matemático para solucionarlo. Cuatro contra dos, los cuatro tienen razón y este accidente fue un golpe de  buena suerte. Estaría mal tan solo pensar en evaluarlo de esa manera. Dada esta imposibilidad, ¿cómo se puede asegurar la existencia de la maldad o la bondad en el hecho sin dejar ningún detalle atrás?

De las conclusiones:


Se podrían evaluar más ejemplos para dar fuerza a la teoría que seguirá, pero limitándose a este, se puede asegurar que tanto la bondad como la maldad son relativas. Dependen del punto de vista del que se vean los hechos. Muchas personas podrían asegurar que nadie vería un accidente de estos como algo bueno, pero se aclara que cada perspectiva evalúa los hechos que conciernen a cada persona, no se deja llevar por las cuestiones de educación o solidaridad. Muchos otros pueden, entonces, negar que alguna vez han visto un acto "de naturaleza malvada" como algo bueno si les beneficia, afirmación que carece por sí sola de sentido y cuya demostración no concierne al desarrollo de la idea general de este texto. Se puede decir entonces que nunca habrá algún hecho carente de bondad o maldad inherente, ya que estos están adjudicados por cada mente que los evalúa y que interactúa en ellos. Los seres humanos son duales y no pueden pretender que actos causados por ellos se limiten exclusivamente a un lado del espectro. Determinar lo que es para alguien cualquier asunto será entonces, una cuestión de perspectiva.

jueves, 21 de junio de 2012

La emboscada. Tercera carta.

Creo que tengo mi plan. Para escapar, por supuesto. Lo construí al escuchar que Caleb estaría ausente el día de hoy, aunque no sé la razón de ello. Tengo que esperar a que el guardaespaldas regrese para dar inicio a mi escape. Me alegra tanto saber que podré buscarlo; es lo único que me impulsa a seguir adelante. Considerando que llevaré a cabo mi plan y que puede que tenga que estar huyendo constantemente de la Brigada, intentaré escribir ahora todo sobre lo ocurrido antes de ser capturado. No obstante, seguiré desde el punto en el que me quedé la anterior carta dirigida a nadie, donde me había percatado de la cara real de la Brigada.

La realización del proyecto "Autómata" fue motivo suficiente para reconsiderar mi posición respecto a mis responsabilidades con la Brigada. El hecho de estar allí nos aseguraba a mí y a mi familia, estabilidad y seguridad, pero me quedaba difícil serle fiel a una entidad que sesgaba la autonomía y originalidad de las personas, aspectos por los que yo siempre he luchado. Sin embargo, no podía tomar mi renuncia a la ligera. Había oído que quien dejaba la Brigada era posteriormente llevado a juicio por traición al Estado (como solía hacerse en tiempos antiguos). Este proceso era tan corrupto que llegaba al extremo de encarcelar a toda una familia, adjudicándoles el mismo cargo. A pesar de que la situación decía lo contrario, mi mayor interés estaba en el bienestar de mi familia.

Para asegurar un buen destino para nosotros después de que yo me retirara de mi actividad con la Brigada, le pedí a Caleb que me contactara con una mujer que había escalado rápidamente hasta los altos mandos de la organización. Le decían Scarlet. La mujer, quien tenía una extraña relación con el Supervisor Caleb, estaba interesada en conocerme porque, según decía, mi reputación me precedía. No entendía por completo sus intenciones pero sabía que debía llegar a un acuerdo con ella para poder renunciar a mi puesto en la Brigada sin repercusiones. Scarlet es una mujer a la que no se le puede engañar y tiene un talento especial para influenciar a las personas a su alrededor. Era urgente que la tuviera de mi lado.

No suelo hablar de cuándo lo conocí. Compartimos alguna clase cuando estábamos en la universidad: Yo me preocupaba en analizar el comportamiento humano y cómo éste afectaba la producción de la literatura mientras que Daniel se dedicaba a evaluar las distintas teorías referentes a la esa producción. Es posible que pareciera que no nos complementáramos en un ámbito académico pero esto nunca fue nada cercano a un obstáculo; lo que se interpuso entre nosotros fue mi hermana...

Scarlet visitó mi área de trabajo e insistió en que tuviéramos un encuentro privado en su oficina. No me opuse pues no reconocí ningún riesgo escondido en la invitación. Accedí y me reuní con ella en la fecha prevista. En ese tiempo, Daniel se había acercado a mi hermana de una manera incomprensible para mí y yo había empezado a rehuir su presencia. Aún le servía a la Brigada y él ignoraba ese hecho.

La primera vez que nos vimos a solas, Scarlet mostró curiosidad por conocer más sobre los miembros de mi familia en especial mi hermana. Intentaba hablar poco de ella; no era un tema agradable para mí cuando... En nuestros siguientes encuentros, Scarlet comenzó a utilizar para dirigirse a mí el mismo nombre por el que me reconocían en la Brigada: AtrapaSueños y cuando hizo esto, me percaté que la confianza había cambiado algo entre nosotros, aunque no distinguía qué era.

Ya no trabajaba con Caleb y pasaba mi tiempo libre y de trabajo aprendiendo de los experimentos que realizaba Scarlet en su laboratorio (Cabe aclarar que me refiero a los inofensivos; nunca supe de su incursión  en el proyecto Autómata, y muchos otros hasta tiempo después). Todavía recuerdo una conversación en especial:

-(...) y así, logramos mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.-terminó de decir Scarlet, antes de acercarse a mí. Yo la esperaba mientras ella les enseñaba a otros científicos el procedimiento a seguir para un nuevo proyecto, aparentemente inofensivo.
-Buena presentación. Se ve tan diferente de lo que Caleb quería hacer con el Autómata...-dejé el comentario en el aire.
-Por supuesto que lo es. No sabes a cuántas personas beneficiaremos con esto-respondió con entusiasmo.-El proyecto Autómata solo es una medida de defensa. Harías bien en recordarlo.
-Lo sé. Discúlpame-Un silencio incómodo se alzó entre nosotros. Molesto por la sensación, inventé con rapidez algo que decir:
-No pude evitar fijarme en esta extraña máquina emisora de ondas cerebrales mientras te esperaba. ¿Cuál es su función?
Scarlet rió con gracia y sonreí al verla en un estado tan magnífico. Terminó de reír, me tomó de la mano y mirándome a los ojos, me dijo:
-AtrapaSueños, es una curiosa coincidencia que hayas posado tu atención sobre ese aparato puesto que está relacionado con el mundo onírico, al igual que tu apodo-. Me llevó hasta él y me explicó:
-Crea sueños, buenos sueños, a partir de los deseos ocultos de la mente, para asegurar un mejor descanso y una experiencia única a quiénes tienen el privilegio de dormir bajo su efecto.
-Entiendo. ¿Me permitirías probarlo alguna vez?-inquirí.
-Confío en que sí funcione contigo-contestó en voz baja mientras un destello de rabia pura y sin sentido cruzaba sus facciones e inundaba el iris de sus ojos.
-¿A qué te refieres?-pregunté con preocupación.
Sonrió con complicidad y un toque de algo cercano a la maldad antes de recobrar su semblante de serena superioridad y responderme:
-Ya lo verás.

Ese día salimos juntos en dirección a su residencia. Al llegar, ella sirvió dos tragos de whisky y nos sentamos en la sala a revisar unos informes de diversos proyectos sin financiación. Al poco rato de haber iniciado, Scarlet susurró:
-Sé que quieres irte pero no me has dado lo que necesito para dejarte ir...
-¿Y qué es eso?-repliqué interesado.
Ella observó mis ojos con los suyos, de color violeta y continúo en silencio. Una fuerza abrumadora me haló hacia ella y me hizo ser consciente del estilizado cuerpo que esperaba bajo su ropa.
Sin previo aviso, ella se lanzó hacia mi boca, besándome con premura, haciendo que esa fuerza estallara de regocijo y me guiara por sus curvas. Toda mi voluntad, si es que quedaba, se desvaneció, lo que me impulsó a afirmar:
-Haré lo que quieras por tí, suave pelirroja.
-No esperaba menos-su voz sonaba distinta, llena de arrogancia.
Ignorando ese detalle, me entregué a esa fuerza ajena y a mi pasión, olvidando todos aquellos a quienes debía recordar.

A pesar de reconocer los artificios que me llevaron a los actos de esa noche, no me arrepiento por completo del hecho. Tenía que pasar, lo sabía desde la primera cita con Scarlet. No obstante, de esa situación derivaron mis problemas posteriores. Scarlet comenzó a influenciar sobrenaturalmente todas mis decisiones.
Poco después, esa influencia me llevó a poner en manos de la Brigada a mi familia. Acompañado de hombres bajo el mando de Scarlet, fui a mi hogar donde permití que sacaran a la fuerza a mis padres y a mi hermana, a quienes les hicieron pruebas, que, posteriormente me enteré, eran para determinar sus talentos.

Daniel intentó hacerme entrar en razón para liberar a mi hermana y yo conseguí calmarlo, asegurándole que era necesario para su bienestar. La enfermiza fidelidad a Scarlet me hizo rechazar sus consejos. No fue hasta que mi familia fue devuelta a la casa que recuperé poco a poco mi juicio. Me fijé que, entre más tiempo pasaba en presencia de mi hermana, más claro era mi pensamiento. Parecía que estuviera despertando lentamente de un letargo que se resistía a dejarme. Scarlet sabía de ello, así que evitando arriesgarse, envió a sus secuaces a vigilarme. Cuando estuve seguro de poder liberarme de la subordinación a la que me veía sometido, escapé por poco y anduve como fugitivo durante un largo tiempo.

Durante mis recorridos solitarios por la ciudad, descubrí una organización que se oponía al control de la Brigada, la Mantis. Era un grupo de personas que hacían todo lo posible por quebrantar el poder de la Brigada, interviniendo con eficacia y velocidad sus proyectos y reuniendo pruebas en contra de ellos, con el ánimo de demostrar sus intenciones verdaderas. Todas sus actividades las llevaban a cabo procurando que sus identidades no fueran descubiertas, dados los pocos recursos que tenían para enfrentarse a tan gigantesca y majestuosa corporación.

Me dediqué entonces a espiarlos, tanto por ser mis enemigos por naturaleza como por ser mis aliados potenciales. Me instalé en una habitación en el mismo edificio donde celebraban subrepticiamente sus reuniones de planificación. El dinero no era un problema: había ahorrado gran cantidad de los excedentes ganados por mi trabajo como AtrapaSueños y ayudante de Scarlet. Asistí sin falta a estos consejos secretos hasta que me enteré una iniciativa con bastante fuerza y peso en la Mantis: la liberación de los sujetos de prueba. Por lo que había oído, mi hermana había sido capturada de nuevo, así que ella sería una de las posibles rescatadas. Yo sabía que si los integrantes de la Mantis se la llevaban con ellos, la Brigada retendría e interrogaría con crueldad a mis padres con el propósito de conocer su paradero. Decidí entonces seguir a la patrulla enviada a liberar a los reclusos de la Clínica Central.

Partieron un domingo por la mañana, con el objetivo de crear el menor alboroto posible. Sin que ellos detectaran mi presencia, los seguí. Tenía la esperanza de encontrar a Daniel cuidándola. Me había disfrazado...
Escucho los pasos del guardia de mi celda. Me prepararé para escapar. Lamento no haber terminado de dejar constancia de lo que me ha ocurrido desde... No importa. Sé que nos veremos.

Att. El AtrapaSueños.

viernes, 25 de mayo de 2012

Sueños. Quinta parte.

Por fin, había llegado al lugar donde estaba esa secreta sala de investigación. La euforia no me hacía más lento; me impulsaba a correr escaleras arriba hasta el sexto piso. Al llegar, me deslicé por el pasadizo que sabía me llevaría al recinto donde ella se encontraba. Todavía seguía allí, ataviada con un sencillo pero ajustado vestido negro y descansando sobre la cama semidoble que la Brigada había dispuesto para ella.
El respirador no cesaba de sonar y me percaté que el sonido iba al son del goteo del suero que le administraba una máquina a su brazo derecho. Tan hermosa como siempre. Sus delicados párpados cerrados sobre sus bellos ojos oscuros. Su cara larga y femenina enmarcada por su larga cabellera negra. Su pequeña pero imponente nariz sobre sus delgados y perfectos labios. Una lástima que tuviera que hacerlo. De haber podido, la habría cortejado con mis mejores técnicas. Ya no había tiempo. Era justo lo correcto. Lo requerido para este momento. Mi hermano estaba loco y esta era la única forma de liberarlo…
Me acerqué al dispensador de suero y saqué una jeringa. Podía hacerlo de diferentes maneras. Contaminando el líquido que entraba a su cuerpo era la que más me atraía. También podría producir un alto en el fluido eléctrico y con él se iría rápidamente el aire. Tantas necesidades de un cuerpo, tantos prerrequisitos para mantenerse vivo. ¿Por qué se empeñan en atarla a la vida?¿A quién verdaderamente le importa? Ella debería haber dejado este mundo hace mucho… Lo único que agradezco es la forma en que se convirtió en una herramienta primordial para nuestra investigación. Tanto poder en una persona que ahora estaba tan frágil…
El suero que llegaba a su brazo era oscuro, su respiración se fue ralentizando y el respirador dejó de seguir el compás del goteo. Me acerqué a su oído, la besé con suavidad en la mejilla mientras susurraba con calma:
-Adiós. No deberías haberlo contactado. Te dije que sería tu perdición. Somos hermanos, ¿cómo pensaste que sería distinto? Duerme para siempre y hasta nunca, Bianca.



"Sí, estoy seguro" repetí una vez tras otra a la voz de mi subconsciente mientras me preparaba para enfrentarme a mi hermano. El auto se acercaba a su meta y podía ver la estructura gigantesca que era la Clínica Central, tan alta y majestuosa que producía un sentimiento de sobrecogimiento al espectador más valiente. De un tono amarillo pálido ajado con el tiempo, el edificio parecía cernir una atmósfera de protección sobre el terreno aledaño. Me bajé del vehículo y me quedé de pie frente a su puerta principal, admirando la fortaleza más recóndita de la compañía de Caleb. Recordé entonces que podría hacerme pasar por él si así lo quisiera; al haber tomado las precauciones previas, me quedaría más fácil hacerlo.

Entré en la recepción del primer piso y sonreí a la chica sentada frente al escritorio, esperando una reacción favorable.
-Buenas tardes, supervisor Caleb, ¿cómo ha estado usted?- me dijo la muchacha mientras sonreía por educación- Hace mucho que no se le veía por acá. ¿A qué se debe la visita?
Me extrañé por su respuesta. Parecía ilógico que Caleb no hubiese llegado aquí antes que yo, pero tenía que aprovechar cualquier asomo de suerte que me regalara el destino.
-Buenos días-le corregí- Vengo a inspeccionar las salas de prueba que hay en este centro. ¿Me llevaría hasta ellas por favor?
-¿Salas de prueba? Ha pasado poco tiempo desde que vino a revisarlas. ¿Ocurre algo malo?
-Problemas con mi hermano, ¿recuerda que estaba en una de ellas en otra institución? Parece haberle afectado más de lo pensado.... pero no veo la razón por la que debería decirle esto. ¿La tiene usted?-terminé sonriendo con superioridad de la forma más convincente que podía. Tenía que confiar en mis habilidades actorales para averiguar la verdad.
-No la tengo. Discúlpeme por mi entrometimiento. Ya le enviaré un guardia para que lo escolte hasta las salas-me respondió con evidente miedo, sin asomo de respeto. Me dispuse a mostrarle la identificación que había robado del escritorio de Caleb, pero me detuvo diciéndome:
-No se preocupe. Yo sé quién es usted. Edgar, acompáñelo por favor.
Un hombre de mediana edad y alta estatura se acercó caminando con un ligero balanceo como si fuera un primate. Tenía una cara grande y nada armoniosa y me hizo un rápido gesto para indicarme que lo siguiera. Parecía aburrido y resignado, pero yo estaba seguro que cedería ante cualquier petición mía, dado que venía del supuesto "Supervisor Caleb".

Subimos al cuarto piso y el guardaespaldas me guió hacia una sala ubicada al fondo del pasillo. En todo el trayecto no ví a nadie más, el edificio se sentía casi vacío o como si lo hubiesen evacuado recientemente. Algo me decía ese hecho pero no supe distinguirlo. En la habitación, se sentía desolación y una desesperanza latente. A esto era lo que me refería cuando le dije a la secretaria que me había "afectado más de lo pensado" el hecho de estar en los experimentos de mi hermano. Sentía que me enloquecía, pero se refutaba cuando veía a Bianca en mis sueños. Nadie como ella podría ser el producto de la mente de un loco, ¿o sí?
El recinto al que había entrado estaba ocupado por pocas cosas, una máquina extraña, ligeramente parecida a una de electrocardiogramas, una camilla sin ocupante y una mesa llena de instrumentos médicos como agujas y estetoscopios. Me acerqué con cuidado a la máquina y comprobé para mi asombro que era una versión más pequeña con ciertas diferencias de la que había en el lugar donde permanecí inducido al sueño por aquél joven científico. La inspeccioné de cerca, puesto que no tenía ningún emisor de ondas como la que había estado sobre mí poseía. Por lo que conocía, me atreví a afirmar que podía inducir en un estado de letargo a cualquier persona, durante un intervalo indefinido de tiempo.
-¿Edgar?
-Dígame, señor supervisor.
-¿Es esta máquina la que usamos para crear sueños?-inquirí con suspicacia.
-Creo que se equivoca, llamaré al encargado de esta sala-se disponía a salir a hacer su tarea pero antes de ello lo agarré del brazo y le dije:
-No se preocupe. Necesito que me lleve al resto de las salas- sería sospechoso que el supervisor Caleb no supiera el funcionamiento de los instrumentos que él en parte había ayudado a crear. Ahora estaba seguro de que ese era el "trabajo de investigación" de mi alabado hermano.
-Con gusto- me invitó a seguirlo antes de iniciar a avanzar, cruzando el extenso pasillo y entrando a la puerta de enfrente.
No había absolutamente nada extraordinario en esa nueva habitación. La misma camilla, el mismo armario y ningún habitante. Empecé a pensar en lo absurdo que había sido al pensar que sería tan fácil sacar alguna información sobre el paradero de Bianca de esta visita a la Clínica. A pesar de hacerme pasar por mi hermano, nada había averiguado que me diera indicios sobre lo que él tramaba y no veía muchas luces de esperanza en torno a llegar a alguna revelación verdadera. Dí por sentado que Caleb llegaría antes que yo lograra sonsacarle algo a ese sombrío lugar y, con ese pensamiento en mente, no me detuve más tiempo allí. Le ordené al guardaespaldas me llevara a las siguientes salas de prueba que habían en el piso, donde no encontré nada que valiera la pena y finalmente, descendimos un piso para dirigirnos a la sala especial. El nombre de ella podría ser únicamente nominal, sin darle más importancia, así que no me dí falsas esperanzas mientras Edgar abría la pesada puerta para mí.

Tan pronto como crucé el umbral de la puerta, mi vista se nubló y una imagen se sobrepuso a la de la habitación con mi acompañante junto a la entrada. Una mujer de cabellos castaños cobrizos que yo ya había visto con anterioridad, se encontraba sobre la camilla mientras otra mujer, delgada y pelirroja que me daba la espalda, le administraba algo por vía intravenosa. Ambas presencias se sentían conocidas y sabía que la visión de ellas era de un pasado más cercano que lejano. Pensé en Bianca y me pregunté por qué no la veía a ella. La respuesta llegó tan rápida como la pregunta.
"Sólo sueñas con quienes no tienes"
¿Significaba eso que necesitaba encontrar a la chica castaña? Estaba seguro que la pelirroja no era una persona que debía buscar sino, al contrario, evitar.
-¿Le ocurre algo, supervisor?- me preguntó Edgar un tiempo después. Supuse que me había quedado estupefacto y ajeno a esta realidad.
Me giré para verlo y, por un breve momento, confundí la visión sobrepuesta del pasado con la del presente. Parpadeé rápidamente y le respondí con la mayor naturalidad posible.
-Por supuesto que no, Edgar. Estaba recordando algo... ¿Sabe usted quién se alojaba en esta habitación?
-Recuerdo que era una joven. Muy atractiva si se me permite decirlo. Algo pálida para mi gusto, aunque podría deberse a los experimentos que hacían con ella. Es lo único que puedo decirle. Si me da permiso, con gusto puedo preguntar por ella a la recepcionista de este piso.
-Lo espero aquí. Averigüe cuando entró, cuando salió y de quién se trata.
-Como ordene, supervisor-respondió el guardaespaldas, saliendo de la habitación.
Tan pronto como su presencia se fue, me concentré en dilucidar algo más de las visiones del pasado que había tenido en aquél recinto. Me acerqué al armario al lado izquierdo de la camilla, donde encontré solo una banda de tela para el cabello, verde y de motivo geométrico. La tomé e intenté ver más allá del simple tejido y los cobrizos cabellos adheridos a ella. Correcto. Pertenecía a la chica que había sido internada allí hacía mucho tiempo. Supe inmediatamente que había salido de allí con premura pero no la razón por la que lo hizo. Supuse entonces que la compañía de mi hermano la había trasladado a algún otro lugar. No me parecía que ellos dejaran ir a una persona tan fácil... y menos una tan aparentemente poderosa como la chica de esa habitación.
No conocía mucho de la verdadera naturaleza del trabajo de mi hermano pero me imaginaba que él se aseguraba de que en todos los establecimientos de investigación le extrajeran todo lo que pudieran a los "sujetos de prueba". No podría estar seguro de que Caleb los atrapara; era un trabajo de muy bajo mando para alguien como él. "Supervisor"... ¿Qué más ocultaría ese título?
Una gran cantidad de discusiones se originaron en alguno de los pisos inferiores del edificio. Guardé rápidamente la banda verde en el bolsillo de mi chaqueta e intenté prepararme por si me habían descubierto. Al encontrarme en un tercer piso, no consideré la posibilidad de escapar por una ventana y seguramente las escaleras estarían plagadas de vasallos del "Supervisor", lo que solo me dejaba la alternativa de esconderme. Cuando urdí el plan para entrar a este lugar, no me detuve a pensar en la posibilidad de ser capturado o perseguido antes de salir de aquí con la información sobre el paradero de mi chica en las manos. Esta era la verdadera falla en mi plan y reconocí entonces el peligro al que me había lanzado sin reparar en las consecuencias. Me reprendí por no haber aprendido nada de la astucia de mi hermano y me dediqué a atrapar fragmentos de las conversaciones que, con el paso del tiempo, se acercaban cada vez más a donde me hallaba.
-(....) lo que hace aquí? El Supervisor no nos avisó de su visita. Debería irse antes (....)
-Nos habían advertido de su locura pero no lo creímos trastocado tan a fondo como para (...)
-¿Qué están diciendo?¿Acaso se están rebelando contra mí?- se alzó la voz inconfundible de mi hermano sobre la multitud de sonidos.
-(...) ha perdido la cabeza. Deberíamos consultar con el supervisor antes de tomar la decisión de (....)
-(...) acuerdo. Reténganlo aquí el tiempo que sea necesario. Ya (...)
Las múltiples quejas se sobreponían unas a otras y alcancé a escuchar vagamente el resonar de unos pasos acercándose. Me enderecé y adopté una expresión de desprecio, preparado para seguir con mi papel de ser necesario. Era Edgar que se asomó a la puerta, pidió permiso para entrar y finalmente me dijo:
-Señor, su hermano ha llegado y se empeña en hacernos creer que es usted. Que siendo él el supervisor, lo había citado a usted acá pero que había tenido que hacer un encargo personal urgente. Está amenazando a todo el personal con despedirlo si no le creemos lo que dice. Nadie le presta atención pero debo saber... ¿es usted realmente el Supervisor?
Tan pronto como terminó de hablar, una pequeña compañía de científicos y guardaespaldas entró silenciosamente al recinto, atentos a mi respuesta. Solté un bufido de burla y tras menear la cabeza con supuesta decepción, respondí:
-Edgar, ¿cree usted que si yo no fuera el Supervisor Caleb se lo diría así de fácil?¿Cree también que, en el hipotético caso que no fuera yo, me arriesgaría a estar a solas con ustedes sabiendo lo difícil que sería escapar? Fíjese en lo que está diciendo; todos los que cruzamos hoy me reconocieron y usted ahora duda de mi identidad. Yo tendría cuidado en su lugar.
Los recién llegados soltaron un suspiro de alivio, que intentaron reprimir mientras ponían falsas caras de preocupación por el destino de Edgar. Este último se quedó sin habla y apuntó su mirada al suelo en un intento por encontrar la forma de disculparse. Me felicité por mi hazaña y me agradó confirmar lo mucho que podría hacer para ir en busca de Bianca. Espere un pequeño momento antes de decir:
-¿Qué hacen todos ustedes mirándome?¿No tienen nada que hacer? Debería modificar el excelente informe que preparaba sobre su trabajo...- dejé que la frase hiciera efecto antes de agregar- Edgar, traiga a mi hermano. Deseo verlo.
Los científicos salieron apresuradamente de la estancia, dejando a los tres guardaespaldas conmigo, quienes se hicieron a un lado para dejar a Edgar pasar. Me miraban con miedo mal disimulado y parecían esperar órdenes mías. Me propuse esperar a que trajeran a Caleb y seguí interpretando mi papel de la manera más acertada que pude. Miré a los guardaespaldas con desprecio mientras chequeaba la hora en mi reloj. Medio día.
-¿Cuánto tiempo más tendré que esperar para poder terminar la inspección?- exclamé dirigiéndome al ambiente más que a alguno de ellos específicamente.
Por segunda vez, estallaron riñas en algún lugar cercano a la puerta principal del edificio y yo, dando por sentado que se relacionaban con Caleb, hice oídos sordos. Los hombres que quedaban en la habitación se movían inquietos y se lanzaban miradas de advertencia silenciosas hasta que uno de ellos soltó:
-Señor, creo que lo que está pasando fuera le concierne. ¿Me permitiría ir a chequear la situación para informarle antes que ocurra otro malentendido?
-Vaya y no se demore- respondí de sopetón. Volví a escuchar las exclamaciones y me percaté que alguien corría con premura hacia el lugar donde me encontraba. Los guardaespaldas giraron en el preciso momento en que un joven, de cabello oscuro y llamativos rasgos salió disparado del hueco de las escaleras en dirección a la puerta de la habitación. Lo atraparon poco después de cruzarla a pesar de que él demostraba una gran fuerza mientras se debatía por liberarse. Me fulminó con la mirada y vociferó:
-Caleb, no podrás retenerme por mucho más tiempo y lo sabes. Ya me escapé una vez, podré hacerlo las veces que quiera.
Cuando terminó de hablar, lo reconocí. Aquél hombre que se suponía había sido compañero de trabajo de mi gemelo y cuya foto encadenado reposaba sobre la mesa de café de nuestro departamento, se encontraba ahora frente a mí, enviándome en su mirada todo el odio que guardaba hacia Caleb.
Agradecí el golpe de suerte que había tenido: La aparición de él, junto a lo que había dicho, me reafirmaba como el supervisor a quién debían obedecer. Además, me abría la posibilidad de interrogarlo para saber algo más de mi hermano.
-Enciérrenlo en la habitación contigua. Ya tendré tiempo para lidiar con él.
Los hombres salieron de la habitación y el recluso giró para verme una vez más antes de salir con una expresión de enfado. Escuché que decía, arrastrando con desprecio la última palabra:
-Tendrás mucho más que lidiar conmigo, "Supervisor".
Edgar entró segundos después, seguido de otros hombres que sostenían a mi hermano con fuerza entre ellos. Él intentaba soltarse pero se detuvo al asombrarse de verme allí, intacto entre los que eran sus vasallos. Ordené que lo soltaran y él se alisó con un gesto rápido antes de escupir:
-Gabriel, ¿qué intentas hacer?- se giró para encararse a los demás- Todos ustedes saben que este es una falsa copia mía. Pagarán por esto si no me liberan en este momento.
Me percaté que iba vestido de una manera simple para ser él y de un tono completamente gris. Hice caso omiso de las quejas de Caleb y me dirigí a Edgar:
-Acaban de llevarse a un fugitivo que, junto con mi hermano, han violado las medidas de seguridad. ¿Qué ocurre aquí?¿Es que dejan a cualquiera entrar?
El aludido dudó por un momento, pero respondió con seguridad:
-Señor, creo que tengo que recordarle que, desde que la resistencia atacó este centro y liberó a los sujetos, la seguridad quedó mermada...
Caleb lo interrumpió diciendo:
-¿Ahora le rinden las cuentas a Gaby?¿Qué ha pasado? ¡Exijo una explicación!
-¿Gaby? No veo que nadie esté rindiéndote cuentas a tí. ¿Hablas en tercera persona de tí mismo? Sabía que los experimentos te habían afectado, pero no hasta qué punto... Edgar, por favor, retírelo de mi presencia- agregué con superioridad.
Mi hermano, enfurecido, se lanzó hacia mí, pero lo esquivé y le hice una rápida llave en el brazo derecho. Me acerqué a su oído y le susurré:
-¡Qué bien se siente ser el Supervisor! Con razón te pavoneabas así antes... Ahora podré encontrar a Bianca.
Le indiqué por señas a los guardaespaldas que lo llevaran y ví como lo arrastraban fuera en contra de su voluntad. Estaba hecho una furia cuando le sonreí con triunfo por última vez antes de que desapareciera de mi vista. Edgar lo seguía pero se devolvió para asomarse por la puerta y decirme:
-Supervisor, la chica que se alojaba en este recinto escapó poco después del ataque. Se llamaba Angela.