martes, 18 de septiembre de 2012

Una sonrisa

Hay momentos en los que quiero algo más. Alguien más parecido a mí. O los había. La verdad es que ya no puedo estar seguro. ¿O sí lo puedo estar? La verdad es que no sé cómo empezar y no sabré cómo terminar. Parece a veces que me embarcara ahora en un extraño e inesperado viaje del que solo sé su guía: una sonrisa.

No creo que alguien entienda lo que ocurre. Ya lo dije anteriormente, pero cada vez se hace más inexplicable. Tú, esa persona por la que ya dejé de tener miedo. Por la que enfrentaría a la muerte en su residencia macabra. De pronto tú tampoco lo entiendes. Me conociste casi sin miedos pues solo tu presencia los alejó sin que yo ni el mundo se diera cuenta. El miedo a amar. El miedo a establecerse. El miedo a estar tan cerca de alguien y saber que se convierte en una parte importante de mi mundo. El miedo de saber que cuando me deje de lado, me desharé en pedazos y guardaré más rencor del que ya tengo en mi oscuro y malintencionado corazón. El miedo de saber que seré capaz de lanzarme al agua cuando se termine. No me estaré rindiendo, solo me estaré entregando. Pero... ¿qué punto tiene hablar de miedos que ya no existen? Palabras sin sentido dignas de un charlatán en un esmoquin. Aquél que siempre he sido.

Esto es algo que nunca se me ha dado
O que nadie me ha inspirado
La verdad no sé por qué lo intento
Terminaré pareciendo un inepto

Pero a veces vale la pena el riesgo
Tratar de hacer algo por esa persona
Que es diferente a todo el mundo
Y que es el respiro de tu vida

Diré tu nombre
Para iluminar todo el orbe
Para recobrar aquello
Que me luce más que mi corte
Es aquella sonrisa
La que me has regalado
Y la que quedará por siempre estampada
En esta alma de endemoniado

Cada vez que te observo
Amo el color del mundo entero
Me pierdo en tus ojos castaños,
Inundando mi corazón de alegría
Locura, dicen ellos, es aquello que ocurre al
Olvidar tu existencia

Una y otra vez lo releo
E intento dar
Con aquello que no veo
Esa pureza innata
Con la que redactas
Todo lo que habla
De aquel alma
Que no debe separarse de la tuya
Pues de hacerlo
No encontrará más que penuria

Una sonrisa es lo que me has dado
Y no es la tuya
Es la mía
Que demuestra lo mucho que te amo
Y lo poco que deseo
Que te vayas de mi lado

Haces todo real para mí. No hay nada que valga más la pena que ver en la oscuridad de mi vida, el color deslumbrante de tu buena alma. Nadie me ha podido salvar como tú lo has hecho. Es por eso que te he extrañado últimamente. No importa lo que el resto diga. No importa lo que yo intente deshacer. Esa conexión, ese enlace, que formó tu sonrisa con la mía, es inexplicable y durará más de lo que yo podría decir. No te dejaré ir y si lo haces, me iré contigo. Quiero ser feliz contigo porque es más difícil serlo sin tu presencia. Y no supe si terminé, lo que debí no empezar. Una sonrisa tuya y mía es lo único que deseo.

viernes, 31 de agosto de 2012

La inmerecida

Todo podría ser perfecto. Tú podrías serlo. Nuestra relación podría serlo... pero hay algo que nunca lo podrá ser y ese soy yo. Noventa y nueve por ciento una vergüenza y con una sola cualidad: obstinación. ¿Cómo podría antojársele a alguien una persona tan singularmente disminuida como yo?¿Qué puede brindar un individuo tan deplorable y auto compasivo a otra persona? Podría decir que aprenderías de mis errores, de mis monumentales defectos y de mis quejumbrosos fracasos. Así sería simplemente un modelo a no seguir y colaboraría a tu camino hacia una "buena persona". Sin embargo, tú ya sabes todo lo que yo ignoro. Reconociste los defectos que poseo antes de siquiera tenerlos y los corregiste. Eres precisamente el tipo de persona que no podría ni podrá sacar algo bueno de mi miserable personalidad. Entonces, ¿qué más te puedo ofrecer?

Cariño no te hace falta. Apoyo, tampoco. Personas a tu alrededor que se sientan tan orgullosas de tí como yo lo hago me atrevería a decir que sobran. Amigos, familiares, conocidos... Nada te hace falta. Una persona especial, amorosa y que diera todo por tí... es lo que podría hacerte falta. No obstante, no es cierto. Tú eres feliz así, en la soledad. No necesitas a nadie para recobrar tu maravillosa sonrisa. No requieres un halago para saber lo que eres. Tienes la seguridad en tí de la que yo siempre he carecido. ¿Y qué si necesitases de alguien más? Bueno, tendría que ser perfecto a su manera, amoroso siempre y dar absoluta y completamente todo lo que tiene y lo que no para tu bienestar. ¿Soy yo eso?

No debería ni molestarme en responder esa lógica y ridícula pregunta. No soy perfecto. Mis "cualidades" no armonizan con mi asombrosa y variada "fauna" de defectos. Podría durar páginas detallando mis gigantescas fallas, comentando como han terminado de minar mi etérea confianza y convertido en el fracaso de persona que soy ahora. He fallado a la primera condición para ser tu alguien. Amoroso tampoco lo soy. Soy romántico pero mi amor se desvanece como la bruma en una mañana. Parece tangible, envolverlo todo y antes de que nos demos cuenta, desaparecerá. Ese es mi inconstante y efímero amor. Del que no deberías recibir. Segundo requisito no llenado.

Del último. De aquél que define por completo lo que no soy. Yo podría decir muchas cosas, podría hacer muchas cosas, podría dar mi sobrevalorada vida por tí. Pero se queda ahí. En un "podría". No pude hacerlo cuando lo necesitaste. No pude protegerte. No pude defenderte. No pude darte apoyo. Me contenté con estar ahí como una estatua defendiendo su territorio, ajena a cualquier cosa que ocurriese a su alrededor. Me limité a observarte mientras te auto destruías. Si no puedo hacer que estés en paz en tu interior y no te hagas daño, ¿cómo podría lograr darte la fuerza para que nadie del exterior te lo hiciera? Más aun, no soy agradable para tus seres queridos. Tu bienestar está comprometido cada vez que sales conmigo y sé que podrías llegar a perder personas mucho más valiosas que yo por quererme como lo haces. Perderás mucho y ganarás alguien que no puede darlo todo por tí. ¿Cuál es la ganancia? Y el tercer requisito acaba con mi extinta posibilidad de darte lo que mereces.

No te merezco y ese es el punto. Un punto que yo supe desde siempre. Puede que te "haga bien" pero al final del día me encargaré consciente o inconscientemente de arrancarte el corazón, de tomarlo entre mis blancuzcas y huesudas manos y comerlo mientras mis lágrimas se mezclan con tu sangre. Seré yo responsable de desangrar tu amor, de lastimar tu confianza y arrastrarte conmigo al tártaro en el que debo estar. Te transformaré, te destruiré e intentaré componerte con un plano que representa más mi maldita alma que la pura tuya. No quiero hacerlo. No deseo besarte, robar tu esencia y condenarte. Pero mi arraigado demonio logrará hacerlo si estamos juntos.

No podría negar que me haces bien. Soy feliz y debería ser suficiente si no supiese que es un sentimiento que no debo sentir. Una felicidad inmerecida. Un paraíso contigo que nunca he ganado. Al que nunca debí haber intentado entrar. Al que nunca seré bienvenido. Al que cualquier otra persona, con más talentos, más capacidades, amor sincero, y muchas más cualidades que yo debería ser invitado. Inmerecida. La inmerecida euforia que siento debe ser devuelta a su origen y debe aguardar ahí a que una persona fabulosa, espectacular e inigualable entre a tu vida. Ese que no puedo ser yo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

11+11

Muchas veces dije muchas cosas. Muchas veces aseguré lo que pensaba era cierto. En ciertas ocasiones, tomé mis afirmaciones con la gravedad digna de un axioma. Algo que sin demostración debía ser cierto. Dije muchos "nunca". Limité por completo mi vida a unas cuantas incursiones muy tormentosas en el terreno amoroso. El amor duele sin importar si está bien o mal. Nunca sentí que estuviera bien. Nunca sentí siquiera al amor tan cerca. Otras veces escupí al amor, pensando que no valía la pena. Rehuí de él, como una presa de su cazador. Escribí sobre él, idealizándolo de una manera casi ridícula mientras que en la realidad lo evitaba, lo retardaba, le ponía obstáculos. ¿Qué anduve haciendo todo este tiempo?
No enamorarme, no querer a alguien de ese tipo, no mostrar mi cariño en público, no comprometerme lo suficiente, no entregar nada que pudiera extrañar... Todo era una preparación, un entrenamiento, un preámbulo a algo que yo concebía imposible. Una opinión que podía defender en contra del mundo entero...
¿Quién osaría aceptar tantos defectos y tan pocas cualidades en una persona?¿Quién lograría atrapar el corazón de esta serpiente que escupía veneno a la simple vista de un congénere amoroso?¿Quién retendría entre sus brazos a este escurridizo ser de letras y sentimientos?¿Quién sería capaz de adoptar e incluso desplazar a las perfectas creaciones literarias de este muchacho, por las que él haría lo que fuera dado el caso que existieran?
Si me hubiesen preguntado o a cualquiera de mis cercanos antes, las preguntas habrían parecido absurdas y sus respuestas no hubieran variado de una palabra negativa de 5 letras: Nadie. Todos podíamos poner las manos en el fuego por defender la teoría que yo era un alma en esencia solitaria, a la que el amor no podría llegarle a afectar. Nunca pensé en la inmunidad que tuve, hasta hace poco... Sí era capaz de rechazar muchas cosas, de negar otras y prescindir fácilmente de las personas, sin involucrar demasiado mis alocadas e incontrolables emociones. ¿Es que valía la pena correr el riesgo por alguien?
"No". La tajante y concreta respuesta que daba a mí mismo y a los demás. Algo que más que haberlo definido yo hacía parte de mi inconstante y voluble ser. De pronto era mi culpa, de pronto era la culpa de las personas con las que me había encontrado. No lo sé, pero algo imposibilitó, para mi gran fortuna, llegar a desligarme de mis miedos por cualquiera.

Cuando llegaste, negué la posibilidad de quererte. Negué la posibilidad de gustarte, de enamorarte o de cualquier sentimiento parecido. Demasiada bondad para demasiada maldad. ¿Cómo podía ser que alguien como tú osara hablar con alguien como yo? Era como si un ángel intentara redimir la malicia innata de un pequeño demonio. No podía aceptarlo. Si alguien te gustaba, tenía que ser alguien como tú, no alguien como yo. Yo no te busqué, tú me encontraste. Yo no te atrapé, tú me capturaste. Yo urdí miles de planes, de conjeturas, en las que yo no quedaba contigo. Me los quería hacer creer, me los relataba todas las noches, mientras la luna condenaba mi comportamiento. ¿De qué sirvió?
De darme cuenta que mentía. Porque sabía la trascendencia de lo que ocurría, porque sabía que aquella persona que me empeñaba en creer que no existía, había llegado y me quería de una manera diferente y completa. Tú dijiste la verdad, a pesar de tu personalidad, de la mía y de las múltiples barreras que había puesto. La correspondencia de los sentimientos que empezó es inigualable y no la cambiaría por nada. El pasado es insípido cuando me doy cuenta que perdí mucho de él sin tenerte. El futuro no existe y el presente se alargará hasta fundirse con él y tú estarás ahí. Se suponía que tienes características que me disgustaban. Se suponía que no podía querer a... Pero tú eres diferente, incomparable... No cambiaría nada de lo que eres, de lo que representas, de cómo te ves, de lo que sabes. Sé tus defectos y te quiero con ellos. Eres todo lo que nunca existió para mí. Ya no veo miedo en nuestra relación. Te he entregado prácticamente todo. ¿Quién pensaría que este huraño y maligno servidor terminaría enamorado de tí?
Me has hecho entender lo que soy, lo que eres, lo que significa tener a alguien incondicional a su lado. A alguien con la sinceridad más grandiosa de este mundo. Lo veo en tus ojos, en tu boca, en tu cabello y en tu sonrisa. Aquella por la que caería una y otra vez. Ya no discuto conmigo mismo. Soy uno y ese uno te quiere como nunca ha querido a otra persona. Ves los colores en mí como nadie más. Pensé que el amor estaba muerto, pero cambiaste mi forma de pensar. Pienso en tí todo el día y toda la noche, porque nunca es suficiente. El tiempo desapareció, ya no siento la necesidad de ver todo en cámara lenta. No quiero dejarte ir, este sentimiento tiene que quedarse. Iré hasta el último momento, seré tu fuerza cuando te pierdas y no pienses que puedes seguir. Soy real y sé que tú lo eres también. Cuando me miras como lo hiciste la última noche, no puedo aguantar decirte adiós. Soy torpe porque me enamoré. Yo sabía que tú sabías que me habían flechado. Este será el mejor de mis sueños. Eres como un toque de luz dorada en la oscura noche. No me rendiré incluso si el mundo está en contra de nosotros. No seré alguien que se vaya tan fácilmente, estoy aquí para quedarme y haré la diferencia, la que pueda hacer. Una mirada y nada es lo mismo. Desde ese día robaste mi corazón y eres culpable. Tú eres la razón por la que sonrío. Me despiertas de los sueños en mi cabeza y me sacas de la oscuridad de la soledad. No hay conspiración en la forma en que nuestros corazones se encontraron. Es una vía de dos direcciones. Tú y yo. El deseo de la hora repetida... y la declaración del día en el que se sumaron las horas y los minutos. Te quiero mucho, Judas.

lunes, 13 de agosto de 2012

Tiempo

Y ahí estaba, frénetico buscando el tiempo correcto. Miraba su reloj a todas horas, no se despegaba de él pues era el que le decía que estaba en el camino apropiado y en el momento exacto. La paranoia del tiempo era infinita.  No dejaba de pensar en el tiempo que había perdido en su pasado, saliendo con personas o haciendo cosas que no valían la pena. El futuro también hacía parte de la paranoia: Se preocupaba por darle tiempo a todo, un tiempo justo y exacto, porque no podía nuevamente dejarse llevar más de lo necesario. Pasado y futuro. En el presente no había tiempo, porque si asignaba tiempo para el presente, se desperdiciaba mucho más de lo que se ganaba.
Toda su vida fue de esta manera. Precavido siempre dejaba tiempo para salvarse de cualquier peligro, tiempo para superar los golpes de su vida y tiempo para malgastar con las personas. Nada podía durar mucho. Su tiempo estaba contado y así seguiría hasta que muriera...
Pero no murió... y tampoco siguió pendiente del tiempo. ¿Qué le había ocurrido?
Una persona, de las tantas muchas existentes en el planeta, con la que podía malgastar el tiempo que fuera.
Eso era lo que le había ocurrido. Esa persona le hizo olvidar del tiempo.
Ya no interesaba cuánto se demorase, cuánto durara, si el tiempo se acababa...
Simplemente estaba al margen de él.
En un plano superior... donde lo único que importaba era la persona que había destruido al tiempo.
La paranoia entonces se había ido, hasta siempre. Ya el pasado y el futuro no eran nada sin el presente, al que se le debía adjudicar el único tiempo que se tenía.
El presente... el lugar donde se encontraba él. La única persona a la que podría decirle algo más que un "Te quiero".
¿Por qué no podrían entonces olvidarse juntos del tiempo?
Del pasado, que tanto atormentaba su maldito corazón paranoico...
Y del futuro, que era inexistente e inocuo sin el presente.
El tiempo ya no era mucho ni suficiente a su lado. Solo era eterno, inmutable y ajeno a ellos.
"Mucho tiempo" se refería únicamente al momento en que dejaban de hablar, pero no era proporcional. Los segundos sin su mitad podrían ser mucho tiempo...
El tiempo empezaría de nuevo si le dejase... Eso lo sabía.
Pero preferiría ser atemporal, para siempre.
"¿De qué serviría tener tiempo si no se pudiese compartir contigo?"

sábado, 28 de julio de 2012

Piel

Se despellejó con lentitud. Casi con dulzura mientras veía los minutos pasar. Cada fragmento que caía revelaba algo nuevo que quitar.
La sangre solo ayudaba a aflojar los parches de falsa piel que se aferraban aun a su maltratada carne y luchaban por ocultar su verdad.
Con la práctica, el proceso se fue haciendo más fácil y se sentía como si ayudase a su madre a pelar cualquier vegetal inerte.
A medida que avanzaba a sus extremidades superiores, se percató que resultaba más placentero que utilizar sus propias uñas para desollarse.
El cuchillo perdía el filo y su suave brillantez se escondía en las manchas de sangre, seca y húmeda. Podía sentir de nuevo la resistencia.
Se acercó el borde de la herramienta a la rótula y con mecánicos y continuos movimientos afiló su hoja, que sonreía encantada entre la carne.
Con el filo perfecto, la pequeña arma despedía una hermosa malicia, que solo podía ser ofuscada por el intenso color de su sangre.
Tenía que limpiarla y el olor penetrante que inundaba el ambiente le incitaba a hacerlo. Con la punta de la lengua, recorrió la hoja y rió.
El sabor seco, salino y metálico de su sangre le produjo escalofríos que hace mucho no recordaba.
Uno de los inesperados temblores le provocó una herida en la lengua, de la cual empezó a manar ese líquido que tanto añoraba.
Había fallado. El cuchillo no relucía y ahora la ilusión de la espesa sangre no le permitía seguir su trabajo.
Pero debía continuarlo. Se había preparado tanto tiempo para deshacerse de su fría y pálida piel que tanto le sobraba.
Reinició su tarea de nuevo, hundiendo la punta del cuchillo el pliegue de su codo derecho y se preguntó por qué había sido tan estúpido.
Había evaluado tantas veces sus posibilidades y ésta, la más obvia, la había ignorado. Pedazos de su piel seguían cayendo en el suelo.
Pareciese que con cada fragmento que su sangre se llevara, resarciera uno de sus múltiples pecados.
Y sin pecados, sin apariencias y sin tapujos, así pensaba que le quería.
¿Podría su carne seducirle más fácilmente que su horrorosa piel de cadáver?
¿Y qué tal que no le importase su maldita piel?¿Que le quisiese así?¿Debería intentar volvérsela a poner o quitársela del todo?
La piel no servía. Tampoco la carne. ¿Debería empezar a arrancarse a pedazos el cuerpo entero para sentirse bien?
La cara. Su supuestamente atractiva cara. Era lo único que todavía no mostraba la crudeza de la carne viva
¿Dónde estaba su orgullo ahora?¿Ese que siempre salía a flote y le permitía herir personas a diestra y siniestra?
Levantó con suavidad la piel de sus mejillas y no. Ahí no se encontraba su orgullo perdido. La sangre fría acariciaba su cuerpo desollado.
La maltratada nariz tampoco guardaba secreto alguno. ¿Con qué debería seguir?¿Con sus ojos?¿Con su boca?
De pura rabia e impotencia, se arrancó de un tajo una oreja. ¿De qué le servía escuchar si no era su voz?
¿Y la lengua? Nunca iba a volverle a escuchar. Sería más útil como comida de perros.
¿Desde cuándo se había vuelto tan masoquista? Adoraba el dolor que le daba saber que no se encontraba a su lado.
Y la devoción le destruía mientras continuaba su ardua tarea. Una masa de músculos le devolvía la mirada desde un espejo.

lunes, 16 de julio de 2012

La cazadora y el artista. "Me casaría con la noche"

-¿Póliza de seguro?-pregunto con desconfianza al acercarme a la figura ataviada de blanco junto a la mesa.
Levanta una ceja y me mira con astucia. Seth espera a que la ansiedad me carcoma la mente y, después de tomar un trago ruidoso de una de las copas que su hija ha dejado sobre la mesa, responde:
-Tu vida está en juego. Debes tener algo en lo que apoyarte en caso de que me ocurra algo.
Yo sé la verdad. Lo que quiere decir es que existe la posibilidad de que cambie de parecer y, para no manchar más su reputación, prefiere darme esta garantía.
-He decidido modificar el papel en el juego. Juzgar mortales y defender mis dominios ocupa gran parte del eterno tiempo que me fue brindado así que no intentaré seducir a una mortal. De hacerlo, usaría mis poderes sobrenaturales y tú quedarías en evidente desventaja. Además, creo que mis compañeros dioses se divertirán más contigo-termina con una sonrisa en la comisura de los labios.
Estupefacto ante la noticia, lo miro y le pregunto mental e inconscientemente a Seth lo que en realidad significa lo que ha dicho.
-Fue el encuentro con Hela, ¿no?-inquiere volviendo a sonreír, solo que esta vez muestra gran superioridad.
-¿A qué te refieres?- le suelto de sopetón sin dejar de sentirme lento y algo estúpido.
-Mi querido Vlad-hace una pausa para beber de su cóctel.-Había escuchado que los humanos quedaban trastornados después de ver a un dios en su forma verdadera pero nunca había conocido un caso de primera mano. Lo que te digo es que, a pesar de que yo no intente obstaculizar tus infalibles técnicas de seducción, otros dioses pueden curiosear alrededor tuyo mientras dure nuestra apuesta.
Esa es la aguja del pajar. Debo evitar a las otras caprichosas deidades. Puedo estar seguro que el demoníaco personaje de blanco los persuadió para que se "divirtieran" conmigo. No debo olvidar que él es a la vez Loki.
Asiente con la cabeza y me acerca una extraña pluma de pájaro, larga y oscura, con la que yo asumo debo firmar la póliza.
-Ya entiendes todo así que adelante. Tengo mucho que hacer y tú debes ir a descansar luego de las faenas "amorosas" de hoy.-me guiña un ojo con complicidad y con un gesto de la mano me invita a ver el documento.
Examino cuidadosamente el completo del acuerdo, buscando con paranoia algún desliz que le permita a Seth volver a interferir en mis esfuerzos por lograr que una mujer me ame. Dándome por vencido, tomo la pluma y comienzo a escribir, con lo que la antigua cicatriz oculta en el interior del codo palpita y se enrojece de manera anormal.
-Ah-dice con una exclamación de placer-. La hermosa marca de nuestro primer acuerdo-se acerca y toquetea con su mano de piel intacta la cicatriz con forma del signo astrológico de Plutón.
-Mmm, parece que hubiese sido ayer que pediste mi ayuda.
-Para ti, señor de las tormentas, para ti-le corrijo con sequedad. Agarro mi chaqueta y me dirijo a la puerta de cristal del segundo piso. Antes de ingresar, oigo la grave voz de Seth:
-Que mi dulce Afrodita te guíe.
El restaurante está desierto y me encuentro con mi Mustang plateado aparcado en la entrada. Corro en mi auto por las calles vacías en dirección a mi apartamento de dos pisos.
Al llegar a mi residencia, recuerdo a la sexy rubia que satisfice hace dos días. Su sabor, su aroma y su placer me embriagan y me incitan a buscar una nueva conquista. Llego hasta la cama y, antes de decidirme a salir de nuevo, encuentro un objecto oscuro sobre ella. El asombro que me produce el descubrimiento despeja cualquier otro asunto de mi mente. Una pequeña figura de la tradicional Parca con su guadaña descansa sobre la colcha roja a cuadros. La cabeza semioculta por su capucha y representada por una calavera trae a mi pensamiento la celebración mexicana en torno a la Muerte, donde es tratada como casi una diosa. El escalofrío helado recorre mi cuerpo mientras traslado la escultura de cerámica a la mesilla de noche más alejada de mi lecho. No le temo a la muerte pero la aparición inexplicable de ese objeto me hace dudar de mi seguridad en casa.
Con ansias de rezarle al inexistente dios católico, me arrebujo entre mis cobijas y me dispongo a dormir. Una vuelta, dos vueltas... no puedo dormir... Muchas ovejas, sigo sin conciliar el sueño.... Sesenta y seis vueltas en la cama. Una mujer en túnica que caza con un gran grupo de hermosas féminas agita su cabello ondulado y castaño antes de lanzar una flecha a su objetivo. El susurro del viento, la luz de Selene en mi habitación... La escultura de la Santa Muerte. Un hombre vestido con un ligero pantalón toca un extraño instrumento de cuerda que no logro nombrar pero que relaciono con un arpa simétrica. El sonido de un reloj al pasar los segundos, el olor de la sangre... La cara de Hela, la mitad viva y la otra descompuesta...
El astro rey disipa todas mis dudas al enviar sus cálidos rayos a acariciarme la cara. Estiro mis relajados brazos antes de levantarme al baño. Allí, el agua caliente recorre mi cuerpo y reafirma lo que ya hizo Helio. Tranquilo y descansado, inspecciono mis músculos y demás atributos. El medio del deseo. ¿Quién podría resistirse a él? Hasta una diosa cayó en la tentación y yo caería de poder hacerlo.
Recuperando toda mi usual seguridad, me visto con calma y, luego de un nutritivo desayuno de frugívoro, intento contactar a Linda.
Mi atractiva y sincera pretendiente que ha presenciado lo que los encantos de Hela pueden provocar en un hombre. Debo disculparme con ella antes de tratar de seducirla de nuevo. Siempre fue la opción lógica cuando tuve que pensar en una mujer a la cual encantar, pero ahora no responde a mis llamadas y asumo, con gran probabilidad de acierto, que tendré que encontrarla en persona para hablar con ella.
Decidido, bajo al sótano donde mi Mustang espera con elegancia. De camino a la modesta casa de un piso que habita Linda, me topo con un inusual tráfico pesado y debo detenerme detrás de un camión de carga, a menos de 20 cuadras del hogar de mi bella amiga. Aprovecho entonces para chequear mi apariencia en el espejo retrovisor, el cual me atrae más de lo normal. En el auto sin capota detrás del mío, una mujer de cabellos relucientes fija su vista en lo que yo considero es mi nuca. Sin apartar la mirada, me sonríe con picardía cuando regreso a verla. Sus grandes gafas de sol ocultan sus rasgos y su ondulado cabello vuela con cada ráfaga de viento. No logro evitar imaginar su cuerpo desnudo pegado al mío, temblando con cada espasmo de placer que le causo. Muerdo sin querer mi labio inferior y sin dejar de mirarla, le guiño un ojo antes de reanudar la marcha hacia la casa de Linda.
"Vladimir, no deberías perder el tiempo. Es caso perdido" susurra Seth en mi mente.
"Ya lo sé. No tienes que repetírmelo" le respondo al pícaro, pensando en la morena del auto descapotable.
Estaciono frente al cuidado y colorido jardín que atravieso hasta la puerta de madera oscura, cruzando los dedos para que Linda se encuentre allí. Espero menos de un minuto y la entrada se abre dejando paso a la llamativa actriz que me rechazó.
-Hola, Vlad. ¿Qué haces aquí?
-Buenos días, Linda. Vine a disculparme contigo-contesto dándole la caja de chocolate amargo que he comprado para ella. Acepta el regalo y sonríe con timidez antes de susurrar:
-¿Por qué lo haces?
-Porque te he fallado como nunca lo he hecho con nadie.
Parece hacer caso omiso a mi respuesta y suspira antes de invitarme a pasar a la sala de su casa.
Una vez allí, entre la mesa de café de tonos verdes y los sillones mullidos a cuadros, ella respira agitadamente y empieza hablar:
-Lo que dices es cierto. Me has fallado pero eso no es lo que interesa... puesto que no has hecho nada que no se esperara de ti.
Meditando en la completa veracidad de sus palabras, escucho a través de la ventana abierta el dulce sonido de una lira al ser tocada. El melodioso repicar me distrae y olvido por completo mi intención de arreglarme con Linda.
-Creo que no lo has podido decir mejor. Nada de esto interesa ahora...
-Es cierto. Fue mi culpa al haber pensado que podía dominarte y seguir tratándolo a pesar de todo. Tú y tu gran museo de amantes...
El comentario me hizo estallar en carcajadas que hubiera reprimido si no estuviese bajo el encanto de la lira.
-Querido y adorado por mujeres atractivas. Tú eres mi tipo de hombre y yo no podía hacer nada...-ignora mi reacción de nuevo.
-Una amistad que nadie más podía tocar. ¿Podemos seguir con ella?-levanta la mirada y me escruta con sus ojos verdes, esperando mi respuesta.
-¿Por qué desistes?-pregunto con curiosidad de idiota.
-Me encuentro tratando de cambiarte; si estuvieras destinado a ser mi amante, no tendría que hacerlo.
La frialdad y la certeza de su razonamiento me extrañan. ¿Qué he hecho? La lira continúa su viaje musical, ajena al resto del mundo.
-Completamente de acuerdo-afirmo, aproximándome a su delicada cara. La beso en la mejilla y previendo lo que la música puede ocasionar, me alejo de ella.
-Te dejaré con la sinfonía de la lira. Que tengas un día maravilloso-me encamino a la puerta de entrada con premura pero Linda me alcanza a medio camino y me interroga:
-¿De qué melodía hablas? Todo está en silencio, Vlad.
Sin la intención de molestarla más y sintiéndome de manera ridícula como un héroe compasivo, le respondo:
-Era solo una metáfora. Me refería a tus pensamientos.
Un sentimiento de desconfianza me asalta y recordando la figurilla de la Parca, subo a mi vehículo, escapando del escrutinio de los ojos de Linda y de la encantada canción de la lira.
Emprendo mi camino al estudio, a uno de los ensayos de la obra que estamos montando, una adaptación de la primera parte de Fausto, de Goethe, donde yo interpreto el papel principal. Algo irónico y a la vez apropiado para alguien como yo, que conoce mejor que nadie las artimañas de los verdaderos demonios.
Al llegar, me asombro al encontrar público frente al proscenio sobre el que nuestra acción se lleva a cabo. Normalmente, no solemos permitirlo hasta que todos los actores han asimilado sus personajes a la perfección. Infiero entonces que como yo, todos mis compañeros están hinchados de confianza y darán lo mejor de sí en escenario.
Mientras que me convierto en Fausto y espero a que Mefistófeles se manifieste en su forma verdadera, veo en el público una cara conocida: la flamante morena del carro descapotable me sonríe con satisfacción desde la segunda fila de la platea. Su presencia me distrae pero no lo suficiente como para perder el hilo de mi actuación. Observo a su alrededor, un pequeño conjunto de despampanantes mujeres ríen con gracia en torno a ella. Por enésima vez, el absurdo sonido de una lira atrae mis oídos. Tengo éxito al mantenerme en mi papel pero mi mente no deja de viajar hacia la sagaz mujer.
Después del término del ensayo, las luces se apagan y el show parece dar inicio en realidad. La mujer de cabello castaño se aproxima hacia mí con el cerco de mujeres a sus espaldas. Me felicita por mi desempeño y luego me invita a almorzar con ellas. Sin posibilidades de negarme, las sigo hasta su auto donde me aseguran que no es necesario que lleve el mío. Me subo con dos, una pelirroja y una pelinegra de aspecto feroz pero sexy, en la parte trasera mientras que la castaña conduce el auto con una rubia a su lado.
Me llevan a un elegante restaurante italiano del que no reconozco ni el nombre. Un camarero nos acompaña hasta una mesa que ya han reservado mis para nada reservadas acompañantes. Ya ubicados en nuestros lugares, la tarde se hace amena y transcurre con una velocidad inusitada. Averiguo el nombre de la morena, Diana y me percato de la gran similitud que tiene con alguien que conozco pero que no logro recordar. La conversación fluye y me despeja la mente, ocultando mis preocupaciones por la melodía de la lira y la representación de la Santa Muerte. Aprovecho el cálido y acogedor ambiente para coquetear con todas, en especial con la pelinegra, puesto que hace mucho que no pruebo una. Las chicas aceptan mis flirteos y responden con un entusiasmo aparentemente reprimido, lo que yo interpreto como una señal de intimidad. Desean estar a solas conmigo, pero ninguna de ellas lo pedirá tan fácilmente. En algún momento después de finalizar la comida, atraigo a la más interesante con un gesto (la pelinegra) y pido permiso para ir al aseo. Al hacer la charada de entrar y salir de él, me la encuentro, salvaje y perfecta, y recuerdo que se identifica como Cathee. Sus movimientos me atraen hacia ella como si tuviera hilos de marioneta. Antes de poder evitar cualquier cosa, sus dientes capturan mis labios, sus manos mi torso y me empujan al interior del aseo de las mujeres. Sus manos se mueven con rapidez e insistencia sobre mi órgano que responde lentamente a su sugerente comportamiento. En menos de un minuto y mucho antes de la posibilidad de cualquier orgasmo, todo cambia. Diana entra con determinación y aleja a Cathee de mí con una mirada de reprobación y advertencia.
-¿Qué haces?-le reprocha.-¡No es para nosotros!¡No lo eches a perder!
-¿No podía divertirme un rato, cazadora?
-No, Cathee. Caza tus propias presas si quieres divertirte.
Reaccionando con brusquedad ante las palabras, espeto:
-No soy tu presa, Diana. ¿En qué estás pensando?
-Vladimir, cálmate. Ya sé que no lo eres. Discúlpame por mis comentarios. Eran solo metáforas- me asegura con una sonrisa cargada de peligrosidad, lo que la hace más atractiva.-Solo quiero que Cathee y tú comprendan que no deben hacer ese tipo de actos en un lugar como este.
Cathee sonríe también pero demuestra señales de arrepentimiento.
-Creo que las chicas y yo nos vamos. Nos queda mucho que hacer bajo la Luna-me guiña y me invita a salir. Diana se queda atrás y suelta un suspiro de alivio.
Me despido de todas, a excepción de Diana, que insiste en llevarme a conocer su residencia. Intuyo lo que quiere de mí desde que la vi rugirle a Cathee. Excitado con la idea, ocupo el puesto del pasajero junto a ella y la seduzco camino a casa para asegurar mi victoria. Podría enamorarla y así terminar con mi acuerdo pero creo que eso podrá esperar hasta mañana.
La imponente casa con fachada de mármol y de forma pentagonal me revela la verdad poco antes de verla. El auto se detiene, Diana utiliza el cinturón de seguridad para inmovilizarme y un hombre entra por la puerta a mi lado del auto. Intenta sacarme pero forcejeo con él y Diana al tiempo, logrando apartarlo por un momento. Me alza de la silla y...
-¡Paolo!-es lo único que alcanzo a decir antes de caer inconsciente por un golpe musical sin fuente reconocible.

El fuerte olor de la quema de un pedazo de incienso me hace picar la nariz y me instiga a abrir los ojos y recorrer mi entorno. Una habitación de tonos pasteles tenuemente iluminada por una pequeña lámpara de pie a mi lado aparece en mi campo de vista y desaparece cuando parpadeo para aclararme. ¿Qué me ha ocurrido? Me encuentro desnudo, descansando sobre una cama sin cobijas, la cual representa el único mobiliario del recinto. No estoy atado pero no soy capaz de moverme; algo intangible me mantiene en la posición algo sexual en la que me encuentro. En la esquina más alejada del lugar, un largo palillo de incienso emite un humo oscuro al quemarse con lentitud, lo que termina por ocultar una parte en penumbra de la habitación.
Empiezo a recordar entonces lo ocurrido. ¿Por qué Diana me habría llevado con Paolo? Advierto por primera vez las similitudes evidentes entre sus aspectos, con lo que se evidencia la verdad. Son hermanos gemelos. ¿Por qué no sabía que mi amigo italiano tenía una hermana así?¿Para qué me necesita Paolo en su casa, desnudo y atado por fuerzas invisibles? Siempre pensé que me tenía envidia, pero no la suficiente para secuestrarme e intentar quitarme la dignidad. Supongo que Diana es tan culpable de esto como él, pero de nada sirve quedarme estancado en pensamientos de odio en una situación tan crítica como esta.
Me debato con todas mis fuerzas contra el sobrenatural agarrotamiento de todos mis músculos y recurro a mi energía mental para convencerme de que podré liberarme. Escucho que alguien trata de sofocar una risa masculina y, con gran esfuerzo, diviso algo a través del denso humo del incienso.
Un hombre de cabello crespo y delicadas facciones se halla sentado frente a un gran lienzo, donde aparentemente dibuja la escena en la que me veo involucrado. Imberbe y con un cuerpo perfecto, se encuentra vestido con ropa ajustada y de colores claros, sin calzado y con una banda de tela en la cabeza. No logro saber de quién se trata y quedo de una manera ilógica atontado por su apariencia física. Se ve relajado y algo descuidado pero no deja de ser agraciado y apuesto. Muestra gran concentración mientras evalúa mi cuerpo, seguramente captando cada detalle para plasmarlo en su pintura. En un arranque de curiosidad, le pregunto:
-¿Qué tal se ve mi cuerpo?
En un principio, no parece haber escuchado mi pregunta, pero después de unos minutos se levanta, deja su pincel y paleta sobre la silla y emprende el camino hacia el lecho donde estoy. Me observa con detenimiento y se agacha junto a mí en silencio. Su mirada me encandila y miro por unos segundos al techo, procurando recuperar mi tranquilidad. Regreso al hombre, el cual ha sacado de algún lugar imperceptible una lira, que empieza a tocar con una delicadeza inusual en alguien con su apariencia. Los acordes del instrumento me transportan y soy testigo de numerosos y hermosos lugares de un blanco intenso, que solo pueden haber sido creados por los mismos dioses. Un templo erigido sobre una isla, donde múltiples muchachas se dejaban llevar por trances que les permitían concebir el futuro. Una corona de laurel, recordatorio de unos juegos antiguos realizados en su nombre. Una carroza gigantesca, dirigida por alguien que no consigo ver. Un campo de cipreses, tranquilo y perfecto...
La música termina y con ella se van las ilusiones. El ambiente, sereno y calmado, me abraza con dulzura mientras que el hombre se aproxima a mí. Su cara queda a un palmo de la mía y siento sus exhalaciones en mi cuello.
-No he encontrado nadie en el mundo moderno con una contextura tan ideal como la tuya. No podría utilizar a nadie en una obra como esta.
Su cercanía me aletarga y solo consigo gesticular:
-¿Quién eres?
-Un artista. Un humilde y perfeccionista artista con los recursos para buscar los mejores modelos para sus obras.
Se endereza, deposita la lira en un soporte en el que hasta ahora reparo y se sitúa de nuevo frente al caballete, tomando el pincel y la paleta para continuar con su largo trabajo.
El tiempo transcurre con lentitud y el aroma del incienso parece calmar mi ya aletargado pensamiento. No me siento mal y no sufro; he caído en la trampa de creerme el papel de modelo. No siento prisa, solo deseo ayudar con su arte. Ese es el principal propósito. Olvido a Paolo y a Diana y me limito a respirar, a estar quieto (ahora al parecer se han ido las ataduras etéreas) por mi propia voluntad mientras que el hombre frunce el ceño al comparar su pintura con lo que hay a su alrededor.
Tiempo después, una mujer con rasgos similares al hombre entra a la habitación y se dispone a evaluar detenidamente el escenario completo desde una esquina apartada del pintor. También atractiva y de cabello castaño ondulado, sonríe y con un rápido movimiento se aparta de la pared, encaminándose hacia mí.
-Diana, no eches a perder mi cuadro.
El reconocimiento me sacude del ensimismamiento. La mujer se acerca con cautela y puedo reconocer a Diana oculta entre sus delicados y divinos rasgos. Parece una representación mejorada de la chica del auto descapotable que conocí en la tarde. Como si alguien se hubiese tomado la molestia de recrear únicamente sus cualidades, perfeccionando sus facciones y haciéndola casi ideal.
-Déjame, por favor.
Sube a la cama donde me hallo y me agarra suavemente de las muñecas, capturando mi mirada con sus ojos marrones. Su cercanía me atrae y no dejo de olvidar la manera en la que le coqueteé antes. Me atrae hacia sí dejándome boca arriba, sosteniendo mis piernas con las suyas. Una multitud de imágenes se abultan ante mis ojos mientras ella me acerca sus dulces labios a los míos. Un edificio, considerado como una de las siete maravillas del mundo antiguo, con una fachada de columnas de mármol y techo terminado en punta regenta una gran pradera verde en algún lugar de Turquía. Un arco y unas flechas abandonadas en medio de un lugar de caza. La provocativa visión de Diana bañándose en un río e invitándome a nadar con ella... La realidad se confunde con la imaginación y siento como ella complace mis más íntimos deseos sin dejarme siquiera intentar hacer lo mismo con ella. Su esbelto cuerpo del tono de la leche parece derramarse en mis manos y recorrer todo mi organismo, brindándome temblores incontrolables de pasión. Una danza de miembros, de deseos y de suaves labios se lleva a cabo en el limbo entre un sueño, una ilusión y la realidad. Como dos criaturas marinas, nos enroscamos uno alrededor del otro, moviéndonos en el agua con inusitada hermosura. La conjunción del momento aumenta la ansiedad por llegar al final y combina fácilmente los universos paralelos en los que me encuentro. Ella y yo somos uno y buscamos como animales la energía vital que nos puede dar una presa. El orgasmo vuela a mi encuentro y lo atrapo en el aire, consumiéndolo y alargando por completo. Los sentidos se nublan y la pequeña prueba de muerte me da la satisfacción que nada más puede regalarme.
La estancia se aclara y veo a Diana junto a mí, en sus plenos cabales y porte, sin ningún indicio que sugiera lo que acaba de ocurrirme. El hombre, que ahora reconozco como Paolo, se encuentra de pie junto al lecho con una mueca de desagrado casi imperceptible. Con un movimiento inapreciable, levanta a Diana y la deposita en el piso junto a su caballete, sin ternura pero con cuidado. Diana parece no resistirse y solo se ríe con locura.
-¿De qué te advertí, hermana?-le ruge Paolo. -Él es mi presa, aunque tú lo hayas cazado.
-Una ilusión no le hace daño a nadie. ¿No puedes dibujar la reacción de Vladimir? Sería apropiado para tu cuadro.-deja meditando a su hermano y se dirige a mí.-No todas caemos ante tí. Lo que viste fue un mero espejismo, provocado por mis poderes. Yo no soy tan tonta como las otras diosas.
Cansado por las acciones recientes y decidido a aclarar todo, exclamo:
-Así que ustedes dos también hacen parte de algún panteón de divinidades, ¿me equivoco?
La suspicacia de mi inmediata especulación los deja sin palabras y se limitan a observarme con cautela.
-Paolo, creo que hemos cazado a la persona errónea-susurra sin dejar de mirarme de manera inquisitiva.
-¿Estás segura? Podría ser un truco.
-¿Como el que Seth y Hela prepararon para mí?-intervino casi sin pensar lo que digo.
Diana se levanta de un salto y sale disparada por la puerta del recinto mientras que Paolo parece retomar con una velocidad inhumana la pintura que hace sobre mi actual situación. Con frenesí, el pincel recorre el lienzo que no logro ver de frente y la paleta pierde poco a poco su carga de colores. Unos diez minutos después, deposita sus herramientas en el piso y examina su obra terminada durante otros cinco. En un arranque de rabia, le da la vuelta y me permite ver su cuadro.
Una representación luminosa y profunda de mi elegante cuerpo desnudo sobre la colcha de la cama es revelada por Paolo. El humo del incienso rodea sus bordes, haciéndola parecer un verdadero espejismo en contraste con el resto. Pareciese que el artista conociera todos los detalles tanto de la cama como de mí mismo y hubiera procurado resaltarlos todos al tiempo, sin ocultar o eclipsar ninguno de ellos. La fluidez de los colores, la veracidad de las sombras y la perfección de los contornos la hacen mejor que una fotografía de alta definición. El lienzo guarda un gran secreto, como si tuviese las almas de todo lo plasmado en él.
-Creo que es lo mejor que he dibujado, y de una persona que no debería-dice con calma. Camina por la habitación y continúa-Nunca te he tenido envidia, Vladimir. Eso es lo que te he hecho creer. Yo solo he querido vivir una vida "normal" durante un tiempo.
-¿Y por qué hacer esto para acabar con ella?
-Pensé que eras real y ahora me percato que eres solo una fachada, con muchas personas detrás sosteniéndola-con evidente decepción, toma la pintura y salta con soltura a un lado, a la vez que el cuerpo de Diana entra volando por la puerta.
Ella se levanta con fiereza y adopta una posición poco delicada, como si fuese a lanzarse sobre alguien. Por el hueco de la puerta entra una elegante mujer con el cabello recogido sobre la cabeza, ataviada con un ligero vestido de dos colores, al igual que su cabello, blanco y negro.
La versión griega de Hela se acerca a Paolo y con un gesto de la cabeza hacia Diana, se aproxima a mí.
-Hola, Vlad. Veo que te han cazado y no me agrada.
Paolo se acerca a ella y le susurra:
-Solo fue para el bienestar de mis artes, Perséfone. No te disgustes con nosotros.
-Si ustedes se encargan de las muertes de hombres y mujeres y ahora andan ocupados con él, ¿quién me enviará almas al Inframundo entonces?
Tanto Diana como Paolo se enderezan y parecen dejar sus posiciones reacias y ofensivas. Diana, aparentemente calmada, le responde:
-Los dioses también necesitamos nuestras vacaciones, Reina del Inframundo. No obstante, perdónanos. Sabemos lo que debemos hacer.
-Espero que no lo olviden nuevamente, queridos medio hermanos-advierte antes de recorrer con la vista la pintura que Paolo ha hecho-Veo que has terminado con él. Has hecho un buen trabajo, pero es hora de liberarlo.
Los hijos gemelos de Leto se quedan petrificados mientras Perséfone me da la mano y me levanta de la cama sin ningún esfuerzo. Le hace un gesto a Diana que, en un abrir y cerrar de ojos, trae ropa para mí. Ya vestido, la elegante Reina me pasa el brazo con la cintura, se despide de nuestros acompañantes y espera a que yo haga lo mismo. Luego, con un sonido de succión, se abre un túnel en el suelo, en el que caemos sin resistencia alguna. El tiempo no existe y solo puedo sentirla a mi lado en el vacío. De sopetón, el túnel termina y aparecemos en hogar, junto a la pequeña sala de estar.
Hela, ahora con su verdadera apariencia me sonríe, me suelta y se sienta en el sillón más alejado. Yo, por mi parte, ocupo la silla que hace un día (o eso creo) le sirvió a Seth para darme el sermón sobre ser amado.
-¿Cómo sabías que yo estaba allá?
-Tenía que investigar la escasa cantidad de almas que llegaban a mis dominios. Eso fue lo que me llevó a buscarlos. Te encontré de casualidad, apuesto Vladimir.
Sin dudar de su respuesta, pierdo algo de la esperanza que he ganado al verla entrar en el estudio de Paolo y respondo:
-Te agradezco por rescatarme. No sé si habría podido o querido hacerlo por mi cuenta.

-Conque esas tenemos-añade una molesta voz a mis espaldas. Pienso que pertenece a Seth pero al guiarme no me encuentro con lo que espero ver.
Un joven, pálido, de piel uniforme y contextura delgada, me mira con curiosidad. Su atuendo es excéntrico: está en apariencia burdamente confeccionado y se asemeja a una túnica, de las que los santos visten en los cuadros religiosos. De color verde y dorado, esta prenda le da la apariencia de noble e incluso de aristócrata de alto rango. Me hace recordar a los señores feudales y estoy seguro que él podría ser uno.
-¿A qué te refieres?-le pregunto, apartando la mirada de la estupefacta Hela.
-A ti y ella-me responde con paciencia, quitándose el cabello de la cara con un rápido movimiento de la cabeza.
El tono del mismo me inquieta. No consigo distinguir si es castaño o dorado. Es similar al de Linda, pero se ve tan suave que provoca unas ganas irracionales de acariciarlo. El personaje lo lleva hasta abajo del lóbulo de las orejas y parece constituir una gran parte de su presencia.
-A todos les gusta-exclama inesperadamente. Estalla en acogedoras y sarcásticas carcajadas antes de sonreírme de medio lado.
"Puedo ver lo que piensas. ¿Ya lo olvidaste?" dice la voz de Seth en mi pensamiento.
-No entiendo nada, Hela. ¿Sabes qué ocurre?-inquiero sin salir de la sensación sobrecogedora que me inspira aquel hombre.
-En términos coloquiales, un milagro. Hace mucho que no lo veía así...-deja la frase a medio terminar mientras examina al agraciado conocido.
-Yo no hago milagros; solo picardías... o eso decían en la antigua Escandinavia-sonríe de nuevo y me guiña el ojo con astucia.
-Vengo por tí, querida hija. Ya has hecho tu trabajo en la superficie y no debes dejar nada sin atender en el hogar de la niebla-prosigue.
-¿Loki?-inquiero en voz alta y mi asombro me lleva a pararme de un salto. Examino la expresión del hombre, que responde fácilmente a mi pregunta.
-Vlad, era imposible que no me reconocieras.-dice, dándose importancia y sacudiendo su cabello una vez más. El tono se hace evidente. De un oscuro negro representa las profundidades de los dominios de su hija.
-¿Por qué has venido así, padre?-le cuestiona Hela, de pie también, antes de acercarse poco a poco a él.
-¿Debo presentar mis propósitos frente a mi descendencia y a los humanos? No lo creo. Vámonos de una vez por todas. Ya tendrás otras oportunidades de intimar con mortales-le recrimina. Toma una pausa para caminar hasta Hela y se dirige a mí:
-Contando desde hoy te quedan 4 días para enamorar a una mujer. Que tengas suerte en tu empresa, querido Vlad.
Él y Hela, con una mueca de asombro y disgusto, desaparecen en un torbellino de viento helado, dejándome en completa soledad.
En estado de shock por la aparición de Seth en su forma nórdica, me aproximo a mi cama, cojo la figura de la Santa Muerte y susurro para mí mismo, confiando en que no soy espiado:
-Perséfone. ¿Qué es lo que deseas de mí?

domingo, 8 de julio de 2012

Inmunidad

El "interesante e intelectual" pelinegro sonrió al ver como ella caminaba con presteza, demostrando una belleza que nunca había llegado a comprender. Ella le sonrió y él se dio cuenta que no le molestaba tenerlo cerca; que, a pesar de que las cosas habían llegado a su fin hacía mucho tiempo, ella no sentía reparos a la hora de demostrarle su inmerecido cariño. Su suave piel de tonos claros, sus labios dulces y sus penetrantes ojos atraparon la atención de él mientras ella seguía de pie al frente. Sin mutar su expresión, ella acarició con ternura su mejilla y enredó sus largos y estilizados dedos en su cabello. Él, anonadado por el gesto, solo consiguió hacer una mueca en vez de una sonrisa.
-Es igual que antes- dijo ella en un susurro.
Él abrazó el silencio. No quería pensar en lo que ello significaba. Preferiría seguir bajo el delicado cariño de aquella de quien alguna vez había creído estaba enamorado. Le permitió continuar, sostener su cara, su cabello, su ser a la vez que luchaba internamente por encontrar el valor para alejarla de sí.

Para mal o para bien, siempre he admirado a aquellos que tienen la capacidad de ser inmunes a cualquier estímulo externo de otras personas. Ese tipo de hombres y mujeres que no caen ante una sonrisa, una mirada, una cara bonita, un gesto atractivo, una melodiosa voz o un cuerpo esbelto. Tienen la habilidad de dejar pasar cada una de las características que componen a alguien para, si solo así ellos lo desean, evaluar a la persona como un todo, sin dejarse encantar parcialmente por sus llamativas cualidades físicas. No se preocupan entonces por alguien que osa acercarse a ellos y sin quererlo conscientemente, utiliza todas sus armas seductoras, ya que harán caso omiso a todas ellas, haciéndolas tan inútiles como un lápiz sin mina. Hechos del más puro mármol, las experiencias románticas no logran hacer mella en su superficie y solo logran pulir su ya brillante apariencia. Su historial amoroso no representa nada más que enseñanzas, oportunidades de ser mejores y aciertos, sin importar el desenlace de cada relación.

Nadie sabe cuanto desearía ser así. Un inmune al pasado, al presente y al futuro. He pasado gran parte de la vida lidiando con vergüenzas que podría haber evitado de no haberme dejado llevar por algún factor externo. He tenido que aceptar las consecuencias de mis actos con más sinceridad y compromiso que muchos otros. Y lo más importante, he tenido que ocultar lo mucho que me afectan ciertas personas de mi pasado. Alguna vez en mis idiotas memorias de mi pasado, aseguré que cada persona había dejado una cicatriz en mí, incurable y que se encargaría de recordarme lo que había ocurrido. En este momento, una de esas marcas palpita lentamente y no me permite continuar con tranquilidad.

Me pregunto, ¿en serio cree que no me causa nada? Para el infortunio de la para nada olvidada Hermione, no soy de piedra. Sus gestos y su forma de tratarme aún pueden influenciarme, aún me recuerda lo que sentí alguna vez, aún me hace rememorar el tiempo que pasamos juntos. No deseo hacerlo. Me opongo a volver al pasado, a pensar en inútiles segundas oportunidades, a retroceder en mi perdición. ¿Qué más da? Ella me olvidó y yo no fui capaz de hacer lo mismo. La dejé de lado y todavía me hace falta. La expulsé de mi vida y todavía deseo preguntarle por qué no somos amigos. La necesité y, aunque ahora no lo hago, no puedo arriesgarme a que vuelva a suceder. Siempre se vio tan hermosa en el pasado...

No puedo terminar esto acá. Tengo que confesar que me he dejado llevar más de lo que debo. Que he comenzado a tantear terrenos imposibles con una de esas personas inalcanzables por las que perdería lo poco que he ganado. La decisión es la adecuada. Adoptar la inmunidad del mármol.